OPINIÓN
Conozca la diferencia entre lo que hace el mundo y lo que no somos capaces de hacer los argentinos gastando tres veces más
Por: Rubén Lasagno
Javier Milei dio el visto bueno para que el gobierno firme con China la Adenda 12 que destraba la obra de las represas en Santa Cruz (eso dicen por enésima vez). La decisión permitiría la inmediata liberación de USD 250 millones; allí reconoce costos adicionales generados por los desplazamientos geológicos del terreno y habilita “el reinicio” pleno del proyecto. Esto se suma a los 150 millones de dólares firmado hace unos meses y que (como adelantáramos) no iba a servir para poner en marcha la obra, tal como ocurre actualmente, aunque luego de enterarnos de los condicionamientos que existen y las maniobras políticas que envuelven esta decisión presidencial, siguen las dudas de cuánto del total del proyecto se reactivará con estos fondos realmente.
Hasta la actualidad el proyecto Cóndor Cliff-La Barrancosa lleva insumido unos 2.000 millones de dólares, 12 años de construcción y no más del 35/38% del avance de la obra en total.
Comparaciones odiosas pero necesarias
Cuando digo que la Argentina es un país neta y funcionalmente corrupto, con una clase política abyecta, mendaz, inútil e insensible, obviamente producto de políticos esencialmente deshonestos, una justicia inexistente con jueces y Tribunales de dudosa moral y un aparato judicial funcional a los ladrones de guantes blancos que simulan gobernar el país y las provincias, hacemos alusión a esto: mientras hace 12 años se construye una obra cuyo costo final fue establecido en 4.800 millones de dólares, actualmente no lleva más del 38% de avance y el país se endeudó en 2000 millones de dólares y lo comparamos con lo que pasa en otras partes del mundo, cómo se manejan los recursos significativamente menos y la grandiosidad de los logros, recién allí podemos enteder de qué hablamos.
Existen miles de ejemplos en el mundo, pero vamos a tomar uno de los tantos situado en el Golfo Pérsico, el Burj Khalifa, el cual, debido a su complejidad de construcción llevó ingentes sumas de dinero, solo para asentar las bases inestables que dificultan las arenas del desierto.
Nos referimos al edificio más alto del mundo de 828 metros de altura, 163 pisos, 57 ascensores, asentado sobre una base especialmente construida para soportar el enorme peso estructural, los grandes vientos y tormentas de arenas que hay allí. Alberga al Hotel Armani, residencias privadas de súper lujo, oficinas corporativas, restaurantes y los miradores más altos del mundo.
De acuerdo a los registros históricos de la obra las excavaciones comenzaron en enero de 2004, la estructura exterior se completó en 2009, y el edificio fue inaugurado oficialmente el 4 de enero de 2010.
El suelo del área está compuesto casi en su totalidad por arena suelta, grava y roca sedimentaria muy débil. En Dubái no hay un lecho de roca madre sólido a una profundidad accesible para “anclar” un edificio de esa magnitud. Si se construía de manera tradicional, el edificio se habría hundido en la arena.
Los ingenieros resolvieron esto utilizando la física de la fricción. Construyeron una gigantesca losa de cimentación de hormigón de 3,7 metros de grosor. Debajo de ella, perforaron y colocaron 192 pilotes de hormigón de 1,5 metros de diámetro que descienden más de 50 metros en la tierra.
El edificio no se apoya en una base de roca en el fondo. En su lugar, se mantiene en pie gracias a la inmensa fricción generada entre la superficie rugosa de esos 192 pilotes de hormigón y la arena que los rodea fuertemente. Además, tuvieron que usar un sistema eléctrico de protección catódica para evitar que el agua subterránea (muy corrosiva y rica en sales) deteriorara el acero y el hormigón bajo tierra.
Todo esto mencionado de manera rápida, escueta y sumamente reducida de acuerdo a los datos difundidos del proyecto, insumió la suma de 1.500 millones de dólares.
El problema es el hombre, no las obras
Si comparamos esta magnificencia, los costos operados para su construcción y analizamos lo hecho en las represas sobre el río Santa Cruz, el dinero que se llevó (hasta el momento) 2.000 millones de dólares y ni siquiera alcanza al 50% de la construcción, podemos dimensionar lo que somos como país y hacia dónde vamos si como nación no nos autodepuramos y comenzamos a construir una sociedad más justa, menos ignorante, con ciudadanos más comprometidos, funcionarios y políticos menos corruptos y una democracia realmente eficiente y libre, que le permita a la sociedad funcionar dentro de los parámetros morales y más justos.
Thomas Hobbes en su obra Leviatán, argumenta que el hombre en su estado natural es egoísta y vive en una “guerra de todos contra todos”. Para él, el ser humano es un lobo para el hombre (homo homini lupus) y solo las leyes y un poder central fuerte (el Estado) evitan que nos destruyamos. Maquiavelo en tanto sostenía que los hombres “son ingratos, volubles, simuladores y ansiosos de ganancia“. Bajo esta visión, la corrupción no es un error del sistema, sino una tendencia natural cuando no hay consecuencias.
Muchos sociólogos argumentan que el hombre no nace corrupto, pero el poder lo transforma. Lord Acton lo resumió en su famosa frase “El poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Desde esta óptica, no es que el alma sea mala, sino que la falta de controles, la impunidad y las estructuras jerárquicas incentivan los comportamientos deshonestos.
Que el edificio más alto y lujoso del mundo, con la última tecnología en construcción y diseño se haya iniciado, realizado y terminado en 6 años a un costo de 1.500 millones de dólares y que en la Patagonia (al otro lado del mundo) un país de escasos 47 millones de habitantes en 12 años no hayan logrado terminar dos diques sobre un río para generar electricidad, el costo final esté valuado en tres veces más, hayan desaparecido 2.000 millones de dólares y el avance de obra no llegue al 40%, no habla bien de los árabes, habla mal de nosotros, los argentinos.
Tengamos en cuenta que como señala la norma internacional establecida para delinear costos totales de obras y emprendimientos de este tipo, el costo de mantener una obra parada (seguridad, degradación de materiales, salarios de convenios paralizados, etc) a veces termina siendo más caro que la obra misma, lo que explica, además de la corrupción, los sobreprecios, la redeterminación, etc, por qué los números finales resultan “el doble o el triple” que otras megaobras en el mundo.
Comparaciones odiosas (y desalentadoras)
Poner en números y en fotos la obra de las represas y el edificio más alto y lujoso del mundo es una comparación brutal que pone en evidencia las fallas del sistema argentino.
El Burj Khalifa es el ejemplo de eficiencia en un modelo de monarquía absoluta con recursos ilimitados, mientras que las represas del Río Santa Cruz(Cóndor Cliff-La Barrancosa) son tema de estudio de cómo la política y la burocracia pueden devorar un proyecto. Las diferencias se resumen en tres pilares: Gestión de Capital, Seguridad Jurídica y Planificación Técnica. Allí la tecnología, al ciencia y la eficacia resolvieron un problema geológico con ingenio, inversión y estudio. Acá, ni siquiera los constructores de las represas tuvieron la honestidad de hacer los estudios previos que advirtieran la falla sobre la que se asentaba el dique Cóndor Cliff. Cuando se produjo el movimiento de suelo que OPI publicó en exclusiva, lo ocultaron, trataron de minimizarlo, escondieron información, inicialmente lo negaron y posteriormente dijeron que era un problema muy grave, al punto que dudan si ese dique va a ser posible construirlo en ese lugar.
El factor “retorno”
No se puede ignorar que, en proyectos de esta magnitud en Argentina, el presupuesto suele incluir un “costo político” que no existe en las planillas oficiales. Ese 40% de avance físico con el 100% del presupuesto original ya gastado indica que el dinero se fue en gastos administrativos, financieros y en desvíos de fondos, mientras que el hormigón sigue esperando.
Si las represas terminan costando $4.800 millones, habrán costado más que tres Burj Khalifas. Es una cifra que desafía cualquier lógica de ingeniería civil moderna y nos interpela como sociedad sobre por qué seguimos en silencio y sin exigir respuesta, pero luego nos quejamos de no llegar a fin de mes y carecer de lo básico en un país que es la quinta pradera del mundo, tiene todos los climas, todos los minerales, agua gas y petróleo por doquier, con muy escasa población y el 50% es pobre.
La clase política y “empresaria” vive de maravillas ante la ausencia de un interés público por la corrupción que no solo mata sino que denigra y sepulta la dignidad de los argentinos, que no hemos logrado sacudirnos el yugo elección tras elección de autoeridades y por el contrario, seguimos apostando a un salvador que no llega ni llegará, mientras el verdadero cambio no venga del cuerpo social que se autodepure para nuestros hijos, nietos y bisnietos puedan construir un Burj Khalifa por un tercio de lo que hoy nos cuenta una hidroeléctrica, vetusta, desactualizada en términos de generación de energía, peligrosa ambientalmente y cuyo único fin es servir a los gobiernos como billetera política, funcional al relato contra “la desocupación”, mientras el pueblo duerme la siesta anestesiado por las promesas de que todo va a florecer, en un jardín que presidentes, gobernadores, intendentes y legisladores, se esfuerzan por mantener marchito lo cual se traduce en pobreza, desocupación, endeudamiento y retraso social.
Agencia OPI Santa Cruz

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