CULTURA
Cuento número veintisiete del libro "Cuentos de Peremerimbé"
Por Walter R. Quinteros
—El cabo oficinista Boggy Speckler era un tipo incapaz de matar una mosca, magrinho y de sobacos transpirados y hasta creo que cargaba una cierta miopía. Obsecuente con los jefes pero le tremía el culo cuando el sargento primero Tavares, entraba a la oficina —me decía don Jorgelino Céspedes Aranda—, pero tenía una cualidad que impresionaba. Su memoria prodigiosa, y su capacidad para escribir casi cincuenta palabras por minuto en una máquina Continental. Él fue quién escuchaba a Tavares y después escribía lo que el sargento decía —saca unos papeles de una carpeta de hojas amarillas—, escuche bien:
"Nuestro Ejército Nacional sustenta, orienta y organiza el accionar en un conjunto pleno de valores, de virtudes y de cualidades que conforman nuestra base ética, espiritual y profesional de este cuerpo. Sepan ustedes, camaradas y soldados, que de este conjunto de valores, todos importantes por cierto, hay tres que son esenciales y que forman tres inmensos pilares donde se apoya nuestra moral. Sepan ustedes y nunca lo olviden que me refiero a nuestra Fe en Dios, en nuestro amor a la Patria y en nuestro deseo de Libertad. Por eso estamos aquí, es ésta la vocación que nos hace camaradas, señores suboficiales, y es ésta la pasión que quiero inculcarles a mis soldados, hoy y por este tiempo, jóvenes hombres de armas. Sepan ustedes que cuando hablo de nuestra Fe en Dios, les estoy hablando de lo espiritual que nos une como grupo, como equipo, como cuerpo, a los que la superioridad orgánicamente conforma como pelotones, secciones, compañía, grupo, subunidad y unidad. Nosotros conformamos la gloriosa Compañía del Norte y sepan que nuestro destino final como hombres, es el encuentro con nuestro Creador. Sepan ustedes que cuando nombro el amor a la Nación estoy impulsándolos a que juntos, como un mismo cuerpo, pongamos nuestro máximo esfuerzo y nuestra mayor dignidad para velar por los intereses de nuestra Nación. Solamente así, demostrando nuestro profundo amor, nos llenaremos de convicción para vivir y para morir por ella. Sepan ustedes que lucharemos por la Libertad. Y la Libertad establece que tenemos principios del orden republicano y federal que no todos por esta bendita tierra admiten, y que nosotros fuimos seleccionados para que esos principios mantengan su plena vigencia. Soldados, sepan ustedes que los valores que he mencionado no son privativos de quienes hemos abrazado la carrera de las armas. Lo son de ahora en más, de ustedes, que deberán vestir orgullosos el uniforme y afrontar los renunciamientos que por servir a la Nación, desde las armas, implica".
(Supuesta foto del Sargento Illapha, Cabo 1° Jensen y atrás los soldados Colque y Vizgarra)
—A la mierda, tremendo líder el hijo de puta. Oh, disculpe señora Miriam.
—Era un loco. El sargento primero Cipriano Illapha Tavares era un loco explosivista entrenado por yanquis y por no se quién puta más, pero así hablaba él. Nos entreteníamos leyendo las frases con las que nos arengaba. A veces de reojo, mirábamos a sus camaradas, los otros suboficiales que le tenían terror.
—Los guerrilleros peremerimbinos no sabían que tenían los días contados con este hombre, ¿verdad?
—Creo que si sabían, creo que ya tenían ciertos datos sobre Iparraguirre, Castro, Astolfi Piedrahita y de él. Hasta nos daba instrucción de tiro con fusil, también.
El exsoldado Zacarías Merlo, hoy empresario de la madera, recuerda:
—A mi me causó gracia una vez que dijo que la cabeza bien colocada en el cuerpo era esencial para el tiro en el combate cuerpo a cuerpo con el fusil. Me cagó a palos.
—Recuerdo que a ti parcero y a varios que nos reímos por eso, nos estaqueó en un pozo húmedo por dos días y dos noches.
Ahora ambos se ríen.
—Y tenía razón, había que hacer equilibrio con la cabeza para tener buena puntería con esos fusiles automáticos.
—Era un tremendo hijo de puta —les digo—, disculpen, mis disculpas señora Miriam.
—No, está bien periodista, mi señora ya está acostumbrada de escucharme insultar cuando juega nuestra selección de fútbol, pero ahora escuche ésta otra: "En la selva no hay tiempo para apoyar el fusil en el hombro o para levantar el arma y tirar. Con los dos ojos bien abiertos, con la mano izquierda, señalando el bulto, y sosteniendo el arma, disparan. Con la cabeza recta, con los pies paralelos y flexionando las rodillas, para acompañar el martilleo del arma, apoyan la falange distal en el disparador y abran fuego".
—Todo en menos de dos segundos, nos decía.
— Y esta otra: "Para aquellos que no sepan, les digo que ya nadie duda de la importancia que tiene el buen estado físico. El trabajo muscular contínuo, favorece la irrigación sanguínea del cerebro, pues según sea la cantidad de oxígeno que inhalemos, llegaremos a obtener, o no, un mayor rendimiento mental. Por ejemplo, la práctica de la lectura es uno de los elementos que ayuda a desarrollar la inteligencia, o aprender a tocar un instrumento musical. En tanto la educación física, fortifica esas potencias escondidas en el alma, sin las cuales nos resultaría inútil toda cultura intelectual. Hablo de la energía, hablo de la iniciativa, hablo de la voluntad. ¡Carrera march para allá!".
Ahora, los octogenarios exsoldados, parecen morirse de la risa.
—Si, es cierto, era un loco de mierda ése tal sargento Tavares, y ¿ de verdad que tocaba el piano?
—Si, Cada tanto iba no sé exactamente dónde a aprender. Pero se destacaba porque era el mejor lanzador de cuchillos que al menos, vi en mi vida.
Jorgelino Céspedes Aranda había nacido en Arroyo Guaymás, a casi trescientos kilómetros de Manvatará, donde cumplió con los servicios de armas a la Nación por dos largos años. Lo mandaron al grupo de Cazadores de Monte. Nos cuenta que en una de sus salidas de franco de servicios, conoció a quién hoy es su esposa, doña Miriam. Dice Jorgelino que ella estaba sentada en el asiento del tren, a su frente y que él no dejó de mirarla nunca y por casi una hora de viaje y que de repente ella también lo miró y le dijo que si tenía algo que decirle que sea ahorita mismo pues descendía en Guajipato, y que él no supo que decir pues tartamudeaba y que entonces ella le dijo que se siente a su lado. Al finalizar su servicio en el ejército se casaron. Desde la cocina de la casa, Miriam preparaba arroz con porotos negros, carne de cerdo y gallina con mandioca. A veces ella les pedía sosiego a sus bisnietos que se columpiaban en la rama del árbol solitario del patio.
Compartía nuestra conversación Zacarías Merlo, hachero, carpintero y empresario de muebles hogareños, también restaurador de viejas puertas, en especial las que dejaron los europeos, antes de marcharse cuando las minas se secaron de dar cobre —me dijo—.
Zacarías era un montón de arrugas en la piel, y según él, cada marca era experiencia, ni el sol, ni la lluvia, ni el frío, ni el viento, ni las mujeres tenían nada que ver con sus arrugas.
—Experiencia es sufrir, y yo he sufrido —decía este hombre que hoy recordaba al sargento "cazador" Illapha Tavares como un hombre ejemplar—. Lo he visto acompañar a los curas en las misas semanales, lo he visto siempre bien arreglado, con su uniforme brillante y lustrado, bien peinado, con un carácter de mierda, ni te convenía mirarlo niño, si te pescaba observándolo, te hacía buscar petróleo con el dedo —ambos ríen—.
—Convengamos que las hijaputeses que hacía estaban relacionadas siempre con la formación militar, es cierto, pero creo que a veces se le iba la mano. ¿Verdad?
—En una oportunidad, en la época de lluvias allá en el monte, al norte de Manvatará, cerca de Tuguruaba, creo, fuimos a sacar en los botes a la gente que estaba inundada y él primero rescató a los animales encerrados en corrales, y después nos ordenó retirar a los niños y a las mujeres. Por los hombres no volvimos.
—Si, es cierto y dijo que "si son machos sobrevivirán". Y se lo dijo al oficial que estaba a cargo, lo dejó mudo. Creo que los oficiales lo odiaban.
—Recuerdo que dijo que "la inundación era culpa de los hombres, por haber intentado desviar el curso de las aguas, que naden o que se ahoguen, que busquen las tierras altas", dijo.
—Aquí está, según Boggy Speckler dijo: "Nosotros lo militares y en especial todo el Cuerpo de Combate en Selva, participamos en ayuda de las Instituciones Civiles en catástrofes, como en ésta inundación, y eso hace que estemos expuestos a ciertos peligros, como la mordedura de víboras, por eso, y en cumplimiento de expresas directivas, antes de partir a la misión encomendada, tomarán conocimiento sobre el ofidismo de la región. Cada jefe de pelotón hará examinar las áreas de ocupación y todos aquellos lugares que puedan albergar serpientes. Se extremarán las medidas en depósitos, criaderos de gallinas y de cerdos y todo, absolutamente todo el personal vestirá la ropa adecuada que será entregada en la ropería de la Subunidad. Cuando estemos en la zona afectada no quiero ver a ningún chato imbécil metiendo las manos en los huecos de los árboles, en los nidos ni en las cuevas que en la tierra encuentren. Si es necesario se librará de malezas el camino de escape. Ninguno se sienta a cagar cerca del río, como los gitanos, y orinan lejos de los arbustos. ¿Entendido, soldados?"
—En realidad era un tipo común, como nosotros, los latinos que nos dicen, medios indios, pero con modales finos.
—Mujeriego, se oían historias de mujeres que se peleaban por él.
—Una tarde, recuerdo, oscura y fría me ordenó acompañarlo. ¡Merlo! llame al maldito médico y llévelo a la casa de doña Lucila, estaré esperándolo allá, dígale que el nietito de la mujer se está muriendo. Y salí disparado para la enfermería, el doctor era un capitán médico que me contestó que él era un oficial y no recibía órdenes de ningún sargento.
—¿Pero era así, realmente?
—Les cuento bien cómo sucedió. Entré corriendo por la puerta principal de la enfermería, fui hasta la sala y el cabo enfermero me dijo que el doctor Llanos estaba en la dirección. Volví corriendo por el mismo pasillo, abrí la puerta sin golpear, era la primera vez que entraba, los pisos eran de madera y estaban bien lustrados, el escritorio era precioso, pero me di cuenta que tenía varias capas de barniz marino, lo asocié como que venía del Imbuté o de Peremerimbé, todo hacía juego con todo, los marcos de los cuadros, el perchero y el resto de los muebles era un conjunto armónico, hasta el sillón donde estaba sentado el capitán médico que al verme pareció sorprendido, luego se quitó los anteojos, los puso sobre los libros que leía, tenía unos ojos muy azules, azules profundos, lindos ojos y me dijo eso. Me dijo, "salga de aquí soldado y no se le ocurra volver, yo no recibo órdenes de ningún sargento, yo soy oficial médico". Para salir por el puesto de guardia dije que debía ir por orden del sargento primero Tavares hasta el pueblo, hasta la casa de la señora Lucila, la que le lava la ropa, dije eso, el cabo de consigna me tomó los datos y mandó abrir el portón, corrí tres de los cuatro kilómetros hasta el pueblo y llegué a la casa de doña Lucila, unos vecinos me acompañaron hasta el dormitorio donde todos hacían de todo y nada de lo que hacían servía. No había médicos aquel día en la unidad sanitaria de Cerritos, algunas personas trajeron a las enfermeras, ya era de noche cuando entré, Tavares me preguntó por el médico, moví la cabeza negativamente. "Espéreme afuera", me dijo. Todos los vecinos y familiares que estorbábamos salimos del dormitorio húmedo y triste de la hija de doña Lucila, adentro quedaron tres enfermeras y él. Fue un tiempo eterno donde solo se escuchaba el rezo de las mujeres y hombres que, sentados o parados se persignaban ante la imagen de Nuestra Señora Aparecida. Supe, cuando salí a fumar a la calle con un vecino, que la Laureana Pereyra se fue de Cerritos hacía ya una semana, que se había ido a buscar trabajo en Moncadas o en Manvatará. Y que desde que se fue, dejó al Pedrito al cuidado de su madre, la señora Lucila y que de repente se le enfermó, que empezó a hincharse el cuerpecito y que el nene parecía que no respiraba y que ella se dio cuenta recién después que el sargento vino a buscar la ropa de todos los viernes a la tarde. Decía este vecino que era prohibido enfermarse en Cerritos de viernes a la tarde hasta el lunes a la mañana y allí fue que sentimos el grito. Y los llantos. Pedrito había muerto en las manos de tres enfermeras y del sargento. Nunca supe de qué. Algunos dijeron que encontraron un escorpión bajo la cama.
—Yo contaré la parte que me toca de aquella historia triste —dijo Jorgelino Céspedes—. Había un cartel de directivas expresas donde en la enfermería se prohibía la atención de civiles, debido a los contínuos ataques de los peremerimbinos a las unidades militares, por eso Tavares le pide al capitán médico que levante el culo y vaya al pueblo. Pero el médico no sale. Primero por soberbia, y segundo porque había quedado a cargo de la Compañía del Norte. Yo era el furriel que llevaba los partes que escribía Speckler y eso sabía.
—Si, pero nadie sabe, ni supo porqué a la mañana siguiente, después de discutir con Tavares, el capitán pidió su relevo del cargo y la baja posterior. El Lunes siguiente se retiró en silencio de la unidad. Boggy Speckler le ayudó con las valijas. Y no contó nada.
—Dicen que Tavares le había salivado la cara y le había puesto un cuchillo en la garganta. Boggy Speckler dijo que Illapha Tavares les dijo a todos los suboficiales: "Debemos atenernos a lo que dictan nuestros manuales, están escritos por camaradas que combatieron, por camaradas que ya no están entre nosotros, y que siempre, cada vez que puedo, hago referencia especialmente al capítulo de la Secretaría de Doctrina del Personal en cuanto al llamado ejercicio del mando. Es simple son tres reglas inolvidables: La primera es creer en la causa que debemos servir, auxiliándonos en la Fe, en Nuestro Señor Jesús Cristo. La segunda, es cumplir con nuestro régimen de servicio. La tercera y última, es tener autoridad y dignidad".
—Para ustedes, ¿Quién fue Illapha Tavares?
—El que mató a los últimos peremerimbinos, esa fue su misión sagrada —me dice el exsoldado Jorgelino Céspedes Aranda—.
—Si, es cierto —agrega el exsoldado Zacarías Merlo—. Podemos resumirlo así. Pero no olvidemos que muchos de nosotros lo considerábamos un padre, un hermano mayor, un amigo, un juez, un verdugo, un maestro.
La señora Miriam nos sirve el almuerzo, con una sonrisa elegante.
—¿Y de Jensen? ¿Lo recuerdan a Jensen?
—Jensen, era un "loiro" salvaje, rubio, eso, rubio y malo. Parecía mala persona. Vino destinado junto al mayor Castro que se hizo cargo en ausencia del coronel Pando y con un capitán de apellido Cepeda, que vino meses después cuando la compañía se movilizó hacia Naranjillos. Los demás oficiales, suboficiales y toda la tropa fuimos trasladados a Vallechico.
—Nos dejó afuera de la selección en el operativo al puente Naranjillos, se llevó a Colque y a Vizgarra, los mejores tiradores junto al cabo primero Jensen, que era un operador de radios, eran como hermanos, los cuatro.
—Se fueron por el camino de las caballerizas, bajo la llovizna de noviembre. Algo cantaban.
—Si, no recuerdo pero algo cantaban aquellos locos, mientras se perdían en la selva.
La voz de la señora Miriam López de Céspedes Aranda, suena angelical en la sala: "Vamos con alegría, Señor, cantando vamos con alegría, Señor".
©Walter R. Quinteros
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