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viernes, 16 de agosto de 2019

QUINTEROS: LA JALAPEÑA



—Habíamos armado el campamento a dos kilómetros del paso a Montoya, en un bajo del terreno, estaba bien escondidito, desde la huella del camino no se veía. Fonseca nos hizo cubrir a los centinelas con lonas, y con el follaje de las ramas en lugares estratégicos, ellos debían avisarnos mediante hilos atados con pequeñas campanitas colgadas en la primera carpita. Es cierto que ellos estaban cansados, pero todos estábamos cansados. Había sido un día terrible, correr esas ocho horas a machetazos por la selva tupida, desde Manvatará hasta el campamento, con Miguel Ojeda herido de un balazo en la panza y gritando de dolor, con Anicio Almada arrastrándolo por la espesura de los montes para no dejarlo abandonado, pobrecito, casi muertito. Pero habíamos matado al Coronel Iparraguirre, a su mujer a su hija, al custodio y hasta a su perro. Habíamos vengado a nuestros camaradas fusilados. Pero en el tiroteo le dieron al Anicio y, esos cuatro tiros lo fueron desangrando, hasta que al final cayó muertito, cerca de la lagunilla. Fonseca nos dijo que lo dejáramos y mandó al Ramón Zarza a buscar al doctor Cabanillas a Naranjillos, para que venga urgente pero con cuidado y le salve al Miguel, que era muy buen tirador, hombre fiel a la causa, y que tenía un solo tiro, pegao aquí en la panza, bien dentrito, y dándole vueltitas, como buscando por dónde carajo salir, y eso lo hacía gritar del dolor. A la nochecita yo atendí a los otros hombres en sus necesidades de machos, para que así descansen tranquilos, con sus deseos saciados y, después, cuando llegó el doctor, fui a la carpa preparada para operar al Miguelito Ojeda. Eran las cuatro de la madrugada, Marcela da Silva tomaba una infusión de hierbas que le preparó el doctor Cabanillas para cortarle la fiebre, en una taza que agarraba con las dos manos para espantar el frío de esa hora. Ella y Fonseca le preguntaron a Zarza y al doctor si estaban seguros que nadie los había seguido, dijeron que se demoraron un poquito, para estar seguro de eso y, que así fueron avanzando hasta llegar. Yo le ayudé al doctor un poco, le sostenía la lámpara por encima de su cabeza para que pueda ver mejor y pueda encontrar la bala, cuando sentimos los tiros. El doctor se cortó el dedo con el bisturí, asustado. Los demás tomaron las pocas armas que teníamos y salieron en la oscuridad. Cuando volvieron, a eso de las seis, desanimados y llenos de picaduras de mosquitos y otros insectos, nos dijeron que allá todo era silencio, niebla y una humedad de mierda y, que no habían encontrado a nadie más que a los centinelas muertos, colgados de los árboles, los cuatro pobrecitos, y que los hilos de las campanillas estaban todos cortaditos. Les dimos la sepultura y nos fuimos todos a Naranjillos. Después, mucho después, me contaron que los habían matado los soldados de Tavares, aquel sargento hijo de puta que nos persiguió toda la vida, así, de a poquito, de a dos o tres de los nuestros por día, o por semana, nos seguía como nos sigue nuestra sombra, nos aparecía en nuestros sueños, nos enseñó a tener miedo, y lo hizo por cuarenta años, y eso es toda una vida para nosotros. Hasta en las épocas de paz, nos persiguió. Ése muerto de allá, no, no es él. Y se lo que le digo, porque él también estuvo en mi cama, como si fuese un cliente más. No, no le tengo más nada pa' contá.

Me dijo Florinda, la jalapeña, la que nació en Jalapa, el último pueblo de la selva, por el camino a las arenas.

Walter Ricardo Quinteros
©2013 "La  Jalapeña"












DANIEL SALZANO: SOBRE LOS NIÑOS

Niños
Te proponés escribir entre 18 y 20 líneas porque hoy es el día del niño. Y lo menos que podías imaginar es que el primer chico que aparece y te observa sin moverse y sin hablar sos vos mismo. Pibe remoto, del que ya no sabés si te quiere o no te quiere, pero del que te vuelven a asombrar su pelo largo y sus ojos limpios. Niño, niño, le preguntás asombrado. Contame: cómo eras?, qué silbabas, qué leías? Pero el niño que fuiste se desmarca y no contesta. Al niño que fuiste le bastaba con abrir una coca con los dientes y tirarse a la pileta de cabeza. El mundo era tan sencillo que se dividía entre amigos y enemigos. Amigos eran el caballo de Alan Ladd, los alfajores de dulce de leche y las tapas de El Gráfico donde salía Ernesto Grillo. Amigo también era el Mambrú, un perro loco que le ladraba a la luna de la calle Charcas. Cuando uno es niño es uno mismo y lo sabe todo. Pero hay un momento en que deja de serlo para convertirse en lo que los demás quieren que seas. Ese es el momento en que se te caen los dientes de leche y se te trastorna el alma. Pero mientras tanto eras feliz. Requetefeliz. Yo perdí la requetefelicidad cuando el Mambrú mordió a un bombero y le pegaron un tiro en el oído: BAM! Yo no lo oí. Lo escuché. Me parece que el tiro me pegó a mí en alguna parte y por ese agujero se me escapó la requetefelicidad. Si el lector no entiende esto, más vale no seguir escribiendo. Claro que si yo no hubiera sido un niño requetefeliz en lugar de escribir sobre el día del niño estaría escribiendo sobre el día del perro.

Pibes
Los ves caminar por la ciudad con las manguitas cortas, el pelo duro y una mirada que sólo responde a los estímulos del miedo. Atraviesan la puerta del café como sombras de sí mismos y a lo sumo te tocan el hombro o te ponen la mano abierta a la altura de la cara. La sub infancia cordobesa ha cambiado de sistema. Ya no vende aspirinas ni ofrece estampitas. La sub infancia ya no habla, no protesta, no agradece. Su única preocupación es que el mozo no le ponga la mano encima, que no llamen a la cana. También los ves por las esquinas deambulando... algunos todavía llevan chupete. Manos de obra barata, inocente, manejable. Los menos inspirados luchan entre sí por abrir las puertas de los taxis. Córdoba no tiene mucho respeto por sus niños. Los ves a media noche por Chacabuco buscando algún lugar para ver la tele. Cualquier lugar les viene bien: tumbados en mitad de la vereda, subidos a un árbol, sentados sobre el techo de una chata. Ni se portan bien, ni se portan mal; no meten ruido, no dicen nada. Ven a Tom y Jerry y no se ríen, ven a Fito Páez y no cantan. A veces les das un puñado de monedas y lo reciben como quien recibe un puñado de viento. Todo forma parte de un mismo endurecimiento, de una misma rutina deshumanizada. Un día cualquiera se levantan hombres y ya nunca más volvemos a verlos.




Daniel Salzano
Nació el 22 de mayo de 1941 en Córdoba, falleció el 24 de diciembre del 2014 en Córdoba.
Periodista, poeta y escritor. 



CINE: EL BATALLÓN PERDIDO

La Primera Guerra Mundial ha acabado y tropas americanas penetran en el territorio francés, ocupado por los alemanes. Los aliados franceses e ingleses presionan para abatir lo que queda del ejército alemán en Francia. El batallón perdido es la verdadera historia de un grupo de 800 soldados americanos de la 77ª División Americana, a quienes se les ordenó avanzar en el bosque de Argonne y aguantar su posición contra los alemanes a cualquier precio.

Director: Russell Mulcahy
Duración: 92 min
Actores: Rick Schroder,   Phil McKee,  Jamie Harris
Nacionalidad: Estados Unidos y Luxemburgo
Año de producción: 2001



Subido por: Nietoo3

OCTAVI FRANCH: EL SÍNDROME DEL NARRADOR NULO



Toribio hacía años que ya no iba haciendo el pardillo. Había aprendido, a base de golpes de cayado. Pero la envidia continuaba devorándolo.
Lo encontró paseando por la Alameda. Con el fin de celebrarlo, se instalaron en la terraza del Zúrich. Un té con limón muy frío, ¿y tú?
—A mí, tráeme un agua con gas, por favor.
—Tío, ¿cómo te va la vida? Cuánto hacía que no nos veíamos, desde…
—… 2009. Julio de 2009 —concretó Ovidio, con un chisporroteo de burbujas en la mirada.
—¿Y qué la literatura? ¿Todavía escribes?
—Pues mira, precisamente de eso te quería hablar… Sabes, este San Jorge he ganado cuatro premios. ¡Y con el mismo relato!
—¡No fastidies! ¿De veras? Felicidades, chaval; estás imparable…

Ante el repentino rubor de Ovidio, Toribio le hurgó el orillo.
—Pero deja alguno para los demás, ¡acaparador!
—Ya ves… Es la primera vez que gano uno. Un golpe de suerte, supongo. Quizá nunca más vuelva a ganar uno. ¿Y tú?
—¿Yo? De momento nada. La verdad es que tampoco me he presentado a muchos. Tengo miedo. Me parece que todavía no estoy suficientemente preparado. Me falta una buena historia. Un relato que reviente los concursos literarios. Uno como el tuyo. A propósito, ¿de qué va? —le planteó Toribio mientras sorbía la última gota helada de té.
—Mira, es un… Oye, no me lo querrás robar, ¿verdad?
—¿De qué vas? ¿Por quién me has tomado, Ovidio?
—Lo siento. Me he pasado. Tienes razón, perdóname. Pero es que he oído cosas que…
—Tío, que yo siempre he ido de legal. ¿No me conoces todavía? ¿Te fallé alguna vez en el Aula?
—No, que yo recuerde…
—Siempre te dejaba leer mis ejercicios, antes que a nadie. ¿No éramos sparrings?
—Sí… No me hagas caso, de verdad…
—¿Otra ronda?
—Pagas tú.

Durante 10 escasos minutos, Ovidio le contó el relato con todo detalle. Era bueno, muy bueno. No le extrañaba para nada que hubiera sido premiado. Multipremiado. Se notaba de una hora lejos que el chico había trabajado muchísimo, que se había metido todo él, que se había olvidado de los factores ajenos, como las amigas, los colegas, el fútbol. Llegaría arriba del todo. Nadie podría pararlo. Si no le ocurría una desgracia, se convertiría en la nueva estrella de la literatura española. Y aquel relato era la muestra.
—Impresionante, chaval. Me has dejado patidifuso, te lo aseguro.
—Gracias, Toribio. Eres un buen amigo.
—De nada. Por cierto, ¿quieres que me lo mire? No me costaría nada, si quieres… Te lo digo, más que nada, porque siempre te encontraba alguna faltita que otra…
—Tienes razón. Siempre has sido mejor que yo en la ortografía. Ten, estás de suerte, llevo un ejemplar. Justo ahora iba a la copistería de Talleres para hacer una docena de juegos. Esta semana se acaba el plazo de tres concursos, uno en…

Ya no lo escuchaba. Solo sentía cómo se abría la carpeta, cómo los cuatro folios le acariciaban las manos, cómo su apellido era llamado a un escenario. En un ramalazo de última hora, Toribio agarró del hombro a su conocido literario y le preguntó:
—Oye, ¿has ido alguna vez al Registro? Me parece que está por Calabria…
—Lo han cambiado de sitio, ahora está en Muntaner, arriba del todo. No he ido, todavía. Cuando tenga los 10 primeros relatos haré una antología y los llevaré. Cobran 3 € y pico por original. Si quieres, podemos ir juntos. ¿Qué dices?
—Por supuesto. Llámame. Me hará mucha ilusión acompañarte. Cuídate, Ovidio. Hasta luego…

Hasta nunca. La historia que minutos antes le había narrado el inocente de Ovidio le estaba revolviendo el entendimiento. Era superbo, armonioso, perfecto. Ningún error, ni uno. La acción de los personajes era la justa. Y eso que el relato era de los de vísceras y sangre, los más difíciles de mesurar. Aquel psicópata de las sandalias de goma era el asesino más original que había visto en la vida.

No se arrepentía de nada. Si no lo hubiera hecho él, se habría aprovechado otro.

Cuando solo faltaban cinco minutos para las nueve, Toribio, hecho una peonza, malhumorado y ojeroso, esperaba que algún funcionario tocanarices se dignase a abrir la puerta principal del Registro de la Propiedad Intelectual. Un cuarto de hora más tarde salió vomitando. Fue, de cabeza, al lavabo del bar de la esquina. Todavía le resonaban las orejas cuando la funcionaria le había preguntado: ¿Es usted el autor?

Y él había contestado: Sí, yo mismo.

Aliviado tanto del estómago como del amor propio, Toribio corrió hacia la imprenta que estaba en Vía Augusta con la Diagonal, donde las hacían a mejor precio. Con cincuenta copias, para ir haciendo boca, tendría suficiente. Antes del verano podía ganar un buen puñado de premios. Las vacaciones le saldrían gratis.

No había cola, mejor. Un rótulo fluorescente donde se leía NO FOTOCOPIAMOS LIBROS le recordaba la diversidad de delitos derivados de la literatura, de la buena literatura; como el relato breve que abrazaba contra el pecho. De repente, el cielo se cubrió con una bandada de nubes de tormenta y la claridad de la mañana se difuminó un segundo antes de que la dependienta le solicitara la cantidad. Cincuenta, gracias.

Después de abonar el importe, Toribio, empollado por el calor de las hojas acabadas de imprimir, se dirigió hacia su casa, medio Ensanche allá. Esa misma tarde empezaría a enviarlo a todos los concursos de relatos cortos. Si lo encogía, le quedaban tres y media, y si lo estiraba, siete. Así optaría a mucho más dinero.

Respiraba una fragancia nueva, diferente. Como de tinta tierna. Un delgado deje a librero de viejo. A quiosco de domingo. Inmediatamente, se conectó a Internet y listó las bases de los premios que terminaban plazo antes de acabar el mes. Catorce. A lo mejor haría corto. Si era necesario, volvería a bajar.

Se empecinó con el teclado, la pantalla y la impresora durante un par de horas. El olor a librería al mayor se iba expandiendo, cadenciosamente, hacia todos los rincones de su estudio. Se sentía impregnado. Pensó que era el aroma del éxito, de la primera publicación, del primer cheque al portador.

Al cabo de tres años, El asesino de las sandalias de goma había ganado todos los premios habidos y por haber. Todavía no se lo habían publicado. Pero una editorial, la más prestigiosa, le había ofrecido un contrato millonario si era capaz de escribir nueve relatos más y presentarlos en una antología cerrada.

Se recluyó en su estudio durante un mes entero. Recuperó historias inacabadas del cajón. Incluso escribió de nuevas. Otros relatos sobre asesinatos, también protagonizados por el mismo perturbado. Ahora una novela. Alargó el cuento original de Ovidio tanto como supo. Y se salió con la suya bastante bien, por no haber incubado nunca ese argumento de película.

Gracias a la operación de márquetin de la editorial, el libro se vendió, se reeditó cuatro veces y triunfó en el mercado. Acababa de nacer una estrella.

Entonces fue cuando Ovidio volvió desde las tierras del olvido.

No le hizo mucho caso. Explicó el suceso al editor, pero al revés. Este le recomendó que dejara esa anécdota en manos de sus abogados. No llegó a asistir al juicio; se suicidó media hora antes.

La muerte de Ovidio no tuvo demasiada trascendencia. En cambio, la desconocida —hasta ese momento— cara de Toribio Amer empezaba a escalar posiciones en el ranquing de figuras multimedia del mes. Entrevistas, coloquios, apariciones fugaces en tertulias sobre la narrativa contemporánea española. Ya le exigían una segunda entrega. Otro superventas, le auguraban. Y se puso a ello con todos los sentidos y un borrador de superflua genialidad literaria.

Esa vez, sin embargo, le costó una eternidad arrancar la historia, la continuación de El asesino de las sandalias de goma, la segunda parte de la saga que un millón de lectores ya reclamaban en la librería de su barrio. Se había bloqueado. Aquel personaje estaba saturado. Era un relato y ya está. Y además no era ni de él. Pero eso nadie lo podía demostrar. Ni Ovidio, que debía estar maldiciéndole desde la tumba. Es ley de vida, qué quieres que te diga…

Se castigó sin comer. No se metería nada por la garganta hasta que la inspiración lo sacudiera y escupiera, como mínimo, un capítulo. Dos rayas. A la tercera, borraba el párrafo y volvía. Se durmió. En una mano, el ratón; en la otra, su talismán: el original encuadernado robado a Ovidio.

Oía como alguien abría y cerraba cajones de la cocina. Pero él no podía hacer nada para impedirlo. Lo habían atado con los cables del ordenador y le habían tapado la boca con los capítulos desestimados y precinto, del grueso. Un zumbido de electrodoméstico le angustió. Frenético, jadeaba sin entender una jota de aquel macabro escenario. Un sonido blando, mullido, irascible, lo alertó. Delante de él, impertérrito, un desconocido, unas acciones esparcidas que se le acercaban. Aquel personaje no podía hablar de ninguna de las maneras. No disponía de voz propia. Pero encendió el botoncito del cuchillo eléctrico. Toribio, por su parte, ahogado de pánico, resistió los tres primeros desgarros. Al cuarto, decidió que ya había luchado bastante y se concentró, única y exclusivamente, a contemplar las sandalias de goma que se maculaban de los borbotones de sangre que goteaban de su magullado cuerpo.


Octavi Franch
España 1970. Antes de convertirse en escritor profesional fue músico, actor y locutor de radio. El 1997 empieza a formarse como escritor y desde el 1998 hasta el 2003 gana varios premios literarios de los cuales destacan Alfons el Magnánim de Valencia, el Ciutat de Ibiza, Josep Saperas-Òmnium Cultural de Granollers y el premio de novella breve Ciutat de Mollerussa. Ha publicado una cincuentena de libros, de todos los formatos y todos los géneros, predominando la novela en clave de thriller esotérico. También ha escrito una docena larga de series de televisión y guiones cinemetográficos, así como varias obras de teatro. El 2005 fue escogido por la Organización Española Para el Libro Infantil y Juvenil para la versión al catalán de el clásico de Hans Christian Andersen, para la conmemoración de el  Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil. El 2001 recibió el premio de Novela Breve Ciutat de Mollerussa por El regust de l’inmortal.
Fuente: acec-web-org 

NUJABES: MÚSICA


"Counting Stars"
Subido por: J Scar
Hydeout Productions 2nd Collection
Con licencia cedida a YouTube por Onepeace en nombre de Hydeot Productions






"Old Light"
Subido por: J Scar
(Voices from 93 Million Miles Away Remix)
Canta: Pase Rock
Hydeout Productions 2nd Collection
Con licencia cedida a YouTube por Onepeace en nombre de Hydeot Productions




Jun Seba 
(pronunciado Nu-Jah-Bess) (Adachi, Tokio, Japón, 7 de febrero de 1974 – Shibuya, 26 de febrero de 2010​) fue un productor y DJ japonés de hip-hop que grababa bajo el nombre “Nujabes”. Nujabes es un anagrama de su nombre de pila (Jun) y su apellido (Seba) combinados y escritos en orden inverso. Era propietario de «T Records» y «Guiness Records» (ambas, tiendas de discos en Shibuya, Tokio). Lanzó tres álbumes en Japón, Metaphorical Music en 2003, Modal Soul en 2005 y Spiritual State en 2011. También colaboró con su música en la banda sonora de Samurai Champloo (con Shing02), un anime situado en la época del Japón feudal con anacronismos modernos, especialmente de música hip hop. Además de artistas japoneses como Uyama Hiroto, Shing02 y Minmi, colaboró también con CYNE, Apani B, Five Deez, Cise Starr, Substancial, y con el rapero británico Funky DL. Su música es conocida por su fuerte influencia de cool jazz, frecuentemente usando samples de artistas como Miles Davis, Pat Metheny y Yusef Lateef. Además era miembro del dúo de producción «Urbanforest», una colaboración experimental con Nao Tokui (apareciendo en Lady Brown 12"). Durante la década de los 2010, con la popularización global del movimiento "Lo-Fi", a través, principalmente, de plataformas como YouTube o SoundCloud, Nujabes se ha convertido en un icono, siendo reconocido como un precursor y uno de los exponentes vitales para su desarrollo, junto con J Dilla. 

Murió en un accidente de coche el 26 de febrero de 2010. Su casa discográfica confirmó la noticia a través de una declaración en el sitio web oficial de la misma. Su muerte y el funeral se mantuvieron en secreto por razones desconocidas. Muchos especulan que tiene que ver con su carácter muy privado y su falta de estar en el «estrellato» mientras él estaba vivo. Murió mientras conducía en la autopista metropolitana en Tokio. Fue llevado a un hospital, pero los intentos para salvarlo fueron infructuosos.
Fuente: wikipedia / archivos diceelwalter.blogspot.com



viernes, 9 de agosto de 2019

QUINTEROS: VIEJAS ORDINARIAS



—Mire don, a la mesada de la cocina, le voy sacar esa grasa que tiene en las orillas, fíjese, es un asquito como está ahora. También el piso tiene algunas manchas que soy muy difíciles y con estos líquidos no salen. Me harán falta otras cosas, con esponjas no van a salir. ¿Quiere que le anote las cosas que hacen falta? Bueno, mientras tanto le plancho la ropa. Cuando vaya, compre un desengrasante, un limpiavidrios, una espátula, cera para los pisos y también repasadores, porque eso de andar secando las cosas con servilletas de papel lo va a fundir, no se olvide de traer tres o cuatro perchas para las camisas, le hacen falta. Ah, otra cosa, aunque usted es bastante ordenado, debe saber que “los oficios domésticos no son para los hombres”, cuando necesite coser algo, un botón por ejemplo, un cierre, zurcir, deje que lo haga yo. 
¿Quiere tomar un té?

—No Nely, gracias. 

—En esto de los arreglos de la ropa, la limpieza de los baños, de los muebles y los pisos, sepa usted que nosotras somos más cuidadosas. ¿Sus zapatos están lustrados? Lo mismo para cuando tenga que lavar la ropa, espere a que yo venga. Ahora voy a planchar aquí, porque para mí es más cómodo en la cocina, así de paso veo un poco de televisión y me tomo unos mates, pero yo le pongo azúcar y muevo la yerba.
¿No le molesta?

—No Nely, tome usted. 

—Otra cosa, fume menos, entre usted y esa maestra que vino a contarle esa historia vieja, llenaron los ceniceros. Hablando de todo un poco. ¿Sabe quién es esa chica? ¿No? Bueno, es la hija de la polaca, una mujer que vive por allá, por la 25, que dicen que el marido andaba en cosas raras, decían, y que por eso los milicos se lo llevaron y por aquí nadie lo vio más. Dicen, porque como usted sabe, aquí se hace un comentario en blanco y negro y las viejas ordinarias lo difunden en multicolor por todo el barrio. Si, la cuestión es que salieron a decir que el tipo andaba con otra fulana y aprovechó eso para mandarse a mudar con su amante. Hay cada una por aquí. Pero la chica salió buena, parece. La polaca en cambio, se volvió medio loca.
¿Cuándo me dijo que va a viajar? 

—La semana que viene. 

—Espero que le vaya bien. ¡Ay Dios! Apague eso, un día voy a venir a limpiar la casa y el señor va a estar muerto con los pulmones tapados. ¿Acaso no me dijo usted que el médico le prohibió el cigarrillo? Pero no, el señor que escribe cuentos se cree que él puede caminar por la vida más allá del bien y del mal, como si nada. Qué bonito. Por más que me deje estos números de teléfono y llame. “Hola, soy la señora fulana de la limpieza, el señor está en mal estado de salud, venga urgente. ¿Hola policía? ¿Hola emergencias?” Gracias por la gran confianza, pero póngase en mi lugar, no quisiera pasar por ese momento de angustia. Ayude y ayúdese, ponga algo de voluntad, y disculpe que me meta pero le quedaría mejor si se afeita. Y no ande por ahí medio amargado.
¿Tomó la medicación? 

—Si Nely, ya la tomé. 

—Ya se lo dijo su amiga de Córdoba ¡Esas son mujeres! Está a la vista que lo quiere de verdad. ¿Recuerda que le dijo? Gordito bajá esa panza. Aquí tiene anotada la dieta que le dejó, hágale caso. Le pidió que se afeite, hágale caso. Le pidió que camine, hágale caso. Y ella tan elegante, tan fina, con sus buenos modales, con esa simpatía que tiene, y ¡Cómo le decía que no dejara de escribir! Gordito, escribe que te hace bien y es lo que te gusta. Qué lástima que se fue ahí nomás. Ah, la familia pasaba para La Rioja. ¿Le digo una cosa? Pensé que tenían algo ustedes. ¿Nada que ver? No se ven por aquí esa clase de amistades. Menos mal que vinieron justo cuando estaba limpiando los pisos. "Señora, usted se encarga de cuidarlo mucho", me dijo. Se ve que le caí bien. Qué quiera que le diga, a mí me encantó conocerla. No como a éstas de acá, viejas ordinarias que se la dan de no se qué. Bueno, usted ya se va a dar cuenta que aquí, "no todo lo que brilla es oro".
¿Le cebo unos mates? 

—No Nely, gracias. 

—Me imagino qué van a decir ahora estas viejas ordinarias, cuando sepan que trabajo para usted. Mire, las estoy escuchando: “Que yo vengo a darle favores al señor” ¡Já! Pero es lo único que les falta a estas lenguas largas, viejas fracasadas, que hacen gárgaras con veneno, inventando estupideces para arruinarles la vida a los demás. Se creen que pueden tener un lugar importante en la vida de las otras personas, llenándolas de chismes y mentiras, con la calidad que tienen. Son profesionales del embuste. Y las cosas que hablan, usted no tiene idea, vea. En su caso, a usted no lo conocen, nadie puede decir nada de un hombre que ya está grande, sensible y melancólico. Disculpe la franqueza. Y por lo que se hasta ahora, no le debe nada a nadie. Ni habla de nadie. Encerrado todo el santo día escribiendo y leyendo. Pero de mí ¡Já! Van a hablar hasta por los codos estas mujercitas.
¿Qué carajo les importa a estas viejas ordinarias y caraduras lo que yo haga de mi vida, ah? 

—Nada. 

—Si en vez de mirar la paja en el ojo ajeno, miraran la cuernos que tienen en sus cabezas. Si en vez de hablar de los otros, se fijaran en lo que es su familia, llena de vagos, de atorrantes, fumadores y tomadores con dinero ajeno. Si supieran de mis deudas y que me levanto todos los putos días para fregar casas ajenas y llevar el puchero a la mesa, mire, irían a misa a pedirle a la virgencita que les corte la lengua y se las tire a los chanchos, vea. ¡Já! Pero no, usted no tiene ni idea de lo que es vivir aquí.
¿Le preparo un café? 

—No Nely, gracias.



Walter Ricardo Quinteros
©2019 "Las viejas ordinarias"

JOSÉ LUIS GONZÁLEZ: LA CARTA



San Juan, puerto Rico
8 de marso de 1947

Qerida bieja:

Como yo le desia antes de venirme, aqui las cosas me van vién. Desde que llegé enseguida incontré trabajo. Me pagan 8 pesos la semana y con eso bivo como don Pepe el alministradol de la central allá.

La ropa aqella que quedé de mandale, no la he podido compral pues quiero buscarla en una de las tiendas mejores. Digale a Petra que cuando valla por casa le boy a llevar un regalito al nene de ella.

Boy a ver si me saco un retrato un dia de estos para mandálselo a uste.

El otro dia vi a Felo el ijo de la comai María. El está travajando pero gana menos que yo.

Bueno recueldese de escrivirme y contarme todo lo que pasa por alla.

Su ijo que la qiere y le pide la bendision.

Juan


Después de firmar, dobló cuidadosamente el papel ajado y lleno de borrones y se lo guardó en el bolsillo de la camisa. Caminó hasta la estación de correos más próxima, y al llegar se echó la gorra raída sobre la frente y se acuclilló en el umbral de una de las puertas. Dobló la mano izquierda, fingiéndose manco, y extendió la derecha con la palma hacia arriba.



José Luis González
Fue uno de los intelectuales puertorriqueños más importantes de su generación por sus ensayos de interpretación nacional. Su obra es fundamental para entender la realidad e historia puertorriqueña del siglo veinte.​​ Nació el 8 de marzo de 1926, Santo Domingo, República Dominicana-8 de diciembre de 1996, Ciudad de México, México. Foto: Biografías y Vidas