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viernes, 14 de diciembre de 2018

MONICA IVULICH: EL PONCHO



Tras la entrega de diplomas y, todavía embriagados de cantos alusivos, nos reunimos en el ‘boliche’ de enfrente; por lo bajo convinieron que “ni palabra a la gordi.”

Justo a la gorda, madre adoptiva de todo el grupo, justo a ella que no se escapaba ni un suspiro (y, menos, los suspiros); pero, por esta vez, confabulación en marcha, quedó fuera de la ronda de gaseosas y opiniones sobre como festejarle “dignamente” su orondo cumple.

A la vez, queríamos matar un segundo pájaro con la misma fiesta y despedir el año, la secundaria, los delantales y, sobretodo, al conjunto folklórico del establecimiento, cuando nos fuéramos no habría nadie que lo continuara.

Este conjunto folklórico era nuestro orgullo porque lo habíamos formado voluntariamente y de forma independiente, sin profesores de por medio; también lo era para nuestra escuela, ya que fue el único en representarla en televisión.

El asunto que nos ocupaba ahora era hacer una buena fiesta de broche final:

-“Que sea con empanadas y vino, de un grupo autóctono no cabe otra.”

-“Claro, las mujercitas al repulgue y la cocina y los zánganos botellita en mano… ¡Ja! ¡No cabe otra!”

-“¡Ufa con las niñas! Linda generación de madres nos espera, como si alguna de ellas pudiera descorchar una botella de vino”

-“Para eso los compramos con tapita a rosca, cielo.”

-“Hablo de buen vino, preciosa, no de kerosene.”

-“Bueno, paren, yo creo que lo mejor es que cada uno lleve lo que se le antoje, porque yo tomo litros de gaseosas y no puedo ni oler el vino.”

Fue Silvia la que terminó la discusión con esta protesta pecosa y su sonrisa de revista femenina de la década del 50.

Y, sin mas, nos descolgamos en casa de la mamina grupal que nos esperaba con torta, sidra y la sorpresa de no sorprenderse pero, si feliz de vernos y más aun con la serenata dedicada por los solistas del conjunto que abrió la ultima parranda de ese grupo que se unía folklóricamente con la música, las anécdotas, la juventud y las ilusiones, ahora en franca despedida, cambio de vida y entonces: la etcétera obvia de coma-chupe-charla-canciones-risas-juegos-baile-discos-él…

…él, tan arábigo, tan sentado a-mi-lado, con sus manos ovillando las mías y recordándome aquel paseo por la isla, meses atrás, con toda la estudiantina… y aquella caricia de su-mano-en-mi-vientre-noche después de una mañana deportiva y una tarde de patada ridícula en mi canilla de mujer-jugando-football contra varón absurdamente con zapatos, tan duros bajo el sol estrellando el agua oscura de ese río ya oscuro, casi negro

…negrísimo en la noche con su caricia-en-mi-vientre-sobre la lancha después del partido y el asado criollísimo, carne argentina, caraj…: -“no, no, esta carne la traen de Uruguay, ¿sabe…?” -“…es lo mismo amigo, lo mismo”; luego la caminata digerir la carne, vino y fruta isleña, chiquita pero sabrosa, charlando sobre lo que leímos, escribimos, el surrealismo, los sueños, viajes y su-mano-en-mi-vientre-noche

…aquella noche sobre la lancha llena de guitarras-grillos y voces-sapos cancioneros; después de los mates y torta-fritas, los juegos con prendas algo sado-masoquistas y propiciatorias de “ambiente”, sensualidades y otros temas con gusto a la caricia de su mano en mi vientre aquella noche en que en que el cielo y el río era un solo telón a nuestro rededor,

…sobre la lancha adornada de grillos y risas esfumadas en aquel… mi primer beso, desvirgue oral con su lengua áspera para mi sorpresa y mi placer; tela-araña magnífica tejida por nuestra baba pegajosa para nuestra sorpresa y nuestro placer.

Placer suspendido, congelado y último, (desde abril de ese mismo año que ahora estaba por terminar) porque su trabajo-estudio-raye y mis exámenes-timidez-contradicciones y mil etcéteras o millones y… ahora, vibrando, los dos sentados, él en la arista de mi vértigo como esperando, como con temor, como si pero sabiendo que no…

…que no sabiendo que hacer con esa sensualidad recién parida y desbordaba, se derramaba desde poros desconocidos, burbujeaba en mi boca, mis dedos implacables aunque cigarrillos-sidra-baile

…bailamos en el jardín, tratando de no pisar flores, apretándonos como si los canteros nos dejaran poco espacio, mientras los vecinos aburridos se removían bajo las sábanas rezongonas que ‘éstas no son horas’. Y la brisa fresca de la madrugada se llenó de rocío plateado que enfriaba primero los cabellos y nos seguía por los brazos de féminas, entonces “ellos” comprensivos de nuestra desnudez de soleras-antes-de-tiempo protegieron nuestras ropas de moda caprichosa, con sus ponchos serenateros, que en un grupo telúrico no cabe otra, y continuamos algo mas achinadas, cansadas y con abrigo de la mantas camperas.

Cuando ellos también sintieron frío, a través de la camisa, extendieron el poncho-dos-plazas pasando ambas cabezas por la única abertura y cada pareja se convirtió en una símil-carpa a cuatro patas, ahora más apretados sin que los canteros se movieran de su lugar.

Cuando se calló la música, sentí como una humedad tibia que me magnetizaba desde los hombros a los tobillos y no me podían desprender de su humedad tibia fascinada…

…con su mano-en-mi-vientre-noche-de-cielo-frío…


La cháchara de los demás se hizo una cascada disonante, ajena a nuestra armonía de poros encantados, y caminamos en el automatismo propio de esa, mi primer calentura total, salimos a la calle-noche, bajo una viscosidad de poncho y perfume a jazmín, hablando-des-hablando y encontrando el primer punto concreto de apoyo a esta bruma de sensaciones: estudiaríamos en la misma universidad y sonreímos a un futuro y un presente con abrazo de poncho y zaguán anónimo tipo novela barata que sucedía al sur y mas allá por todos los barrios me hurgaba su lengua, las manos tomando el camino de cintura hacia las flores, capullos prontos a madurar…

Las sombras quedaron suspendidas, mi inteligencia entumecida bajo su piel que, en suave tiranía, se apoderaba de cada rendija por donde podía iniciar un pensamiento y lo transformaba en fantasías sensuales con su remolino de manos deshaciendo mis casi-no, enredando mis pelos con mi entendimiento que giraba junto con la noche-calle-río-poros-latidos de mi piel-nalgas-vientre bajo un poncho enroscado en ropas ya fuera de lugar, botones saltados, piernas hábilmente trabadas por bragas hechas un lío, brazos serpeando por canales del placer con cinco cabezas que buscan, en el mapa anatómico, el lugar estratégico marcando con la “X” genital, mientras la lengua no dejaría de hurgar intricados huecos sensuales, envolviendo y capturando los suspiros derramados por mis orejas, encías, cuello, pechos… donde se derretían mis últimos y pequeños ‘noes’ y sólo atinaba a bosquejar mentalmente la pregunta infantil de cómo es que ese bulto aun no se abría paso entre los botones-rejas, saliendo de su celda-slip, pero mi pregunta se diluyó cuando la tensión llegó al máximo y doblegó las neuronas ante la dictadura dulce que ejerció sobre mi clítoris (que merece un apelativo mas dulce, en fin).
Una vez alcanzada mi torre de control inevitablemente se abrió el poro maestro y ya nos integramos en una pegajosidad de dos cuerpos-ponchos, con mi voluntad resbalando sobre su cuerpo salado y moreno, ostentoso en un sexo que bebe la primer fiebre del mío, vientre asombrado, clítoris excitado donde comenzaron a girar rayos lumínicos, noches desveladas en borrachera de sensaciones en el zaguán dilatándose, arqueándose mientras su piel transforma mis regiones desérticas en hospitalarias, abriendo brechas heroicas, hacia el polo inferior de mi éxtasis y aplicando electrodos sobre remolinos de pelos y ropa y baba que parecía mentira tanto en tan poco poncho…

Y claro, en ese tremedal era difícil no caer al suelo blandamente, sobre todo cuando él empezó a separarme las rodillas que seguían torpemente juntas, perdón es que… y si, el camino se aclaró pero primero debió bordear el cráter angosto y tibio, puerta del canal ignoto y prometedor como el cuerno de la abundancia, entonces ascender súbitamente hacia la meta final… con una valla inesperada y sorpresiva que, por desprevenido, le hizo detenerse y resbalar en retroceso porque esa barrera no es solo de piel sino de prejuicios y miedos ancestrales, entonces, su propio sexo, anhelante de caminos húmedos, enmarañado en bellos mutuos quien asumió el bochorno de sentirse atrapado, alejado de su voluntad y el asombro lo congeló…

Los minutos vuelven al reloj, su lengua resbala desde mi garganta, las pieles toman nota del sudor ajeno, los ojos se abren al zaguán tenebroso, a la dureza del piso, a la flacidez de su falo arrepentido, defraudado, a las arrugas en la ropa y él con esa tontería de pregunta “pero, entonces, vos …¿nunca antes…?”

Nunca antes… cayéndonos los dos como títeres a los que súbitamente cortaron los hilos y quedan ridículamente articulados buscando el lugar de cada ropa y botón, sin hallar nada más que la torpeza y mucho menos la respuesta a esta vergüenza mutua de que el músculo duerma y la intención descanse en una melaza casi tanguera de desazón y de absurdo de no querer saber más que de botones propios y de alejarnos cada uno a su rincón dentro de aquel poncho sin vigencia ahora transformado en un “bonete de asno” en el aula equivocada, cerrada por fin de curso.


Mónica Ivulich
Mónica nació el 14 de febrero de 1950 en Buenos Aires, Argentina. Falleció en París, el 12 de diciembre de 2018 En su blog Moninauta, nos decía que: Soy viajera de las letras o Moninauta. Mi familia, mis amigos y yo hemos pasados por muchas situaciones, buenas y malas, nacimientos y muertes, encuentros y disoluciones, el fin del mundo y muchos principios de años, siempre cosas nuevas, sentimientos armónicos o desencajados... noticias alegres y de las otras... pero aquí estamos, disfrutando del amor o de los ventarrones emocionales que siempre nos dejan alguna lección... trato de reflejar un poco de todo esto en mis escritos. ¡Gracias Mónica!

WALTER RICARDO QUINTEROS: CORAZONCITO

Cuando por aquí ya no esté y se les de por revisar mis cosas, por curiosa rutina que la circunstancia imponga, encontrarán archivadas y cronológicamente guardadas, un montón de fotografías.
Más éstas que quedan a la vista.
Me verán de chiquito, guitarrita en mano, sonríe pibe... ¡clic!
Me verán con un moño de seda en el traje de la Primera Comunión, sonríe pibe... ¡clic!
Me verán jugando al fútbol con la camiseta del Estrella Roja, sonríe pibe... ¡clic!
Me verán como Soldado de la Patria, fusil al hombro, el Máuser es tu primera novia. ¡clic!
Me verán contrayendo matrimonio, quietos, miren a la cámara... ¡clic!
Me verán junto a mis hijos, a ver gurises, digan whisky... ¡clic, clic, clic, clic, clic!

Cuando aquí ya no esté y se les de por revisar mis cosas, por curiosa rutina que la circunstancia imponga, encontrarán archivadas y cronológicamente guardados un montón de escritos.
Más éstos que quedan en la máquina.
De cuando llegó el divorcio... ¡taca taca!
De cuando pateaba tarritos... ¡taca taca!
De cuando te conocí... ¡taca taca!
De cuando te declaré mi amor... ¡taca taca!
De tu particular manera de decirme que si... ¡taca taca!
De mis dolencias no declaradas y detectadas por un médico delator...¡taca taca taca taca taca taca!

Cuando aquí ya no esté y se les de por revisar mis cosas, por curiosa rutina que la circunstancia imponga, van a iniciar el reparto acordado y quizás, en buenos términos decidan darles un buen destino.

Espero que no quieran despojarse de esta máquina, fiel compañera y, que piensen que sus teclas, le dieron forma a mis pensamientos, con ese ruidito que hacen cuando apoyo mis dedos, así... ¡taca taca!

Espero que, no quieran despojarse de todas estas fotografías, pensando en los lugares que he conocido, en el viento que me ha llevado, en el agua que me ha mojado, en los caminos que he recorrido, en las risas, en las lágrimas, en el calor o en el frío, sonriendo a la cámara así... ¡clic clic!

Indefectiblemente, confundidos y cansados de curiosear, tirarán a suerte el destino a repartir.

Sin embargo y ante tanta expectativa, el amigo médico delator de algunas de mis dolencias, me aseguró casi paternalmente, que por ahora mi corazón seguirá latiendo así...
¡Taca taca clic clic!
¡Taca taca clic clic!
Mientras la maquinita de mi corazoncito -me dijo-, instalada en el tren que me lleva, largue el humo de los cigarrillos, a lo largo de las vías que aún me faltan por recorrer, y esta maquinita, se pierda en la distancia, hasta hacerse chiquitita así, así. 
Y deje de funcionar.



Walter Ricardo Quinteros




ANÍBAL JAVIER FERNÁNDEZ: ALEGRE DESPERTAR




Meses postrada en la cama de hospital llevaba la niña, tras el grave accidente que sufriera. Sometida a varias operaciones su estado era preocupante. La habitación contaba con una ventana rodeada por una hiedra trepadora por la que todas las mañanas se deslizaba una ranita color verde. La jovencita seguía sus movimientos con mirada lánguida, sin expresar contento.

Mamá, con lágrimas en los ojos, comenzó a componer una canción,con la intención de elevar el ánimo de la pequeña. Sabido es que la alegría ayuda a las defensas del cuerpo a cumplir más eficazmente su tarea de recuperación. Ella, maestra jardinera, había compuesto muchas canciones para sus niños, pero ésta tenía que ser especial. Aprovechando la imagen del diminuto batracio, elaboró la primera estrofa:


"Llueve, llueve.

dice la rana.

Llueve, llueve

en mi ventana".


Tomando la mano de su hija, cada mañana cuando la ranita hacía su aparición, ella le cantaba la estrofa. Así, por meses sin respuesta, escribió otra:


"Viva, viva

hoy podré cantar.

Viva, viva

hoy podré nadar".


Nueva operación, kinesiología, ondas electromagnéticas, inyecciones y medicamentos no lograban avances satisfactorios. Mamá, con fuerzas renovadas y una inquebrantable fe en la recuperación de su niña, compuso la tercera rima:
"Llueve, llueve

que feliz estoy.

Llueve, llueve

al charco me voy".


Pasó largo tiempo desde la última operación y como cada mañana, al aparecer la ranita, mamá, abrazando a la niña cantaba la canción. 

Ese día no fue igual, amaneció lluvioso, frío, tenebroso. Con angustia en su pecho, mamá enfiló sus pasos hacia el hospital. Su instinto maternal le decía que algo inesperado ocurriría. Abrió con desesperación la puerta de la sala y la sorpresa fue mayúscula.

Su nena, con la boquita pegada al vidrio de la ventana, de pie, cantaba a la ranita:



"Llueve, llueve

qué feliz estoy.

Llueve, llueve

a casa me voy".



Aníbal Javier Fernández
Nació en el año 1951, Argentina. Reside en la localidad de Río Primero, Córdoba. Actualmente dirige el espacio cultural "Rincón de las Palabras".
Nos dice en su libro "Historias Revueltas" desde donde se extrae este relato, que "Los relatos basado en historias verdaderas, irradian una extraña sensación que involucra a los lectores de manera que éstos, elaboran sus propias conclusiones, por haber protagonizado o haber sido ellos testigos de vivencias similares a los hechos narrados". 
Fuente A. J. Fernández - Historias Revueltas.


MARTA ALTAMIRANO DE ÁLVAREZ: POEMAS

Soy...

Soy la fuerza que me habita;
el porqué de mis acciones;
la esperanza que conduce 
cuando no existen opciones;
el fuego que entibia el alama
-tan llena de sinsabores-
y la dueña inclaudicable
de mil enormes pasiones.
Soy la fe que me sostiene
cuando el dolor me corroe;
esa ráfaga de sol
que ilunmina mi horizonte;
la que no ha de resignar
ideales que la formen,
ni dejará de soñar
por más vientos que la soplen.
Soy la mujer, que orgullosa, cumple mil roles
intentando hacerlos bien.
Mientras transita el camino 
del amor y la esperanza,
que la llevan sin permiso,
a formar esa familia
que ha soñado y ha querido.
Soy la lucha; la contienda
que aprende de sus errores.
Que en afán por enmendarlos
se equivoca, y contrapone
la verdad que va buscando
al error que, mediocre,
no quiere decir adiós ante su tozudo estoque.
Soy la lluvia que me lava;
el viento que me acaricia;
la poesía más bella;
el titán de mis conquistas;
la lágrima que se escapa;
la sonrisa desprovista,
la locura y la razón
que muy adentro me habitan.


Se me ha pasado la vida

Se me ha pasado la vida entre disfrutes y risas;
entre agonías profundas; entre amores y delicias.
y que podría decir si no, que la vida es linda,
si en ella aprendí a caer y a levantarme de prisa;
a soñar sueños posibles, a dormirme en las caricias
y a acunar en mis entrañas, seis veces, la vida misma.
¡Y a enamorarme de nuevo -cada noche, cada día- 
de ese compañero bello, que me acompaña y me guía!
Se me ha pasado la vida, y con las metas cumplidas
quiero volver a soñar de una manera distinta:
disfrutar de mis retoños, que con sus manos chiquitas,
me muestran un mundo nuevo, lleno de inocencia y risas.
Se me ha pasado la vida... Y qué podría decir,
sino que ¡la vida es LINDA!


Pérdida

Rueda una lágrima sobre el sepulcro;
busca a la tierra que el amor esconde.
¿Adónde irás, amado mío, sin mis besos?
¿A dónde? ¡Por favor, tú, dime dónde!
Rueda una lágrima y el abismo calla;
el sinsabor y el sinsentido la acompañan.
¿Qué luz podrá guiarte en ese encierro
que de oscuridad se viste esta mañana?
Rueda una lágrima, y de preguntas llena,
se muere en un adiós desorbitado,
víctima del dolor y la tragedia,
de la pérdida impensada de su amado.




Marta Altamirano de Álvarez
Nació en Villa Dolores, el 27  de diciembre de 1959. Cursó sus estudios en  la ciudad de Córdoba donde se graduó de abogada. Como Gestora Cultural, organiza el encuentro anual "Poesías en el mar" y el concurso"Poesía, Narración y leyendas de Miramar de Ansenuza". Actualmente se desempeña como Juez de Paz de Miramar.
Fuente: "Te comparto poemas" de Marta Altamirano de Álvarez. Ed. Elion






ALI AL HAZMI: POEMAS




Ella perdió las llaves de su pasión
Una hembra sola,

lucha el azote de la primavera,

con manos desnudas,

de la suerte, de los familiares, de los amigos.

El otoño robador de los árboles escondidos,

lejos de los pasajeros.

Cuan miedo tiene del pasado,

de un sueño que no le vuelve dos veces,

cada vez que las mariposas del alba

circunden sus manos,

la mano de la ausencia

hace desvanecer sus sombras en el viento.

Ya no considera la partida de los pájaros,

en la noche de su balconcillo.

La vida le enseñó cómo prescindir

de los placeres de su encanto temprano,

que no estrechara su mano a frutos maduros,

en los ramos de los cuerpos,

que no intentara despertar su temblor

en la inclinación de la noche.

Perdió las llaves de su deseo,

en las fronteras de un silencio,

dando esperanzas a un pájaro

que sangraba de su alma.

Con dos ojos carentes

de calor, de amor y de esperanzas,

permanece remando en el río vacío,

circunda su soledad en la última hora.

Voluntariamente, entregó sí misma

al dolor por el cansancio del extraño

sin advertirse una flauta

que mece las brasas de los incendios desde lejos.

Una larga noche pasa

sobre el silencio de su aislamiento metálico,

mientras los sufrimientos presentes en los espejos

asoman

no hay ningún sentido franco

para este dolor

que reside en su cabeza,

el otoño ya se fue,

y la mañana de mariposas

a punto de recuperar sus pasos,

a una orilla en lo lejano,

no hay lo que impide el río

de perseguir la vía de sus tobilleras

en los llanos cercanos.

¿Volvería ella a reanudar su ambición

de alabar los párpados lejanos?

¿Podría ella hilar un paño del sol

para el frío de su feminidad?

¿De una nueva mañana?



Tu mundo fuera de su alta muralla

Has optado por vivir tu vida como un extranjero,

quien pasa por la puerta de la ciudad,

sin reproches de un pasado lejano y de su gente,

¿hacia qué camino se dirige?

Allí se irá…


Pasaste tu vida entre el desierto de tus años,

luchando contra preguntas

cada vez que tus visiones se colman

de recuerdos y viejas ansiedades,

¿por qué esperas tu mundo?

Fuera de su muralla alta, ella corrió,

hacia el brillo del himno y su alba,

en el viaje de tu imaginación,

tenías el niño de tu sueño,

así subiste al infinito por escaleras de plata,

lo cansaste con la neblina en el ardor de tus

senderos

y él te cansó a ti.

No pudiste vivir la vida

sobre escombros de planetas invisibles,

te habían seducido las fronteras,

con sus capas y su lejanía,

te vas y preguntas:

¿Qué te aisló?

Sin que tu alma consiguiese la adaptación de sus nubes.

No consideras la falta de una suerte

que abandonó tus pies,

estando en la trampa del infinito.

Te endureció aquel a cuya estrella pretendiste subir

y te hizo bajar.


Duermes para soñar en las lejanías,

y en los crecientes del cielo de Alá,

lo que tenías del rocío de tus ojos,

lo suficiente para hallar en su glamor,

una pobre fuente para llegar a tus visiones,

creíste en el significado del calor,

en el seno de los amantes,

apostaste por un tiempo para sus sombras,

te abandonó aquel a quien diste cobijo,

en la llanura y el pulso de la ternura,

optó por alejarte donde el recuerdo,

para que te conviertas en otro,

y de su vida,

le elegiste eternamente para que se convierta,

en tu primero.

Un hilo tenue de la pregunta metálica,

arrastra tu lejano pasado a su fin,

y tú entre las dudas y el extraño,

no te guiaste hacia la cúpula de los últimos árboles,

no miraste hacia la primavera de quienes te amaban.

Tú, dividido tu corazón en dos mitades,

desparramados tus pasos en pleno viento,

colgado en un eco,

de una sombra que asume la fatiga de los años…

que te acariciaba.


Vistas del recuerdo en tus ojos,

no proveen a la verdad,

un puerto sólido,

para que los barcos del más allá,

vacíen en silencio su carga,

se inclina al olvido en la fatiga del camino,

no llegarías al árbol del sueño,

en que perdiste tu vida loando sus sombras.

No habías prendido fuego en la leña de las preguntas,

la retirada del alba del pie del inicio… no te esperaba.


Si el resto de tu vida

sabrás lo que perdiste de ella y su enjambre,

la lejana orilla de la esperanza,

no aguantaba tus pasos,

la tierra te despojó de su alheña,

no ahorraba ni una sola razón,

para que su voz volviese de la noche oscura,

no hubieras podido llegar

a las fronteras de tu ser,

en el crepúsculo como el alabastro

de la melodía de las palomas.

Las plumas tenues de los recuerdos

te originaron un pesar.

El viaje te elige a ti,

ponte en su camino posible,

lejos del rocío engañoso.

No llevas el vasto desolado

a las fronteras de la sal en el infinito.

El viento tiene alas,

preñen el fuego de la sed vieja.

¿Quién se fue a buscar una fuente clara?

En su sombra carente de una súplica… falleció.


Averigua la sombra de quien abandonaste,

las canciones de la neblina,

una cuerda que se extiende

en las praderas del silencio en tus ojos,

averigua tu presencia,

en el enjambre, la ausencia, y en el eco.


Habrá una última flauta errante.

Una flauta alegre cada vez que se pierde

en el caos mundano,

a tu alma, te llevó.



La seda se casa con sí misma

En la noche de un otoño,
ungidos con jazmines, higos y canciones,
borran los recuerdos
las flores secas de las palabras
en el patio de la casa…
meciendo las sutiles plumas de la pasión.

Los años saturados de muchas mujeres,
que prendían fuegos en tu noche serena,
ya te abandonaron.
No miraron atrás para saludar de nuevo
al eco en tu lejanía.
Aquí estás solo sin alternativas,
huyes donde el sueño
con párpados hinchados del vacío.
No más dedos blancos
que acarician tu cabello cálido
por el desborde de su deseo de mármol,
nada de racimos de un labio
cuyo jugo es la pasión,
cuyas viñas en los vasos,
nada de doncellas
cuyos cuerpos se arrogan
de suma pasión en tu lecho.
Volverás a tu angustia como los vencidos
que perdieron la edad, el amor, y los amigos.

La muchacha con que te encontraste
en la primavera de tu pasión,
del esplendor de cuyas corolas
brotó una flor en tus manos,
te quería más que su alma,
te quería sin pensar en la negritud de tu piel,
en el desengaño de tus ojos
cuando contempla el silencio desde muy lejos,
te eligió de numerosos muchachos
que la cortejaron en muchas noches… y no lo advertiste.

Acaso el afecto no había tenido
un rito singular en aquellos tiempos.
El encuentro de los dos amantes
fue como el viento perfumado
por un deseo que abraza el eco.
Quienes te querían en estos tiempos
bastaban para ahogar tus ojos
en una neblina de pura pasión
tú… no te lo advertiste.

No eras fascinante
para atraparla de una sola mirada
no eras ingenioso en improvisar
un diálogo de amor frívolo
para cautivar a su oveja extraviada.
No tenías una gran imaginación
para enriquecer las manos del área
con su compañía,
sin embargo, ella siempre te quería
sin clara raíz de preguntas de cercanos,
de su mismo secreto, se cayó adrede
en tus redes, sin advertirse.

La muchacha con adornos exagerados
te encontró a la orilla del río,
adornó su cuerpo con cadenas de plata,
para abrazarte,
embelleció sus trenzas con cintas rojas
que sirven al amor más que nada.
No podía revelar con rapidez,
algunas chifladas ilusiones,
cuando grabó letras de tu nombre
al lado de su ombligo
en una belleza abundante.

La muchacha que no comparte el sueño con sus hermanos
pasa la noche pensando en ti,
y en un caballo blanco
que se acercará de ramo de su balconcillo,
en una tarde cercana,
ni tú has venido,
ni ha asomado una sombra ciega de este caballo.

La muchacha que bailaba,
con una madera inclinada
en tu ausencia,
permanecía cantando tu noche.
Un paño alegre de melodías,
no se percató de vasos de vino
contemplando un labio
en cuyo seno proliferan fases de sed.

La muchacha que fracasa la noche
en entender su deseo,
en abrazar la seda de su almohada,
se derramaron las fuentes de su angustia,
en corales que asoman donde estás,
y no te diste cuenta
Cada vez que lanza la flecha de su afán
hacia la neblina de un sueño anhelado,
no afligió más que el extraño de las pupilas,
en la fractura de los espejos.

Tú percibías que el tiempo pasaba,
y ya no eres lo que fuiste
en la primavera de la edad.
En su presencia hoy,
no podrás subir a la cima,
para alcanzar la muwashaha de su pasión en la tarde,
ya no puedes combatir el caballo de su feminidad,
lo perderás, sin duda alguna, al umbral de la noche,
cuando se desborda el horizonte de los ojos,
contemplas el flujo de su calor y sigues con sed.


Ali Al Hazmi 
(Arabia Saudí, 1970), Licenciado en lengua y literatura árabe de la facultad de la lengua árabe de la universidad de Om Alkora (1992). Invitado a participar en el XIV Festival Internacional de Poesía de la Habana, en 2009. Participó en XII Festival internacional de poesía Costa Rica, 2013. Ha publicado los libros de poesía: Portal del cuerpo (Editorial Dar Almádina, Geddah, 1993); La pérdida (Edito¬rial Dar Harquiat, El Cairo, 2000). La gacela bebe su imagen (Editorial Centro Cultural Árabe, Beirut, 2004); Estando seguro al borde (Editorial Dar Riad al Rayes, Beirut, 2009); Antología (CD) (Club Hael de Literatura árabe, 2010). Han publicado sobre él los siguientes libros: Elementos de la creación artística y estética en la poesía Ali Al Hazmi, escrito por Dra. Layla Shbily (Editorial Dar Al Watanya Al Gadidah, Al Jobar, 2012). El pájaro del fuego. Un estudio crítico en la poesía de Ali Al Hazmi, escrito por el crítico marroquí Ibrahim Al Kahwaygui (Editorial Al Dar Al Arabia para la ciencia, Club literario de Gazan). 
Fuente y foto:crearensalamanca.com - Traducción:Abeer Abd El Hafez.

PINK MARTINI: MÚSICA


 "Quizás, quizás, quizás"
(with singer Storm Large)
Subido por: Pink Martini
Gentileza: YouTube
Pink Martini's singer Storm Large delivers a stunning performance of "Quizás, quizás, quizás" live from Edgefield near Portland, OR on August 2, 2013. The song is found on Pink Martini's new studio album "Get Happy."



"Amado mío"
(with singer Storm Large)
Subido por: Pink Martini
Gentileza: YouTube

Pink Martini with singer Storm Large


Amado Mio written by: Doris Fisher & Allan Roberts


From the album Sympathique, © 1997 Heinz Records


Producer: Tyler Kalberg


Editors: Adam Pranica & Tyler Kalberg
Cameras: Adam Pranica, Dylan Priest, Tyler Kalberg
Production assistant: Phil O'Sullivan



Los sonidos eclécticos, orientado-acústicas de Pink Martini nunca han sido fáciles de clasificar, pero eso no ha impedido que la banda con sede en Portland Oregon, desde la adquisición de un culto leal, y entusiasta. Algunos críticos han considerado Pink Martini para ser un producto de la tendencia neo-swing de la década de 1990 y los han comparado con bandas como los Squirrel Nut Zippers , Big Bad Voodoo Daddy , y los papás de la Cherry Poppin ' ; sin embargo, Pink Martini tiene una gama mucho más amplia de influencias. Y aunque la mayoría de los actos neo-batientes que surgieron en los años 90 a favor de una combinación de jump blues y de rock and roll - una especie de Louis Jordan y Big Joe Turner por medio de Little Richard , Buddy Holly y Chuck Berry - la diversidad de Pink Martini han ofrecido una mezcla de asunción de riesgos del jazz (principalmente columpio), música del mundo, el cabaret, sala de estar, y '40s música de películas de los años 50.
Pink Martini y sus influencias son de largo alcance, que van desde Cole Porter y Duke Ellington al Francés icono de Edith Piaf a grandes latinos como Xavier Cugat , Beny Moré , y Tito Puente - y una variedad de músicas del mundo que les ha agradado, entre ellos el francés chanson, afro-cubana de salsa, tango argentino, la samba y la bossa nova brasileña, popular italiana, rembetiko griega, la música de Oriente Medio, y la música asiática. Sorprendentemente, la cantante, China Forbes (nacida 29. Abril de 1970, en Cambridge, Massachusetts), se ha presentado en al menos diez idiomas diferentes, incluyendo Inglés, español, italiano, francés, portugués, griego, árabe y japonés . En el año 2004, el fundador / pianista Thomas M. Lauderdale (nacido el14 de julio de 1970 en Oakland, California) ha articulado una perspectiva global de la banda, cuando dijo: "Creo que es importante ser un ciudadano del mundo en lugar de ser un ciudadano de este país en particular. Parte de lo que significa el estudio de idiomas de otras personas ".

Thomas Lauderdale formó Pink Martini en 1994, con la contratación de China Forbes como cantante principal de la banda, al año siguiente, Lauderdale y Forbes se reunieron cuando ambos asistían a la Universidad de Harvard en los años 80. Forbes graba un disco en solitario, Amor manija, en 1995, pero Pink Martini rápidamente se convirtió en su principal foco . Otros miembros de Pink Martini han sido incluidos, como Gavin Bondy en la trompeta, Robert Taylor en el trombón, Phil Baker en el bajo acústico, Nicholas Crosa en el violín, Brian Lavern Davisen la batería y percusión, Timoteo Nishimoto en la percusión y voz, y Derek Rieth y Martín Zarzar en percusión. El álbum de debut de Pink Martini  "Sympathique", fue puesto en libertad en su propio sello independiente, Heinz Records, en 1997; que llegó a lanzar su segundo álbum, Espera Little Tomato , de Heinz en 2004 y su tercer álbum, Hey Eugene! , en Heinz en 2007. Al año siguiente,  Forbes graba su segundo disco en solitario ', '78 , que era una importante salida de su trabajo con Pink Martini y favoreció un enfoque alternativo para adultos introspectiva a lo largo de las líneas de Natalie Merchant y Sarah McLachlan .

El año 2009 fue un año ocupado para la banda, con el DVD del concierto de descubrir el mundo: Live in Concert que mostró cómo Pink Martini pasó la mayor parte del año 2008, llegando el verano y el álbum Esplendor en la hierba , que incluyó colaboraciones con Chavela Vargas y los Dandy Warhols ' Courtney Taylor-Taylor , que aparece esa placa .En 2010 lanzaron el álbum de vacaciones swellegant alegría al mundo , que contó con la cantante japonesa Saori Yuki. La banda colabora con Saori de nuevo en el siguiente año, una colección de interpretaciones de las canciones más memorables de ese año. Las sesiones para su sexta versión comenzaron en enero de 2012 e incluyeron un cover de Charlie Chaplin "Smile" 's con Phyllis Diller , quien lamentablemente falleció ese verano. Los resultados, Get Happy , llegaron en 2013. Al año siguiente, Pink Martini colaboró ​​con Sofia , Melanie , Amanda , y August von Trapp , los bisnietos de la familia von Trapp, cuya huida de los nazis ha inspirado el sonido de la música. sueña un pequeño sueño , una mezcla de normas y canciones originales, que fue lanzado en marzo de 2014. Ese mes de agosto, la banda está de luto por la desaparición de su conguero y percusionista Derek Rieth ; un desfile  de tambores conmemorativo se celebró en su honor en septiembre. Fuente: Alex Henderson - Foto: pinkmartini.com

viernes, 7 de diciembre de 2018

ELVIO E. GANDOLFO: VIVIR EN LA SALINA



A Jorge Varlotta

I

Eran tres y me estaban pegando. Exigían saber dónde estaba Liliana, quién era yo, por qué había llegado a ese lugar donde no había trabajo y cuya única virtud era alejar cuanto antes a todo aquel que quisiera residir. Me pegaban con los puños y las rodillas, a veces apretaban en el puño un pañuelo para que el golpe fuese más fuerte y les doliera menos. Yo me defendía. Me acurrucaba contra la pared y esperaba que me llegase el impulso y me sacudía de pronto, me desprendía de ellos, les pegaba algunos golpes y volvía a acurrucarme. Porque eran tres. Al fin se cansaron y quedamos mirándonos los cuatro bajo la luz de mercurio. Me seguían preguntando dónde estaba Liliana y qué quería hacer yo en el lugar. Les contestaba siempre, invariablemente, que no sabía dónde estaba Liliana y que quería quedarme en el lugar, buscar trabajo y quedarme. Me decían que no entendían, que se habían cansado de pegarme, que no me tenían mayor bronca pero los familiares de Liliana necesitaban saber dónde había ido ella. Yo les contestaba que si querían ir a tomar algo y el más bajo quería volver a pegarme, pero el más alto le paraba el puño y me contestaba que sí, que podíamos, y los cuatro recogíamos los sacos y caminábamos por las calles en las que el viento removía siempre la sal, formaba nubes blancas y calientes que penetraban en los ojos y resecaban la piel.

Llegábamos a un bar chico y maloliente, pero que parecía el paraíso comparado con las calles y la sal. Pedíamos vino tinto y nos mirábamos entre los cuatro por primera vez, porque aquí al fin había luz y calma suficiente para hacerlo. Yo miraba al tipo bajito, con una cicatriz en la sien, al tipo alto, morocho, con dientes de caballo y saco a rayas grises, al tipo de bigotes, a quien le descubrí rasgos que me hicieron preguntarle si no era pariente de Liliana. Me decía que sí, que era hermano, y levantaba la copa y tomaba el vino negro.

El tipo alto me explicaba que no querían hacerme mal y que en realidad el padre de Liliana les había dado quinientos pesos a cada uno para que me detuvieran antes de llegar al hotel y me pegaran y me preguntaran dónde estaba Liliana y qué quería hacer yo en el lugar. Y me explicaban que habían hecho todo por tan poco dinero porque allí no había trabajo, y me volvían a preguntar qué quería yo realmente, porque no podía haber venido sólo a buscar trabajo, a enterrarme en un lugar en el que no había más que sal, sal hasta el desierto y sal hasta el mar, un mar blanco y salado, en el que era casi imposible bañarse porque los acantilados caían desde cincuenta metros y las olas se estrellaban contra las piedras con fuerza suficiente para destrozar un barco, con más razón un ser humano. Y volvíamos a pedir vino tinto, que parecía ser la única bebida que tenían en el bar.

Al fin nos íbamos. Nos sentíamos todos compañeros, medio mareados, volviendo a empujar contra el viento cargado de sal. Llegábamos al hotel y antes de que yo subiese el hermano de Liliana preguntaba cómo haríamos para que el viejo se dejara de insistir con lo mismo, porque los tres no querían perder los quinientos pesos de ninguna manera, preferían empezar a pegarme otra vez allí mismo, en todo caso hasta matarme, salvo que les diera una idea para librarse del viejo. Y uno de ellos decía que por qué no preparaba las valijas y me iba con el ómnibus que pasaba a la mañana, el único del día. Y yo le contestaba que en realidad no sabía muy bien por qué quería quedarme, que estaba empecinado. Y de pronto comenzaba a llover. Una lluvia blanca, cargada de sal. Los invitaba a subir a mi pieza y terminábamos entre los cuatro una botella de caña que llevaba en la valija, y al fin decidíamos decirle al padre de Liliana que yo nunca la había visto, que estaban seguros de eso, que lo más probable era que él se hubiese equivocado cuando la vio caminando con un hombre por una de las calles del pueblo, que el hombre era parecido a mí y se la había llevado.

Nos despedíamos en la puerta, abrazándonos y prometiéndonos ayudarnos mutuamente, porque era muy difícil soportar la soledad en este lugar lleno de sal.

II

Al fin conseguía trabajo en una de las salinas. Cargaba bloques de sal en un camión, cortaba bloques con una sierra un poco mocha y los cargaba. Me enteraba de que las salinas pertenecían al padre de Liliana, de que el capataz era su hermano, que a veces pasaba en una camioneta nueva, sin mirar a los costados, como si nunca nos hubiésemos conocido y como si no nos hubiéramos trompeado y tomado vino juntos. El sueldo era bajísimo pero yo pensaba que por algo se empezaba, y seguía cortando bloques de sal.

A veces había peleas. Dos hombres empezaban a cortar un bloque uno de cada lado y cuando llegaban a la mitad se encontraban de frente, cada uno con el serrucho en la mano derecha y medio bloque que le pertenecía. Se agarraban de las camisas, que parecían estar hechas de tela fuerte nada más que para eso: para no romperse cuando las agarraban de las solapas y eran revoleadas junto con su dueño, revolcadas por la sal, apedreadas con cascotes blancos, salados. A veces había muertos. En vez de agarrarse de la camisa, dos hombres se abalanzaban con los serruchos en alto, como hachas de carnicero, y rodaban levantando nubes blancas. Uno de ellos salía herido, a veces muerto. A veces los dos heridos, a veces los dos muertos, porque la salina estaba cerca de los acantilados y era fácil rodar hasta la orilla y estrellarse contra las piedras. Cuando uno de los dos moría sobre la sal, la sangre se derramaba tan roja que hacía mal a la vista, pero no pasaban más de dos minutos antes de que se fuera absorbiendo, tomando un color anaranjado, volviendo a ser una superficie de sal lisa, blanca.

Había una barraca grande junto a la salina. Vendían vino y yerba y galletas. Cobraban mucho, pero no se podía volver al pueblo hasta fin de semana. En el pueblo había tres mujeres y se formaban colas que daban vueltas a la manzana. A veces una de ellas estaba enferma y muchos se quedaban sin mujer. Entonces durante la semana había más peleas, más hombres muertos, más cuerpos estrellándose en los acantilados o mojando la sal con su sangre.

III

Había dejado de vivir en el hotel. Había llevado la valija a la barraca y en la primera noche me robaron todo menos la bolsa de dormir. Con la plata que me quedaba había comprado una sevillana grande, con incrustaciones de nácar. La usé sólo en la primera semana, cuando llegamos juntos a la mitad del bloque con un tipo de cara cuadrada que llevaba un gorro de lana rojo y azul puesto al descuido. Se abalanzó con el serrucho. Yo tiré el mío a un lado y le clavé el pie sobre el bloque con la sevillana. El tipo gritaba y saltaba hacia atrás y a partir de ahí me respetaron un poco, sobre todo porque a veces la usaba para cazar cormoranes. Iba a la playa y me quedaba de espaldas, tirado sobre la sal y quemado por el sol, hasta que una bandada de cormoranes se cercaba, me veían inmóvil, se acercaban más y yo saltaba y descabezaba a uno, a veces dos pájaros.

El hombre alto manejaba uno de los camiones y a veces tomábamos algo juntos. Me volvía a preguntar varias veces por Liliana. Me aclaraba que ya no tenía nada que ver con el viejo y que además había gastado los quinientos pesos. Yo le decía que no había pasado nada, que nos habíamos visto con Liliana en la puerta del hotel y que yo le pregunté el nombre y la acompañé dos cuadras, que era cuando nos había visto el viejo, y que mientras caminábamos ella me había preguntado si sería posible salir de este lugar y yo le había contestado que sí, que así como yo había venido a enterrarme sin mayores razones, ella podía irse, sobre todo teniendo dinero, porque mientras caminábamos me había dicho que el padre era propietario de las salinas. Y que eso era todo, no había más nada, no me había acostado con Liliana, no le había aconsejado irse. Le había servido de espejo y ella se había ido.

El tipo alto se extrañaba. Decía que no me entendía y se quedaba un rato callado. Después hablábamos de las tres mujeres del pueblo y de las características de cada una: la morocha que gemía, la rubia que mordía, la pelirroja que era más fría que una tabla.

IV

Era raro pero nunca moría un capataz. Eran cuatro y se pasaban el día gritando. Sin embargo nadie los odiaba. Eran tan lisos e imperturbables que con el tiempo uno llegaba a sentir cierta pena por ellos. En todos los obreros existía una u otra posibililidad, aunque sólo fuese imaginaria, de irse alguna vez. Los capataces eran inimaginables fuera de la salina. No podía existir otro lugar en el mundo donde pudiesen acomodar sus caras cuadradas y sus bocas que no sabían hablar, sólo gritar, tanto que cuando se retiraban a comer a la barraca de capataces se oía cómo pedían a gritos que les pasaran la sal o el aceite, y cuando iban a una de las tres mujeres del pueblo —tenían primacía y siempre que llegaba un capataz no tenía por qué hacer cola: se adelantaba y entraba—, se oían los gritos de placer o de furia a dos cuadras a la redonda. Razón por la cual había una especie de decisión de aguantar a los capataces, de resistir hasta que ya no fuese posible otra solución que matarlos.

Una de las conversaciones preferidas en nuestra barraca era si algún día se acabaría la sal. Soñábamos con serruchar un bloque en el que apareciera de pronto tierra, pasto, algún gusano. Pero los tipos más viejos, los pocos que habían resistido la salina durante diez o quince años, meneaban la cabeza en silencio y decían que para ver tierra había que irse, salvo que considerásemos tierra las piedras azules de los acantilados.

A veces se rompía un camión y los bloques de sal se acumulaban. Entonces, cuando llegaba, todos trabajaban en la carga, y era costumbre comenzar a llevar un ritmo de gritos cortos y profundos, al compás de los movimientos, porque todo se hacía más fácil. Levantábamos un bloque y gritábamos hacia arriba, lo pasábamos al siguiente peón, que gritaba un poco más alto, y así hasta que el bloque llegaba al camión y el grito se venía a pique. La clave estaba en lograr un solo grito mecánico, pero a la vez movido, que hacía que uno se olvidara de pensar y del cansancio. Por supuesto, el que más lograba ordenar el ritmo era un negro de unos dos metros, al que los capataces ponían en la punta de la fila, junto a la pila de bloques de sal.

El negro se reía con una dentadura enorme y blanca. Sin embargo se volvió loco. Lo encontraron en la barraca gritando “mamboré mamboré” sin parar y tuvieron que dejarlo de lado, con lo cual cargar los camiones se hizo más difícil, porque nadie volvió a pegar con el ritmo como lo hacía el negro.

A veces llovía. La sal se volvía pegajosa. El aire también. Era como si el mar hubiera pasado al fin por encima de los acantilados y se estuviera volcando sobre la salina. Nunca llovía con lentitud o calma. Siempre a cántaros, ahogando, mojando hasta el tuétano. Lo peor era cuando llovía en el día en que íbamos al pueblo. Las colas para las tres mujeres permanecían inconmovibles y era como ver un enorme grupo escultórico de centenares de personas, igualadas por un color gris blancuzco y una misma base de barro salino.

V

Había necesidad de creer en algo, tener un objeto en el que concentrar los pedidos, las aspiraciones que todos teníamos. Uno de nosotros hizo una tosca muñeca de sal y le cavó un agujero en el acantilado. Todos le llevábamos algo, aunque más no fuera un pedazo de sal distinto de los demás, con una veta azulada o rojiza. Pero cuando volvió a llover la estatua se deshizo y no volvimos a tallarla.

Después creíamos en los premios. Al que cortaba una cantidad exagerada de bloques le era permitido pasar una semana en el pueblo y a veces recibir el pago suficiente como para irse. Pero nadie llegaba al cupo requerido y los días pasaban sin que viésemos alguna vez partir a alguno de nosotros en esa feliz aventura.

A los tres meses comencé a sentirme mal. Me parecía que la sal había penetrado en mis pulmones y los estaba quemando. A la vez, así como había intuido antes que tenía que ir a aquel lugar aunque fuera el más apestoso del mundo, quizá sólo para estar en la puerta del hotel cuando pasara Liliana, intuía ahora que aún no podía irme, que no era el tiempo exacto y que apenas llegara sentiría que así tenía que ser y buscaría los medios necesarios.

Mientras tanto al hombre alto se le enfermó un ojo. Se le cubrió de venitas violetas y endurecidas, hasta que casi no pudo abrirlo. Lo empezamos a llamar El Pirata, porque desde lejos la retícula de venitas parecía un parche negro. Al principio se enojaba y llegó a matar a uno de los primeros que le dieron el apodo, pero después parecía encontrar un oscuro placer en el sobrenombre, e incluso cuando llegaba medio borracho a la barraca gritaba en voz alta: “¡Llegó el Pirata!” y se derrumbaba sobre el catre.

A los cuatro meses de mi llegada el padre de Liliana visitó la salina. Llegó en un auto azul muy brillante, protegido con tejido de alambre en los vidrios, para guardarlos de las piedras del camino y la corrosión de la sal. Iba a inaugurar una nueva barraca, para un contingente de chilenos que acababa de llegar. Detrás del auto venían varios camiones con tablas y chapas y tejas. Construir una barraca fue un trabajo extra y eso nos hizo odiar a los nuevos desde ese día hasta el momento en que se integraron al trabajo con tanta perfección que uno nunca sabía cuándo estaba hablando con un salinero viejo o uno nuevo. Habían serruchado bloques, luchado con los serruchos, hasta caído por el acantilado. Se habían integrado.

El padre de Liliana no estuvo más de veinte minutos. Me llamaba aparte, junto a una barraca, y me preguntaba prácticamente lo mismo que los cuatro tipos me habían preguntado hacía cuatro meses, aunque sin pegarme. Yo le volvía a repetir la misma respuesta. Ella se había ido con alguien parecido a mí. El miraba con fijeza el horizonte que formaban los acantilados y movía la cabeza afirmativamente, una y otra vez. Subía al auto. Se perdía como una mancha fugaz y azul sobre el camino.

VI

Uno de nosotros conseguía una radio. Una radio a pilas, porque en la barraca no había corriente eléctrica. La pila podía durar entre uno y cinco meses, según cómo la usáramos, porque en el pueblo no había respuestos. Fijábamos una hora determinada a la noche y la encendíamos. Oíamos la sal cayendo como una lluvia fina sobre los techos de la barraca, entremezclando su sonido con el de la radio, en la que sonaba siempre el mismo programa, una serie de canciones folklóricas. Oíamos cómo caía la sal porque hacíamos un silencio religioso, como si de pronto nos hubiésemos muerto todos y lo único vivo fuera la radio.

Un día la pila se agotaba. Uno solo de nosotros, para hacer poco ruido, daba vuelta la radio, la giraba con un cuidado infinito, moviéndola un milímetro, dos. El volumen aumentaba un poco a veces, pero después se iba perdiendo. Por fin se detuvo y dejó de sonar. La descuidamos. Se fue oxidando, corroída por la sal, sobre una de las ventanas que daban al sur.

VII

Se sucedían las semanas y yo no partía. A veces me preguntaba si no iría a quedarme toda la vida en la salina. Acostumbraba recordar la ciudad anterior, el mar azul y playo, donde era posible bañarse, la variedad infinita de mujeres que podían verse en la calle, en las plazas, en los trolebuses. Cuando hacía seis meses que estaba en la salina, comencé a soñar. Nunca sabía cuál era un sueño basado en cosas reales, incluso cuándo no era más que un recuerdo, una imagen enterrada en mi memoria, y cuándo se trataba de algo nuevo, completamente imaginado, nunca visto. En los sueños nunca pasaba nada. No eran más que un punto de vista paseándose. Una noche, cuando acabábamos de acostarnos, conté uno y todos escucharon. Después seguí. Eran muy parecidos. Se trataba siempre de paisajes cuya única característica en común era la de ser completamente opuestos a lo que era la salina. Llegó a existir una especie de fichero. Me pedían que contara el sueño del trigo o el de la rambla al amanecer. Creo que este último era el que más me pedían.

—Bueno —les decía—. No sé bien si me sucedió o no, pero yo me despertaba muy temprano, a las cinco de la mañana, e iba por las calles frescas y llenas de color, sobre todo verdes, a las cinco de la mañana. Y pasaba por una plaza en la que había una estatua de un militar sobre un caballo, y seguía bajando hacia la rambla. El mar era enorme y liso, estaba amaneciendo y el sol cubría todo con una especie de algodón anaranjado. Lo más raro era que no había ruidos. Se veían pasar ómnibus muy lejanos y silenciosos, pequeños, realmente como en un sueño.

Los demás se reían porque realmente era un sueño, pero yo les explicaba que no, que estaba seguro que se trataba de un recuerdo.

VIII

Hubo una leve diferencia de temperatura. A veces sudábamos después de cortar diez bloques, cosa que no nos había sucedido antes. Comenzamos a hartarnos de los capataces. Curiosamente, lo que más nos molestaba no era la forma que tenían de tratarnos, sino las ocasiones en que querían caer simpáticos. Sobre todo los chistes eran insoportables. Y los repetían una y otra vez, día tras día, sin inmutarse. A veces eran de la clase de chistes con preguntas: “¿En qué se parecen un elefante y la punta de una aguja? ¿En qué se diferencian una mujer agachada y un hombre parado?”. Nos sabíamos las respuestas de memoria pero teníamos que disimular porque si contestábamos lo correcto se enojaban, y nos hacían trabajar durante más horas. Otro de los chistes insufribles era el que repetían durante el almuerzo. Se cruzaban expresamente desde la barraca que les pertenecía, para preguntarnos si la comida estaba desabrida. “Porque sal es lo que sobra. ¡Jajajaja!”, y se volvían.

Entre los que cortábamos bloques habíamos llegado a entendernos bastante con la mirada. Un día miramos a los dos capataces que estaban haciéndole un chiste al Pirata, echamos los cuatro serruchos hacia atrás y los liquidamos. Antes de que llegase otro capataz, tiramos los pedazos por el acantilado. Cuando llegó, le dijimos que se habían peleado y rodado hasta el borde.

Fue una buena medida. Dejaron de hacer chistes por un mes.

IX

Cumplí dos años en la salina. La quemazón de los pulmones se me había olvidado. Me resultaba casi placentera. Como cuando uno se acostumbra a fumar aunque sepa que se está arruinando el organismo.

Habían muerto dos de las mujeres y ahora no había más que tres pelirrojas, a cual más desabrida e inútil. A veces uno de nosotros preguntaba en voz alta para qué mierda cortábamos sal, y se imaginaba la sal cayendo sobre carne asada, sobre ensaladas de tomate, sobre pollos al horno.

Una tarde de primavera se escaparon tres de nosotros. Comenzaron a correr por la carretera y no los vimos más. Pero no podíamos creer que fuera tan fácil. Todos imaginábamos juntar el dinero suficiente e irnos en ómnibus. A los dos o tres días ya estábamos absolutamente seguros de que los tres se habían muerto de hambre y sed, aunque no tuviésemos ninguna prueba.

Una de las mujeres se enfermó y diezmó el campamento. Hubo un ataque de misoginia general. Quisimos lincharla a ella y a las dos restantes, pero las cosas no llegaron a mayores. Durante dos semanas las colas fueron mucho más cortas.

A la noche discutíamos sobre las mujeres. Yo les decía que recordaba vagamente que podían ser suaves, acompañarlo a uno de noche, inclusive conversar. Pero que eso pasaba en otro mundo, el mismo mundo de la rambla y los ómnibus silenciosos, y por lo tanto era lo mismo que si pasara en un sueño, porque estaba seguro de que si una de esas mujeres suaves venía a vivir a la salina, se haría tan dura e insensible como las tres pelirrojas del pueblo.

X

Cuando pasaron cuatro años desde el día que Liliana se había ido y tres tipos me habían pegado inútilmente y habían tomado vino conmigo, me pregunté si alguna vez me iría, esta vez con seriedad. Es decir: ¿mi permanencia estaba dada por ese reloj interno al que siempre obedecía, o se trataba sólo de obstinación, de costumbre? Sabía muy bien que todo valor era relativo, que podía volver al mar suave, a las mujeres variadas, pero que eso no bastaba para hacerme sentir mejor. Que probablemente allí recordara las salinas y le contara a algún amigo o alguna mujer cómo caía la sangre rojísima y cómo se volvía anaranjada y luego blanca, y que no estaba seguro de si había sido realidad o sueño, porque había pasado en un lugar que era como otro mundo. Hice esfuerzos por sentirme incómodo, fracasado, y no pude. Estaba fumando en la puerta de la barraca y hacía caer la ceniza en la caparazón vacía de la radio a transistores.

La barraca de yerba cambió de dueño. Trajo algunas cosas más. Un tocadiscos, sólo con música folklórica, que contaba con seis long-plays, o sea setenta y dos piezas distintas. Y un espejo. Eso fue lo peor. Nos desequilibró a todos. Yo mismo me quedé mudo y helado cuando vi mi rostro flaquísimo, tan curtido que parecía piedra, y las costillas destacándose entre la camisa. Durante una semana se habló mucho menos en la salina. Sólo se oían las voces incansables de los capataces. Nos llevaba tiempo volver a acostumbrarnos a nosotros mismos. Una noche una sombra se movió entre la barraca de los salineros y la de la yerba y el espejo amaneció roto.

XI

Fueron y vinieron peones. Pasó el tiempo. A veces se reúnen en la barraca y sueñan con encontrar tierra, algún gusano. Pero El Pirata y yo movemos la cabeza. Hemos aguantado más de quince años de salina y sabemos que no hay más que sal para arriba y para abajo, desde el desierto hasta el mar.

Montevideo, enero de 1970


Elvio E. Gandolfo
Elvio Eduardo Gandolfo (San RafaelMendoza26 de agosto de 1947) es un escritor, traductor y periodista argentino.Al año de haber nacido, sus padres se trasladaron a Rosario, la que considera su verdadera ciudad natal. En 1969 se mudó por primera vez a Montevideo, donde se casó y vivió dos años. Regresó a Rosario, donde tuvo a su hija Laura y vivió hasta 1976. Ese año se traslada a Piriápolis (Uruguay), donde permanece cuatro años. Más tarde se muda nuevamente a Montevideo, estadía que se prolongaría hasta 1994. Desde entonces alterna su residencia entre Buenos Aires y Montevideo. Hizo estudios secundarios y de idiomas inglés y francés.
Fuente: narrativabreve - wikipedia - Foto: ecured

HORACIO CAVALLO: POEMAS

NADA PARA AGREGAR

He venido cambiando domicilio
Y dejando mujeres en posición fetal
Con los ojos perdidos en el cielo
Del que planificaban no soltarse

Yo perdí el corazón entre las manos
Diminutas y abiertas de mi hijo
Y el vientre en los colchones olvidados
Y los brazos en los mostradores
Donde ofrecí monedas por billetes
Y vi pasar el tiempo calle afuera

El trajinar es largo y ya no puedo
Rumiar en solitario mis canciones
He perdido la cosa que sostiene
-pongale ud. El nombre-
Al individuo sobre la superficie

Nada para agregar
Llega la noche
Vienen los alaridos a destiempo
Y está mi hijo sosteniendo un corazón
Inmóvil
Aterrado
La cara de cerdo es de tu padre
La cara de cerdo es de tu padre
La cara de cerdo es de tu padre.
Nada para agregar. 



DURAZNO ABIERTO

Estoy temblando, madre,
como me sacudía una tarde
con un durazno abierto
en medio de las manos.

Estoy temblando, madre,
parado sobre un charco,
con los ojos abiertos, madre, padre,
y una palabra oscura al borde de la lengua.

Madre que estoy temblando,
bajando la escalera con pasos de reloj.

Te estoy pidiendo agua, madre.
Agua.



VERDE

Para Virginia Mórtola

Me detengo en tu espalda. Ronca el grave
latido del metal en la madera.
Se multiplica el verde entre tus dedos.
Los tallos en la esquina de la tabla
son diez palos montados de un mikado.
Respiro, te sorprendo, se suspende
el parejo vaivén que dio tu brazo.
Apoyo mi mentón sobre tu hombro.
Imagino tus ojos que se cierran
cuando cierro los míos.
Asciende hacia nosotros, silencioso,
el perfumado adiós del perejil.
Me llevo tus tres dedos a la boca.
Reconozco imposible —aunque deseo—
rematar un poema que se huela.



Horacio Cavallo
Horacio Cavallo nació en Montevideo, Uruguay, en 1977. Es narrador y poeta. Ha publicado más de una docena de libros de poesía, narrativa y literatura infantil, entre los que destacan: El revés asombrado de la ocarina, Poesía, Ediciones de la Crítica, Premio Anual de Literatura, MEC, 2006; Oso de trapo, Novela, Trilce, Premio Municipal de narrativa 2007; Fabril, Novela, Premio Fondos Concursables, MEC, 2009; El jorobado de las alas enormes, Infantil, ilustrado por Pantana, Trilce, 2012, Finalista Bartolomé Hidalgo; El silencio de los pájaros, Relatos, Alter, 2013, con ilustraciones de Gonzalo Delgado Galiana, Premio Nacional de Literatura Ministerio de Educación y Cultura 2015; Invención tardía, Novela, Estuario editora 2015, Tercer premio en el Concurso Anual de Literatura, MEC, 2017; Figurichos, con Ilustraciones de Sebastián Santana, Ediciones de la Banda Oriental, 2014, Premio Bartolomé Hidalgo en álbum ilustrado; Hojas de otoño, Premio Fondos Concursables 2014; Pez Tirolés, 2015, con diseño e ilustraciones de Denisse Torena y Los dorados diminutos,Ediciones del estómago agujereado, 2018, una novela escrita en sonetos e ilustrada y diseñada por Matías Acosta, y Luz de última hora (Poesía, 2006-2018) Editorial Lisboa, 2018
Por su obra narrativa, en 2014 recibió el Premio Morosoli de la Fundación Lolita Rubial.
Ha participado en Festivales literarios en México, Venezuela, Bolivia, Chile, Brasil y Argentina.
Fuente: festivaldepoesíademedellin.org - Foto: radiouruguay.uy