ARTURO U. ILLIA, FALLECE UN 18 DE ENERO

EDITORIAL

Nosotros, los que vivimos en el pueblo que tanto quisiste, hoy estamos de fiesta, hay artistas arriba del escenario y abajo también

Por Walter R. Quinteros

No guardamos recato por nada. Nuestra memoria es escasa, con funcionarios ignominiosos hasta el hartazgo, que usaron tu nombre en vano, pero somos así. Vos nos conociste bien, Arturo. A pesar de eso, nos elegiste.

Me decía mi vieja, que está en el cielo, Arturo, que eras un señor buenazo. Que eras el médico humilde y honesto que llegó a presidente, y que muchos te debieron imitar. Ella era radical, como vos, a lo mejor por vos.

Papá no. Mi viejo te decía tortuga, era peronista de Perón. A veces un poco intolerante, algo incomprensivo a la hora de hablar de política. Festejaba los dibujos de Landrú. Protestaba por tus medidas que tiraban como para ser audaces. Mirá que anulaste los contratos por el petróleo que firmó Frondizi, que sancionaste la ley del salario mínimo vital y móvil, y los quilombos que te armaron con la ley de medicamentos, y con eso de la ley de asociaciones profesionales.

Los que nos adentramos algo en la historia de nuestro país, supimos que destinaste el 25% del presupuesto a Educación, Ciencia y Tecnología. Arturo, en esta te pasaste, cuando incorporaste al Código Penal la figura de enriquecimiento ilícito de los funcionarios. Cómo no te iban a derrocar. Y encima, durante tu gestión, en las Naciones Unidas votaron una resolución que convocaba al Reino Unido a sentarse a discutir la soberanía de las Islas Malvinas. Hiciste crecer el PBI más del 20% acumulado entre 1964 y 1965, la industria creció un 35%, el salario real subió más de un 10% y la ocupación laboral también aumentó. 

A pesar de eso, Arturo, ni los militares ni los gremialistas te permitieron gobernar. Los muchachos tomaban las fábricas. Había huelgas como para hacer dulce, Arturo. Nadie hablaba ni a nadie le importaba que supiste reducir la deuda externa y aumentaste las reservas del Banco Central.

Nosotros, los que vivimos en el pueblo que tanto quisiste, hoy estamos de fiesta, hay artistas arriba del escenario y abajo también.

Dicen que siendo presidente salías a caminar sin problemas, que te gustaba mezclarte con la gente y comías en el restaurante Arturito. Y que todos los días, después del almuerzo, dedicabas unos minutos a meditar. Que te gustaba el tango, y lo bailabas muy bien. 

Esto que agrega Adrián Pignatelli en Infobae está buenazo. Dice que en enero de 1982 recibiste el premio internacional Mahatma Gandhi por la Paz, por tus servicios por la humanización del poder. ¡Cómo no iban a querer derrocarte, Arturo!

Y lo hicieron nomás, fue el martes 28 de junio de 1966, las fuerzas armadas nos habían pegado un tincazo en la oreja a todos. Mamá lloraba desconsolada. La casa estaba en silencio. Yo dormí una larga siesta con el librito de Emilio Salgari en mis manos, Sandokán.

Nosotros, los que vivimos en el pueblo que tanto quisiste, hoy estamos de fiesta, hay artistas arriba del escenario y abajo también.

Para llenar líneas, Arturo, voy a refrescar algunas memorias: Habías nacido el 4 de agosto de 1900, en el pueblo bonaerense de Pergamino. Dejame saltear un poco, porque aquí estamos de festivales, ¿viste?. Estudiaste medicina en la Universidad de Buenos Aires. El gobierno radical de Yrigoyen te ofreció ejercer como médico ferroviario. Entonces te radicaste aquí, en Cruz del Eje, el pueblito que tanto quisiste. Y aquí te convertiste en el principal vocero de la corriente sabattinista en todo el noroeste cordobés. Fuiste elegido senador provincial, vicegobernador, formaste la Unión Cívica Radical del Pueblo. 

Y en julio de 1963, te convirtiste en presidente de la República. Respetaste las libertades públicas, tuviste una clara vocación económica nacionalista. Pero tenías un escaso apoyo popular y político. Landrú te apodó tortuga.

Yo no soy radical, tampoco peronista, pero señor Arturo, déjeme decirle que se reconocer  a los que se embanderan en la honestidad y tienen un carácter incorruptible, como lo tuvo usted.

Amigos lectores, Arturo Umberto Illia, falleció el 18 de enero de 1983, a las ocho y media de la noche, en la habitación 19 del Hospital Privado de Córdoba a causa de un cáncer. Tenía 82 años. Fue inhumado en el panteón de los caídos de la Revolución de 1890. A pesar de que había manifestado su deseo de descansar para siempre en Cruz del Eje, donde había llegado hacía más de cincuenta años atrás con un traje arrugado, una valija de cartón y con el sueño de ser nada más y nada menos que el médico del pueblo. Cómo escribió Pignatelli.

Ojalá que hoy, en la fiesta del olivo del pueblito que tanto quisiste, estos impresentables te dediquen un minuto de silencio, te honren y te recuerden, Arturo.

Walter R. Quinteros





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