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viernes, 13 de diciembre de 2013

EDUCANDO A CARMELA


Si te quedas quieta un rato niña buena, y me dejas hacer las cosas tranquila, vas a comer helado de postre -le dice la abuela linda a su nieta Carmela-.

Carmela corre entre la cocina y el comedor, mira dibujos animados en la televisión, sube el volumen y va hasta su habitación,  vuelve caminando con los zapatos de su madre puestos, se sienta en una silla de la mesa del comedor y dibuja en una hoja, la abuela linda le dice que baje el volumen del televisor, mientras aprueba los rayones estampados sobre la hoja de papel, le dice que están bonitos. La niña pide agua fresca para tomar. 

- ¿Que estás haciendo de comer? Pregunta Carmela mientras se mantiene parada sobre los zapatos de su madre, observando a la abuela que pone la comida en el horno, que abre y que cierra la heladera y que pasa un trapo rejilla sobre la mesada.

La abuela le dice que ha puesto zapallitos rellenos en el horno que va a acompañar con arroz y que quiere que ella se porte bien porque va a venir a cenar un señor amigo, y que le parece raro que todavía no haya llegado. Y sigue respondiendo las preguntas de su nieta:

He cortado el calabazín al medio Carmela, le he quitado la semillita que después las pondremos en un lugar en el patio para que salgan plantitas y vamos a hacer una quinta de verduras para que veas cómo se hace.

Ay, Carmela, se llama quinta porque antiguamente, los dueños de la tierras, repartían su tierra en quintas partes  que se la entregaban a los empleados para que hagan una huerta, donde plantaban tomates, lechuga, maiz, uvas,  girasol.

Claro Carmelita, se llama girasol porque sus semillitas van buscando la luz del sol.

El mantel hay que ponerlo siempre, es un símbolo de higiene, recuerda eso niña,  siempre hay que ponerlo limpio y si es posible que no se noten los bordes del planchado, y las servilletas deben estar más limpias aún pues con  ellas te limpias la boca y las manos, por ejemplo, antes de llevarte la copa a la boca para tomar tu jugo, debes repasarte los labios con la servilleta -las dos estiran el mantel sobre la mesa-. Te vas a caer con esos zapatos y cuando venga tu madre se va a enojar porque los usas, ya te vas a bañar y cenas bañadita así duermes temprano.

Bueno Carmela, está bien, ayúdame a poner la mesa y después vamos a la ducha.
Si, Carmela, con cuidado lleva la panera.
Claro, se llama panera porque allí va el pan.
Mira y aprende. Ponemos el plato, después, a la izquierda va el tenedor, a la derecha va el cuchillo con el filo apuntando al plato, así ¿ves? ahora vamos a poner dos copas, una grande para el agua o la gaseosa y la otra para el vino.

- Nosotras no tomamos vino.
- Pero el señor José Antonio, si.
(Se ríe Carmela)
- ¿Porqué se llama José Antonio?
- Porque un abuelito suyo se llamaba José, y el otro abuelito se llamaba Antonio.
- Vos no te llamás Carmela.
- Porque, entonces no se,  preguntale a tu madre. Mira, las servilletas la vamos a poner encima del plato, ¿te gusta? Vamos, a bañarse se ha dicho.

- Te lavas bien que yo voy a ver la comida, no salpiques tanta agua, y te secas con esta toalla, después te pones el pijama.
- No quiero que tu amigo me vea de pijama, abu.

Suena el timbre.
La abuela de Carmela se para en punta de pies, besa en la mejilla al señor José Antonio, le agradece el ramo de rosas que coloca en la mesa, y una caja de bombones que apoya en la mesa del "living" Le pregunta si la botella de vino tinto que trajo la toma ahora y la deja en la mesa. Carmela asoma su cabeza mojada por la puerta del baño y la llama insistentemente.

El señor José Antonio mira dibujos animados en el televisor mientras las espera. Carmela llega silenciosamente y se sienta a su lado, se miran, sonríen. 
Carmela le dice que su mamá está trabajando y que los sábados a la tarde viene a buscarla su papá. Le muestra algunos dibujos y los dos hablan del primer año de ella en la escuela. Hacen bromas.

La cena está servida.
Carmela dice que la comida se llama zapallo relleno, que la hizo su abuela haciendo un hueco al medio y que adentro le puso carne de pollo, verduras y queso. 
El señor José Antonio intercambia gestos, miradas y palabras con la abuela linda. 
Carmela le toca el brazo y le dice que a ella el queso le gusta mucho, y que se hace con la leche de las vacas, así dice la abu -aclara señalándola-.

Carmela vuelve a interrumpir la conversación de mayores porque quiere saber si el señor José Antonio tiene nietos. Él, le dice que si, pero que viven lejos y que también a ellos les gusta el queso y el dulce y que hace mucho tiempo que no los ve.
El tiempo pasa volando José, así dice mi mamá -aclara Carmela-.

Como es costumbre del señor José Antonio, para impresionar a dos bellas damas, empieza a contar una de sus aventuras en la selva de Brasil.
"Una vez, con mi amigo Eulalio, salimos a cortar palmitos de las palmeras pejibayes en un lugar que se llama Morrinhos. Lalí se puso botas de goma en los pies, yo no tenía nada más que zapatillas y caminamos entre arrozales como cinco kilómetros, llevando cada uno un filoso machete y tratando de no hacer ruido por los animales salvajes. Cruzamos una zanga nadando, que es como un canal profundo, de aguas verdes por la vegetación, y entramos a la selva oscura. Lalí iba adelante, estábamos mojados y hacía mucho calor. Yo lo seguía en silencio, los mosquitos me picaban en las piernas y en los brazos. Había pájaros extraños, de pico grande y de color amarillo, que se alborotaban cada vez que le dábamos un machetazo a las ramas para pasar. Hasta que una hora después, llegamos a un lugar lleno de palmeras. Lalí las miraba, las tocaba, parecía que les hablaba y después, de un certero machetazo, las volteaba. A mi me gustaba esa aventura, él me decía que de la punta del tronco, donde están las hojas para abajo, debía contar tres cuartas, hacer una marca y que debía cortarlo de un machetazo para poder extraer el palmito. Una cuarta es el largo de la mano entre la punta del dedo pulgar y la punta del dedo mayor -le explica haciendo el movimiento de la mano sobre la mesa, y Carmela hace lo mismo-. Cortamos unas veinte palmeras, atamos los trozos con una fina hoja de enredadera, y con otra mas gruesa, colgamos el paquete de palmitos en nuestra espalda, nos secamos la transpiración con las manos, y buscamos el camino para volver. Pero entonces, y de repente, algo apareció entre el follaje..."

Carmela empezó a bostezar y la abuela linda le preguntó si quería acostarse para dormir.
- Mi mamá dice que los hombres son todos unos cuenteros, mejor contame un cuento para niñas.
No le gustan de princesas, ni de hadas ni nada de eso. -aclara la abuela linda, mientras levanta la mesa sonriente y aclarando que ella quiere saber el final de esa historia-.

Carmela se acerca al señor José Antonio y le dice al oído que esos cuentos son para "pendejas" que no van a la escuela como ella.

La abuela prepara un café, y le dice desde la cocina.

- Carmela, no hables groserías. Te estás cayendo de sueño, vamos a la cama que te enciendo el televisor para que te duermas de una vez. 

- No abu, tu amigo sabe cuentos mejores  -se trepa sobre las rodillas del señor José Antonio, bosteza y se rasca la cabeza.   

Entonces te voy a contar un cuento para niñas que van a la escuela, acomódate bien y veamos si éste te gusta -le dice el señor José Antonio-.  
"Había una vez, por los suelos de nuestra patria, dos mujeres jóvenes de una belleza resplandeciente, que amaron a un hombre de nuestra historia al que llamaremos Pancho. De una de ellas, nadie ha sabido aportar datos certeros sobre su lugar de nacimiento. Algunas personas, que llamaremos historiadores, nos cuentan que probablemente ella era Brasilera, hija de un virrey Portugués. Otros, afirman que en realidad era una mujer porteña, nacida en Buenos Aires y que el General Don Francisco "el Pancho" Ramírez, la conoció en lo que hoy es Uruguay. Todos dicen que ellos dos se hicieron compañeros inseparables, y que por amor a él, nuestra heroína llamada Delfina, empieza a acompañarlo en las batallas del general, vistiendo una chaqueta colorada con algunos dorados en los hombros y un sombrero negro. Cuentan que aquel amor, entre Francisco Ramírez y María Delfina era un amor clandestino, pues el valiente general estaba comprometido con otra mujer llamada Norberta, que lo esperaba después de cada batalla, mirando el camino desde la ventana de su hogar. Norberta Calvento, era suave y bella y dicen que no se dejó llevar por los comentarios de aquel amor de su amado con Delfina, y que preparó durante meses, su vestido de novia para esperarlo, pues tal como él le había prometido, se casarían al final de aquellas bravas disputas. Pero en el norte de nuestra provincia, en un lugar llamado Río Seco, y mientras amanecía..."
- Carmela, Carmela. ¿Carmela? 














José Antonio Ibarrechea
diceelwalter@gmail.com

6 comentarios:

  1. Dos maravillosas historias que cuenta el señor José Antonio sin final. Habrá que esperar hasta el viernes que viene o habrá que preguntarle a la abuela de Carmela???? Usted es un genio señor escritor. Ángeles. (solo me acepta como anónimo)

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    1. Si Gracias, ya sale el final de esos cuentos. Anónimo es más rápido. Gracias de Nuevo Ángeles.

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  2. Muy bonito, qué de aventuras que tiene este señor! Graciela.

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    1. La vida me ha llevado a transitar algunos lugares. A veces es más ficción que otra cosa. Gracias por leer este blog, Graciela.

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  3. Conozco al señor "José Antonio", conozco sus sueños, sus desventuras, si Carmela existiese sería la nieta con más fantasías, con más magia, la más dulce y solitaria niña. Un calco de mi amigo. Que hasta en este espacio, hace docencia. Te mando un abrazo "escribidor" sigue así amigo, algún día te reconocerán. Yo, Susi

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