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jueves, 11 de octubre de 2018

MARCELA NORIEGA: EL DESEO OCULTO



Desear la mujer del prójimo es una frase que carece de sentido. Las mujeres no son de nadie, y el prójimo soy yo mismo, se dice entre dientes mientras la ve del brazo de él. Luego, embravecido, se sube a un taxi y desaparece. Muchas veces, se acuesta con chiquillas adolescentes para sentirse admirado, para ser visto de esa manera en que, piensa, ella jamás lo verá. Otras, se masturba imaginándola desnuda, perdiéndose entre sus piernas, repitiendo su nombre al silencio. Ha habido noches en las que le ha escrito poemas y ha sentido que algo se pudre en su estómago. Ha imaginado que el fuego que lo habita terminará incendiándolo todo alrededor: su cena, sus hábitos, sus libros, sus intenciones. Pero él permanece inmóvil, no hace nada por detener el crecimiento, el ensanchamiento más bien, de ese deseo, que se expande hacia los costados de sus entrañas, como una nube de aire tóxico. La uva negra del deseo se ha ido fermentando dentro de su caparazón de hombre. Durante años, le ha dicho a sus amigos, incluso a algunos desconocidos, cuánto ella le gusta. Y ha callado al verla.

La otra noche se sintió valiente y le regaló una rosa. Ella le agradeció. Él se envalentonó aún más: le tomó la mano y, mirándola a los ojos, le dijo que la amaba. Lo soltó así, sin anestesias ni tartamudeos. Ella sonrió, parecía que ya se lo esperaba. Él sintió cómo caía desde lo alto a un suelo duro, pedregoso. Enseguida, se arrepintió de lo que había dicho. Bajó la mirada, y torpemente se justificó diciendo que estaba borracho, a pesar de que no había bebido más de dos cervezas. Le pidió a ella que, por favor, no lo tomara en serio, mientras la miraba con el deseo y la angustia con los que miran los lobos a la luna.

Cuando salen a relucir los colmillos del deseo es difícil volverlos a cubrir con los labios. Él no pudo volver a dormir en toda la semana. Se torturó pensando qué pensaría ella, queriendo llamarla, imaginando una conversación sobre el tema, se imaginó confrontando a su viejo amigo, el hombre con quien ella vive.

Las cosas van sucediendo en lo subterráneo, sin avisar. De pronto, lo invisible exhibe su hocico. El pájaro brujo aletea en la superficie, y olemos por primera vez el sudor del animal que nos ha crecido dentro.

El día del cumpleaños de ella, él quiso homenajearla y dijo algunas palabras a los invitados. Con estridencia, se resbaló en la cera dulce que contenían. Las personas que lo escucharon se quedaron atónitas. Ella le pidió que le dijera lo mismo, pero a solas. A ella. No a ellos. Él no pudo. Otra vez, se hizo el silencio.

Días más tarde, ella le tendió una trampa. Lo citó en su casa una noche en que estaba sola. Él se acomodó en un sillón rojo, y ella en uno amarillo. Ella bebía vino, él estaba tan nervioso que no quiso tomar nada. Se sentía como una mosca en una telaraña. Sus manos sudaban, su corazón latía por encima de la piel.

Ella lo miró a los ojos y le dijo: si pudieras ¿qué harías ahora mismo?

Él estuvo mucho tiempo hablando de todas las cosas que quería hacer, mientras ella lo miraba fijamente. Todas las cosas tenían que ver con ella y con el sillón amarillo en el que ella estaba sentada. Su mundo entero podía caber entre sus piernas. Dios sabrá por qué.

Cuando finalmente él dijo todo lo que quiso y se vació, ella se puso de pie, se sentó a horcajadas sobre él y empezó a besarlo con locura. Las manos de él se multiplicaron, la recorrieron como pulpos ansiosos, sus labios intentaron absorber toda la humedad que había en su interior, sus dedos se alargaron todo cuanto pudieron, entraron en sus cavidades y la exploraron por dentro. El deseo se hizo un cristal sobre el que él caminó a grandes pasos. Sabía que no habría un mañana. Nunca lo hay para los que se creen desdichados. Para cuando volvió del éxtasis, el mundo ya había dado la vuelta: ella estaba lista, pero él seguía siendo el mismo cobarde de siempre.



Marcela Noriega 
(Guayaquil, 1978).
Periodista Profesional con Mención en Cultura y Licenciada en Comunicación por la Universidad Católica Santiago de Guayaquil.
Hizo la maestría en Periodismo de diario Clarín, de Buenos Aires. Trabajó como reportera del área política en diario Expreso y como editora de la revista dominical del diario El Territorio, de Misiones (Argentina). A su regreso a Ecuador, fue jefa del proyecto de creación del primer diario público del país, El Telégrafo (2007) y fue editora política de este diario.
Desde 2009 es independiente, publica crónicas en las revistas SoHo y Mundo Diners. Ha sido profesora de Periodismo en la Universidad Casa Grande y de Lenguaje en el Instituto Tecnológico de Artes del Ecuador (ITAE). En 2012 publicó su primera novela, Pedro Máximo y el Círculo de Tiza y un libro de poemas eróticos llamado Paredes de mi cuerpo, ambos editados en España, país donde vivió una temporada. Ese mismo año, publicó Historias que Contar, un libro que recoge su trabajo de crónicas periodísticas en Ecuador, España y Argentina.
Desde los 13 años escribe poesía y ha ganado algunos concursos a nivel nacional, el más destacado es la VII Bienal de Poesía Ecuatoriana, Ciudad de Cuenca, con el libro No hay que dar voces, editado en 2010 por la Universidad de Cuenca. Sus cuentos y poemas también han sido publicados en antologías nacionales.
En los dos últimos años se ha dedicado a escribir libros para el público infantil y juvenil. Siete de estos libros saldrán al mercado este año bajo el sello de Academia Editores.
Marcela vive hace dos años en la provincia de Loja, donde dicta talleres y charlas sobre el Desarrollo del Potencial Humano y participa en proyectos para generar Consciencia Ambiental y Espiritual. Fuente: marcelanoriega.wordpress.com


ZULEMA DE LA RÚA FERNÁNDEZ: MI NOCHE CON CRISTIANO RONALDO

Lo conocí en Madrid, durante el Festival de Novela Romántica. Yo había escrito un cuento sobre cómo me había besuqueado con un negrón de seis pies en un cuartucho de Centro Habana, y cómo, gracias a sus veinticinco centímetros, había terminado más oscura que él, en realidad morada, con la presión alta, taquicardia, ojos bizcos, y cómo resucité en un hospital a los pocos días, convertida en zombie, con la lengua a un costado y pidiendo más. El cuento en sí no clasificaba como literatura rosa, pero un jurado compuesto por Danielle Steel, Sandra Brown y Pilar Cabero llegó a la conclusión de que el negrón había cometido un profundo acto de amor, con ensañamiento y alevosía, y que el hecho de que la protagonista hubiese resucitado significaba la preeminencia de una indomable pasión. El cuento también ha sido considerado una obra maestra del género fantástico, el terror y la ciencia ficción por un jurado compuesto por Stephen King, George R. R. Martin y Ursula K. Le Guin. En realidad, el cuento ya ha acumulado más de ciento treinta premios en todo el mundo, por lo que me invitan a todas las ferias del libro, conferencias, paneles, y conversatorios con adolescentes descarriadas.

Llegué al Festival dos días después que comenzara el evento, pero rápidamente comencé a actualizarme. Empecé a besuquear escritores y hacer lo mío. La verdad es que nunca hablaba de literatura con los escritores, solo me les acercaba moviendo mis nalguitas y mi pelo rubio y les decía ¿Qué volá? Ellos, automáticamente, sin contestarme ni nada, encontraban un cuarto de hotel, un baño, o un pasillo donde besuquearme.
Siempre estaba buscando a alguien para formar el besuqueo, me daba igual si era escritor, vendedor ambulante, policía o basurero. Tampoco me importaba el lugar. Lo mío era el besuqueo, no por el besuqueo en sí, sino porque nunca lograba sentir nada especial y trataba de insistir, pues, como todos sabemos, el besuqueo es proporcional al placer y, aunque yo no sintiera mucho, siempre guardaba la esperanza de encontrar a alguien con el que pudiera sentir algo especial. Incluso, había empezado en esto de la literatura porque una amiga me dijo que si escribía mis anhelos y aventuras tendría posibilidades reales de exorcizarme, sentir algo especial mientras lo hacía. Pero nada pasaba, con Vargas Llosa casi casi estuve a punto de encontrar algo, faltó un poquito, pero nada.

Todo eso cambió, por supuesto, cuando conocí a Cristiano Ronaldo. Estaba hojeando unos libros en un estante apartado de la feria. Me acomodé la blusa y le fui para arriba. ¿Qué volá?, le dije, pasándome la lengua por los labios. Él me dio la mano, se presentó como Cristiano y preguntó si me gustaba la literatura romántica. Para esquivar la pregunta le dije que sí, pues en realidad no me gustaba leer ni nada, estaba allí para el besuqueo y ya. Lo rocé con mi teta derecha mientras él hablaba de sus autores preferidos y de cómo nunca faltaba al Festival de Novela Romántica, no solo por los libros, sino por las conferencias. Le dije que tenía una habitación en el hotel que estaba a unas pocas cuadras de allí. La habitación… 69. Se entusiasmó, al parecer sabía que en ese hotel se hospedaban los invitados al Festival. Puso los libros en el estante y preguntó si yo estaba invitada al certamen. Le dije que sí abriéndome la blusa. Él miró la credencial que me colgaba del cuello y descubrió que yo era una escritora invitada, para colmo cubana. Me abrazó con efusividad y dijo que siempre había querido conocer a una escritora cubana. Habló de mujeres de las que nunca antes escuché hablar, una tal Gertrudis Gómez de Avellaneda, una tal Dulce María Loynaz, una tal Fina García, y otras más. Yo no entendía nada, a esas alturas cualquier otro, escritor o no, me tendría agarrada por el pelo y dándome lo que me toca, con nalgadas y mordidas incluidas. Por si fuera poco, me invitó a un lugar para hablar con calma sobre literatura cubana. Por poco le digo que no (mi único interés era ser besuqueada) pero entonces se le encimaron varias locas histéricas que al parecer tenían más deseos que yo de ser besuqueadas y él me agarró por un brazo y me llevó hasta la salida, me abrió la puerta de un Ferrari y yo pensé que, bueno, nunca me habían besuqueado en un Ferrari y no debía dejar ir esa oportunidad.

Dentro del auto, subí un poco mi faldita, separé los muslos y me abrí más la blusa. Él ni se enteró, estaba concentrado en la semántica oculta en los versos de Juana Borrero. Después que bajamos del Ferrari, montamos en un helicóptero que nos llevó hasta la azotea de un rascacielos, en donde nos esperaba un chef italiano. Yo almorcé en silencio, mientras él hablaba de Carilda Oliver, Nancy Morejón y Reina María. Al finalizar el almuerzo fuimos hasta una isla y allí estuvimos por primera vez. No me pareció nada del otro mundo, ni siquiera me gustó, pero ese era uno de los riesgos del besuqueo que debía de aceptar de antemano. De regreso a Madrid, él siguió hablando de literatura, nunca había estado con una escritora, por lo que quiso saber cómo había logrado convertirme en una. Le dije que no era difícil, solo había que ir a un taller literario, siempre usando blusas descaraditas y sayitas rompe nucas, había que separar las piernas en cada clase hasta que el profesor no pudiera más y te besuqueara bien rico. Lo demás era dejarse besuquear bien rico. Por los profesores del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, por el presidente de la sección de narrativa  y poesía de la UNEAC, por los que estén armando antologías, por el que sea. Una se deja besuquear bien rico y punto. Cristiano no sabía a qué me refería con la palabra “besuqueo”. Coito, tener sexo, singueta, follar, le expliqué. Me habían besuqueado tantos tipos que me sabía el significado de la palabra en cada idioma. Claro, no le expliqué a Cristiano que me dejaba besuquear no tanto por la literatura y eso, sino porque era una forma de encontrar el amor. El hambre te obliga a comer, aunque lo que comas no sea de tu agrado. El deseo de amor te obliga a ser besuqueada bien rico, aunque al final no encuentres el amor.

En el lobby del hotel estaba Paco Ignacio Taibo II, acompañado por los miembros de la delegación cubana. Estaban preocupados por mi desaparición repentina, pero al verme llegar con Cristiano quedaron en silencio, sin saber qué decir. A veces yo reaparecía con Haruki Murakami o con Paul Auster, y ellos se tranquilizaban, pues a fin de cuentas eran grandes escritores, pero con Cristiano la gente actuaba de forma diferente; creo que por el peinado, las cejas, o porque se veía en forma, no sé. Paco Ignacio fue el primero que habló, le extendió una mano a Cristiano y le dijo que le había encantado en no sé qué cosa de la Champions. Cristiano, por su parte, le preguntó no sé qué de su última novela. La delegación cubana, sobre todo las mujeres, sacaron bolígrafos y papeles y le exigieron fotos y autógrafos. Mi compañera de habitación en el hotel, Ema Medina Novak Iglesias, apenas lo vio entrar en el hotel, tuvo una contracción vaginal y perdió el apetito. Me pidió seis veces que se lo presentara. Le dije a Cristiano que ella era mi mejor amiguita y él sonrió. Ema le habló lindo, mencionó a un tal Alejo Carpentier, un Lezama Lima, a Virgilio Piñera, Eliseo Diego, José Soler Puig y otra larga lista. Yo no entendía el interés de mi amiguita por “el Cristi”. Ella era diferente a mí. Sabía escribir y se ponía brava si alguien intentaba besuquearla (todavía me pregunto cómo ha podido publicar sus libros). Me llamó la atención el por qué ella se derretía con el Cristi, estaba buenísimo y todo, pero no era para tanto, incluso, para poder excitarme con él tuve que pensar en mi profesora de cuarto grado.

Esa noche, antes de dormir, me explicó. ¿No sabes quién es Cristiano Ronaldo? Hice una mueca. Yo solo sabía de ser besuqueada y eso. Estuvo dos horas hablándome de fútbol, yo no entendí nada, pero cuando me acosté con el Cristi al otro día le dije, así, así, Messi, qué rico. Al Cristi no pareció gustarle mucho eso. Se sentó al borde de la cama y murmuró: No puede ser, no puede ser… Luego se calmó y me dijo que estar con una escritora cubana era lo más suicida que había hecho, pero le gustaba, pues era un reto. Al caer la noche, me dijo que le leyera un cuento mío.


Le leí el único que había escrito, con el que me había dado a conocer en el país, en Latinoamérica y en más de diez países europeos. Se llamaba Singueta en Centro Habana. El Cristi no sabía lo que significaba la palabra “singueta”. Gozadera, templeta. tener relaciones sexuales, le expliqué. Tampoco entendió la primera oración: “El negrón me la clavó riquísimo”. Tuve que explicarle; la verdad fue que tuve que explicarle todo el cuento. Nunca me había pasado eso. Los ocho Premios Nobel, seis ministros, cinco premios nacionales de literatura, veintitantos escritores latinoamericanos y no sé cuántos profesores y talleristas que me besuquearon rico después de leer el cuento me dijeron que estaba genial. Solo Cristi no lo entendió. Estuvimos besuqueándonos y “hablando” de literatura toda esa noche. En la mañana, me dijo que se ausentaría para jugar el clásico contra el Barça y que volvería pronto. Nos despedimos en la entrada de mi hotel, a pesar de las mujeres histéricas, los periodistas y admiradores.

Me fui para mi cuarto, pensando en quién sería el próximo que me besuquearía. Sobre mi cama, ramos de flores y bombones de besuqueadores anteriores. Me desnudé lentamente y me di un baño de espuma. Luego me acosté en la cama y empecé a abrir las diferentes cajas de bombones. Un escritor español me llamó en la tarde. Quería presentarme a Andrés Newman y luego llevarme a su casa. Le dije que pasara a buscarme.
Al otro día, en el hotel, me tiré en la cama para comer bombones y esperar por el próximo besuqueo. No volví a pensar en el Cristi hasta que, aburrida, encendí la televisión y empecé a mirar canales. En uno de ellos estaba el Cristi, con su peinado y sus cejas espectaculares. Hipnotizada, lo vi hacer lo suyo. Correr de aquí para allá, saltar, dominar el balón. Mientras lo miraba, mi corazón crecía por segundos. No podía controlarme. Empecé a sentir algo que nunca había sentido. Por si fuera poco, Cristiano marcó un hat trick y me lo dedicó haciendo el gesto que me gustaba cuando me besuqueaba bien rico. Jadeando y estirándome los pelos, caí del colchón, mordí la pata de la cama, grité. Mi boca y mis piernas se abrieron. Temblaba. Lo sentía todo. Fue único. Increíble. Especial. Al fin el amor, me dije.

Estuve embelesada por un tiempo, suspirando y pensando en una posible boda con el Cristi, pero dos minutos después de terminar el partido me llamó alguien para invitarme a cenar, bailar y quién sabe, terminar la noche en su casa. Me vestí rápido y salí del hotel. Estaba loca por ser besuqueada. No aguantaba más.


Zulema de la Rúa Fernández
Nació en la capital de CubaLa Habana en 1979. Es de profesión licenciada en Enfermería y Máster en Atención al Niño. Ha escrito numerosas obras de narrativa y poesía.
Fuente: isliada.com - EcuRed - Foto: Peglez

JOSÉ ENRIQUE RODÓ: EL BARCO QUE PARTE



Mira la soledad del mar. Una línea impenetrable la cierra, tocando al cielo por todas partes menos aquella en que el límite es la playa. Un barco, ufano el porte, se aleja, con palpitación ruidosa, de la orilla. Sol declinante; brisa que dice "¡vamos!"; mansas nubes. El barco se adelanta, dejando una huella negra en el aire, una huella blanca en el mar. Avanza, avanza, sobre las ondas sosegadas. Llegó a la línea donde el mar y el cielo se tocan. Bajó por ella. Ya sólo el alto mástil aparece; ya se disipa esta última apariencia del barco. ¡Cuán misteriosa vuelve a quedar ahora la línea impenetrable! ¿Quién no la creyera, allí donde está, término real, borde de abismo? Pero tras ella se dilata el mar, el mar inmenso; y más hondo, más hondo, el mar inmenso aún; y luego hay tierras que limitan, por el opuesto extremo, otros mares; y nuevas tierras, y otras más, que pinta el sol de los distintos climas y donde alientan variadas castas de hombres: la estupenda extensión de las tierras pobladas y desiertas, la redondez sublime del mundo. Dentro de esta intensidad, hállase el puerto para donde el barco ha partido. Quizás, llegado a él, tome después caminos diferentes entre otros puntos de ese campo infinito, y ya no vuelva nunca, cual si la misteriosa línea que pasó fuese de veras el vacío en donde todo acaba...

Pero he aquí que, un día, consultando la misma línea misteriosa, ves levantarse un jirón flotante de humo, una bandera, un mástil, un casco de aspecto conocido...

¡Es el barco que vuelve!

Vuelve, como el caballo fiel a la dehesa. Acaso más pobre y leve que al partir; acaso herido por la perfidia de la onda; pero acaso también, sano y colmado de preciosas cosechas. Tal vez, como en alforjas de su potente lomo, trae el tributo de los climas ardientes: aromas deleitables, dulces naranjas, piedras que lucen como el sol, o pieles suaves y vistosas. Tal vez, a trueque de las que llevaba, trae gentes de más sencillo corazón, de voluntad más recia y brazos más robustos. ¡Gloria y ventura al barco! Tal vez, si de más industriosa parte procede, trae los forjados hierros que arman para el trabajo la mano de los hombres; la tejida lana; el metal rico, en las redondas piezas que son el acicate del mundo; tal vez trozos de mármol y de bronce, a que el arte humano infundió el soplo de la vida, o mazos de papel donde, en huellas de diminutos moldes, vienen pueblos de ideas. ¡Gloria, gloria y ventura, al barco! 

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Fija tu atención, por breve espacio, un pensamiento; lo apartas de ti, o él se desvanece por sí mismo; no lo divisas más; y un día remoto reaparece a pleno sol de tu conciencia, transfigurado en concepción orgánica y madura, en convencimiento capaz de desplegarse con toda fuerza de dialéctica y todo ardimiento de pasión.

Nubla tu fe una leve duda; la ahuyentas, la disipas; y cuando menos la recuerdas, torna de tal manera embravecida y reforzada, que todo el edificio de tu fe se viene, en un instante y para siempre, al suelo.

Lees un libro que te hace quedar meditabundo; vuelves a confundirte en el bullicio de las gentes y las cosas; olvidas la impresión que el libro te causó; y andando el tiempo, llegas a averiguar que aquella lectura, sin tú removerla voluntaria y reflexivamente, ha labrado de tal modo dentro de ti, que toda tu vida espiritual se ha impregnado de ella y se ha modificado según ella.

Experimentas una sensación; pasa de ti; otras comparecen que borran su dejo y su memoria, como una ola quita de la playa las huellas de la que la precedió; y un día que sientes que una pasión, inmensa y avasalladora, rebosa de tu alma, induces que de aquella olvidada sensación partió una oculta cadena de acciones interiores, que hicieron de ella el centro obedecido y amparado por todas las fuerzas de tu ser; como ese tenue rodrigón de un hilo, a cuyo alrededor se ordenan dócilmente las lujuriosas pompas de la enredadera.

Todas estas cosas son el barco que parte, y desaparece, y vuelve cargado de tributos.


José Enrique Rodó
Nació el 15 de julio de 1871 en Montevideo (Uruguay).
Ingresó con nueve años en el Colegio Elbio Fernández. Perteneció a la llamada "generación de 1900".
Diputado por el Partido Colorado en varias ocasiones, pero crítico con elbatallismo oficial del presidente José Batlle y Ordóñez, se trasladó en 1916, a Europa para trabajar como corresponsal literario de Caras y Caretas. Fue cofundador de la Revista Nacional de Literatura y Ciencias Sociales (1895-1897), y desde ese momento ejerció la crítica literaria con tolerancia y flexibilidad.Bajo el título común de La vida nueva, dio a conocer los ensayos:  El que vendrá (1897), La novela nueva (1897), Rubén Darío. Su personalidad literaria. Su última obra (1899) y Ariel (1900). Este último, un "sermón laico" dedicado a la juventud de América, tuvo una gran repercusión en toda la América hispánica, con su visión de los Estados Unidos como imperio de la materia o reino de Calibán, donde el utilitarismo se habría impuesto a los valores espirituales y morales, y su preferencia por la tradición grecolatina de la cultura iberoamericana.
El éxito no se repitió con sus obras posteriores: Liberalismo y jacobinismo(1906), Motivos de Proteo (1909), El mirador de Próspero (1913) y las póstumas, El camino de Paros (meditaciones y andanzas) publicada en 1918 y Nuevos motivos de Proteo, en 1927.
José Enrique Rodó falleció en Palermo, Italia, el 1 de mayo de 1917. 
Fuente: Letras-uruguay.espaciolatino - buscabiografias - Foto: elmontevideano.


RICARDO ZELARAYÁN: POEMAS



AIRE SORDO

Boca flor de buche. 
Una volteada no alcanza, rasca piedra, arisca tuna. 
El agua se agita cuentera.

Sordo el estallido de la gota, triste derrame en la seca. 
Aislarse, moverse, mojarse, lo otro es alambre de púa en tuna, pan con pan…

Bordes duran si aguantan. 
Ni siquiera el filo, miel guacha en la polvareda.

Silbido o respiración. 
Ahora somos todos sordos atropellando los árboles. 
Empollando piedras eternamente.

Y árboles mendiguean entre las piedras mientras afloja la arena tortuga hasta que el viento arremete.

Y ya no hay sombra que valga. 
Las grietas nada más que en el recuerdo. 
Adiós al viento salado que nunca hizo sombra.

Boca-buche, Fuego sin semillas, arena sin nada suelto.

Rascar por rascarse. 
Ver por ver, inútil desde mientras. 
Hacha de filo cada vez más ancho, piedra al fin, boca de arena.

Quiebra que te piedra y no se oye.



CUCHARA

Cosa de no salir
y andar de rincón en rincón.
No hay huellas en la oscuridad.
Andar con el lomo curvo,
cuchara al revés,
cuchara seca,
hace años,
saltando como langosta.
Arden, arden todas las migajas
mientras el pájaro carpintero
dale y dale con la pata de la silla.
Saltar de rama en rama
y de rincón en rincón.
La escalera mandibularia
al fin partida en dos.
Ladrillos de agua y aire
cercan el último rincón.
Crac, crac
tapia que salta,
suprema dentadura.
Adiós al sapo,
a la reja viuda
a todas las ventanas arrinconadas
por el vacío,
el gran rincón amable.
Los huesos se buscan a la disparada
antes de que se armen
de vuelta los opacos ladrillos,
las paredes salgan a cazar ventanas
y vuelvan los rincones
a guardar la distancia convenida.


Ricardo Zelarayán 
Nació en Paraná en 1940. Es narrador, poeta, traductor y periodista. Publicó dos libros de poemas: La obsesión del espacio (1972) y Roña Criolla (1991) -de donde se seleccionaron estos textos-. Reside desde hace años en Buenos Aires. El lenguaje de Zelarayán -inclasificable- participa de cierta oralidad criolla, de una renovada observación sobre los objetos, de cosas que se escuchan decir en el habla cotidiana y de un tono seco y áspero. Hay en sus poemas una fuerte apuesta por lo narrativo y por la asociación libre de imágenes, un poco a la manera de Lautreamont, “que como buen franchute es uruguayo / y si es uruguayo es entrerriano”, boutade que aparece en uno de sus poemas más extensos y más logrados: La gran salina . Un humor corrosivo, una alegría desencantada y un cuestionamiento rotundo a los valores poéticos convencionalmente aceptados son, al mismo tiempo, rasgos de su estética. Obras publicadas:
La obsesión del espacio (Poesía, 1973, reeditado en 1997) 
Traveseando (Cuentos Infantiles, 1984) 
La piel de caballo (Novela, 1986, reeditada en 1999 y 2017 por Adriana Hidalgo) -
Roña criolla (Poesía, 1991)
Lata peinada y otros escritos (Ed. Argonauta. 2008)
Ahora o nunca (Poesía Reunida. 2009)
Fuente: autoresdeconcordia.com


MANLIO ARGUETA: TEMOR IMAGINADO



TEMOR IMAGINADO

"Me da miedo quererte, por eso me conformo
con dibujar tu nombre con mi miel y mis ojos,
navegar en las ondas de tu cuerpo de mar.

Me da miedo llamarte. Cada palabra tuya
a la distancia son tus labios que vuelan
y tu celo que tiembla al ritmo de mi cuerpo.

Me da miedo la música de tus voz en el aire
y perderme en el tiempo sin tiempo del temor.
Me da miedo el encuentro de tu sangre y mi sangre,
no poder traducir el lenguaje distinto
de tus actos que vuelan en la flor y las aves.
Sólo tu ofrenda libre me repone del miedo
para vencer lo real de tu asombro desnudo
que al tacto de mis manos es piel imaginada."



Manlio Argueta

Novelista y poeta. Nació en San Miguel, El Salvador, 1935. Terminó sus siete años de estudios de doctorado en Jurisprudencia y Ciencias Sociales, Universidad de El Salvador, donde se destacó como fundador del Circulo Literario Universitario, 1956, una de las promociones literarias más reconocidas en su país que formó parte de la Generación Comprometida, de gran reconocimiento literario. Hijo de Adelina Argueta y Julio Cañas.
Ha sido editor y profesor universitario en Costa Rica, Estados Unidos y El Salvador. Fue Director de la Editorial Universitaria Centroamericana (EDUCA), Costa Rica, editora donde trabajó por más de doce años, como jefe de producción. Fundador y Director de la Editorial Marca, San José, Costa Rica. Trabajó como editor en otras tres editoriales de Costa Rica.
Ha sido dos veces Director de la Editorial Universitaria de la Universidad de El Salvador (1971-72 y 1994-95). Director co-fundador de la Revista Pájara Pinta y Director de Revista Universidad, Director de la Librería Universitaria (1995-96). Fue Secretario de Comunicaciones (1994-95) y Director de Relaciones Nacionales e Internacionales de esa misma Universidad (1996-2000), donde impulsa el proyecto para la construcción de la villa Olímpica en la Universidad de el Salvador, 1999.
Vivió en Costa Rica desde 1972 a 1993, donde fue profesor por ocho años de la Universidad de Costa Rica (Cátedra Apreciación Artística) y dos años de la Universidad Nacional, Heredia (Talleres Libres de Poesía y Cuento). Fue fundador y por diez años Presidente de la ONG Instituto Cultural Costarricense-Salvadoreño donde hizo labor de intercambio artístico centroamericano y Europa.
A partir del año 2000 es Director de la Biblioteca Nacional de El Salvador, CONCULTURA, San Salvador.
Y sobretodo, es el gran autor de "El valle de las Hamacas", "Caperucita en la zona roja", "Un día en la vida", "Cuzcatlán donde bate la Mar del Sur" o "Milagro de la Paz".
Fuente: huacal.blogspot - Foto: diario1

PEACHES AND HERB: MÚSICA


"Reunited"
Subido por: Paulo Backstabbed
Gentileza: YouTube



 "For Your Love"
Subido por Rob Preston
Gentoleza:YouTube

Peaches and Herb came to be in 1966 or so, although Herb has remained a constant, there were at least 6 females to fill the role of "Peaches." Whoever the individual singers, they made good music and that's all that matters. Please visit my "covers" page also @ www.youtube.com/user/RPreston01/videos


El dúo vocalista estadounidense formado en sus comienzos por Herb Fame y Francine Hurd Barker. Desde la fundación del grupo en 1966, Herb fue el vocalista que más duró mientras que el papel femenino de "Peaches" fue interpretado por seis mujeres a lo largo de los años.

Herb Fame, cuyo nombre real es Herbert Feemster nació el 1 de octubre de 1942 en Anacostia, Washington y cantaba en una iglesia junto a un coro infantil del barrio. Tras graduarse en el instituto trabajó como dependiente en una tienda de discos donde conoció al productor Van McCoy con el que firmó un contrato para la subsidiaria de Columbia: Date Records. La otra intérprete es Francine Barker, nacida como Francine Edna Hurd el 28 de abril de 1947 en Washington D. C. y fallecida el 13 de agosto de 2005. Al principio de su andadura con este dúo utilizaba su pseudonimo de Francine Day. Su carrera musical comenzó con el trío The Darlettes, que más tarde pasarían a llamarse The Sweet Things tras cambiar de compañía discográfica. Una vez produjeron dos álbumes, McCoy optó por poner juntos a Fame y Barker (todavía conocida como "Day") por sugerencia de Kapralik. El resultado fue el single: We're in This Thing Together, la cual estuvo durante nueve meses en las listas de los más escuchados en las rádios del país hasta diciembre de 1966, cuando un DJ realizó un revival del hit de 1934 Let's Fall in Love.

El último dúo obtuvo una carrera exitosa de singles y álbumes durante dos años con temas como Let's Fall in Love, Close Your Eyes, For Your Love y Love Is Strange. A pesar de su creciente éxito y de ser la imagen de los "corazones del soul", Barker decidió retirarse temporalmente después de dos años por el tiempo que suponía realizar las giras. Marlene Mack (también conocida como Marlene Jenkins), quien ya cantara anteriormente con el grupo Jaynetts, sustituyó a la artista. Durante este periodo, Peaches actuó como solista y publicó tres singles.
En 1970 Fame se retiró por razones personales y se enroló en la Academia de policía de Washington y más tarde al Departamento de la Policía de Washington. Tanto el uno como la otra dejaron de lado su carrera musical hasta que en 1976 Fame decidió volver. En esta ocasión, Van McCoy sugirió a Herb, Linda Greene como la sustituta adecuada para el puesto de Peaches. Tras conocerla y actuar se hizo la "Peach" más conocida hasta la fecha.
Fame y Greene grabaron siete álbumes, incluido uno publicado en Argentina. Su primer álbum: Peaches & Herb se grabó en el sello MCA Records y fue producido por Van McCoy, pero tan solo obtuvo un primer gran hit: We're Still Together. Tras firmar con MVP/Polydor, publicaron 2 Hot bajo las órdenes de Paul J. Cohn y con el que ganarían el Disco de Oro. Su primer single fue Shake Your Groove Thing con el que alcanzaron el quinto puesto de la lista de ventas de marzo de 1979. El siguiente sencillo vino con Secret Weapon, producido por Freddie Perren, pero fue con Reunited donde obtuvieron el triple disco de platino. Esta canción que evocó a los orígenes del dúo alcanzó el primer puesto del Hot 100 y del Billboard R&B Chart. También alcanzó el puesto más alto en Canadá y fue nominada al Grammy a la mejor canción del año en la edición de 1980. Las siguientes publicaciones atrajeron más éxitos entre los que se incluye I Pledge My Love. Tras cambiar de nuevo de discográfica, esta vez a Entertainment Company, Fame y Greene lanzaron su séptimo álbum en 1983 cosechando tan solo un éxito. Tras la pobre acogida de su álbum, volvieron a retirarse y dejaron de sacar más álbumes. Fame volvió al cuerpo policial y en 1986 se alistó en los U.S. Marshals como agente de seguridad de la corte penal de veteranos. Mientras Greene volvió con su familia, y junto a su marido publicaron tres álbumes de música gospel para la sociedad benéfica WOW (Winning Our World).
En 1990, todavía como empleado en los juzgados, Fame volvió a revivir el interés por el dúo y para la siguiente "Peach" elegiría a Patrice Hawthorne, varieté del programa televisivo Big Break. Aunque no llegaron a estar activos del todo. Por su parte, Hawthorne continuó siendo la líder de su propia orquesta en Filadelfia con CTO Soho.
Debido a los impagos por derechos de autor, el estado económico de Fame se vio mermado a pesar de años de éxitos y de ventas junto a Greene. En 2001 ambos contrataron abogados especializados en defender los derechos de autor de los artistas y emprendieron acciones legales contra la discográfica MVP Records, entonces liderada por Christine Perren. Sin embargo Perren cayó en varias contradicciones sobre la defensa de la discográfica con el resultado de que ambos artistas fueron indemnizados.
Tras asegurar su situación financiera, Fame pudo abandonar su trabajo y centrarse en su carrera en solitario. A la vez fue ganando ingresos extras que le permitieron disfrutar con su actual trabajo. Más tarde se uniría a él Wanda Makle como la quinta "Peach" y con la que actuaba durante sus conciertos de fin de semana, y en 2008 informaron que estuvieron pensando en grabar un álbum juntos. Sin embargo esos planes se desvanecieron y la española Meritxell Negre fue la sexta "Peach" en detrimento de Makle.
Negre, quien fuera presentada a Fame por el productor Bill Davis, es la primera "Peach" no afroamericana y la tercera con la que grabó un nuevo álbum. El primer álbum desde 1983 fue Colors of Love en el que se combina la sazón y voz de tenor de Fame, con el aire de alto soprano y soul de Negre. Dicho álbum fue publicado en mayo de 2009 con el sello de Imagen Records tres meses después del debut de Negre.
Fuente: es.wikipedia.org

viernes, 14 de septiembre de 2018

ROSARIO BARROS PEÑA: EL HOMBRE QUE VENDÍA PERIÓDICOS EN EL SEMÁFORO



Los vio acercarse. Reían, cogidos de la mano. Se detuvieron y él la enlazó con su brazo derecho. Ella musitó algo a su oído y él levantó la mirada hacia lo alto del edificio.

-¿Ahora? -preguntó.

Ella colocó la mano sobre su cuello en una caricia leve y sus ojos brillaron.

-¡Claro! -exclamó-. Ahora.

Él continuó mirándola y sus ojos brillaron también. La cogió de la mano y entraron en el amplio portal.

El hombre que vendía periódicos los siguió con la mirada. Luego alzó la vista hacia lo alto del edificio. Se detuvo en un rótulo de letras azules: "Pensión Palacio" y entonces sintió envidia. No solía hacerlo. No envidiaba, tampoco amaba, ni deseaba siquiera. Era algo que había decidido hacía ya mucho tiempo: anular sus sentimientos. Lo había decidido cuando comprendió que había dejado de formar parte del mundo, porque al mundo ya no le interesaba contar con él, pero aquellos chicos le hacían sentir envidia. Venían de vez en cuando y entraban con la alegría en los ojos. Él los imaginaba ocupando un cuarto en la pensión. Veía sus caricias, inexpertas todavía, el descubrimiento de los cuerpos jóvenes, la vivencia de las sensaciones nuevas. Le hacían recordar las siestas en los campos, cuando el sol caía a plomo y los cuerpos pesaban. Las gavillas amontonadas y la sombra sin un soplo de aire. Y la Antonia en sus brazos, ¿o él en los brazos de la Antonia? Los cuerpos juntos, sudorosos. La sangre ardiendo. La Antonia lo quería, tenía las carnes prietas, el rostro arrebolado y los ojos castaños, como la miel de brezo. Pero él no la quería, solo la deseaba en las siestas sofocantes del estío.

El semáforo coincidía con la entrada del edificio, una interesante construcción, casi un palacio, de estilo modernista rematada por una cúpula cubierta con tejas de cerámica verde brillante. En algún tiempo había sido una residencia familiar. Ahora albergaba oficinas institucionales y en las dos últimas plantas una pensión. Por las tardes, las oficinas estaban desiertas, solo las recorrían las limpiadoras, que también se ocupaban del portal y las escaleras, pero en la pensión siempre había movimiento. Los viajeros llegaban en autocares, o en taxis. Las maletas se amontonaban en el amplio portal y los chicos de la pensión las subían en el montacargas. Las personas tenían que subir por la escalera circular, mirando con gesto de cansancio la gran claraboya que coronaba el hueco central y que llenaba de luces de colores las paredes pintadas de blanco. Era un tributo a la belleza del inmueble, ya que los propietarios, una antigua familia que de su abolengo conservaba poco más que los brillos del linaje, se habían negado a modificar la estructura para poner un ascensor que cumpliese con las normas.

El hombre que vendía periódicos se había acomodado a aquel espacio que tenía muchas ventajas. Durante la mañana, vendía algunos periódicos a los funcionarios. La cercanía del mercado hacía que algunas mujeres incluyeran la publicación, que se llamaba "La calle", en su carro de la compra. Y estaba la gente que acudía a la iglesia cercana y los huéspedes de la pensión. No era un mal sitio. Además, el portal, muy amplio y en semipenumbra, le había dado cobijo algunas noches, hacía algún tiempo, antes de que decidiera dejar de sentir cuando pensaba que refugiarse en el alcohol valía para algo.

El sol se iba ocultando dejando un baño de luz rojiza sobre los tejados. Había aumentado el tráfico. El hombre sabía la hora, aunque hacía mucho tiempo que no llevaba reloj. Estaban cerrando las oficinas. Lo veía en la gente que llenaba las aceras, con las espaldas encorvadas, a pesar de haber usado las sillas ergonómicas, y los ojos mustios, después tenerlos durante varias horas fijos en las pantallas de los ordenadores.

-¿Es así?

Se sorprendió. Era una voz dulce. La miró sin comprender. Ella tenía un euro en la mano y el periódico en la otra. Cogió el euro y la vio marchar. La siguió con la mirada. No era como la chica de antes, que era muy joven. Ésta tenía un cuerpo fuerte, abundante de caderas. Llevaba una falda larga, rematada con un volante, que se movía con asimetría, porque la mujer cojeaba ligeramente. La chaqueta oscura ponía un toque sobrio a la figura. Se fijó en el pelo rojizo que imitaba el sol del atardecer veraniego.

Cambió de posición, apoyando el pie derecho en la pared, y miró los periódicos que estaban en el suelo. En realidad, por mucho que se disfrazara, aquella era una forma de pedir limosna. ¿Qué le importaba a la gente aquel periódico? Los vio pasar. Hombres con gesto duro y paso rápido, mujeres de ojos tristes, cargadas con bolsas de plástico, parejas mayores, cogidos del brazo, pero con miradas distantes, como si viviesen vidas incompatibles. Niños correteando por el medio. Uno se detuvo, lo miró y se pegó a la pared intentando imitar su postura.

-Niño, ¿qué haces? -la voz de la madre irritada- ¡Jesús, qué ocurrencia!

Y el pequeño alejándose, haciendo un gesto de burla al hombre, que modificó de nuevo su postura.

De pronto, la tarde se detuvo. Y ocurrió. Un golpe seco, rotundo, el chocar de un cuerpo contra el suelo. Un alboroto de cristales rotos, que sembraron la escalera de colores. Los pasos del chico bajando las escaleras de dos en dos y el crujido de los cristales que rompían bajo sus pies. Y el grito haciendo eco en el hueco del portal y la escalera.

-Noa, mírame. Noa, despierta. Noa, vuelve.

El hombre de los periódicos entró apresurado, pero, se mantuvo a distancia. Miró la claraboya y vio el cielo. Ya no estaba el escudo con el león rampante. Solamente quedaban varillas de plomo rotas y algunos vidrios medio desencajados. El centro había caído todo, con el cuerpo de la muchacha.

El hombre se estremeció. No había oído ningún grito y sin embargo, la chica tenía que haber gritado. Había cuatro pisos de distancia, pisos de techo alto. Ella tenía que haber gritado, pero él no la había oído.

El chico se puso en pie. En la escalera, los rostros asustados de dos limpiadoras y una muchacha con uniforme azul marino y una placa en el bolsillo izquierdo: "Pensión Palacio".

-¿Qué miran? -gritó el chico- ¡Coño! Hagan algo. ¡Llamen a una ambulancia!

El hombre que vendía periódicos dio dos pasos atrás y pegó su espalda a la pared. Sintió frío, un frío profundo que le venía de dentro. Había reconocido el rostro del muchacho. A ella no, a ella no podía reconocerla porque la blusa le cubría el rostro y su cuerpo parecía muy pequeño sobre las grandes losas de mármol.

-¡Claro! Ahora -había dicho ella.

El hombre recordó los ojos brillantes y la sonrisa prometedora.

-¡Joder! -pensó-. ¡Joder!

Cuando llegaron los de la ambulancia, había mucha gente en el portal. Se abrieron paso, separaron al chico, que tenía los ojos desorbitados, y rodearon el cuerpo. El hombre del periódico se acercó y puso su mano sobre la espalda del muchacho, que temblaba, pero él no se enteró.

La policía llegó cuando estaba oscureciendo. A través de la claraboya, en el cielo limpio de nubes, un círculo pálido se incrustaba en el azul. En el contraluz de la puerta estaba la gente inmóvil y un murmullo, como de colmena se adentraba en las sombras. Alguien encendió los apliques de la escalera y la lámpara de bronce y todo se tiñó de un amarillo pálido y triste.

Una mujer, con un mandil blanco, hablaba entre sollozos.

-Venían muchas veces. Yo los había visto, cuando subía a tender la ropa. A la terraza se puede subir porque ahora no hay portera y porque la puerta no tiene llave. Yo no les decía nada porque me parecía que no hacían daño. Se querían. Hacían sus cosas encima de las baldosas rotas y luego se sentaban, pegados a la caseta de la maquinaria del montacargas y hablaban.

El hombre de los periódicos presionó más sobre la espalda del muchacho.

-La claraboya estaba protegida -seguía diciendo la mujer-, tenía una red metálica por encima, pero estaba muy oxidada. Yo, por si acaso, no me acercaba.

Se llevaron el cuerpo de la chica y después se llevaron al muchacho, rígido, andando como un autómata, sin palabras, sin expresión en el rostro. La mujer subió las escaleras, enjugándose los ojos con una punta del mandil blanco. Y el resto de la gente también fue esfumándose en las sombras. El hombre del periódico dejó el portal con las manos en los bolsillos, los puños apretados y un gesto de impotencia en la mirada. En la puerta, una muchacha de pantalón vaquero lo abordó.

-¿Usted pudo verlo? -preguntó.

El hombre vio su cuaderno y el bolígrafo en sus manos y el hambre de noticias en sus ojos y la impotencia se volvió rabia sorda.

-¿Y qué esperas ver en la ciudad?

La voz de la Antonia resonaba todavía en sus oídos, pero no recordaba su respuesta. Daba igual. Había dicho algo para salir del paso, porque él no pensaba ir a la ciudad en busca de nada, sino huyendo de la opresión que lo ahogaba, del amor de la Antonia, de la mirada recelosa del padre y de la sonrisa cómplice de la madre. Él no amaba a la chica, pero sobre todo, odiaba la idea de quedarse en el pueblo, donde todos lo miraban al pasar, desde las ventanas entornadas y donde ya no tenía nada, salvo el recuerdo de sus padres y un pedazo de tierra en el que mal cabían los tres eucaliptos que había plantado con su padre cuando era niño.

La Antonia le dijo que estaba embarazada y sus palabras fueron como rejas entre las que sintió que se ahogaba. Por eso huyó, aquella misma noche.

-No pude verlo -respondió a la chica-, estaba en la calle, vendiendo mi periódico.
-Pero, ¿los conocía? Dicen que venían muchas veces. ¿Los había visto antes? 
-Yo estoy en la calle -dijo el hombre-, no me fijo en los que entran y salen.

Ella guardó el cuaderno y el bolígrafo y se fue.

La calle había quedado desierta. El hombre, recogió los periódicos y los colocó cuidadosamente en un rincón del portal, cerca de la puerta. Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta de punto y sacó un puñado de monedas. Era poco dinero, había muchas de las negruzcas, que apenas tenían valor. Se dirigió a la puerta, pero lo detuvo la voz de una de las limpiadoras.

-Ramón, ¿pudo verla?

La esperó. Tenía los ojos enrojecidos.

-Los vi entrar -dijo él-, pensé que iban a la pensión, como siempre. 
-Nunca fueron a la pensión -dijo ella-, iban a la terraza. Y no eran ellos solos. Suben por la noche. Se drogan y hacen todo eso que parece que tienen que hacer los jóvenes. Yo se lo dije a mis jefes varias veces. Les dije que tenían que poner una puerta, que no estaba bien que la gente entrara en el edificio como Perico por su casa. Y también les dije que la terraza era un peligro. Pero, dijeron que era cosa de la Comunidad. ¿Y ahora? ¿También será cosa de la Comunidad?

-Ahora, pondrán la puerta -dijo el hombre resignado.
-Pero a ella no le valdrá -dijo la mujer-, ni a su hija.

El hombre la miró sorprendido.

-¿La conocía? ¿Cómo podía tener una hija? ¡Si era una niña! 
-Sí, una niña -rezongó la mujer- una niña que había vivido ya más que usted y yo juntos. Yo la veía subir y bajar con el muchacho, y me hacían gracia. Me parecían felices, viviendo eso que decían mis muchachos hace unos años, el aquí y ahora. Ellos dicen que hay que vivir hoy, porque sabe Dios lo que ocurrirá mañana, pero yo digo que el mañana será siempre una consecuencia de lo que hagamos hoy.

La mujer hablaba apresurada, contenta de que el hombre la escuchase. Las palabras resonaban en el portal mal iluminado. El hombre la interrumpió.

-Pero, ¿de verdad, tenía una niña?
-La tenía, sí -respondió ella-, y la quería como una buena madre, pero nadie le había dicho que tenía que elegir, y que la historia había de repetirse.

La mujer se detuvo y miró al hombre. Bajo la luz macilenta le pareció que la escuchaba interesado.

-Un día me la encontré llorando, aquí mismo, casi donde está usted ahora, pero acurrucada en el suelo. Me acerqué a ella y cuando le pregunté lo que le ocurría me despachó con un exabrupto. Pero luego se vino a razones y acabó contándome cuánto quería al chico, ése que estaba ahí, como un pasmadote, con los ojos como platos. Pero él le ponía pegas, por la niña, claro, que era de otro que estaba en la cárcel. ¡Qué vidas! ¡Y con sólo dieciocho años! Pero ella era huérfana. Su madre también la había tenido siendo una cría y luego se había marchado. Nadie la había vuelto a ver. Ahora, la pequeña la tienen los abuelos. Quizás -y la mujer apretó los puños con rabia sobre los ojos para liberarlos de las lágrimas-, quizás para ellos la muerte de la chica sea una liberación.

El hombre que vendía el periódico permaneció en silencio. Vio el cuerpo menudo de la mujer que cruzó la calle apresurada, con el semáforo en rojo, y luego se adentró en el portal mal iluminado y subió despacio las escaleras, sintiendo crujir algunos cristales bajo sus zapatos, a pesar de que los chicos de la pensión habían barrido las escaleras. Dejó a la derecha la última puerta y siguió subiendo un tramo de escaleras. Cruzó un hueco sin puerta y se adentró en la terraza. Había varias cuerdas de tender la ropa. Tenía al alcance de su mano las tejas de cerámica verde, pero la cúpula no era tan hermosa como le parecía desde abajo. Todo tenía un aire de abandono, de suciedad. Se acercó a la claraboya. Se estremeció al ver la distancia hasta la luz difusa del portal.

-¿Y qué esperas ver en la ciudad?

La voz de la Antonia en sus oídos. A su alrededor, los altos edificios con sus ventanas iluminadas y el sonido lejano del tráfico. Y, sobre él, el cielo con una luna inmensa que se le antojó triste. Echó cuentas. Quizás el hijo de la Antonia tendría la edad de la muchacha. Se detuvo. No, no, era algo menor. ¿Y los eucaliptos? ¿Extenderían sus ramas fuera de los linderos de su terreno? ¿Y la Antonia?

-¿Y qué esperas ver en la ciudad?

El hombre que vendía el periódico en el semáforo pensó que ya lo había visto todo en la ciudad. Y consideró que a lo mejor no era malo reconocer que se había equivocado. Sopesó el contenido de su bolsillo y recordó el exiguo saldo de su libreta azul. Percibió el olor casi olvidado de la tierra recién labrada y, con cuidado, se encaminó hacia el hueco sin puerta que lo llevó de nuevo a las escaleras. Las bajó despacio, con una mueca en los labios que se parecía a una sonrisa.


Rosario Barros Peña
Rosario Barros Peña es española, licenciada en Psicología por la Universidad de Santiago de Compostela (España). Durante veinte años ha compaginado el ejercicio de la psicología con su trabajo de Funcionaria, lo cual supuso un antes y un después para sus trabajos literarios. De joven publicó dos novelas cortas y un conjunto de cuentos. Recibió la flor natural en dos certámenes de poesía y escribió artículos y relatos en revistas y en la prensa de su ciudad. Hace dos años dejó su trabajo en la Administración para volver a escribir. Tiene predilección por el relato corto, porque prefiere captar solo instantes en la vida de las personas. En el año 2001 llevó el segundo premio en el Certamen Literario "Valle de Punilla". En septiembre de este año llevó el segundo premio en el IV Concurso Literario "Los Juegos Florales" de City Bell con un relato titulado “Al Alba”. La mayoría de sus relatos los tiene en páginas literarias de Internet, aunque sueña con publicarlos en papel. Acaba de terminar una novela. Le gusta viajar y conoce casi toda Europa y el Norte de África. Disfruta con la lectura, la pintura, la música y charlando con los amigos. Fuente: home.cc.umanitoba.ca - 
Foto: Archivo del blog

Lo que la autora nos contó sobre el cuento:
El cuento "El hombre que vendía periódicos en el semáforo" nació de una noticia periodística. La muerte de una muchacha cayéndose desde la terraza de un edificio. Intenté contar la historia de la chica, pero el hombre testigo del accidente se apoderó de la narración, y lo hizo para que no resultara inútil la pérdida de una vida. Es un relato al que tengo especial cariño.





LUIS CARLOS MUÑOZ SARMIENTO: LA DESAPARICIÓN

Ese día, como siempre en los últimos nueve años, él se había levantado muy temprano, afeitado y bañado gracias a la colaboración de su hija menor y de su hijo preferido, desayunado y salido a la calle. Solo. Se había dirigido a la tienda, donde le había pedido a don Jorge, ya que no cargaba dinero en sus bolsillos, que le fiara unos pielroja sin filtro, los únicos que fumaba desde que lo había perdido todo, desde aquellos lejanos días en los que podía escoger entre chester, picadilly, camel, todos también sin filtro. Cogió sus cigarrillos con la misma felicidad con que su nieta recibía un chocolate del papá o su nieto un favor de la mamá. Prendió un cigarro y echó a andar… Cogió por donde siempre lo hacía, por costumbre, es decir, por la carrera 13, desde la calle 45, hacia el sur. Su hijo, que a menudo lo acompañaba, esta vez no pudo hacerlo pues tenía que atender unos asuntos personales urgentes relacionados con su ingreso a la universidad. De manera que esta vez, solo, él, un hombre de 61 años que por un accidente automovilístico había pasado los últimos nueve enfermo, se dirigía ahora sin saber muy bien adónde pero, eso sí, seguro de que no había un camino sino de que se hace camino al andar, de que al andar se hace camino y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar… Lo que en este caso se habría de cumplir con estricto rigor, no a causa de la simple retórica poética. Que, a decir verdad, también en este caso, no era simple retórica poética pues se trataba de la del inmortal y bienamado por él, don Antonio Machado, a quien tanto debía… Pues como don Antonio, él podía decir que a su trabajo acudía, con su dinero pagaba, excepto esta vez, sí, que no había tenido para los cigarrillos, pero de todas formas con su dinero pagaba el traje que lo cubría y la casa que habitaba, el pan que lo nutría y el lecho donde descansaba. Como don Antonio había creado un mundo de poesía con sus manos, él había trabajado la tierra con las suyas. Como don Antonio, él tampoco sabía si era un clásico o un romántico aunque igual hubiera querido dejar sus versos como el capitán deja su espada: famosa por la mano viril que la blandiera, no preciada por el docto oficio del forjador. Igual que don Antonio conversaba con el hombre que siempre iba con él y cuyo soliloquio era charla con ese buen amigo que le enseñó el secreto de la filantropía. Eso sí, no de la que tanto se publicita y detrás de la cual se esconde el crimen, se agazapa la traición, se confiesa la carencia. Carencia de la que él, como don Antonio, valga la tautología, carecía… Todas sus carencias, mientras caminaba, se reducían a una, la falta de dinero. El que en otras épocas había tenido de sobra, pero de las cuales era mejor no acordarse, como se aconseja no acordarse de la juventud cuando se es ya viejo. Y aunque él no se consideraba viejo pues bien sabía que la edad no está en el cuerpo sino en la cabeza, de todas maneras no era tonto para no darse cuenta, como tantas veces se lo dijo a su vástago predilecto, que por su enfermedad ya era un viejo. Un viejo que caminaba por las calles de la ciudad que lo había acogido hacía muchos años y en la que había gozado y sufrido, levantado del suelo y caído al piso, forjado una familia de ocho hijos de los cuales a la postre le quedaron siete, todo, claro, gracias a la complicidad de una mujer fiel y leal que lo admiraba tanto como él a ella. Ciudad en la que muy bien sabía que cuando llegara el día del último viaje y estuviera presta a partir la nave que nunca ha de volver, se le encontraría a bordo ligero de equipaje, tal cual había venido al mundo, despojado de ropas, casi desnudo, como los hijos de la mar.

Tan ligero como iba ese día que se había levantado temprano, como siempre, para ir en busca de su destino, destino que sólo él conocía. Caminó y caminó sin tregua ni pausa hasta que ya cansado se detuvo… cogió el camino de regreso a casa pero al llegar nuevamente a la 13 con 45, antes de cruzar la calle, decidió subirse a una buseta de la ruta 127 y cuyo pasaje no se sabe cómo canceló pues ya se dijo que no llevaba dinero consigo. Atravesó en ella la ciudad, se bajó en el paradero de Boita, lugar al que por primera vez en la vida iba y, como es lógico, se perdió allí… Mientras tanto, al otro extremo de la ciudad y dado que no había vuelto a su casa, la familia en pleno se preguntaba dónde podría estar él. Luego de averiguar en todas partes por si alguien sabía dónde estaba, un hermano del hijo amado con voluntad honesta, salió a la calle, dispuesto a ir en su búsqueda. Cogió un taxi y lo primero que hizo al subirse al vehículo fue mostrarle la foto de él al conductor y preguntarle si lo conocía… lo que viene bien podría hacer parte del catálogo fantástico, aunque en la práctica sólo pertenezca al territorio de lo posible, no necesariamente de lo divino como tanta gente para su infortunio cree: el señor del taxi, luego de hacer una carrera en el sur, había visto en el parque de Boita al señor de la foto que el hermano del hijo dilecto le acababa de mostrar… “¿Qué hacer?”, se preguntó éste como tantos años antes lo había hecho Lenin con otros fines, no se sabe si más o menos altruistas. Pero, la cosa era más simple que política, así que rápidamente el chofer del taxi y el otro hijo de él se dirigieron al único objetivo no sólo posible sino probable de hallarlo. El trayecto, como podrá imaginarse cualquiera, fue tan tedioso como desgraciado a causa de los problemas de desplazamiento. Lo difícil no fue llegar a la carrera décima, vía obligada de acceso al lugar de destino, sino avanzar por ella… sobre todo a partir del momento en que el chofer del vehículo de servicio público perdió sus gafas a manos de un raponero. En medio de la barahúnda el señor persistía en continuar al volante, pero cuando se convenció del peligro, entonces decidió cederle su puesto al otro hijo del señor que buscaban. Sin embargo, aunque éste último era lo que se podría considerar un as del volante, las circunstancias no permitían demostrarlo. El taxi avanzaba a un promedio de diez minutos por cuadra, si es que existe una medida tal para vislumbrar lo que pasaba… De manera que para no darle largas al asunto el trayecto se cubrió en poco más de dos horas. Dos horas que dadas las circunstancias equivalían a una eternidad para los tres: para el taxista, para el hermano del hijo preferido y para…
Al llegar al sitio, el hermano del hijo predilecto agradeció a la vida que no fuera él quien hubiera perdido las gafas a manos de los ladrones, aunque al verlo ya no estaba seguro de si él era su padre. Y no estaba seguro pues éste se encontraba calcinado por el sol, sin el saco de paño con el que había salido y que no se sabe cómo había perdido, en definitiva, casi desnudo, como los hijos de la mar. Perplejo por la conciencia de saberse perdido, al encontrarse con uno de sus otros hijos, él, que era tan locuaz, no pronunció palabra alguna, aunque pudiera decirse que en ese momento, más que nunca, adquirían inusitada vigencia las palabras del poeta según las cuales qué bueno es estar triste y no decir nada… Aunque bien podría decirse que para entonces decir algo tampoco serviría de mucho. En ese instante, las palabras sobraban, como sobraron para explicar los pormenores del “milagroso” evento cuando él regresó a casa. Pormenores que, no obstante, debido a la elocuencia implícita del relato hecho por el taxista a los familiares del protagonista, terminaron por convencer a todos de que, en efecto, se había tratado de un milagro, un milagro, eso sí, causado por las leyes de probabilidad de Hume, según las cuales todo es posible por el cruce de múltiples variables que al cabo determinan el cumplimiento de un hecho, o por la ley del azar de Buñuel, según la cual primero está eso, el azar, luego viene la necesidad. Y la posibilidad de recuperarlo a él, dependía del azar más que de aquella. Tras su muerte el 20 de junio de 1999 en la ciudad que lo había acogido, en la que había sufrido, gozado y se había reproducido, a la vez empezaba a dormir un sueño profundo, tranquilo y verdadero. Larga paz a sus huesos. No obstante, el día que el hermano de su hijo dilecto lo había encontrado, había comenzado la desaparición del padre del autor de este relato.

Luis Carlos Muñoz Sarmiento
Padre de Santiago & Valentina. Realizador y locutor de Una mirada al jazz y La Fábrica de Sueños: Radiodifusora Nacional, Javeriana Estéreo y U. N. Radio (1990-2004). Fundador y director del Cine Club Andrés Caicedo desde 1984. Fundación Social (1987): Ganador del Concurso de Cuento Cenpro TV, con Movimiento en falso. Feria Int. del Libro de Bogotá: conferencista invitado (1987-2005). U. Central (2006): Finalista del Concurso Nacional de Cuento 25 Años del TEUC, con Noticias del imperio, por Henry V. Miller (La muerte del endriago y otros cuentos, U. Central, 2007). U. Central (1999): Miembro del Taller de Escritores. U. Nacional (2000-02): Profesor de la Fac. de Derecho en la cátedra Vida Universitaria. U. Central (2005-07): Docente en los seminarios Movimientos y renovación en el cine, Cátedra de Derechos Humanos, en los Cursos de Contexto Shakespeare, Constitución Política: un proyecto de nación, Maestrartes y Descubrir el cine: narrativas y tendencias. Finalista del Concurso Nacional de Cuento 25 Años del TEUC, con Noticias del imperio, por Henry V. Miller (La muerte del endriago y otros cuentos, U. Central, 2007). Autor de ensayos sobre los escritores.
Fuente: el magazín de el espectador - Pijao editores - Foto: Pijao editores

ZBIGNIEW HERBERT: INFORME DESDE LA CIUDAD SITIADA

Demasiado viejo para llevar las armas y luchar como los otros,


fui designado como un favor para el mediocre papel de cronista
registro -sin saber para quién- los acontecimientos del asedio

debo ser exacto mas no sé cuándo comenzó la invasión
hace doscientos años en diciembre septiembre(*) quizá ayer al amanecer
todos padecen aquí del deterioro de la noción del tiempo

nos quedó sólo el lugar el apego al lugar
aún poseemos las ruinas de los templos los espectros de jardines y casas
si perdemos nuestras ruinas nada nos quedará

escribo tal como sé en el ritmo de semanas inconclusas
lunes: almacenes vacíos la rata ha devenido moneda corriente
martes: alcalde asesinado por agentes desconocidos
miércoles: conversaciones sobre el armisticio el enemigo confinó a los legados
ignoramos dónde se encuentran esto es el lugar de su suplicio
jueves: tras una turbulenta asamblea se rechaza por mayoría de votos
la propuesta de los comerciantes de especias de rendición incondicional
viernes: comienza la peste
sábado: se ha suicidado un desconocido inflexible defensor
domingo: no hay agua rechazamos un ataque en la puerta este llamada Puerta de la Alianza

lo sé todo esto es monótono a nadie puede conmover

evito comentarios las emociones mantengo a raya escribo sobre hechos
aparentemente sólo ellos son valorados en los mercados foráneos
pero con cierto orgullo deseo informar al mundo
que gracias a la guerra hemos criado una nueva variedad de niños
a nuestros niños no les gustan los cuentos juegan a matar
despiertos y dormidos sueñan con la sopa el pan los huesos
exactamente como los perros y los gatos

al atardecer me gusta deambular por los confines de la Ciudad
a lo largo de las fronteras de nuestra libertad incierta
miro desde lo alto el hormigueo de los ejércitos sus luces
escucho el tronar de los tambores los alaridos bárbaros
en verdad es inconcebible que la Ciudad todavía se defienda

el asedio continúa los enemigos deben ser reemplazados
nada les une excepto el anhelo de nuestra destrucción
godos tártaros suecos huestes del César regimientos de la Transfiguración del Señor
quién los enumerará
los colores de los estandartes cambian como el bosque en el horizonte
desde el delicado amarillo de aves en primavera a través del
verde del rojo hasta el negro invernal

así al atardecer liberado de los hechos puedo pensar
en asuntos antiguos lejanos por ejemplo en nuestros
aliados de ultramar lo sé su compasión es sincera
envían harinas sacos de ánimo grasa y buenos consejos
ignoran incluso que nos traicionaron sus padres
nuestros ex-aliados desde los tiempos de la segunda Apocalípsis

sus hijos no tienen culpa merecen gratitud así que les estamos agradecidos
no sufrieron un asedio largo como una eternidad
a quienes alcanzó la desdicha están siempre solos
los defensores del Dalai-Lama kurdos montañeses afganos

ahora cuando escribo estas palabras los partidarios del pacto
conquistaron cierta ventaja sobre la fracción de los intransigentes
habituales las oscilaciones de ánimo los destinos aún se sopesan

los cementerios crecen disminuye el número de los defensores
pero la defensa perdura y perdurará hasta el final

y si cae la Ciudad y uno solo sobrevive
él portará consigo la Ciudad por los caminos del exilio
él será la Ciudad

miramos en el rostro del hambre el rostro del fuego el rostro de la muerte
y el peor de todos -el rostro de la traición
y sólo nuestro sueños no fueron humillados


(*)La noche del 13 de Diciembre de 1981 fue decretado en todo el país el estado de guerra, el movimiento democrático «Solidaridad», el primer sindicato independiente en un país socialista, fue disuelto y declarados ilegales todos los acuerdos firmados entre el sindicato y el gobierno. A la declaración del estado de guerra siguió una represión generalizada. En Septiembre de 1939, por otra parte, dio comienzo, como es sabido, la segunda guerra mundial. (Xaverio Ballester)


Zbigniew Herbert 

Leópolis, Ucrania, 29 de octubre 1924 – Varsovia, 28 de julio 1998
Poeta y dramaturgo polaco cuya producción, moderna y humanista, lo sitúa entre los grandes de la literatura contemporánea polaca junto a sus compatriotas Czeslaw Milosz y Wislawa Szymborska. De profunda formación humanística, ejerció diversas actividades dentro y fuera de Polonia, pero se mantuvo apartado de la vida pública hasta 1953, momento a partir del cual se dedicó a la literatura en exclusiva.
Fuente: biografíasyvidas - cainabella - Foto: biografiasyvidas 

LILIANA CAMPAZZO: POEMAS

I

Hay pájaros
y también
chispazos de pájaros
esos
que cuando el sol
corre al lado del auto
por una ruta de tierra
cruzan
delante de la ventanilla
y dejan los ojos cansados
por el esfuerzo de ver su luz
de pájaros .
La ruta de piedra y pozos
se parece a la vida
dura tosca
levanta polvareda
como cuando una
sin más razón
que la tristeza
pega un grito.


II

Los viajes de ahora son eléctricos
aparatos que le cuentan a los otros
donde está una
mandan fotos
cartas escritas en pantallitas minúsculas
hacen de bitácoras efímeras
la ruta sigue igual que antes
pura piedra no más
y algún rehue
al costado de las huellas.



III

Allí se esconde el río
detrás de la curva
lo sé
por que se ven los álamos.


IV

El auto no corre aquí
cabalga
cruza un bajo
olisquea
galopa
un serrucho
fabricado por el viento
al que no puede vencer
la máquina de vialidad
flota en su interior
un polvo de años
lleva en el asiento de atrás
un atado de libros
algún vino
piedras que una junta
para traer a la casa.


V

El sol se cae
atrás de un cerro
brilla de otra luz
casi verde
los pozos
ojos que miran desde abajo
la velocidad
de las cosas.
Es como un líquido,
el sol,
que no termina nunca
de escurrir.
Una está sentada yendo.
Otra curva se agazapa
me salta a la cara
hace sombra
un guanaco
el sol
se cae
a su costado.


VI

En la boca el nombre de la hija
chispazo de pájaro
pájaro ahora
mallín
alambrado
piedra
flores amarillas
bajo
guardaganado
pájaro
sombra sobre el cerro
en la boca el nombre de la hija
lento hace girar en su dedo
un anillo
chispazo de pájaro
molino.
Paso del Sapo
treinta y cinco kilómetros.


VII

La hija y su nombre
traen a la tarde reminiscencias
de cielo
celina
cruza despacio en mi retina
se posa su nombre en mi boca
corre celina
atrás de un sueño
cada piedra en sus manos
se florece.


VIII

Chispazo de pájaro
pájaro
luz
se va brillando
un oscuro
y es la noche la que cae
no es líquida la noche
es mata cubriendo la luz
carbón piedra
sobre la línea
pájaro negro
hace nido
sobre mis ojos
que apenas
ya
el camino.


IX

Cerro Cóndor
no vuela
no galopa
mi auto
detenidos estamos
quietos los dos
fumamos al costado
deja de ser auto
apenas reclino el asiento
es casa
techo en el desierto
abrigo
paté y criollitas
una copa de cristal
que el abuelo trajo de otro viaje
gota hada que cae roja
en la garganta
de la sed.


XIII

Otra ruta
otros pozos
el auto se lleva pegados
los bichos de la noche
por la ventanilla crece el sol
hay una luz indecible
a esta hora
unas sombras que no dan
saco mi pantalla y anoto
la escritura sin lápiz
flota 



Liliana Campazzo
Soy Liliana, escribo y leo todo lo que puedo. Trabajo mucho. Nací en Buenos Aires, tuve una infancia llena de abuelos que pusieron los libros en mis manos y una miopía hereditaria en mis ojos.
Desde el 77 vivo en la Patagonia, muchos años en un pueblo que se llama Sierra Grande y desde el 92 en Viedma, cerca del mar.
Escribo para no matar ni matarme. Escribo porque es el lugar de la memoria, leo porque es el lugar de lo posible.
Tuve la suerte de leer sin interferencias, como loca sin brújula, leí porque quería, escribí siempre. Copiaba padrenuestros a los que le cambiaba palabritas y después en esa música del rezo encontré mi propio verso.
Por suerte después de los catorce descreí de dios y de sus santos y aparecieron algunas palabras para contar mi mundo.
Publiqué después de los cuarenta, cansada de corregir el mismo libro casi diez años. Se llamó "Quieta para la foto" . Todavía lo sigo mirando con recelo y le cambiaría algunas cosas.
Después salieron otros, ahora estoy terminado "Los poemas del aire" (poemas y fotos). 

Fuente: elinfinitoviajar - Foto: elpoetaocasional