MILEI ES UNA ANOMALÍA EN EL CLUB DE LOS CINCO

OPINIÓN

Habla el mismo idioma de los otros socios (Trump, Netanyahu, Modi y Orbán) pero, al revés que ellos, no necesita la crisis permanente para sobrevivir

Por Alberto Ades

Tras la derrota electoral de Víktor Orbán en Hungría, el domingo pasado, vale mirar al grupo completo. Cinco líderes que suelen leerse como fenómenos domésticos forman, en rigor, un sistema. Pero hay una anomalía: Milei habla el mismo idioma que los otros cuatro (Trump, Netanyahu, Modi y Orbán), pero practica una agenda distinta. En ese desajuste entre retórica y programa se juega una de las tensiones más subestimadas del momento político global, y una de las más relevantes para los mercados financieros.

1. El sistema de espejos

¿Qué tienen en común un libertario argentino, un desarrollador inmobiliario estadounidense, un nacionalista hindú, un líder israelí en permanente lógica de supervivencia y un demócrata iliberal húngaro? A primera vista, poco o nada. Las diferencias ideológicas son evidentes: Milei es un anarcocapitalista doctrinario; Modi gobierna con una mezcla de nacionalismo religioso y pragmatismo económico; Orbán reivindicaba la “democracia iliberal” como proyecto; Netanyahu carece de doctrina más allá de la supervivencia de Israel —y la propia—; Trump privilegia una lógica transaccional del poder, donde las alianzas y los principios son instrumentos negociables en función de resultados inmediatos.

Y sin embargo, se reconocen, se buscan, se necesitan. No operan en paralelo sino en red. Se citan, se visitan y, sobre todo, se validan. Cuando J.D. Vance viajó a Budapest días antes de las elecciones húngaras, no hacía turismo político: defendía una pieza del tablero que Washington necesitaba. Cuando Milei invoca a Trump en cada discurso, se inscribe en una narrativa que lo trasciende. Cuando Netanyahu recibe a ambos como aliados estratégicos, construye un eje que le permite sostener su posición frente a Irán y frente a sus propios tribunales.

El sistema cumple al menos tres funciones. La primera es de legitimación: cuando Milei cita a Trump no importan las ideas sino la validación; el mensaje implícito es que lo que hace no es una excentricidad argentina sino la expresión local de algo global. La segunda es de amplificación narrativa: los cinco comparten un enemigo —el establishment, la casta, el globalismo, las élites liberales— y la estructura se refuerza cuando cada líder puede señalar a los otros y decir “no soy solo yo”. La tercera es de protección cruzada: cuando Trump fue procesado, Milei lo llamó víctima de la persecución política; cuando Netanyahu enfrenta críticas internacionales, Trump y Orbán salen a respaldarlo; cuando Bruselas cuestiona a Budapest, Budapest se convierte en sede del conservadurismo global.

Aquí aparece la trampa de fondo. El sistema funciona porque hay un enemigo común, pero también porque cada pieza sostiene a las demás: sin Trump, Milei pierde el espejo que lo globaliza; sin Milei, Trump pierde el caso empírico que podría validar que la disrupción radical produce resultados; sin Netanyahu, el eje pierde su epicentro de emergencia existencial; sin Modi, el sistema carece de su única demostración de consolidación. Si el liberalismo internacional colapsara, si la casta desapareciera, si el globalismo fuera derrotado, estos líderes perderían al antagonista que los define. Son más eficaces en la confrontación que en la hegemonía. Necesitan que el paciente siga enfermo para justificar la cirugía permanente.

Ese funcionamiento tiene, además, una consecuencia que conviene señalar desde el inicio porque recorre todo lo que sigue: el efecto combinado de los cinco acelera el tránsito desde un orden internacional basado en reglas relativamente previsibles hacia uno donde las alianzas son condicionales, los compromisos revocables y las normas negociables. El orden no desaparece, pero deja de ser automático. Lo que un líder construye, el siguiente lo puede desarmar. Lo que hoy es alianza, mañana puede ser confrontación.

2. Cinco estrategias y una anomalía

No todos estos líderes operan del mismo modo. Detrás de la retórica compartida hay estrategias de poder distintas, y distinguirlas es condición para entender qué está en juego.

Trump es el desestabilizador. Su política exterior no responde a una doctrina sino a un instinto. America First significa que cada compromiso debe justificarse como ganancia tangible y que el multilateralismo es, en su visión, un mal negocio para Estados Unidos. Las relaciones internacionales son, para Trump, negociaciones sucesivas donde cada parte maximiza la ventaja inmediata. El resultado es imprevisibilidad, y esa imprevisibilidad no es un defecto del método sino el método mismo.

Modi es el constructor. Lleva más de una década en el poder y ha transformado no solo la política india sino su infraestructura institucional. El BJP es hoy una maquinaria que trasciende a su líder, con cuadros propios, presencia territorial y una base ideológica –el nacionalismo hindú– que no depende de un solo hombre para articularse. Eso lo distingue de los otros cuatro de manera fundamental: Modi podría retirarse mañana y el proyecto sobreviviría, no intacto pero sí reconocible. A eso se suma un pragmatismo económico notable: India negocia al mismo tiempo con Rusia, Estados Unidos, Israel y los países del Golfo sin atarse a ningún bloque. Si hay un modelo de consolidación en este grupo, es el suyo. Aunque incluso Modi tiene techo: las elecciones de 2024 mostraron que hegemonía no equivale a invulnerabilidad.

Netanyahu es el operador. No busca transformar el sistema global ni romperlo; busca maximizar el margen de maniobra de Israel. Los Acuerdos de Abraham redibujaron el mapa de Medio Oriente sin pasar por el proceso de paz que la diplomacia tradicional consideraba un requisito. Pero Netanyahu carga con un problema que los otros no tienen: está procesado por corrupción y su supervivencia política depende de no abandonar el poder. Cuando la supervivencia personal se confunde con la seguridad nacional, las decisiones se distorsionan. El ataque a la Corte Suprema israelí no fue un proyecto ideológico sino un intento de autopreservación disfrazado de reforma institucional.

Orbán era el manipulador. No salía del sistema: lo modificaba desde adentro. Hungría siguió siendo miembro de la Unión Europea y de la OTAN, pero Orbán convirtió esa membresía en una plataforma para erosionar las reglas que esas instituciones suponían, en beneficio propio. La reforma constitucional, el control del poder judicial, la captura de los medios, la ley electoral a medida: todo ocurrió dentro del marco formal de la democracia europea. Su concepto de “democracia iliberal” era un programa, no solo una provocación.

Y luego está Milei, la anomalía. Habla el idioma de la internacional iliberal: el enemigo es la casta, el globalismo es la izquierda, el establishment debe ser destruido. Pero cuando se examina su agenda real —no su retórica— aparece algo radicalmente distinto. Milei es aperturista: busca integrar a la Argentina en los circuitos del comercio y del capital global, no protegerla de ellos. Es privatista: quiere reducir el Estado, no capturarlo ni usarlo como palanca de poder político. Es pro-mercado en el sentido más clásico: compite por la inversión extranjera, por acuerdos de libre comercio, por credibilidad ante el FMI y los bonistas internacionales. Donde Trump impone aranceles, Milei los elimina. Donde Orbán capturaba medios y reescribía constituciones para perpetuarse, Milei desregula, elimina la pauta y propone vender activos públicos. Donde Modi construye una maquinaria estatal al servicio del nacionalismo, Milei propone desmantelar el Estado.

¿Por qué, entonces, se inscribe en un movimiento que programáticamente lo contradice? Porque el liberalismo clásico perdió su hogar. Su lugar histórico era la centroderecha anglosajona y la democracia cristiana europea. Ese espacio se vació en los últimos 15 años a medida que la derecha occidental se fragmentó entre una variante nacional-populista y una tecnocrática defensiva. El liberal clásico de 2025 —aperturista, privatista, favorable a la integración— no encuentra dónde albergarse dentro de las familias políticas tradicionales. La internacional iliberal, en cambio, le ofrece un antagonismo compartido contra el progresismo cultural, la burocracia supranacional y la expansión estatal. Milei entra ahí porque es el único espacio disponible para su mensaje, no necesariamente porque comparta el programa. Toma prestado el enemigo y le suma su propio proyecto.

3. El problema del día después

Estos cinco líderes son extraordinariamente eficaces en una cosa: la disrupción. Saben atacar al sistema, movilizar el descontento, capitalizar la crisis. Pero ninguno, tal vez con la excepción de Modi, ha demostrado saber construir algo que sobreviva al líder. La prueba no es si gana elecciones; es qué queda cuando se va.

Trump es el caso más transparente. Ganó en 2016, gobernó cuatro años, perdió, volvió. El Partido Republicano es hoy más trumpista que nunca, y sin embargo eso no es consolidación: es culto a la personalidad. El trumpismo existe mientras Trump respira; detrás no hay doctrina, ni cuadros, ni instituciones. Solo un hombre y su base.

Netanyahu es el más longevo. Lleva décadas en la política israelí, ha ganado más elecciones que nadie, ha sobrevivido a escándalos, guerras, procesos judiciales. Israel, sin embargo, no tiene una estrategia de largo plazo: tiene las tácticas de Netanyahu. El sistema que ha creado está diseñado para que Bibi sea irremplazable. Eso es poder, no consolidación.

Modi es la excepción aparente. Tiene cuadros, tiene partido, tiene infraestructura institucional, todo lo que a los otros les falta. Pero incluso su consolidación tiene un límite: el BJP sin Modi seguiría existiendo, sí, pero el proyecto civilizatorio que lo sostiene sigue necesitando al enemigo (el secularismo nehruviano, la amenaza externa, la narrativa de un Bharat asediado) para mantener su cohesión emocional. Modi consolidó el vehículo; no resolvió la dependencia del combustible.

Orbán era, hasta hace poco, el que parecía haber ido más lejos. Dieciséis años en el poder, una constitución a medida, un sistema electoral diseñado para favorecerlo, medios controlados, respaldo explícito de Trump y de Vance. Si alguien se había consolidado, era Orbán. Y sin embargo, perdió. La economía húngara está estancada, el costo de vida es agobiante y un ex aliado, Péter Magyar, lo derrotó con más del 53% de los votos hablando de heladeras mientras Orbán hablaba de civilizaciones.

Con Milei es demasiado pronto para saberlo. Ha logrado resultados económicos notables en poco tiempo: la inflación se desplomó, el tipo de cambio se estabilizó, la pobreza cayó más de 15 puntos en dos años y hay signos incipientes de recuperación, al menos en las variables financieras. Pero no tiene un verdadero partido propio, su coalición legislativa es frágil y su poder depende casi enteramente de su popularidad personal.

La caída de Orbán deja expuesta, por lo tanto, una pregunta que aplica a los cinco casos: qué pasa con los votantes cuando el líder se va. Los dos millones de húngaros que votaron a Fidesz no cambiaron de opinión sobre Bruselas, sobre la inmigración ni sobre la pérdida de estatus que los llevó a Orbán en primer lugar. La demanda social que produce estos liderazgos (desigualdad percibida, resentimiento anti-élite, sensación de desposesión cultural) no desaparece con una derrota electoral; se reconfigura, busca otro canal o espera.

El problema no es solo que estos líderes no sepan construir algo duradero, sino que sus bases electorales no necesariamente quieren durabilidad. Quieren confrontación, quieren que alguien nombre al enemigo y lo ataque. Un líder que consolida –que estabiliza, que institucionaliza, que negocia– corre el riesgo de traicionar el mandato emocional que lo llevó al poder. La paradoja no es solo del líder; es también del electorado.

4. Otra paradoja: la del éxito

Hay algo todavía más profundo en juego. Estos líderes no carecen solo de una teoría de la consolidación; en cierto sentido no pueden tenerla, porque su poder depende de la crisis y la consolidación es el fin de la crisis.

Sin un “pantano” para drenar, Trump es solo un empresario mediocre con opiniones contradictorias. Sin la amenaza existencial de Irán, Netanyahu es un político maquiavélico más, y encima procesado. Modi, sin la amenaza al Bharat —externa o secular—, sería un gestor competente, no un líder civilizatorio. Sin Bruselas como enemigo, Orbán era el gestor de un país pequeño y pobre. Estos líderes no gobiernan a pesar de la crisis, real o imaginaria: gobiernan gracias a ella. La confrontación no es un medio hacia un fin: es el fin mismo. No se polariza para después reconciliar; se polariza porque la polarización es el combustible.

¿Pero qué pasa si Milei efectivamente logra desarmar el andamiaje del estatismo argentino? ¿Si la economía se estabiliza, la inflación desaparece, el país crece sostenidamente? Acá la paradoja funciona de manera diferente. Milei sin la casta sería algo distinto de los otros cuatro sin su enemigo: sería el arquitecto de un modelo que por fin funciona. Su programa no se agota en destruir al antagonista, porque tiene un destino propio: una Argentina integrada, desregulada, con moneda sana y acceso al capital global. Ese destino no desaparece cuando la casta es derrotada; se vuelve el nuevo punto de partida. En eso reside su diferencia estructural con los otros cuatro —todavía como hipótesis, no como resultado probado— y también su mayor apuesta.

Una Argentina exitosa no es la continuación del populismo que lo precedió ni la variante local del nacionalismo económico que Trump predica; es su refutación práctica. El éxito de Milei no confirmaría la tesis del antiliberalismo global: la complicaría, porque demostraría que el liberalismo clásico —no su versión proteccionista ni su variante autoritaria— puede derrotar a la casta en sus propios términos. Esa es la tensión más subestimada del sistema de espejos: la pieza que mejor habla el idioma del grupo es también la que, si gana, más lo contradice.

Pero si Milei es la excepción, los otros cuatro son la regla, y la regla tiene una trampa: si estos líderes ganan (si efectivamente transforman sus países, si derrotan a sus enemigos, si el orden liberal colapsa), habrán destruido al único antagonista que los mantiene unidos. Sin enemigo común, el sistema de espejos refleja el vacío. Lo que venga después no lo tiene pensado ninguno de los cinco —salvo, quizás, el que entró al grupo tomando prestado el enemigo y aportando su propio destino.

5. El precio de la disrupción

Este análisis político no es neutral para los mercados. La reconfiguración del orden internacional que se desprende de la acción combinada de estos cinco líderes implica un cambio estructural en el riesgo que los modelos convencionales no capturan bien, porque fueron calibrados en una época de previsibilidad institucional que ya no rige.

El primer efecto es lo que podría llamarse una prima de discrecionalidad. En un sistema donde las reglas son negociables, el acceso al poder —o la cercanía con quien lo ejerce— vale más que la eficiencia económica o la posición en el ciclo. Esto no es novedad en mercados emergentes; la novedad es que ahora aplica a los mercados desarrollados. La volatilidad de los activos estadounidenses frente a los anuncios arancelarios de Trump, o la reacción de los mercados israelíes a cada escalada judicial, son síntomas del mismo fenómeno: cuando la decisión de un hombre puede mover la curva de rendimientos, el riesgo político deja de ser una nota al pie del análisis macro para convertirse en su variable central.

El segundo efecto opera sobre la duración del horizonte de inversión. Un sistema basado en decisiones discrecionales favorece posiciones de corto plazo o de alta liquidez sobre compromisos de largo plazo. Cuando el marco regulatorio puede cambiar con una firma, la inversión en activos de larga maduración (infraestructura, energía, industria) requiere primas de riesgo más elevadas o garantías contractuales más robustas que compensen la inestabilidad institucional. El capital no desaparece; se recalibra hacia horizontes más cortos y jurisdicciones con mayor certeza jurídica. El corolario para los mercados emergentes es que la estabilidad institucional —no la ideología del gobierno— sigue siendo el diferenciador más importante en la atracción de capital de largo plazo. Esa es precisamente la razón por la que India captura flujos que la Argentina no capturará aun si Milei triunfa en lo económico, al menos hasta que el programa sobreviva a su autor.

El tercer efecto es el de la reversibilidad. La caída de Orbán recuerda que estos regímenes no son permanentes. Lo que un líder construye al margen de las instituciones, el siguiente puede desmontarlo con las mismas instituciones. Para el inversor, esto implica que el análisis de riesgo político no puede limitarse a evaluar la fortaleza actual del régimen: debe incluir el escenario de transición y la probabilidad de que los contratos, las concesiones o los marcos regulatorios vigentes sobrevivan al cambio de gobierno. En Hungría, esa probabilidad resultó menor de lo que el mercado asignaba. La pregunta relevante, en cada uno de los otros cuatro casos, es si corresponde el mismo análisis.

Hungría ya mostró lo que pasa cuando la disrupción se agota: el votante que toleró la erosión institucional mientras la economía funcionaba pasó la factura cuando dejó de funcionar. El forint, los bonos y el régimen se ajustaron juntos y en semanas. Esa secuencia –primero el ciclo económico se da vuelta, después la prima política se revierte– es el escenario base para cualquier liderazgo de este grupo que no logre consolidarse. Y ninguno, salvo Modi parcialmente, lo ha logrado.

Los tres casos abiertos para el mercado son Trump, Netanyahu y Milei. Los dos primeros gobiernan gracias a la crisis y necesitan que persista; cuando se resuelva o cuando el costo económico supere al rédito político, el mecanismo húngaro se activará.

Milei es un caso distinto. Habla el idioma del grupo pero juega un juego en el que ganar no lo vuelve innecesario: si su programa sobrevive al ciclo político, habrá demostrado algo que ninguno de los otros cuatro pudo: que se puede demoler la casta y construir algo mejor y más sólido en su lugar.

Revista Seúl


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