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viernes, 27 de junio de 2014

LA INCREÍBLE PISTA DE LA MUERTE

Cacho decía que a las latas de sardinas vacías había que hacerles cuatro agujeros para cruzar los "fierritos."

Los "fierritos" serán los ejes de las ruedas de los autitos de carrera hechos con las latas vacías de sardinas -decía Cacho-.

Las ruedas de los autitos corredores serán hechos con las tapas de los frascos de penicilina que habíamos encontrado en el patio del hospital.

Las tapitas grises son más duras que las tapitas rojas.
Tocá tocá -decía mi primo Cacho y Cacho tenía razón-.

Como la pista que yo estaba haciendo para que los autitos corran carreras con el impulso de nuestras manos, era de tierra compactada, y tenía curvas con una inclinación de casi cuarenta y cinco grados, Cacho decía que las tapitas rojas debían ser colocadas a la izquierda porque todas las curvas giraban a la izquierda en aquella gran pista instalada en el centro del patio. 

Y hasta les sacaba con una hoja de afeitar un poco de diámetro a las rueditas rojas para que las latas de sardinas-autitos no se desvíen en su loca carrera hacia la derecha y se escapen de la pista. Eso era morir.

"Guarda el hilo," negro. Autito que sale de la pista, queda eliminado. Sale de la curva, muere.
Decía el Cacho, 

Rita, lejos de aquellos acontecimientos, estaba sentada más allá, donde comenzaban los canteros de las hortalizas, juntando hormigas que guardaba en un frasco de vidrio que antes había albergado café.

Pepi y Beba le cambiaban la ropa a sus muñecas, en la galería del patio porque decían ellas, que debían llevarlas al médico. 
-Señora Pepi, ¿su bebé amaneció con fiebre?
-Ay si, señora Beba, y con unas manchitas en la cara, fíjese bien aquí ¿vió? Para mi que es sarampión. Y a su nena yo no la veo bien.
-Para mi que son paperas, lo que ella tiene.
-Qué desgracia y con este tiempo que no ayuda...

Allá lejos, en el cielo, un avión dejaba dos rayitas blancas. 

Cacho me decía que con un poco de masilla las latitas de sardinas-autitos, tendrían más peso y se iban a "agarrar" mejor en las curvas de la muerte.

La tía Susy se levantaba de descansar porque le gustaba escuchar el radioteatro acostada, se lavó la cara, y puso la pava en el fuego para calentar el agua.
Dice su mamá que no se ensucien, que ya vamos al médico -les dijo a las niñas-.

En la primera curva, los autitos-latitas de sardinas pasaron de largo.
Revisemos, algo salió mal -dijo Cacho-.
Revisemos -dije yo-.

Algunas hojas sueltas jugaban alborotadas sobre la cabeza de Rita, como si fuesen los dibujos de los cuentos para niñas.

Rita de repente empezó a llorar porque decía que el frasco se le cayó de las manos y que algunas hormigas se le escaparon cerca de las zanahorias y de las acelgas.

Pepi y Beba le sacudían la ropa llena de tierra.

Nosotros dos, los varones, les juntamos las hormigas y las volvimos a guardar.
Yo le embarré la punta de la nariz y le di un beso en la mejilla.

Rita parecía reír y llorar a la misma vez.

La tía Susy nos decía por la ventana que dejemos de jugar y que pasemos adentro, en silencio porque mi mamá estaba muy afligida con la caída del gobierno del presidente Arturo Illia.

Cacho distribuía la masilla dentro de los autitos-latitas de sardinas.
Yo, levantaba la inclinación de las curvas de la pista de la muerte, y le agregaba arena para que frene un poco la marcha enloquecida de los bólidos.

Rita quería llevar al médico el frasco con hormigas, porque decía que eran de ella y de nadie más. Le dijeron que a los doctores no les gustan las hormigas y que si las llevaba, el canalla le iba a poner una inyección y que a la noche la iba asustar "el cuco." 

Beba dijo que quería hacer pipí antes de salir.
Mamá las mandó una por una al baño y luego les lavaron la cara y las manos y las volvieron a peinar. Pepi se peinó sola y se puso "Angel Face" en la cara.

La tía Susy, iba con ellas porque de paso le quedaba cerca la academia de piano.

-Y también de la casa del "mamadera negra
Me dijo Cacho despacito al oído, pero sin disimular. 
Yo no aguanté la risa, a pesar de la mirada fulminante que nos regaló la buena de la tía Susy.

Mi mamá le limpió "los mocos" de la nariz a Rita.

Mi primo Cacho y yo quedábamos al cuidado de la casa -nos dijo mi mamá en un tono compungido por la caída del presidente Illia y la ausencia de papá-.
-No le abran la puerta a nadie, tomen la merienda y hagan los deberes de la escuela.

Cacho y yo hicimos cuatro intentos más y uno de los autitos-latitas de sardinas dobló y volvió a doblar, hasta descansar a escasos metros de la línea de llegada.
Al otro lo hicimos igual.
-A la Pepi le vino "la regla," por eso tu mamá la lleva al médico -me dijo Cacho-.
-Ah.
-¿Sabes lo que es eso, no?
-No.

Nos olvidamos la pava en el fuego.
Las hormigas del frasco de Rita se escaparon por toda la cocina.
Tarzán, el perro de la casa que era de Beba, mordisqueó las muñecas y las arrastró por todo el barro de los bordes de los canteros como un toro enfurecido contra el torero.

Algunos aviones de combate pasaron volando bajito.
Allá lejos, sonaba estridente, el silbato de un tren.

Los autitos-latitas de sardinas con ruedas de tapitas de penicilina, y muy bien rellenados estratégicamente con masilla, batieron el fabuloso récord de haber doblado dos veces, sin apartarse de la increíble pista de la muerte.










José Antonio Ibarrechea
diceelwalter@gmail.com

3 comentarios:

  1. Un dia, una tarde, de su infancia??? o es pura ficción escribidor???

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  2. Casi compartimos la infancia!,muy lindo relato!

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  3. El auténtico Ibarrechea. Un gusto volver a leerlo señor Walter. Mejore la sección comentarios que es imposible poner algo...

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