CULTURA
Galopando por el Camino Real
Decían aquella noche, los hombres reunidos bajo el farol colgado de los aleros del rancho, que los hermanos Reynafé habían sido cuatro. Hablaban esas cosas mientras yo tomaba mates con la señora Francisca, que iba y venía desde adentro trayendo utensilios que ponía en la mesa bajo el frondoso algarrobo. Zenobio, su hijo, el que me llamaba patroncito, era el que daba vueltas las estacas con la carne que se asaba a las llamas. Recuerdo bien el vuelo crepitante y efímero de las chispas que junto al humo oloroso viajaban trepando en la oscuridad hacia el cielo estrellado.
El rancho estaba hecho con horcones de quebracho puestos como puntales y esquineros, rollizos de eucalipto y álamo para las paredes. Los tirantes de pino sostenían la techumbre de caña, arcilla y gramíneas. De juncos, cañas, algún que otro ladrillo y barro blanqueado con cal, eran las paredes que lo hacían rústico, con su piso compacto de tierra dura castigada con escobas de jarilla, que la Francisca armaba cuando se le pasaba el aturdimiento de las siestas mal dormidas desde su viudez. Me había dicho. Eran aquellos años extraviados en el tiempo, donde mi abuelo me enseñaba la vida en el campo, y la importancia de montar un caballo zaino manso.
Y los hombres hablaban de los Reynafé. Discutían sobre José Vicente, que de caudillo pasó a gobernador de Córdoba, que antes había sido juez nombrado por don Juan Bautista Bustos, y que cuando José María Paz derrota a Bustos, lo hizo encarcelar un tiempo. Después hablaron de Francisco Isidoro, que mucho no le gustaba eso de andar metiéndose en la política como sus hermanos, hasta que lo llamó Estanislao López y que allí acordaron que uno ponía su gente y el otro le daba las armas. Así es que juntos, supieron capturar al general José María Paz en la posta El Tío y que un indio medio loco gritaba que había visto un cautivo pero que le entendían "on cativo" y a ese rancherío lo llamaron Oncativo. Para que sepan, decía mi abuelo mientras con la uña marcaba una carta de los naipes españoles con los que jugaban al chinchón por un billete anaranjado de los de cien, en moneda nacional, cada partida.
La Francisca trajo la segunda damajuana de vino, la que sacó del aljibe, cubierta con trapos de arpillera atados con tallos de junco, secó sus manos en el delantal, llenó primero su jarro y luego los otros, les agregó el jugo de un limón y tomó el suyo cerrando los ojos. El hermano de mi abuelo miraba cómo le trepidaban los enormes pechos a la mujer bajo la floreada blusa en cada sorbo, mientras los demás limpiábamos nuestras cuchillas en un repasador áspero para el corte de la carne asada y jugosa, puesta sobre la tabla grande, al lado del pan casero.
Mis tíos abuelos eran capataces arrieros, habladores ahora de un tal Santos Pérez. Decían de éste y de los Reynafé que como eran amigos del Estanislao López, Juan Manuel de Rosas no los quería y los acusaba de haber matado al general Juan Facundo Quiroga en Barranca Yaco. Por eso es que Francisco Reynafé huyó a Montevideo, pero cuando vuelve, se pasa a las filas de los unitarios para luchar contra el tirano Rosas. Pero resultó ser que los federales de Juan Pablo López derrotaron a los unitarios de Mariano Vera, en Cayastá, y ahí se suicida arrojándose al Paraná.
Zenobio les pregunta si el asado estaba bien. Mi abuelo le dice, si m'ijo, los demás lo miran y asienten con la cabeza. Zenobio, era flaco, alto, domador de caballos chúcaros, especialista en abigeatos ligeros nocturnos y cuchillero como su finado padre, me dijo Francisca. Y entonces cae la segunda parte del costillar a la tabla grande, mientras los perros mastican con entusiasmo los primeros huesos lanzados cerca de los carros. Dos peones albañiles que levantaban la cuadra nueva se acercan a la mesa, piden la bendición y permiso para sentarse.
El primo de mi abuelo sostenía que José Antonio Reynafé se había ido a vivir con su hermano Francisco Isidoro a Santa Fe. Pero que lo manda a llamar su otro hermano, el José Vicente cuando lo nombraron gobernador. Él fue el que se ensañó con los últimos indios que por aquí quedaban para correrlos de esta tierra, y a él lo acusan del asesinato del tigre Quiroga. Cuando Rosas pide su captura, el tipo se escapa a Chile, pero primero pasa por Bolivia, y lo esperan en Antofagasta, donde lo atrapan. Y el Guillermo Reynafé, andaba guerreando por el sur. Él fue el primero que derrotó a Facundo Quiroga, allá en los campos de Río Cuarto.
Cuando mataron a Facundo Quiroga fue en Barranco Yaco, como a unas cinco leguas de aquí, donde lo esperaba el tal Santos Pérez. Y Quiroga ya lo sabía, sabía que lo estaban esperando. Se lo dijeron al marido de la tatarabuela de tu mujer, en la posta de Ojo de Agua ¿o no es así, ché Antonio? —Le increpa el "tío" Toribio a mi abuelo—.
Francisca les alcanza la ginebra, como a las once de la noche, los hombres siguen discutiendo, ahora fuman cigarrillos que arman con sus dedos callosos de tirar tanta rienda arriera, armar corrales y cavar represas. Zenobio pone cuatro catres bajo el alero del rancho, con una manta y un poncho, para mitigar el fresco de las madrugadas. Los perros buscan dormir cerca del corral. Los gauchos albañiles agradecen la cena con una reverencia. Francisca me acuesta en la cama de su hijo, separada de la suya por un ropero, y me pone otra almohada. Puedo mirar para el lado de los hombres y los corrales por la ventana, mientras ella cierra y traba la puerta con una tranca pesada. Se acostará después en su cama grande, con el cabello suelto y vistiendo una combinación rosa con transparencias. Antes, había saludado a mis familiares y les dijo que los despertaría a la cinco. Zenobio y otro gaucho harían la guardia en los corrales del fondo con escopetas que sacaron del galpón y nos saludaron con las manos llenas de cartuchos. La oscuridad y el silencio, se adueñaron de la noche.
A las seis de la mañana, la puestera Francisca, de un solo tirón, subió mi humanidad de diez años al apero del caballo, y se justificó antes los hombres que se afeitaban diciendo, "que el patroncito está medio dormido todavía", ajustó las cinchas al zaino, y abrió la tranquera. El sol estiraba nuestras sombras hasta los quebrachos llenos de jilgueros, hasta los chañares con brasitas saltarinas, y hasta los quimilos verdes florecidos del monte, al otro lado del Camino Real. Después, cuando subimos la sierra, los arrieros pisamos la huella que nos llevaba pa'l Sauce Punco.
©Walter R. Quinteros

Comentarios
Publicar un comentario
El comentario estará sujeto a la aprobación del equipo y su administrador. Gracias.