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viernes, 22 de septiembre de 2017

DANIEL SALZANO: ORACIÓN DE UN HOMBRE ARREPENTIDO




Oración de un hombre arrepentido

Lista a mano alzada de las cosas que he ido perdiendo –dejando caer– a lo largo de la vida. La idea es reclamarlas cuando me citen en el Juzgado de Cuarta Nominación del Reino de los Cielos.

1. La luz de los faroles como naranjas rojas extendidas sin principio ni final a lo largo de la avenida 24 de Septiembre. En el centro de la avenida, dibujado por un niño, había canteros de hechuras tropicales y en cada cantero crecían dos palmeras gordas y bajitas, con algo de obsceno y de perverso.

Con toda seguridad que en un zaguán de la vereda de los pares estábamos nosotros, abrazados, diciéndonos que nos queríamos. Cada tanto pasaba el tranvía 2 haciendo sonar la campanilla con la energía de Colón cuando navegaba en busca de las Indias Occidentales. De los tranvías de la 24, sépase, salieron varias canciones de Los Beatles.

2. Un mapamundi con luz interior que funcionaba a pilas. Apretabas un botón y la ilusión del mundo comenzaba a girar a toda mecha. Siberia era blanca. Cayo Coco era verde. Brasil, amarillo, y Casablanca –¡oh, Casablanca!– era un bar con mesas de hojalata donde Bogart fumaba con los ojos enlagunados.

3. Me gustaría incluir en esta lista al invierno de 1986, cuando llovió por arriba del cordón de la vereda. Los zapatos de la gente se embarraron y la ciudad se amuralló en el interior del bar Sorocabana. Yo sujetaba el pocillo por la base, caliente y con las manos heladas.

4. El grabado del planeta Tierra que conserva en su caja fuerte la biblioteca Vélez Sársfield. Yo lo vi. El mundo, señores, es una vieja esfera sostenida por cuatro elefantes.

5. Un encendedor Zippo de dos piedras para fumar dos fasos simultáneos. A mí lo que más me gusta del tabaco es cuando las viejas se ponen a chillar.

6. El libro de las memorias de la princesa rusa. Lo habrán leído. Todos lo hemos leído. Más que Platero y yo , más que Rayuela y más que Crimen y castigo . Una vez lo dejé olvidado en el baño, sobre el bidé, y mi papá me lo devolvió, con un dechado de estilo, sin siquiera guiñarme un ojo. 

Mi papá era el ferroviario más bueno de la avenida 24 de Septiembre. Revolvía la polenta con un cucharón de madera, se alisaba la raya del pantalón con la yema de los dedos y cuando tenía ganas de reírse, iba al baño, se peinaba con la raya al medio y reaparecía convertido en Justo José de Urquiza. Mamá, que era chiquita, lo abrazaba. ¡Urquiza!, decía ¡Urquiza!

Es difícil hacer el amor, pero se aprende.

7. Televisor, no. No me gusta la televisión. Ni siquiera cuando Teleocho da El viejo y el mar , con Spencer Tracy.

Spencer Tracy: “El hombre no está hecho para la derrota. Se puede destruir a un hombre, pero no derrotarlo”.

8. Un par de líneas cortas y dulces, como cuando las madres hacen dormir a sus bebés balanceando los talones diciendo mumma mumma. ¡Ah, si yo pudiera escribir mumma mumma!

9. Esa canción que canta Lucio Dalla en la que un chico permanece encogido contra un muro porque tiene miedo de morir. Dalla murió hace unos días, no sé si por un infarto o por dos. “Todos los gatos de Bolonia arman quilombo en mi terraza”. ¿Cómo pudo morirse un tipo así?

10. Una foto que me sacaron en el diario cuando el diario se imprimía en una rotativa 10 metros más larga que el Titanic. En la foto tenía la barba crecida y una extraordinaria camisa azul marino. Era joven, claro, un joven que ya no existe, porque me lo fui comiendo como a una galletita. Hoy soy nada más que un pedacito de Manón, Señor, un cachito de 
Rhodesia.

Daniel Salzano
Daniel Nelson Salzano (Córdoba, 22 de mayo de 1941 - ibídem, 24 de diciembre de 2014) 
Fue un periodista, poeta y escritor argentino.
Sus poemas fueron publicados en distintas revistas literarias: Barrilete,Mitos, Monólogos, Acento, El Lagrimal Trifurca, El Escarabajo de Oro,Horizontes y Crisis, así como en los diarios La Opinión, Clarín de Buenos Aires y Últimas Noticias de Venezuela.
Recibió múltiples premios y distinciones, como la Cruz de la Corte de la Real y Americana Orden de Isabel la Católica, otorgada por el Rey Juan Carlos I de España (2001) y el Premio J.L. de Cabrera (1998).
Durante sus últimos años realizaba la columna Quienes y Cuándo en el diario La Voz del Interior, matutino donde escribía desde 1968. Estos escritos solían estar acompañados por una o dos ilustraciones a cargo de uno de los dibujantes del diario, Juan Delfini. Junto a Jairo compuso numerosos temas musicales. Fue director del Cine Club Municipal Hugo del Carril de la ciudad de Córdoba. Falleció el 24 de diciembre de 2014 a los 73 años. Fue velado y posteriormente cremado. 
Fuente: wikipedia.org - lavoz.com - Foto: archivo del blog

JULIO CORTÁZAR: AXOLOTL



Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.

El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.

En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.
No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrescencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.
Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo.
Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas... Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.
Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias de enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?
Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.
Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.
Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.
Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.

Julio Cortázar
Julio Florencio Cortázar nace en Bruselas en 1914. El propio Cortázar relata los primeros años de su vida en una carta enviada desde París en 1963: “Nací en Bruselas en agosto de 1914. Signo astrológico, Virgo; por consiguiente, asténico, tendencias intelectuales, mi planeta es Mercurio y mi color el gris (aunque en realidad me gusta el verde). Mi nacimiento fue un producto del turismo y la diplomacia; a mi padre lo incorporaron a una misión comercial cerca de la legación argentina en Bélgica, y como acababa de casarse se llevo a mi madre a Bruselas. Me tocó, nacer en los días de la ocupación de Bruselas por los alemanes, a comienzos de la primera guerra mundial. Tenía casi cuatro años cuando mi familia pudo volver a la Argentina; hablaba sobre todo francés, y de el me quedo la manera de pronunciar la «r», que nunca pude quitarme. Crecí en Banfield, pueblo suburbano de Buenos Aires, en una casa con un gran jardín lleno de gatos, perros, tortugas y cotorras: el paraíso. Pero en ese paraíso yo era Adán, en el sentido de que no guardo un recuerdo feliz de mi infancia; demasiadas servidumbres, una sensibilidad excesiva, una tristeza frecuente, asma, brazos rotos, primeros amores desesperados.”
Cursa estudios en la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta (cuya atmósfera recreará en el cuento La escuela de noche).En 1932 obtiene el título de Maestro Normal, que lo habilita para ejercer el magisterio. Ese mismo año intenta sin éxito viajar a Europa en un buque de carga, con un grupo de amigos (fracaso que podemos encontrar explicitado en Lugar llamado Kindberg). Ese mismo año, en una librería de Buenos Aires, descubre el libro Opio, de Jean Cocteau, cuya lectura cambia "por completo" su visión de la literatura y le ayuda a descubrir el surrealismo. En 1935 obtiene el título de Profesor Normal en Letras e ingresa en la Facultad de Filosofía y letras. Aprueba el primer año, pero como en su casa "había muy poco dinero y yo quería ayudar a mi madre", abandona los estudios para iniciarse en el profesorado. Dos años después es designado profesor en el Colegio Nacional de una pequeña ciudad de la provincia de Buenos Aires, Bolívar. Lee infatigablemente y escribe cuentos que no publica.
En 1938 publica su primera colección de poemas, Presencia con el seudónimo de Julio Denis. En julio de 1939 fue trasladado a la Escuela Normal de Chivilcoy.
En 1941, con el seudónimo Julio Denis, publica un artículo sobre Rimbaud en la revista Huella, que junto con la revista Canto fueron importantes vehículos de expresión para los jóvenes escritores. Se traslada a Cuyo, Mendoza, y en su Universidad imparte cursos de Literatura Francesa. Publica su primer cuento, Bruja, en la revista Correo Literario. Participa en manifestaciones de oposición al peronismo. Cuando Juan Domingo Perón gana las elecciones presidenciales presenta su renuncia.
Reúne un primer volumen de cuentos, La otra orilla. Regresa a Buenos Aires, donde comienza a trabajar en la Cámara Argentina del Libro.
En 1946 publica el cuento Casa tomada en la revista Los ananes de Buenos Aires, dirigida por Jorge Luis Borges. Ese mismo año publica un trabajo sobre el poeta inglés John Keats, La urna griega en la poesía de John Keats en la Revista de Estudios Clásicos de la Universidad de Cuyo. Colabora en varias revistas, Realidad, entre otras. Publica un importante trabajo teórico, Teoría del Túnel.
En 1948 obtiene el título de traductor público de inglés y francés, tras cursar en apenas nueve meses estudios que normalmente insumen tres años. El esfuerzo le provoca síntomas neuróticos, uno de los cuales (la búsqueda de cucarachas en la comida) desaparece con la escritura de un cuento, Circe, que junto con Casa Tomada y Bestiario (aparecidos en Los anales de Buenos Aires) será incluído más adelante en Bestiario.
Publica su primer libro de cuentos Bestiario. Obtiene una beca del gobierno francés y viaja a París, con la firme intención de establecerse allí. Comienza a trabajar como escritor en la UNESCO.
En 1953 se casa con Aurora Bernárdez.
En 1959 publica Las armas secretas (Ed, Sudamericana), que incluye el cuento largo El perseguidor. Este cuento supone un sesgo en la narrativa de Cortázar. Allí aborda "un problema de tipo existencial, de tipo hemano, que luego se ampliará en Los Premios y sobre todo en Rayuela (Los nuestros, Luis Harss)
En 1961 realiza su primer visita a Cuba, ese mismo año la editorial Fayard publica Los Premios, primera traducción de una obra de Cortázar. 
Publica Historias de cronopios y de famas, en la editorial Minotauro, de Buenos Aires y en 1963 aparece Rayuela (Ed. Sudamericana), de la que se vendieron 5.000 ejemplares en el primer año. Ese mismo año participa como jurado en el Premio Casa de las Américas, en La Habana. .
Viaja a Chile, en 1970, invitado a la asunción del gobierno del presidente Salvador Allende. La editorial Sudamericana publica el libro Relatos, en el que se incluye una selección de cuentos de Bestiario, Final del juego, Las armas secretas y Todos los fuegos el fuego.
En abril del 74 participa en una reunión del Tribunal Russell II reunido en Roma para examinar la situación política en América Latina, en particular las violaciones de los derechos humanos. Realiza una visita clandestina a la aldea de Solentiname, en Nicaragua.
En 1981 uno de sus primeros decretos, el gobierno socialista de François Miterrand le otorga la nacionalidad francesa, el 24 de julio.
Entre el 30 de noviembre y el 4 de diciembre de 1983 viaja a Buenos Aires, para visitar a su madre después de la caída de la dictadura y la asunción del gobierno por el presidente Raúl Alfonsín. Las autoridades ignoran su presencia, pero es calurosamente recibido por la gente, que lo reconoce en las calles.
El 12 de febrero Julio Cortázar muere y es enterrado en el cementerio de Montparnasse, en la tumba donde yacía Carol Dunlop, su última esposa.

Fuente: Axolotl (Final del juego, 1956) - literatura.us - escritores.org. Foto: Archivo

ÁLVARO MUTIS: POEMAS


CANCIÓN DEL ESTE

A la vuelta de la esquina
un ángel invisible espera;
una vaga niebla, un espectro desvaído
te dirá algunas palabras del pasado.
Como agua de acequia, el tiempo
cava en ti su arduo trabajo
de días y semanas,
de años sin nombre ni recuerdo.
A la vuelta de la esquina
te seguirá esperando vanamente
ése que no fuiste, ése que murió
de tanto ser tú mismo lo que eres.
Ni la más leve sospecha,
ni la más leve sombra
te indica lo que pudiera haber sido
ese encuentro. Y, sin embargo,
allí estaba la clave
de tu breve dicha sobre la tierra.



COMO ESPADAS EN DESORDEN
(Mínimo homenaje a Stéphane Mallarmé)

Como espadas en desorden
la luz recorre los campos.
Islas de sombra se desvanecen
e intentan, en vano, sobrevivir más lejos.
Allí, de nuevo, las alcanza el fulgor
del mediodía que ordena sus huestes
y establece sus dominios.
El hombre nada sabe de estos callados combates.
Su vocación de penumbra, su costumbre de olvido,
sus hábitos, en fin, y sus lacerias,
le niegan el goce de esa fiesta imprevista
que sucede por caprichoso designio
de quienes, en lo alto, lanzan los mudos dados
cuya cifra jamás conoceremos.
Los sabios, entretanto, predican la conformidad.
Sólo los dioses saben que esta virtud incierta
es otro vano intento de abolir el azar.



BATALLAS HUBO

I
Casi al amanecer, el mar morado,
llanto de las adormideras, roca viva,
pasto a las luces del alba,
triste sábana que recoge entre asombros
la mugre del mundo.
Casi al amanecer, en playas pizarra
y agudos caracoles y cortantes corolas,
batallas hubo, grandes guerras mudas
dejaron sus huellas.
Se trataba, por fin,
del amor y sus hirientes hojas,
nada nuevo.
Batallas hubo a orillas del mar
que rebota ciego y desordenado,
como un reptil preso en los cristales del alba.
Cenizas del amor en los altares del mundo,
nada nuevo.

II
De nada vale esforzarse en tan viejas hazañas,
ni alzar el gozo hasta las más altas cimas de la ola,
ni vigilar los signos que anuncian la muda invasión
nocturna y sideral que reina sobre las extensiones.
De nada vale.
Todo torna a su sitio usado y pobre
y un silencio juicioso se extiende, polvoso y denso,
sobre cada cosa, sobre cada impulso
que viene a morir contra la cerrada coraza de los días.
Las tempestades vencidas, los agitados viajes,
sólo al olvido acuden, en su hastiado dominio
se precipitan y preparan nuevas incursiones
contra la vieja piel del hombre
que espera a su fin
como pastor de piedra ingenua y a ciegas.

III
Y hay también el tiempo que rueda interminable,
persistente, usando y cambiando,
como piedra que cae o carreta que se desboca.
El tiempo, muchacha, que te esconde en su pecho
con tus manos seguras y tu melena de legionaria
y algo de tu piel que permanece;
el tiempo, en fin, con sus armas ocultas.
Nada nuevo.




Álvaro Mutis

Álvaro Mutis nació en Colombia el 25 de agosto de 1923 y falleció el 22 de septiembre de 2013; fue un escritor de poemas y narrativa y también cultivó el género periodístico.
Mutis es considerado uno de los escritores hispanoamericanos más importantes de la literatura, que ha conseguido trascender con su obra a varias generaciones. Cabe mencionar que ha sido condecorado en repetidas ocasiones con importantes premios, como el Cervantes de Literatura (en el año 2001).
Comenzó a escribir poesía de joven, aunque no publicó nada hasta mediados del 50 en el que publica varios poemarios, entre ellos "Los elementos del desastre", donde presenta un personaje que será reincidente en su obra, Maqroll el Gaviero, considerado un hito de la literatura de este siglo.
Pese a su pasión por las letras, trabajó durante muchos años como relaciones públicas en importantes compañías y otros trabajos semejantes; de todas formas, esto no le impidió acercarse a personajes literarios indiscutibles como Octavio Paz, Carlos Fuentes y Luis Buñuel.
En 1978, luego de haber salido de la cárcel (detenido por cuestiones políticas), publicó su primera novela, donde vuelve a aparecer Maqroll el Gaviero, la misma llevaba el título de "La nieve del Almirante". Luego aparecen otras como "Ilona llega con la lluvia", "Abdul Bashur" y "Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero".
Fuente: poemas-del-alma.com - Foto: Archivo

JOSÉ MARTÍ: POEMAS

La niña de Guatemala

Quiero, a la sombra de un ala,
Contar este cuento en flor:
La niña de Guatemala,
La que se murió de amor.

Eran de lirios los ramos,
Y las orlas de reseda
Y de jazmín: la enterramos
En una caja de seda.

Ella dio al desmemoriado
Una almohadilla de olor:
El volvió, volvió casado:
Ella se murió de amor.

Iban cargándola en andas
Obispos y embajadores:
Detrás iba el pueblo en tandas,
Todo cargado de flores.

Ella, por volverlo a ver,
Salió a verlo al mirador:
Él volvió con su mujer:
Ella se murió de amor.

Como de bronce candente
Al beso de despedida
Era su frente la frente
Que más he amado en mi vida.

Se entró de tarde en el río,
La sacó muerta el doctor:
Dicen que murió de frío:
Yo sé que murió de amor.

Allí, en la bóveda helada,
La pusieron en dos bancos:
Besé su mano afilada,
Besé sus zapatos blancos.

Callado, al oscurecer,
Me llamó el enterrador:
Nunca más he vuelto a ver
A la que murió de amor.  




Poeta

Como nacen las palmas en la arena
Y la rosa en la orilla al mar salobre,
Así de mi dolor mis versos surgen
Convulsos, encendidos, perfumados.
Tal en los mares sobre el agua verde,
La vela hendida, el mástil trunco, abierto
A las ávidas olas el costado,
Después de la batalla fragorosa
Con los vientos, el buque sigue andando. 

¡Horror, horror! ¡En tierra y mar no había
Más que crujidos, furia, niebla y lágrimas!
Los montes, desgajados sobre el llano
Rodaban; las llanuras, mares turbios,
En desbordados ríos convertidas,
Vaciaban en los mares; un gran pueblo
Del mar cabido hubiera en cada arruga;
Estaban en el cielo las estrellas
Apagadas; los vientos en jirones
Revueltos en la sombra, huían, se abrían,
Al chocar entre sí, y se despeñaban;
En los montes del aire resonaban
Rodando con estrépito; ¡en las nubes
Los astros locos se arrojaban llamas! 

Río luego el Sol; en tierra y mar lucía
Una tranquila claridad de boda.
¡Fecunda y purifica la tormenta!
Del aire azul colgaban ya, prendidos
Cual gigantescos tules, los rasgados
Mantos de los crespudos vientos, rotos
En el fragor sublime. ¡Siempre quedan
Por un buen tiempo luego de la cura
Los bordes de la herida sonrosados!
Y el barco, como un niño, con las olas
Jugaba, se mecía, traveseaba.




Canto de otoño

Bien: ya lo sé! La Muerte está sentada
A mis umbrales: cautelosa viene,
Porque sus llantos y su amor no apronten
En mi defensa, cuando lejos viven
Padres e hijo. Al retornar ceñudo
De mi estéril labor, triste y oscura,
Con que a mi casa de invierno abrigo,
De pie sobre las hojas amarillas,
En la mano fatal la flor del sueño,
La negra toca en alas rematada,
Ávido el rostro, trémulo la miro
Cada tarde aguardándome a mi puerta.
En mi hijo pienso, y de la dama oscura
Huyo sin fuerzas, devorado el pecho
De un frenético amor! Mujer más bella
No hay que la Muerte! Por un beso suyo
Bosques espesos de laureles varios,
Y las adelfas del amor, y el gozo
De remembrarme mis niñeces diera!
...Pienso en aquel a quien mi amor culpable
Trajo a vivir, y, sollozando, esquivo
De mi amada los brazos; mas ya gozo
De la aurora perenne el bien seguro.
Oh, vida, adiós! Quien va a morir, va muerto




José Martí
Político, pensador, periodista, filósofo, ensayista y poeta. José Martí es una de las figuras más importantes de la historia cubana. Nació un 28 de enero de 1853 en La Habana. Creador del Partido Revolucionario Cubano, fue una de las figuras más destacadas de la Guerra de la Independencia de Cuba, en 1895, donde fue asesinado por españoles el 19 de mayo. Aquí, diez poemas que muestran su compromiso literario y político.
Fuente: telam.com.ar - Foto: biografiasyvidas.com

ALEJANDRO JODOROWSKY




En plena poesía I
Debes rechazar a la luna y resignado avanzar con las cuencas del pensamiento vacías.

Abandona el exorcismo que alimenta a tus demonios:
la repulsión del deseo lo acrecienta.

Abandona la codicia y danza con las luciérnagas:
sin pensar en obtener, conviértete en una llamarada.

Abandona los ensueños y regresa a tu cuerpo:
que su resplandor te indique los senderos milagrosos que se abren en la tierra.

Abandona toda representación de ti mismo:
elimina las máscaras con que has cubierto los objetos del mundo.

Abandona el deseo de obligar a los otros a recibir tu ayuda:
dales la oportunidad de vivir sus propias vidas, no la tuya.

Abandona la tristeza de la impermanencia:
la muerte es una ilusión individual; la vida es un triunfo colectivo.

Créate una corona de luz para defender tus huesos de los destructores de la lucidez objetiva.




En Plena Poesía II

Con voz color merengue, de rodillas como perro,

el ánimo aferrado uñas y dientes al dinero,

navegas en un diamante para siempre enlodado.

Con la mente plena de negaciones

dan pasos pequeños

como si guiaran a un perro ciego.

Abandonan el terciopelo del silencio 

para ir en busca de los conflictos,

bendicen los obstáculos y sucesos nefastos 

porque son su reflejo.

Tienen el placer de afirmar que nada le deben a los otros

y que la unidad es la más torva de las ilusiones.

Negándose a despertar exaltan el incesante flujo del placer

y elevan la percepción sensorial a más altura que la fe.

Pero tú, de “esto no soy yo” en "esto no soy yo" llegarás al gran “esto soy yo”.




En Plena Poesía III


Cesa de establecer fronteras de metal alrededor de tu aliento,

siente dentro del cráneo batir un corazón sin límites,

En el centro del oscuro laberinto de universos vas girando alrededor de ti mism@. 

El fuego arde en la palma de tus manos.

Eliminando rencores, juicios lívidos y pedidos sin fin,

tu corazón se convierte en una catedral 

donde ríe alegre un niño transparente.



Alejandro Jodorowsky


Alejandro Jodorowsky Prullansky 
(Tocopilla, Chile, 17 de febrero de 1929) 
Es un artista franco-chileno, de ascendencia judío-ucraniana, naturalizado francés en 1980. 
Entre sus múltiples facetas destacan las de escritor y director de cine. Escribe indistintamente en español y en francés, —sus libros, sus cómics y algunos ensayos— por lo que, siguiendo el concepto de George Steiner, se puede considerar un escritor extraterritorial. Junto con Roland Topor y Fernando Arrabal, fundó el movimiento Pánico. Su aporte más divulgado y controvertido es la psicomagia, una técnica que conjuga los ritos chamánicos, el teatro y el psicoanálisis, cuyos pretendidos efectos son provocar en el paciente una catarsis de curación.
Fuente: nubesdedosisdiarias.blogspot.com - @alejodorowsky en Twitter - wikipedia.org - 
Foto: ultraculture.com

MÚSICA: THE RIGHTEOUS BROTHERS


"Ebb Tide"
de: Carl Sigman y Robert Maxwell
Subido por: tommy194070
Gentileza: YouTube

"Reflujo" 

Primero la marea se precipita 
Planta un beso en la orilla 
Luego se despliega hacia el mar y el mar está muy tranquilo una vez más 
Así que me apresuro a tu lado 
Como la marea inminente con un pensamiento ardiente 
¿Se abrirán los brazos? 
Por fin estamos cara a cara 
Y cuando nos besamos a través de un abrazo 
Puedo decir que puedo sentir 
Eres amor eres real 
Realmente mío en la lluvia, en la oscuridad, en el sol 
Como la marea en su ebb 
Estoy en paz en la red de tus brazos 
Reflujo


"Unchained Melody"

de: Alex Nort y Hy Zaret

Subido por: TheBestOldies
Gentileza: YouTube

MELODÍA DESENCADENADA 

Oh, mi amor, mi querida, 
He deseado tanto tus caricias 
Durante un largo, solitario tiempo. 

Y el tiempo pasa tan lentamente, 
Y el tiempo puede hacer tantas cosas. 
¿Aún eres mía? 

Necesito tu amor. 
Necesito tu amor. 
Que Dios me envíe tu amor hacia mí. 

Los ríos solitarios fluyen al mar, al mar, 
A los brazos abiertos del mar. 
Los ríos solitarios suspiran: 'Espérenme, espérenme. 
Estoy yendo a casa, espérenme.' 

Oh, mi amor, mi querida, 
He deseado tanto tus caricias 
Durante un largo, solitario tiempo.

Y el tiempo pasa tan lentamente, 
Y el tiempo puede hacer tantas cosas. 
¿Aún eres mía? 

Necesito tu amor. 
Necesito tu amor. 
Que Dios me envíe tu amor hacia mí.


The Righteous Brothers
The Righteous Brothers, fue un dúo musical compuesto por Bill Medley Bobby Hatfield en 1963 de Los Ángeles, California. En 1964, el grupo grabó su máximo éxito "You've Lost That Lovin' Feelin" logrando 1 US1 UK. Otra de sus mejores canciones se titula "Unchained Melody" (Melodía Desencadenada), creada a mediados de los años cincuenta, que ellos interpretaron en 1965, y que fue incluida como tema principal en la película "Ghost", bastantes años después
The Righteous Brother comenzaron su carrera discográfica en el pequeño sello Moonglow Records en 1963 grabando dos sigles moderadamente exitosos, “Little Latin Lupe Lu” y “My Babe”. Su primer gran éxito llegó de la mano del productor Phil Spector en 1965, se trata de “You've Lost That Lovin' Feelin'”, canción que filmaron el propio Spector junto a Barry Mann y Cynthia Weil. El single llegó al número uno en las listas de éxitos británicas y estadounidenses y está considerada por la organización BMI como la canción que más veces ha sonado en la radio y televisión norteamericana durante el siglo XX.
Bajo la producción de Phil Spector, The Righteous Brother lanzaron una serie de sencillos de éxito como “Just Once in My Life”, “Unchained Melody” y “Ebb Tide”, todos alcanzaron el Top 10 del Billboard estadounidense. Sin embargo la relación del dúo con el productor fue tensa y a finales de 1965 rompieron el contrato con este y se marcharon a Verve/MGM Records.
En 1966 publican “(You’re My) Soul and Inspiration” escrita por Barry Mann y Cynthia Weil y producida por Bill Medley que trató de simular el estilo de Spector. El tema logró llegar al número uno de las listas norteamericanas permaneciendo tres semanas en el puesto.
Tras más de 40 singles de éxito, la popularidad del dúo comenzó a declinar y finalmente decidieron separarse en 1968.
En 1974 regresan para grabar “Rock and Roll Heaven”, un tema de Alan O’Day basado en las recientes muertes de las estrellas del Rock (Janis Joplin, Jimi Hendrix, Jim Morrison, Otis Redding, Jim Croce y Bobby Darin) con el que alcanzaron el número 3 del Billboard Hot 100.
The Righteous Brothers fueron incluidos en el Salón de la Fama del Rock and roll el 10 de marzo de 2003.
Fuente: wikipedia.org - YouTube - letras.com - Foto: bbc.co.uk



viernes, 15 de septiembre de 2017

NÉLIDA PIÑÓN: EL CALOR DE LAS COSAS



Los vecinos lo llamaban Pastel. Y la madre, enternecida, repetía, mi Pastel amado. El remoquete se debía a la gordura que Óscar nunca pudo vencer, a pesar de rigurosos regímenes. Cierta vez vivió de agua cinco días, sin que su cuerpo respondiera al sacrificio. Tras lo cual aceptó la tiranía del apetito y olvidó su verdadero nombre.

Desde muy temprano se habituó a medir la edad por los centímetros de la cintura, siempre en acelerada dilatación, borrando los años festejados con torta, “feijoadas” y bandejas de macarrón. Por eso, pronto se sintió viejo entre los jóvenes. Sobre todo porque ninguna ropa disfrazaba sus protuberancias. Si al menos usara trajes plisados, podría esconder aquellas partes del cuerpo que le daban forma de Pastel.

Se revelaba constantemente contra un destino que le había impuesto un cuerpo en flagrante contraste con el alma delicada y fina. Especialmente cuando los amigos admitían sin ceremonia la falta que él les hacía en la mesa del bar, junto al sifón helado. Y si no lo devoraban allí mismo, era sólo por temor a las consecuencias. Pero le pellizcaban el estómago, querían extraer a la fuerza de su ombligo una aceituna negra.

En los cumpleaños, la casa se sumía en penumbras. La madre apagaba la mitad de las luces. Sólo las velas del pastel alumbraban los regalos sobre el aparador. Siempre los mismos, cepillos de cabo largo para el baño, pues la barriga no le dejaba alcanzar los pies, y cortes de tela de enormes dimensiones. Después de soplar las velas, exigía que el espejo le mostrara su rostro, hecho de innumerables surcos en torno de los ojos, mejillas flácidas, el mentón multiplicado. Veía las extremidades de su cuerpo como amasadas por el tenedor de la cocina, con el objeto de evitar que las sobras de carne molida huyeran de la masa de harina, mantequilla, leche, sal, de la cual se formaba.

A pesar de su visible aversión a los pasteles, comía decenas de ellos al día. Y no pudiendo encontrarlos en cada esquina, echaba en su bolso una sartén, aceite de soya, pasteles crudos, y la discreta llama que el fervor de su aliento alimentaba. En los solares baldíos, antes de freírlos, ahuyentaba a los extraños que querían robarle la ración.

Su cuerpo amanecía siempre diferente. Tal vez porque ciertas adiposidades se desplazaban hacia otro centro de mayor interés, en torno del hígado, por ejemplo, o por ganar a veces cuatros quilos en menos de dieciséis horas. Un desatino físico que contribuía a robarle el orgullo. El orgullo de ser bello. Estimulando a cambio en su corazón un gran rencor por los amigos que tampoco lo habían devorado esa semana, a pesar de parecerse cada vez más a los pasteles que vendían en las esquinas.

En sus horas de mayor tristeza, se aferraba a la medalla de Nuestra Señora de Fátima que pendía de su cuello, a cuya protección lo había encomendado la madre, a falta de una patrona de los gordos. En casa, silbaba para disimular su disgusto. Pero a veces lloraba lágrimas tan copiosas que mojaban el piso que en ese instante secaba la madre. Ella fingía no advertirlo. Sólo cuando el charco parecía de lluvia, como si el agua desbordara por el tejado, la madre, con monedas en las manos, buscaba a los amigos, turnados para que al menos una vez al mes acompañaran a Óscar al cine. Los que aceptaban un día, se resistían a hacerlo de nuevo, a pesar del dinero. Y ya escaseaban, cuando el propio Óscar, que ya no cabía en ninguna butaca, desistió de presencia de pie las películas.

Los domingos, las bandejas humeaban sobre la mesa. Óscar se veía a sí mismo en el lugar del asado, y trinchado con cubiertos de plata, en medio de la exuberancia familiar. Para evitar aquellas visiones punitivas, se recluía esos días en su cuarto.

En el verano, su tormento se intensificaba, pues le escurría por el pecho, en vez de sudor, aceite, vinagre y mostaza, condimentos predilectos de la madre, que se conmovía ante ese tributo corporal. Acariciaba entonces los cabellos del hijo, le quitaba algunos rizos y, en su cuarto, los alisaba uno a uno, en el afán de descubrir por cuánto tiempo podría tener en casa al hijo, incólume y protegido.

Óscar guardaba este consuelo materno en el tarro destinado a almacenar los sobrantes de grasa de su sartén portátil. Y, queriendo recompensar el sacrificio de la madre, que libaba el aceite y el vinagre de su pecho, sonreía y ella en respuesta exclamaba, qué bella es tu sonrisa; es una sonrisa de euforia, hijo. A estas palabras se seguían las otras que le herían el corazón y que la madre, entre llantos, no lograba evitar: ¡Ah, mi pastel amado!

La expresión de ese afecto, que su cuerpo deforme no podía inspirar, lo hacía encerrarse en su cuarto, amargado por la erosión de las palabras maternas, que sólo pretendían atraerlo al interior de la sartén abrasada de celo, paciencia y hambre.

Preveía para sí un desenlace trágico. Como buitres, sus amigos lo devorarían a picotazos. El cuadro de su dolor lo llevaba a leer en las paredes un minucioso balance de sus haberes. Dudaba de la riqueza de la tierra. La columna de las deudas había crecido tanto que jamás podría saldarse en lo que le restara de vida. A los hombres debía su carne, pues tenían hambre. Y aunque ellos le debieran un cuerpo del que pudiera enorgullecerse, no tenía modo de cobrarlo.

Después del baño, ya perfumado, imaginaba cómo sería el amor entre criaturas, los cuerpos en el lecho libres del exceso de una gordura enemiga. En esos momentos, ilusionado con algún modesto saldo, llegaba a verse batallando contra los adversarios. Bastaba no obstante un gesto brusco, para que la realidad le hablara de una obesidad en la que no había sitio para la poesía y el amor. Y, en seguida, la perspectiva de ser comido con tenedor y cuchillo se transformaba en el más oscuro de los problemas.

La madre combatía sus ojos angustiosos, su alma siempre de luto. ¿Qué hay tan ruin en el mundo para que nos miremos con esta sospecha? Óscar le regaló un broche de platino: que lo clavara para siempre en el pecho. De su carne debían brotar gotas de veneno y la certeza de su cruz. Ante el enigma que Óscar le proponía, la madre, quien a lo largo de la vida había repudiado las frases límpidas, exclamó, ¡ah, mi pastel, qué buen hijo es!

Mientras más enaltecía ella virtudes que, en verdad, ambos despreciaban, con mayor afán trataba Óscar de eliminar de la superficie de su cuerpo residuos que acaso no habían cabido dentro del pastel que él era. Finalmente, dejó de frecuentar los terrenos baldíos, donde freía sus pasteles. Ya no toleraba que lo miraran con un hambre que no podía saciar. No tenía cómo alimentar a los miserables. Debían morir sin socorro.

A medida que se intensificaban sus consultas ante el espejo, el cristal, empañado, apenas si le dejaba ver el cuerpo cosido diariamente por la eficacia del tenedor de cocina. Cada mañana se vestía de pastel. Como represalia, instaló su poltrona en la cocina, de donde sólo salía para dormir. Atendía a sus necesidades básicas, y al nuevo hábito de esparcir harina de trigo por su cuerpo. Con las cavidades de las uñas engrasadas, recibía las visitas, obligándolas a frotar su piel empolvada.

La madre se rebeló contra aquella grosería. No quería ver a los amigos expuestos a semejante prueba. Si él era prisionero de su gordura, que la soportara con dignidad. El hijo le devolvió la ofensa, a las dentelladas, casi triturándole los brazos. Y su desempeño fue tan convincente, que la madre, empezó a protegerse los miembros con gruesas mantas de lana, incluso cuando hacía calor. Dejaba por fuera el rostro. Y cuando Óscar exigía tenerla al alcance de sus manos, se resguardaba con casacas y botas.

A los treinta años, Óscar se cansó. Ya era ocasión devorar a quien le dijera pastel. Si se había prestado por tanto tiempo a ese papel, exigiría carne humana para su apetito. Elegiría con cuidado a la víctima. Aunque se inclinara en particular por personas de la casa, por la sangre fraterna. Y, siguiendo sus planes, se fingió ciego, tropezaba con los objetos, para hacer bajar la guardia a sus enemigos. La madre pidió socorro a los vecinos, que se turnaron junto a ella la primera semana, dejándola luego sola. A causa de sus muchas obligaciones, la madre volvió a usar ropas leves, olvidando las amenazas del hijo.

Por su parte, Óscar descubría sorprendido los encantos del habla. Nunca lo habían visto discursear con tanto entusiasmo acerca de los objetos que, precisamente ahora, le negaba la vista. Descubriendo de pronto el nuevo don de hacer coincidir su hambre con una voracidad verbal que había estado siempre en su sangre, pero a la que no diera importancia, ocupado como estaba en defenderse de los que querían arrojarlo a la sartén.

La madre se acostumbró muy pronto a su ceguera. Lo veía como a un pasajero de un túnel sin fin. Le describía la casa, como si fuera en ella un huésped. Quería hacerlo participar de la rutina, y su rostro ganaba en lozanía ante la dulzura del hijo. Fue entonces cuando Óscar abrió los ojos, seguro de haber vencido. Y ahí estaba ella, sonriendo, los brazos descubiertos, el cuerpo expuesto. Rápidamente repasó en la memoria las veces que ella, a impulsos del amor, le había dicho pastel, casi con deseo de comérselo. Justamente la madre, que habiendo padecido por él, sorprendía ahora en su mirada un brillo que no era de candil, de dicha, o de la remota verdad de un hijo que apenas conocía. Lo que la madre descubría en el hijo era una llama empeñada en vivir, y un inequívoco aire de verdugo.

Se quedó quieta a su lado. Óscar tomaría las providencias necesarias. Por primera vez lo miraba como a un hombre. Él se acercó su poltrona a la de la madre, que había trasladado la suya a la cocina. Le pidió que se sentara. Se sentó también, después de retirar algunas hebras del cabello de la mujer. Y sólo con el consentimiento de la madre comenzó a cuidarla. 




Nélida Piñón

(Río de Janeiro, 1937), nieta e hija de emigrantes gallegos, galardonada en 2005 con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Se licenció en Periodismo. Es miembro de la Academia Brasileña de las Letras, siendo la primera mujer en presidirla, y de la Academia de Filosofía de Brasil. Ha sido profesora invitada en universidades como Harvard, Columbia y Georgetown. Entre sus obras destacan las novelas Fundador (1969, Premio Walmap), La dulce canción de Cayetana(Premio José Geraldo Vieira a la mejor novela de 1987), La república de los sueños (1999, Premio de la Asociación de Críticos de Arte de São Paulo y el Pen Club), Voces del desierto (2005; Premio Jabuti) y La camisa del marido (2015); y los libros de ensayos y memorias Aprendiz de Homero (2008; Premio Casa de las Américas), Corazón andariego (2009) y Libro de horas (2013). Su obra, traducida en más de veinte países, se enmarca —junto a la de Gabriel García Márquez o Mario Vargas Llosa— en el boom de los escritores latinoamericanos. Su escritura combina el interés histórico con la ambición del presente: la posibilidad de retratarnos, y comprendernos, desde los mitos y los hechos que nos forman.

Fuente: quadernsdigitals.net - estandarte.com - Foto: empilhandopalavras.blogspot.com