SOCIEDAD
Pocos reparan en el impacto negativo que tiene en los estudiantes que la jornada escolar arranque antes de que salga el sol

Es una afirmación tuitera -así que no se la puede tomar muy en serio-, pero me quedó grabada cuando la leí: “si cuando salís y volvés a tu casa es de noche, entonces sos pobre”. Quizás el autor (probablemente porteño, no lo recuerdo) realizó la afirmación pensando en una jornada laboral muy extensa o en esos eternos viajes de dos horas en tren que tiene la gente que vive en el conurbano y trabaja en la ciudad de Buenos Aires. Yo la pienso como algo mucho más elemental: levantarse de noche para ir a trabajar es un castigo.
En Córdoba estamos muy acostumbrados a arrancar nuestros días en penumbras durante buena parte del año, porque en el pico del invierno el sol se asoma recién alrededor de las 8 de la mañana y el turno mañana de las escuelas tiene ese horario de ingreso (o incluso más temprano).
Por esa costumbre de levantarnos de noche es que nunca reparé en eso hasta hace un par de años, cuando mis hijos iban a la escuela en el turno tarde. Yo mantenía mi ritmo de siempre, entrando a clases antes de las 8, pero ellos se podían levantar a las 9, almorzar a las 13, merendar pasadas las 18 y cenar alrededor de las 23. Al principio, para mí ese ritmo era una locura, una crianza de vagos más que un caos en las rutinas. Después entendí que ellos se levantaban después de que salía el sol, que nuestros días estaban desfasados dos horas y que el “equivocado” era yo, que debía cumplir ese horario diabólico y estaba siempre cansado, en contraposición a ellos, que siempre estaban de buen humor.
Desde entonces me convertí en un militante del cambio de horario, especialmente después de aprender que nuestro huso horario es -3, producto de un error de la dictadura de Onganía (que nos legó algunas de las peores piezas legislativas de la historia) que dejó el horario veraniego de un pedazo del Atlántico para regir la vida de todo lo que hay hasta la cordillera.
El año pasado se aprobó en Diputados un proyecto para cambiar el horario al huso -4, el que le corresponde naturalmente al país. En el mismo se plantea que el cambio debería hacerse en los primeros días de abril, algo que todavía no sería posible porque el Senado no ha dado señales de querer avanzar en la aprobación del proyecto. A menos de tres semanas de la fecha algunos seguimos esperando.
Cuando se estaba discutiendo todo esto escuché un dato que me resultó central para entender la desgracia del horario que tenemos. El 20 de junio, el día más corto del año, la totalidad de los alumnos de escuelas secundarias del país entra a clases de noche. Eso quiere decir que se levantaron, se cambiaron, desayunaron, viajaron al colegio e ingresaron al mismo con luz artificial, y que recién verán la luz del sol en su primer recreo, más de una hora reloj después de haber llegado. ¿Cómo puede ser productiva y estar de buen humor una persona que vive las dos primeras horas de su día entre sombras?
Mi hija más grande entra a clases a las 7 en punto. Van dos semanas de clases y ya llega de noche, situación que va a cambiar recién en septiembre. Son seis meses arrancando a oscuras, una locura. Seguramente con el cambio de horario mejorarían los índices de ausentismo y los alumnos tendrían un mejor descanso, porque también se haría de noche más temprano y las actividades sociales vespertinas no se extenderían hasta tan tarde.
Los docentes reclaman por mejores sueldos -que es fundamental- pero hablan poco de estas condiciones de trabajo, que impactan negativamente en el rendimiento frente al aula. Quizás arrancar de noche sea otra de las cosas que hace que los docentes se sientan tan pobres.
Alfil
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