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viernes, 15 de noviembre de 2019

RICARDO GÜIRALDES: NOCTURNO



La amenaza había quedado en Roberto como un presagio de desgracia.

–Sí, humílleme; pero algún día, si Dios quiere, nos hemos de encontrar cara a cara.

Bah, no era el primer caso… fanfarronadas de paisano.

Roberto era hombre de afrontar un peligro, y no hizo caso del consejo: “Mire, patroncito, que es mal bicho”.

Volvía del pueblo: dos leguas cortas.

La noche era obscura, agujereada de mil estrellas.

El caballo galopaba libremente, depositada la confianza del jinete en instinto seguro.

A treinta cuadras de las casas los cardos dejan un estrecho espacio; es el mes de noviembre y se alzan, rígidos, mirando al cielo con sus flores torturadas de espinas.

Algo se movió en el camino.

Abriose el cardal y un bulto ágil saltó hacia el caballo, que, desesperadamente, trató de esquivarse con estrépito de cardos pisoteados.

Se debatió queriendo desasirse de la mano que, hacia atrás, le empujaba venciendo sus garrones; pero perdió apoyo en una zanja, arrastrando en su caída al jinete, que quedó aprisionado: una pierna apretada por su peso.

Palabras de injuria vibraron en el tropel producido por la lucha.

Roberto tiró al bulto, que retrocedió con una imprecación.

Había tocado: tenía ahora que ganar tiempo, salir de la posición en que se hallaba.

El caballo, libre un momento, se levantó, proyectando su jinete a distancia. Este quiso recobrar el equilibrio, pero fue tarde.

El bulto, que no había hecho sino retroceder, volvía a la carga con mayor impulso.

Recibió el golpe en pleno vientre.

Se supo muerto; un gesto de dolor le dobló como gusano partido por la pala, largó el revólver, asiendo de ambas manos la que le hundiera el hierro hasta la guarda y la retuvo para evitar un segundo encontronazo, ya aterrorizado, la cabeza vaga, sintiendo la muerte en el vientre.

Un chorro de sangre los bañaba, uniéndolos en su viscosidad roja.

Hubo el ruido de dos respiraciones, entremezcladas en esfuerzo de angustiosa lucha.

El hierro ahondó la herida con el movimiento, despedazó la carne, abrió un boquete como cloaca que bañó de inmundo vómito cuatro manos crispadas sobre la misma empuñadura.

Y el cuerpo de Roberto tambaleó vacío de vida, cayó con un son fláccido, los ojos inmensos de terror, la boca abierta en aullido prolongado como un canto.

No humano, el vengador miró esos ojos sin vida y gruñó con voz que era estertor:

–Te la había jurao.

Y fue la dureza del hierro que choca entre los dientes, con ruido repetido y mate, la última convulsión desesperada hacia la vida, una explosión sorda y el sonido blando de una cabeza que cae sobre la tierra.

La sombra corrió hacia el cardal, luego volvió adherida a otra más grande.

El cadáver yacía, inerte, en actitud de descanso.

Sobre su vientre, el enorme desgarro de ropa y carne, mientras una mancha negruzca hacía, en torno a su cabeza, como una aureola de martirio.

Tembloroso, el caballo del matador olfateaba la tragedia; pero fue tranquilizado por las palabras sarcásticas:

–No se asuste, amigo, que ese ya no ofiende a naides.

Y el silencio, por breve tiempo roto, impuso su eternidad.

Un rebencazo sonó seco, y el matador, en brusca carrera, fue desapareciendo como diluido en la oscuridad.

Al poco quedaba un movimiento de sombra en la sombra; pronto, nada.

Y del golpe sobre el camino endurecido, un eco llegó sonoro.


Ricardo Güiraldes
Ricardo Güiraldes nació el 13 de febrero de 1886 en Buenos Aires. Era el segundo hijo de Manuel Güiraldes y Dolores Goñi. Al poco tiempo la familia se trasladó a vivir a París, en el barrio elegante Saint Claud, donde permanecieron cuatro años.
La vida del pequeño transcurre entre Caballito, donde pasó otoños e inviernos, en casa de su abuelo Güiraldes y San Antonio de Areco, en la estancia propiedad de su padre, bautizada la Porteña.
Estudió en el Colegio Lacordaire, el instituto Vertiz y en el Instituto Libre de Segunda Enseñanza. Y cursó la carrera de Arquitectura aunque después se pasó a Derecho.
En 1910 emprendió un viaje con un amigo que lo llevó a recorrer Italia, Grecia, Constantinopla, Egipto, Japón, Rusia, la India, Oriente Próximo y España, aunque finalmente se instaló por un periodo en París, con el escultor Alberto Lagos.
En 1912 está en Buenos Aires integrando un grupo de artistas y escritores en el taller de Alejandro Bustillo. En ese ambiente Güiraldes conoció a Adelina del Carril con la que se casó el 20 de octubre de 1913, y con la que emprenderá poco después un viaje al Caribe.
En 1918 publica Un idilio de estación en El cuento ilustrado, revista dirigida por Horacio Quiroga.
Tras el final de la guerra europea Güiraldes regresó a Europa, donde escribió los primeros capítulos de la obra que lo llevaría a la fama: Don segundo sombra.
Regresó a Argentina en 1920 y se dedicó a la escritura poética.
En 1924 se fundó Proa, dirigida por Güiraldes, Rojas Paz, Borges y Brandan Caraffa.
En 1922, Güiraldes se había empezado a interesar por problemas religiosos a través del hinduismo, lo que le llevó a la escritura de El sendero y poemas místicos.
Camino a la India se produjeron los síntomas del cáncer de garganta. Murió el 8 de octubre de 1927 en París. Sus restos llegan a Buenos Aires el 27 de noviembre.
Cuentos de muerte y de sangre, 1915

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