LA SOLEDAD DEL "CABEZA DE RATÓN"

CULTURA

Cuento veintidós

©Walter R. Quinteros

Carta del suboficial peremerimbino Toribio Castellanos a su hija Otilia.

"Otilia, querida hija mía:
Estuve pensando en aquellos hombres que se fueron, que se fueron porque en esta tierra ya no tenían la alegría de vivir, ya no tenían un líder a quien seguir, ya no tenían armas para combatir, ya no tenían esperanzas para sus hijos, o ya no sabían en qué lugar descansaban sus muertos bajo este cielo. En estas noches de descanso luego de una larga jornada entre balas y cañonazos, estuve pensando en los que desertaron de la lucha o simplemente se fueron para no morir y me pregunté porque tierra ellos andarán caminando, lejos de este olor a sangre, de estos ríos, de este verde, de aquellas nieves allá al oeste y de aquel mar que sabemos azul intenso y calmo, lejos de esta música, de estos sabores, de estos días y de estas noches inquietas de tanto esperar. Tal vez, extrañen nuestras voces, nuestros abrazos, nuestras risas, nuestros llantos, nuestras fritangas bajo el ardiente sol, el brillo de nuestros machetes, el humo de la pólvora saludando a las balas guerreras.

Tal vez, aquellos hombres andarán extrañando las sonrisas de nuestras mujeres asomadas por las ventanas, como tu sonrisa y tu mano levantada al verme siempre partir. Creo hija mía, que los que se fueron, deben tener algo de alegría escondida por ahí, porque por eso se fueron, pero deben sufrir tanto, tanto en cada momento de tristeza, simplemente porque donde ellos están, no es su tierra, nunca será su tierra. Seguramente, ya se les debe ir formando, un poco lenta tal vez, esa cicatriz que se llama recuerdos y deben ir aprendiendo a convivir con ella en los nuevos caminos hacia el olvido.

Lo que yo no se querida hija mía, es si ellos, los que se fueron, los que me abandonaron alcanzaron a ver alguna mano levantada diciéndoles adiós, despidiéndolos, o simplemente se fueron, con sus equipajes llenos de miedo y de vergüenza. Tal vez, en otra tierra, con otro nombre, simulando otro aspecto, ellos vean crecer a su nueva familia, quizás aprendan otros oficios que no sea el de luchar por la tierra que los vio nacer, y hasta aprendan el catecismo del cura Arnulfo Sepúlveda, o adopten una nueva religión, adoren santos y vírgenes y dioses y sean comerciantes y naveguen otros ríos. Pero, sabes, ya no luchan aquí. Estuve pensando en todos ellos, hija mía, en los que se fueron y nos dejaron acá, en el barro y los insectos de las barrancas de Zanga Funda, encomendados a no desperdiciar ni una sola munición, sin otro acierto que el de morir bajo las balas de los enemigos. 

Si esta carta llega a ti, escrita con el ánimo de que me recuerdes hija mía, como lo que siempre fui, un guerrero peremerimbino, que prefirió ser el cabeza de ratón a ser cola de león, es porque el suboficial Marcos Gumper Rojas, pudo atravesar las filas del enemigo y encontrarte. Y es para que saludes a esta tierra y te despidas y vayas hacia dónde el cielo te guíe, a buscar tus sueños, vete, antes de que ellos lleguen. Con afecto, tu padre Toribio Castellanos, Sargento Mayor del Ejército de Peremerimbé".

Al suboficial Toribio Castellanos, lo fusilaron el 16 de Agosto de aquel año funesto en que cayó la rebelión peremerimbina. Alcanzó a dejar escrita esta carta que fue celosamente guardada por su hija hasta la requisa. Y es la carta de donde se extrajeron algunas frases para arengar a las tropas del Gobierno nacional. En ella, envía un mensaje cierto a quienes huyeron de la segura derrota, o hacia quienes no llegaron.

Marcos Gumper Rojas tenía 37 años cuando cayó abatido al intentar regresar, luego de correr 17 kilómetros con tres fusiles robados, y tasajos de carne salada. En sus bolsillos llevaba un código con las siguientes letras: "ñdwlhuudhvpxhvwud" que al descifrar significaba "La tierra es nuestra". Sus últimas palabras dicen que fueron, "ustedes no son valientes". Por eso, lo arrojaron al paso de los tanques.

Según se establece por los registros del regimiento 14 y 16 que atacaron aquel último punto de resistencia, se aclara que en el combate ya no había oficiales, ni personal con jerarquía ni mando militar ni político que estuviese al menos herido, todos estaban muertos, como la bella generala Laudette Neves, una de las cuatro mujeres del finado comandante Elerguido, todos caídos en combate, dice el informe.

Pero allá, en la barranca norte, un lugar de difícil acceso, resistían cerca de cuarenta hombres, bien armados y parapetados en la sombra de la selva, a las órdenes de un suboficial antiguo, de aproximadamente cuarenta y cinco años de edad.

Dice este viejo informe que: Tras una semana de lucha desigual, que soportaron aquellos guerreros que fueron muriendo de sed o por salir a buscar algo de comer, y que cuando ya no hubo más disparos, coparon el monte y encontraron al suboficial Toribio Castellanos sangrando por sus heridas y con un puñal en la mano dispuesto a ofrecer pelea. 

Dicen que el rebelde fue tomado prisionero y que a pesar de la resistencia que exponía, lo ataron a un árbol, cumpliendo con las ordenes emanadas por la superioridad, y que lo fusilaron. Dicen que él mismo les impartió la orden de abrir fuego sobre su cuerpo y su alma.

No hay registros a que hora sucedió eso ni quien estaba al mando del ataque y de la ejecución, porque esas fojas fueron separadas para salvaguardar algunos apellidos ilustres involucrados, pero se sabe que el joven oficial Iparraguirre entregó a sus superiores la carta que encontraron en la barraca destinada a los familiares de los caídos, en Zanga Funda, quienes lamentaron el proceder del escuadrón que pudo haber capturado a "Cabeza de Ratón".

Pero hay un dato interesante: Tiempo después se supo que la hija de Toribio Castellanos, fue resguardada por una familia de apellido Pineda, y dicen que ella sobrevivió con el nombre de Arminda Beatriz Pineda, en Manvatará primero y en Moncadas después, como maestra de escuela y que según los registros de la unidad de Inteligencia, posteriormente heredó de sus padres adoptivos la casa de Moncadas, donde dicen que balearon al "cazador" Illapha Tavares, cuarenta años después.

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