CULTURA
Dandara, una niña negra con una sonrisa radiante, disipa la tristeza dondequiera que va
Antes de los dolores del parto, su madre soñó con una mujer valiente vestida de rojo, la esposa de Zumbi dos Palmares. Le puso su nombre a su hija. Dandara saltaba por el sendero, creyendo que era una mariposa. Ingenua, sus pies descalzos saltaban sobre las piedras del cansancio de su madre, distraída del vacío de la miseria. Vivía en un mundo de fantasía, inventando comida, castillos y princesas que veía en los libros que recibía de gente amable. Temprano por la mañana, la madre se levanta de la cama, tropezando por la existencia, frotándose los ojos para despertar de su fatiga renuente. Trabaja día tras día sin disminuir su deseo de ver a su hija graduarse, llena de conocimiento, para cambiar el destino de su familia, sus dedos manchados de tinta. La gloria la persigue, y a través de la selva, ve una puerta que se abre. Su corazón se acelera, descubriendo un camino casi invisible. Su mirada recorre a su hija; Ella ve su cabello rizado tan suave, mariposas de colores desiguales revoloteando a su lado. –Qué hermosas son... Deja la ropa sucia sobre la piedra. La recoge una por una para enjabonarla. A veces el viento soplaba extrañamente; pensó en las de antes, en su abuela, su madre, las lavanderas, ¿será posible tener el derecho a cambiar...? Una esperanza vuela hacia ella, canta, mientras cuelga ropa de lino blanco en el alambre de púas. El sol seca el agua que corre por la ropa, limpiando las lágrimas que caen de su rostro. Glória ve más claro, enhebra la aguja, cosiendo muñecas de trapo negras con cabello rizado. Dandara está encantada con las muñecas, jugando con su cabello en espiral, enredando sus pequeños dedos en los mechones de sus cabezas, sintiendo el parecido y riendo. Las cuelga en el alambre de púas solo para verlas reír con el viento acunando sus cuerpos. Al atardecer, regresaban a la sencilla casa, un espacio donde todo encajaba, incluso la alegría de su pequeña. Dos colchones sobre cajas de madera, una estufa, una mesa y dos sillas. El viento le traía a la niña libros y revistas de moda; eran tantas que se convirtió en estilista. Conocía tan bien las telas que alcanzó la fama y la fortuna. Aun siendo adulta, con un hogar confortable y comida en la mesa todos los días, seguía llevándose a su muñeca a la primavera. El viento le susurraba ideas, que luego plasmaba en papel. Compraba telas en África; su tranquila madre la acompañaba en sus viajes por el mundo de la moda. Modelos de todas las razas desfilaban con sus vibrantes creaciones, con mucho rojo. Solo un requisito: el cabello rizado era demasiado hermoso para alisarlo.
Aidil Araújo Lima, nacida en 1958 y residente en Cachoeira, ciudad de gran importancia histórica en la comarca del Recôncavo de Bahía, estudió Filosofía y Periodismo. Trabajó como maestra y actualmente vive en la zona rural del municipio para dedicarse por completo a la literatura.
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