MATAR POR NADA

ENTREVISTAS

Charlé con Germán de los Santos, autor de "Niños sicarios y otras historias del negocio narco"

Por Osvaldo Bazán

Fue una semana brutal.

Cada noche, algún trabajador, al azar, era asesinado en la ciudad. Cuando los rosarinos entendieron que alguien estaba jugando a la ruleta rusa con todos ellos, la ciudad se apagó. La noche ya no fue lugar de encuentro y risas. Cualquiera, en cualquier lugar, podía recibir un disparo fatal.

Fue en marzo de 2024.

Germán de los Santos, corresponsal de La Nación en la provincia de Santa Fe, es —junto con Hernán Lascano— de los periodistas que más se han involucrado en el tema, que más han estudiado y mostrado las cloacas del narco rosarino. Juntos escribieron Los Monos, historia de la familia narco que transformó a Rosario en un infierno y Rosario, la historia detrás de la mafia narco que se adueñó de la ciudad. Mi maldad… tu miedo.

Sin embargo, esa semana de terror al lado del Paraná presentaba otra novedad que no se le escapó a De los Santos. El uso de menores como asesinos a sueldo, sicarios. Y se puso a escribir —ya en soledad— Niños sicarios y otras historias del negocio narco.

Un libro, hay que decirlo, espeluznante.

Riguroso y documentadísimo y, por eso mismo, espeluznante.

Después de leerlo supe que tenía que hablar con él —curiosamente, su trabajo apenas es valorado en CABA, no aparece en televisión, no lo consultan casi de las radios, pero este no es lugar para hablar del centralismo porteño— y que tenía que transmitirle a todos ustedes esa charla.

—Decís que al ser un libro con chicos, te costó más que los otros.

—Sí, sí, me costó, me costó. Era una historia bastante dura. Desde hace tiempo, yo venía pensando que había que contar historias donde los chicos fueran los protagonistas porque… crecía cada vez más esto de que en cada historia aparecía un pibe, tanto como víctima como como victimario. Y me parecía que no estaba contado en la Argentina este fenómeno. Tomé lo de marzo de 2024 como detonante porque me pareció que era una historia muy pesada que un grupito de pibes de 14 y 15 años generaran un terror tal que paralizaron durante una semana una ciudad como Rosario, que tiene más de un millón de habitantes. Era algo extraordinario en Argentina. Nunca se había dado un fenómeno así, que por decisión del crimen organizado y usando chicos ocurriera esto. Hubo una especie de toque de queda unilateral de la gente que decidió “no salimos a la calle porque tenemos miedo de que nos maten pibes de 14 y 15 años”. Estos chicos de 14 y 15 años fueron elegidos por el narco organizado.

—Les dio como un upgrade del trabajo que tenían hasta ese momento.

—Sí, a este fenómeno lo empecé a ver desde hace tiempo, de usar chicos como sicarios descartables, fungibles, en el sentido de que las propias bandas después los matan, pibes que, por ser menores, no pueden ser imputados y que les pagan muy poco dinero. Hay varias cosas que se juntan y que explican por qué un grupo narco usa sicarios muy precarios, rústicos, pero que a la hora de matar estos pibes fueron muy eficientes. Si ves las imágenes de cuando matan al playero, a Bruno Bussanich (25 años, padre de un niño de dos años; trabajaba como playero en una estación de servicio Puma ubicada en la zona oeste de Rosario, era su segunda noche en ese puesto), el chico, Derian, que es el que lo asesina, en cuatro segundos le mete tres tiros en la cabeza. O sea, parece un sicario profesional. Pero después, al otro día, se compra alfajores en un shopping, una hamburguesa, se corta el pelo y se liquida la plata que le pagaron. Por eso en el libro quiero ir un poco más allá: ¿por qué estos pibes matan?, ¿por qué esa deshumanización tan grande que hace que alguien tome la decisión de matar a alguien que no conoce? Eso a mí como que me vuela la cabeza en el sentido de que es muy difícil matar a alguien por nada. Conocemos casos en los que se mata por plata, por amor, por una orden, pero matar a alguien al azar es muy difícil.

—Es más que una ruleta rusa, porque una ruleta rusa vos sabés con quién te estás enfrentando, ¿no?

—Claro, incluso lo consulté con otros sicarios, con gente, podríamos decir, un poco más profesional. Y a pesar de la frialdad que estos tipos tienen a la hora de matar, me decían que es muy difícil matar a alguien por nada.

—Para ser claros, contame sintéticamente qué pasó en marzo de 2024 en Rosario.

—El Gobierno había tomado medidas bastante duras en las cárceles, tanto federales como provinciales, donde están alojados los principales narcos de Rosario, y esto generó que se unieran distintos sectores del narcotráfico y dieran una respuesta muy extrema, que fue usar a chicos de 14 y 15 años para que salieran a matar gente al azar. Mataron a cuatro personas, podrían haber sido seis, en una semana, y eso generó muchísimo miedo en la gente, porque si vos salías a la calle, la sensación era que te podían matar.

—Antes existía la concepción de que “se matan entre ellos en determinados lugares, no en toda la ciudad”.

—Claro. Y esto cambia. Por eso, el Gobierno también lo define como narcoterrorismo.

—Una definición con la que me parece que vos no estás muy de acuerdo.

—No, no sé. Las definiciones así tan drásticas, no sé si… si funcionan o no, pero lo que se quería irradiar en ese momento era terror. Yo no sé cuál es el término que encaja, pero lo que sí es era un cambio en la propia dinámica de la violencia en Rosario.

—Hay un detalle que vos contás muy bien, que es muy patético, y muestra el nivel de chapuza de todo lo que estaba pasando. Los pibes, cuando matan a los taxistas, en su escape se les pierde una zapatilla; les pasó dos veces.

—Sí, esto en un momento hasta desorientó a los investigadores, ¿no? ¿Es una señal?, ¿es algo? Y no, eran pibes que salían corriendo. Era tal el desconcierto que cuando matan a un taxista, el pibe se baja del taxi, sale corriendo y se olvida una zapatilla. Y como si fuese una casualidad del destino, pasa lo mismo en otro asesinato. Entonces algunos piensan “bueno, es como una marca, un sello que están dejando”. Y en realidad era la propia rusticidad de estos pibes que ante el apuro se olvidaban una zapatilla. Después, también la propia policía no sabe qué es lo que pasa y empiezan a tirar hipótesis totalmente descabelladas, empiezan a investigar a las víctimas, porque en ese momento no se sabía por qué fueron dos taxistas, si estaban involucrados en algo raro, y después terminó siendo que estos muchachos eran totalmente inocentes. Fue azar.

—Era difícil aceptar que fuera el azar, que fueran asesinados porque sí, ¿no?

—Claro, no tenía lógica. La lógica se entendió después cuando matan a la última víctima. Y yo cuento cómo fue también la reacción y ese desconcierto del propio Gobierno… Pullaro (gobernador de Santa Fe) corriendo en una cinta en Santa Fe, escuchando la radio policial, lo que pasaba en Rosario, y ahí él escucha que habían disparado a un colectivero y empieza a llamar a funcionarios del Gobierno nacional, mientras está viniendo en auto hacia Rosario desde Santa Fe, pidiendo el estado de sitio, porque pensaba que esto lo iba a tumbar, de alguna manera. Si continuaba, seguramente podría haber pasado.

—¿Qué cambió desde marzo de 2024 hasta hoy en el negocio narco en Rosario?

—Bueno, hubo como un punto ahí de inflexión, porque la clase política también se veía en problemas con esto. Lo que había pasado en marzo de 2024 generó un miedo que hasta ese momento no era generalizado en toda la ciudad. La gente tenía miedo donde se producían las muertes, pero no en toda la ciudad y llegó a todos lados. Y creo que ahí la presión sobre la política fue muy grande, incluso si vos ves la reacción de la política fue transversal. O sea, el Gobierno nacional en ese momento, cuando recién había asumido el nuevo Gobierno de Milei, se compromete, manda más gendarmes, pero también Kicillof manda 80 camionetas blindadas que las manejaban los gendarmes de Milei o de Patricia Bullrich porque todos veían que si lo que había pasado en Rosario se expandía a otros lugares, era un problema mucho mayor. También el Gobierno de la provincia, de Maximiliano Pullaro, tomó medidas excepcionales, cambió el tema de cómo se combatía el narcomenudeo, que es el principal problema de Rosario y lo que generaba más violencia, pasó a ser provincial, y además se empezó a investigar adentro, a la propia Justicia federal, donde había jueces que transaban con los narcos, como el juez Marcelo Bailaque, que está detenido actualmente en su casa y ahora va a ser juzgado. Y eso generó también que con el propio narco se establecieran nuevas reglas. Que es decir: “vendés droga, pero no mates”. Ese es el nuevo esquema. Y me parece que eso funcionó. Bajaron los homicidios un 65% con respecto a 2023. Y la ciudad empezó a transitar por una normalidad.

—Una de las cosas que decís en el libro, hablando del ambiente en el que todo esto se crea, es que los pibes están convencidos de que el que llega de vuelta al barrio a la tardecita con manchas de cal, ese es el gil, ¿no? A ese se lo bullyea. Y no quieren ser eso. ¿Hay alguna relación de estos pibes con el trabajo, por ejemplo?

—No, no existe una relación con el trabajo. Porque el tipo que trabaja, que tiene una vida relativamente ordenada, no es alguien a los que estos chicos se quieran parecer. Buscan tener una vida frenética, en la que la muerte solamente aparece como un punto de llegada inexorable, viven poco tiempo y terminan en la cárcel o en el cementerio. Nadie se quiere parecer a ese tipo que va a laburar y que vuelve con las manos manchadas de cal porque lo que se busca es ser “alguien” en el barrio. Y hoy el que es alguien no es el tipo que va a laburar, sino estos pibes que generan miedo. El miedo que irradian con un arma, con pertenecer. Eso no es menor porque es lo que les da la posibilidad de ser alguien, aunque suene terrible; ellos creen que se convierten en una persona que puede tener un porvenir con un arma y una moto.

—Bueno, lo decís un poco en el libro anterior: “Mi maldad es tu miedo”…

—Claro, una frase terrible que me la dijo en la preparación de este libro, su autor, el exlíder de la barra brava de Rosario Central, Pillín Bracamonte. Él se jactaba de haber ideado esa frase que a mí me parece tremenda, es tremenda.

—Desarrollás bien en el libro la relación del narcotráfico tanto con el fútbol como con la justicia y la política, y también —y este es un punto de vista que me pareció muy original— con los evangelistas. ¿Cómo definirías la relación con los evangelistas? ¿Qué hace el evangelismo en este caso?

—Ese es un tema que vengo viendo desde hace tiempo también, sobre todo cuando empecé a ir a las cárceles y ver que en un penal la mitad de los pabellones son lo que le llaman “Pabellones Iglesia”, manejados por los evangélicos. Incluso el Estado hoy tiene de alguna manera tercerizado esto en los evangélicos, que fueron los únicos que se metieron en esos lugares. Incluso la propia Iglesia Católica se retrajo del trabajo que hacían en las cárceles. Los evangélicos, a partir de todo su laburo territorial en las ciudades, hacen un trabajo muy estructurado y lo que dan es tranquilidad. Venden de alguna manera que vos puedas, a cambio de determinadas condiciones, estar tranquilo dentro de una cárcel, que nadie te pegue, nadie abuse de vos, que es algo como muy común y que generaba problemas muy serios. La solución la dieron los evangélicos. Es un trabajo que también hacen con las propias familias de los presos. A mí la verdad que me sorprendió, uno puede tener muchísima crítica o disidencia en cuanto a que la religión sea el único punto que te da alguna salida dentro de una cárcel, pero sí es una realidad con tipos de los que nadie se quiere ocupar. Fueron los evangélicos y les dieron un lugar.

—Esto que decís, esa salida que le dieron en la cárcel, ¿también se la dan en la vida fuera de la cárcel? ¿Qué pasa con los presos que pasaron por ahí?

—El nivel de reincidencia de la gente de los pabellones evangélicos es mucho más bajo que los otros. Porque hay una salida, una contención espiritual. Yo me acuerdo que me encontré con un tipo en la puerta de un templo acá en Rosario, a las ocho de la noche, estaba con un mameluco porque venía de laburar en el puerto y me decía: “Mirá, yo a esta hora estaba reunido con gente de la banda de los Monos y me decían a quién tenía que disparar esa noche. Y hoy estoy acá en la puerta de la iglesia”. ¡Qué sé yo! Son los que se ocuparon de gente a la que nadie le daba ni cinco de pelota, incluso el propio Estado, que ahí falló muchísimo.

—A eso iba. El Estado… teniendo este problema que le ha explotado como le ha explotado. ¿Qué soluciones ofrece?

—Hay algunos programas, uno que se llama Nueva Oportunidad, pero lo que pasó durante los últimos años es que yo no sé si el Estado se corrió, pero sí sé que no fue efectivo. O sea, las políticas estatales fracasaron dentro de ese clima en el que el narco ocupó muchos lugares donde convivía con el Estado, por ejemplo, en la asistencia. La mayoría de los grupos narcos tienen una relación muy fluida con la gente en base a la asistencia y ahora como un agente financiero. Un tipo que vive en un barrio muy pobre, que no tiene laburo, que no tiene ninguna propiedad, no puede acceder al crédito y va al narco y se lo da. ¿Cuál es la garantía de pagar ese crédito? Un balazo. Y eso hoy se está expandiendo muchísimo. Esto está ocurriendo. Los narcos hoy son el banco de gente muy vulnerable. La garantía es la vida, no te hacen firmar ningún pagaré, no es necesario. La banda de Los Monos tenía un sistema muy aceitado; por ejemplo, distribuían más de 400 raciones de comida al mediodía. Después, cuando lo fueron a detener a uno de los integrantes de Los Monos, la propia gente del barrio salió a defenderlo porque era el tipo que les daba de comer.

—¿Hoy está totalmente desmantelada la organización de Los Monos?

—Sí, está casi arrasada por dos motivos: la detención de los principales jefes de la banda en situaciones de aislamiento casi total y porque a lo largo de estos últimos dos años, de forma muy quirúrgica, los fueron matando a todos los que quedaban afuera. Mataron a más de 20 integrantes de Los Monos en los últimos dos años. Y los lugares que se van perdiendo van siendo ocupados por otros. En este caso, aparece una especie de cooperativa o unión transitoria de empresas narcos, una que se llama Los Menores, que ha ocupado todos esos espacios que fueron dejando los otros que lo perdieron, por la cárcel o por la muerte.

—¿Quiénes mataron a Los Monos que estaban afuera?

—La sospecha es que esta banda rival, que es como un enjuague nuevo dentro de lo que es la geografía narco, y que fueron por eso, de manera mucho más quirúrgica de la que usaban Los Monos, que era una violencia muy desmedida, que iban a matar a alguien y terminaban asesinando a tres personas. Esto fue más puntual.

—Esto que decíamos de esta cultura de los pibes de despreciar el trabajo y al trabajador y tener como modelo incluso a esos narcotraficantes que se ven en las series, que también tienen una importancia, me parece, en la construcción de este mito. ¿Ha cambiado en algo? ¿Se ha profundizado? ¿Es exactamente igual?

—Sí, cambió. Yo estuve reunido con varios de los eslabones de este nuevo grupo que aparece ahora, y son pibes de una extracción social distinta, muchos de ellos incluso con su paso por la universidad, pero hay incluso una estética distinta. Y yo creo que lo que vos decías de las series, de esta cultura narco que se trasluce también en la música, empezó a influir de forma bastante directa. Ves a estos pibes, el uso de las cadenas de oro, los relojes caros, antes eso no se quería mostrar y ahora mostrarlo es parte de estos nuevos perfiles y de pibes que te hablan permanentemente de hacer negocios; ya no es de matar como antes, de ser muy rudo, sino de que el propio negocio, o sea la guita, es lo que más interesa y ves el crecimiento con los autos, las casas. Los Monos siguieron viviendo en la villa, en el barrio Las Flores, estos pibes pasaron a vivir en countries de Pilar en Buenos Aires.

—Hablás de los de otra extracción social, pero te pregunto por los que en el 2024 eran sicarios, ¿en qué están?

—No, esos vienen de lo más bajo de la escala social, son chicos con la mayoría de familias pequeñas, destruidas, con pibes que están como fuera del sistema. Incluso al chico este que asesina a un taxista y al empleado de la estación de servicio, lo meten en un sistema de protección de testigos, lo sacan de Rosario, pasa a vivir en la provincia de Buenos Aires, en una casa bastante linda, que jamás hubiera pisado en otra situación, con una pileta de natación, él va con la madre a vivir ahí, le cambia la identidad… y menos de un año después se escapa y se vuelve a Rosario. Es muy difícil salir de eso. Por eso vuelvo a ¿quién te abre una puerta para escapar de ese laberinto? Y en este esquema, los evangélicos, aunque sea, te proponen algo.

—También hay una salida por el arte, contás que algunos que se han dedicado al trap y han empezado a hacer canciones y tienen seguidores en YouTube y todo eso.

—Ahí hay una cosa también interesante del tema cultural. El sobrino del líder de Los Monos, de Guille Cantero —Diego Cantee es su nombre artístico—, que ahora está preso, canta, hace trap y grabó unos videos que muestran también lo que nadie exhibe de la propia ciudad. Los videos los graban en las torres de la zona sur del barrio Municipal y ahí hay toda una estética, hay todo un cuidado incluso de lo que quieren mostrar. Es interesante porque tiene mucha llegada a los pibes, porque nadie lo muestra. En el libro los nombro “la nueva trova rosarina”, que es ajeno a lo que es el mainstream cultural y empieza a surgir desde los propios barrios. Ahora la tecnología da la posibilidad de tener un buen producto con muy poca plata, y hay un consumo muy importante desde los barrios hacia el centro.

—Hablaste antes del juez Bailaque y yo quiero remarcar que es un gran trabajo periodístico el que hiciste. Hay un momento en el libro, justamente en la entrevista que hacés con el exjuez Bailaque en el Parque Independencia en invierno, que es reveladora y creo que debería enseñarse en las escuelas de periodismo. ¿Cómo es trabajar directamente con los tipos que llevan adelante todo esto? De un lado, del otro. Porque vos no hablás porque sí, vos hablaste con cada uno de ellos. Debés ser el argentino que con más narcos ha hablado, más que los jueces o fiscales.

—En esa investigación había algo muy llamativo. Incluso uno logra sorprenderse después de tanto tiempo de trabajar. Porque dentro de los tribunales federales había una versión que circulaba desde hacía tiempo, te diría que la sabían casi todos, que el mismo contador que tenía el juez era el que tenía el principal narcotraficante de Rosario, que se llama Esteban Alvarado. Me lo cuentan con total naturalidad, todo el mundo lo sabía. A mí me sorprende, lo empiezo a trabajar, hablo con todos porque a mí me parecía muy fuerte. Y me lo cuentan con total naturalidad, como si fuese… Sí, esto lo sabe todo el mundo. Entonces, bueno, lo empiezo a trabajar, lo hablo con todos, porque a mí me parecía que era muy fuerte. Y después termino con el último que hablo, que es con el propio juez. Lo llamo por teléfono, le digo lo que voy a publicar y quiero un comentario de él y me dice: “Mirá, no voy a hacer comentarios”. Me llama 15 minutos después y me dice: “Bueno, juntémonos en un bar del Parque Independencia”.

—Él sabía ahí que ya lo suyo estaba descubierto y que se iba a publicar.

—Claro. Y el tipo después se larga a llorar, porque sabe que si se publica eso que mucha gente sabía, iba a terminar acabando con él, con su carrera judicial. Lo tomo como aprendizaje de que muchas veces en el mundo periodístico y sobre todo en la política y en la Justicia, todo parece natural hasta que hay que mirarlo con otros ojos: “Pero pará, esto no es natural, no es natural que el juez tenga el mismo contador que el narcotraficante y el que le arregla los balances a los dos es el mismo tipo”. Hemos normalizado cosas que no son normales.

—Por eso este newsletter se llama Esto no es normal.

—Claro. Aceptar que son malas cosas que ni vemos, después ya está. Eso va creciendo y vas normalizando otras cosas y llegás a esto, a que en el juzgado del tipo que investiga a los narcotraficantes esté el hijo del narcotraficante. Y bueno, hay que separarse un poco y no verlo como natural. A partir de esto después se empezaron a conocer muchísimas cosas más, de que además los sobornos que se pagaban y que cobraba el propio juez se hacían en el Museo de la Democracia en Rosario, que es de dos hermanos, de Fernando y Guillermo Whpei, de donde también salían los financiamientos de las campañas políticas de casi todos los partidos. Me pareció también interesante contar que el mundo narco tiene todo esto y que después se sostiene en base a todas estas complicidades. Si no, Los Monos no hubieran existido.

—Más que Museo de la Democracia, Mausoleo de la Democracia.

—Claro, exacto.

—¿Qué sentís después de haber dado este testimonio, de haber hablado con toda la gente, acercado testimonios a la justicia y ver que algunas de esas cosas funcionaron, cuando escuchás la campaña de “No odiamos lo suficiente a los periodistas”?

—Bueno, me parece que el poder siempre reacciona contra el periodismo. En Argentina y en cualquier parte del mundo. Yo a eso no le tengo tanto miedo. Me parece una reacción esperable. Y lo que sí me reconforta es que el periodismo sigue teniendo importancia para el poder. Cuando nadie nos putee, ahí me voy a preocupar. Por algo me están puteando. Algo he dicho.

—¿En estos momentos estamos mejor o peor que en el 2024 con respecto al narco en Rosario?

—No, está mejor la situación actual. La ciudad también empezó a recuperar algunos hábitos que se habían perdido. La noche todavía le cuesta, pero Rosario había perdido la noche, era un desierto después de las nueve de la noche y me parece que la gente está empezando a recuperar esa confianza de que, bueno, puedo salir un poco más seguro a la calle y cuando la gente sale a la calle, es la mejor protección que puede haber, mucho más que la policía, que las cámaras de seguridad y todo. La protección te la da tu propio vecino.

—¿Cuál es la relación de la Hidrovía con el narcotráfico en Rosario?

—Ahí hay cosas que explican el fenómeno local de la violencia. En Rosario, en momentos hubo muchísima droga dando vuelta, venía gente incluso hasta de Capital Federal a comprar droga a Rosario, porque era barata y la posición geográfica de Rosario también explica esto. La cantidad de puertos que hay a lo largo de 80 kilómetros, 36, y que Rosario a través del río está unido con cinco países, dos de ellos productores; Bolivia de cocaína y Paraguay de marihuana, que hoy casi está fuera del mercado. Esto convierte a toda esta zona en un hub del contrabando de cocaína hacia el exterior. Un kilo de cocaína que se compra en Bolivia a 2.000 dólares, si lo metes en Australia, pasa a valer 160.000 dólares. Hasta ahora, las bandas argentinas, los grupos criminales argentinos, nunca lograron hacer toda la cadena del narcotráfico, de comprar droga en los países productores hasta ubicarla en el destino donde se consume.

—¿Son sólo un eslabón de la cadena?

—Claro, es la parte logística que está en el medio. Y ahí aparecen un montón de fantasmas que no son visibles porque no disparan un tiro, que son grupos transnacionales. Sobre todo ahora, los brasileños están teniendo una incidencia muy fuerte, el Primer Comando Capital y el Comando Vermelho, que esta semana Estados Unidos los declaró como organizaciones terroristas a nivel internacional. Y eso es, si se te mete eso y tiene algún punto de contacto, de choque con lo local, es un problema.

—¿Hay posibilidades de que eso ocurra?

—Hay posibilidades. Es lo que pasó en Ecuador. Las rutas de los puertos las tenían los grupos, los carteles mexicanos y colombianos, y Los Monos, digamos, de Ecuador se quisieron apoderar de esa ruta. Ahí empezó una matanza que llevó a Ecuador a declarar el estado de sitio casi permanente.

El libro se llama Niños sicarios y otras historias del negocio narco. Lamentablemente, es bastante claro que no será el último que haya que escribir sobre el tema. Hay narco para rato.

Revista Seúl




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