OPINIÓN
Cuando yo era chico la palabra ‘Perón’ no se podía decir. El diario ‘La Prensa’ lo llamaba ‘El tirano prófugo’ y en las sobremesas los grandes lo llamaban ‘Pochito’ o ‘el que te jedi’. Para los fieles era, ‘el general”.
Su apellido era algo inquietante y por las dudas nadie lo mencionaba, o al menos eso creía yo, que tenía 5 o 6 años.
Mi familia no era gorila. O mejor dicho: sí lo era, pero con un ‘gorilismo soft’, no fanático.
Criticaban al peronismo por sus formas, su estilo de propaganda y hegemonía política. No era odio lo que sentían, no se parecía al desprecio de la clase alta o de la clase media aspiracional.
Papá y mi mamá se conocieron en la biblioteca socialista ‘Veladas de estudio después del trabajo’ y lo que no le perdonaban a Perón era que “les había robado sus ideas”.
Una bronca inocente, ‘naif’, que más que criticar a Perón destacaba la incapacidad de los entrañables socialistas para imponer sus ideas, ganar elecciones y ejercer el poder.
Más allá de esa bronca, ellos nunca me hablaron mal de Perón. Tampoco bien. No era tema. Nunca lo era.
Eso sí, en el cuartito de la azotea había una vieja victrola y allí, junto a discos de pasta de ‘Smith y sus pelirrojos’, Gardel, D’Arienzo y Bing Crosby, estaba la ‘Marcha de la Libertadora’ cantada a capella, con una glosa recitada por el actor Arturo García Buhr en el lado B.
Solía escucharla. Me gustaba el coro grave al unísono y los rítmicos golpes de puño sobre una mesa de madera. Pero la ponía bien bajita, como para que nadie más la escuchara.
Si Perón era lo prohibido, estos tipos eran los que lo habían borrado del mapa. Tampoco les daba para ser los buenos en mi película.
Una tarde de domingo estaba jugando a la pelota con mis amigos de la cuadra y un colectivo nos reventó la pelota Pulpo. No sabíamos que hacer y uno de los chicos me propuso algo muy loco:
‒Che, tengo las llaves de la cabina del semi de mi papá, ¿querés que te la muestre?
El camión semirremolque estaba estacionado enfrente. Nunca me había subido a un camión y acepté entusiasmado.
Todo era enorme: la puerta, el estribo para subir, el volante, la palanca de cambios. Había adornos similares a los que usaban los colectivos de la época: luces azules, calaveras con ojitos rojos, espejos.
Pero lo que me deslumbró fueron las fotos.
Toda la cabina estaba recubierta con imágenes recortadas. Y en ese collage infinito estaba resumido todo lo que para mí era ‘lo prohibido’.
Actrices con escotes, melenas sensuales, labios muy pintados, mujeres desnudas, piernas, tetas… y Perón.
Mucho Perón.
Evita en un corazón, Evita con Perón, Perón sonriente, Perón de uniforme, Perón arriba del caballo manchado, Perón en moto, Perón con los brazos en alto, Perón en el balcón.
Fue un shock ver todo eso junto.
‒¿Por qué tu papá puso estas fotos? ‒le pregunté a mi amigo, sin dejar de mirarlas.
‒¿Las minas en bolas? A mi mamá no le molesta porque también hay dos choferes jóvenes que…
‒No, las minas en bolas no. Las fotos de Perón ‒lo interrumpí.
‒¡Y cómo querés que no ponga fotos de Perón, boludo! ‒casi que me gritó, no pudiendo creer que le peguntara eso.
‒¿A tu papá le gusta Perón? ‒pregunté, algo perplejo.
‒¡Más bien que le gusta! ¿Cómo te creés que pudo comprarse el semi, mi papá? ¡Gracias a Perón!
Fue más efectivo que una clase sobre las 20 verdades peronistas. Desde esa tarde Perón dejó de ser un fantasma, una amenaza latente, un ente abstracto e innombrable y pasó a ser existencia, pura y dura.
El camión era enorme, yo estaba sentado ahí adentro y el papá de mi amigo que era chofer pudo comprarlo con su trabajo y con los créditos que consiguió cuando el tipo era presidente. No más preguntas, señor juez.
Salí muy entusiasmado de esa cabina. De alguna manera había resuelto de manera sencilla y empírica dos enigmas inquietantes: el de Perón y, por supuesto, la revelación del deslumbrante cuerpo femenino.
No salí peronista de esa visita a la cabina del camión, pero sí convencido que ambos temas serían clave en mi vida y debía investigarlos a fondo.
Lo hice.
Fue como perseguir al horizonte, pero igual valieron todas las penas.
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Imagen: pequeña intervención sobre una ilustración original de Reinaldo Cortés.
HUGO ASCH
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