OPINIÓN
Desencanto. Nada más triste que una palabra que comienza con “des” o sus variantes: “de”, “di” y “dis”
Por Nicolás Lucca
Como herencia del latín, la inmensa mayoría de estas palabras tiene un origen compuesto de dos vocablos. De esta forma, todo lo que comienza con “de”, “des”, “dis” o “di” quiere revertir la siguiente parte de la palabra. El castellano, con el paso de los años y por cuestiones fonéticas, le agregó la letra «s» en la mayoría de los casos. La dinámica del lenguaje, siempre en permanente mutación, hizo que muchas palabras cambiaran de significado, pero sorprende cómo casi todas tienen un uso muy similar a su origen. Por ejemplo: todos sabemos que desconfiar es no confiar, ¿no? Bueno, el mismo principio aplica al resto de las palabras con idéntico prefijo.
Creo que no hay que ser muy genio para entender qué quiere decir deshacer, descansar, destratar, desatar o descalificar. Antiguamente –masomeno en mi adolescencia– un tipo desconfiado era alguien bastante infeliz por no poder relajarse en que los otros no le harían daño. Si me guío por las fotos con citas que pululan por Internet, ilustradas por personajes tan psicópatas como el Guasón, puedo llegar a la conclusión de que hoy un desconfiado es un justiciero social. Y que nunca dimensionó (separar para medir) ni pudo discernir (separar para señalar, pariente lejano de distinguir) quién es el villano en Batman.
Desatinar en quién es el malo de una historia es un clásico deporte de las sociedades actuales. Todo un desafío que podemos dimensionar si notamos que utilizamos “desafío” en un sentido totalmente ajeno a su etimología: quitar la confianza. Cada vez que alguien, un funcionario que asume un nuevo cargo, un futbolista recién llegado al club, o nosotros alcoholizados en la madrugada del primero de enero, hablamos de los desafíos por venir, debería morir un psicólogo. O quizá digamos la verdad de manera ancestral sin ser conscientes.
Hace unos días vi el especial “PostMortem” de Sarah Silverman (Netflix, 2026) y mi cabeza comenzó a divergir desde el título. Ya finalizado el único especial de humor que te puede hacer reír y llorar a la vez, me quedé rumiando todo lo visto, primera señal de que lo consumido caló hondo. En un momento recordé que Silverman mencionó un mensaje dejado por su padre en un contestador automático cuando a ella le comenzó a ir bien: “Yo te limpiaba el tuchis”, traducido como se pudo en el subtitulado. Puede que en Estados Unidos el chiste haya sido entendido solo por la cole, puede que en todo el mundo hispanoamericano no entiendan el momento, pero yo, sin ser de la cole, lo entendí enseguida. Y todo gracias a vivir en el país con mayor cantidad de judíos de todo el mundo de habla hispana: la Gloriosa Argentina de Tato Bores. Sí, tuchis allá, tujes acá, es culo en idish. Y no sé si aún siendo argentino lo habría sabido si no fuera por Tato.
Estaba en esos devenires cuando volví a pensar en el título de la obra: en latín. Odié el latín con toda mi alma, del mismo modo que imaginé mil formas de morir mientras escuchaba a profesores de Derecho Romano. Odié a los romanos tanto como a los griegos desde los 13 años. Hablo en pretérito porque hoy son un vicio placentero. La única crítica que puedo hacer a la vieja metodología de enseñar historia de cualquier cosa es que a esa edad no se tiene el paladar para disfrutarlos; de disfructus, sacar fruta de algo. La Antigua Grecia, el helenismo, la historia de Roma y la presbicia son cosas que aceptás con el tiempo.
Por eso es que en mi adolescencia, mientras me explicaban el origen del derecho y la historia de Roma, yo pensaba que algo había pasado en el camino. O sea, los romanos hablaban de ius, una palabra en realidad más cercana en su traducción a “ley” que el forzado “derecho”. Y es que derecho, en sí mismo, tiene su contraparte latina en directus: volver a poner recto.
La etimología es una de esas cosas que trato en terapia como si fuera una adicción. Cada tanto me agarra la tara y no puedo parar de pensar en el fascinante origen de las palabras, en el sonido de las letras, en la forma en que las pronunciamos. Una vez le propuse a mi terapeuta una teoría que ancla mi obsesión en el hecho de que mi apellido fue mal inscripto en el Hotel de los Inmigrantes hace casi un siglo. Mi terapeuta se inclina más por la teoría de que soy un idiota con taras rotativas, pero no es el caso de este texto.
Cuando escuchaba a un profesor enamorado de su voz pasearse entre los pupitres mientras utilizaba la forma más pausada posible para emitir las palabras más difíciles, yo pensaba en qué momento disfacilis cambió la “a” por la “i”. Y quién habrá sido el turro, que el cambio afectó al castellano, al francés, al mismísimo italiano y hasta al inglés. Así es que me fue siempre como el tujes, que ya sabemos de dónde viene.
Desilusión. Esa es una palabra fácil de saber de dónde viene y me parece un vocablo perfecto para casi todos mis fracasos. Si el acto de romper una ilusión es fuerte, no puede ser injusto: se rompió algo que no existía, una ilusión, una situación que estaba presente sólo en la percepción de quien se siente desilusionado. Cada vez que me rompí el lomo y la cabeza para ingresar al empleo soñado, terminé por desilusionarme más pronto que tarde. El famoso cuidado con tu deseo que puede concretarse. Deseo también tiene un origen en des, pero no es el punto.
En parte me gusta esta versión periodística que no disimula mientras hace que sí, que disimula bien. Aunque esté con “i”, disimulo también pertenece al grupo de los prefijos que deshacen significados; en este caso proviene de hacer parecer algo como que no es igual a otra cosa. Siempre me pareció una palabra divertida. Los que aclaran que la crítica es constructiva, los que no pueden decir algo medianamente negativo sin mencionar todo lo bueno que sí se hizo, los que sin que se les caiga la mandíbula se atreven a decir “deflación”, que como ya hemos visto, el de quiere decir que se dio vuelta la inflación y los números no solo dejaron de subir sino que descendieron de precio. Para dimensionarlo: hay gente de mi gremio que carga combustible y no se anima a preguntar por qué le cobran el impuesto de vialidad si no hay obras. Con lo fácil que es preguntar: sólo requiere una inflexión ascendente al final de una oración.
Comprendo la necesidad de llenar horas de aire y ríos de bits con información nueva, pero en algún momento habría que plantearse si vale la pena pagarle a alguien un sueldo para que diga lo que le mandaron por WhatsApp después de preguntarle a “una fuente indubitable” que, por lo general, se trata de la misma persona a la que hacen referencia. Al igual que la mayoría de las palabras, el off the record también ha perdido el significado de antaño. Off the record, antiguamente, era dejar algo fuera de los registros. Hoy es un sencillo “no me nombres”. El off the record fue y es una herramienta decisiva en las grandes investigaciones periodísticas de la historia y, desde hace ya varios años, se encuentra reducida al talento de conseguir el contacto adecuado y que este tenga ganas de regalarte información. Uno quiere operar, el otro sabe que lo están operando, los dos contentos.
Hay off the records –en el desazonado significado moderno– que tienen un gran valor, sobre todo a la hora de marcar agenda y lo vimos estas semanas con las negociaciones por los textos de leyes. Qué está dispuesto a negociar una parte, qué exige la otra para dar el voto, con qué pretende seguir el gobierno después. Desregulaciones, derogaciones, destino de las deducciones, deberes, deudas y desaceleración de la economía, todo tiene una versión oficial o una desmentida.
Dentro de este despelote debatimos desde las emociones. Y eso es algo absolutamente natural en todos y cada uno de nosotros. El tema es que, al momento de exponer ante un recinto legislativo o a la hora de informar o dar una argumentación –que no es lo mismo que opinar–, descontamos que el que habla se despoja lo más que puede de estos impulsos. Para ser claros voy con un ejemplo: tengo la teoría de que todos estamos a favor de la pena de muerte en juicio sumario durante los instantes posteriores a sufrir un robo. Me incluyo en esa teoría. Cuando sabés que te pueden descoser a tiros o esquivas el cuello de botella con el que te quieren degollar a las siete de la tarde en un tren atestado de humanos que no se meten y todo porque les disgustó que disientas en la idea de despojarte de tu billetera y de tu celular, les juro que en ese momento quisiera lo peor. Porque me ha pasado y quise lo peor. Y no me sentí mal por haber querido lo peor, sino que me sentía mal por no haber podido evitar la situación.
Los chicos que hicieron esto del tren –que lo eran– probablemente ya estén muertos de todos modos, que esto pasó hace mil años. Mi cortísima experiencia en el campo judicial me ha llevado a notar que es bajísima la tasa de antecedentes penales en mayores de 70 años. Si no se los lleva la violencia, se los lleva el estilo de vida.
Para evitar el deseo de desquitarnos por cuenta propia, y ante la posibilidad de que los países surgidos de revoluciones nunca pudieran alcanzar la paz interior, es que los pensadores de la Ilustración nos dieron un sistema en el que existen víctimas, pero la justicia la administra el principal damnificado: el Estado. Es difícil aceptarlo y comprenderlo, pero en ese virtual contrato social que nos ordena, el Estado se compromete a garantizar nuestra vida, nuestra libertad y nuestra propiedad privada. Cuando alguien nos priva de la libertad y atenta contra nuestra vida para quitarnos nuestra propiedad privada, el que queda en ridículo es el Estado y por eso es el que se encarga de prevenir, perseguir, juzgar y hacer justicia.
Bueno, esa es la idea. En los papeles sabemos que todo se ha ido al carajo hace rato y ni hablar de nuestros propios parámetros. Porque nos encanta compararnos con otros países y la Argentina, siempre, pero siempre ha estado al fondo de la tabla latinoamericana en criminalidad. Que nosotros no nos sintamos más seguros es porque la comparación es con nosotros mismos. Yo bajaba a la calle a jugar sin adultos de custodia. Me iba a la plaza por mi cuenta, me tomaba el bondi para viajar hasta el colegio en Loma del Huerto y las únicas pérdidas materiales que sufrí fueron cuando me olvidé la mochila en el bondi. Mi viejo la recuperó en la terminal de Puente La Noria. Nosotros nos comparamos con nosotros mismos y queremos eso que sabemos que existió. ¿Cómo se consiguió en aquel entonces?
Algunos podrán acortar caminos y decir que de tanto gobierno militar, acá se ponía orden y listo, pero es más que eso. Otros hablarán del Servicio Militar Obligatorio, conscripción, colimba o como quieran llamarle, pero estoy casi seguro de que es más que eso. Otros pueden dedicarse a hacer miles de videos para decir que el problema son los extranjeros ilegales que viven en las villas y así demostrar un descomunal desconocimiento demográfico y delictivo. Pongamos de ejemplo la megalópolis compuesta por la ciudad de Buenos Aires y su conurbano. A principios del siglo XX, el 50% de los habitantes de esta ciudad no habían nacido acá. Cincuenta es la mitad. Uno de cada dos. Según estadísticas de la época, el 94% de los presos eran extranjeros. Y si alguna vez fueron a La Boca aunque sea a sacarse fotos, sabrán coincidir conmigo en que esas pintorescas chapas coloridas son chapas. Un poco que esto choca de lleno con el axioma repetido en estos tiempos de que no se puede comparar una inmigración con otra porque “aquellos vinieron a trabajar, no a robar ni a pedir nada”. El resto no lo pudieron corregir ni la educación gratuita ni los hospitales públicos.
Si el 94% de los presos actuales fueran extranjeros, la Tercera Guerra Mundial se iniciaría en el cono sur. En cuanto a la composición demográfica de las villas, me remito a los censos nacionales y locales de cada jurisdicción para ahorrarme tener que explicar migraciones interprovinciales, con lo cual me queda el tema de la criminalidad. Duele, asusta, da miedo, nos hace sentir menos libres, nos quita el sueño porque alguien salió, nos quita el sueño por si alguien entró. Nunca supe cuál es la solución y por eso sé que es una batalla que ni siquiera doy por perdida porque no creo que merezca la pena darla. ¿Arriesgar energía por cosas sobre las que no estoy seguro?
De lo que sí estoy seguro es que nuestras soluciones se alejan cada vez más de las que alguna vez dieron resultado y se suman a una enorme pila de cosas que patean los problemas para otro momento. No importa si estoy o no estoy de acuerdo con endurecer las penas de delitos graves, porque tampoco le importa al delincuente. Comerse diez, quince o veinte años en cana le da igual, porque ya la mínima es un montón. Nadie con ánimo de delinquir se sentó a leer el Código Penal antes de decidir si sale de caño o se queda en el molde. Para lo que sí sirve el endurecimiento de penas es para lo único en lo que se ha convertido nuestro sistema penal: pausar al delincuente.
Alguna vez modelo mundial, nuestro sistema penal no sólo fue vanguardista, sino que se sostuvo como política de Estado durante casi un siglo, sin importar gobiernos ni ideologías. Una vez pacificada la Argentina, el Estado se dio a la tarea de intentar dar cumplimiento a todo lo dispuesto por la Constitución Nacional, y eso agregaba el punto de cómo hacer para que las cárceles no sean un castigo. Desconozco si el ministro de Justicia e Instrucción Nicolás Avellaneda le dijo al Presidente Sarmiento “che, no podemos tener trescientos presos en los calabozos del Cabildo, hagamos una cárcel modelo en medio de la nada, como en Palermo”, pero probablemente haya ocurrido algo similar. Lo mismo que cuando el arquitecto Bunge llevó los planos. Lo cierto es que el proyecto se inició con un decreto de Sarmiento y bajo la dirección de Avellaneda, que además de hacerse cargo de los presos, decidía sobre la política educativa. Me pregunto cómo se les habrá ocurrido a los constitucionalistas de 1860 que podría haber una correlación entre ambos temas. Y pasó Sarmiento, siguieron otros presidentes, algunos odiaron al que se fue y al que vendría, y así y todo la cárcel se construyó y fue inaugurada en 1902 por Roca. Al menos de manera oficial, que los primeros presos habían sido trasladados con el primer pabellón terminado para que construyeran el resto del penal.
Sí, trabajaban. El modelo que nos hizo famosos mundialmente (de verdad, nos visitaban, nos invitaban a dar charlas, etcétera) obligaba a trabajar, que no es lo mismo que trabajo forzado. Talleres de oficios, bibliotecas, escuelas primarias. Ningún preso se iba del penal sin saber leer y escribir, sumar y restar, y algún oficio con el que se pagaron algo de la estadía. Los tiempos cambiaron y el sistema penal discurrió sin descarrilar, con adaptaciones a nuevas épocas y una política de Estado que llegó a los tiempos de Perón y sobrevivió un poco más hasta llegar a Frondizi. ¿Después? La Argentina.
En 1997, La Nación publicó que había hacinamiento en las cárceles de la provincia de Buenos Aires. Pasaron casi 30 años. Adivinen cuántas cárceles construyeron Duhalde, Ruckauf, Solá, Scioli, Vidal y Kicillof. La última vez que existió una aproximación a una actualización en políticas carcelarias fue durante la década del noventa, cuando se construyeron e inauguraron dos complejos federales y dejaron en camino un tercero para inaugurar en 2004. Si no me equivoco, por esos años también surgieron políticas con lógica en la teoría, pero que no resisten el mínimo análisis. Por ejemplo: no se puede obligar a trabajar. Que yo diga que trabajar es un castigo es una cosa. Que haya jueces que sí lo piensen es desidia.
Hay, de vez en cuando, algún movimiento espasmódico con un par de pabellones en alguna provincia, pero no mucho más. Lo que era moderno y modelo hace un siglo y medio, hoy es un museo. El penal del arquitecto Bunge fue demolido por muchos factores, entre ellos la desactualización. Todavía quedan en pie y en funciones varios más viejos, deslucidos y desactualizados.
Ahora que se debate públicamente la baja de edad de imputabilidad, mis discusiones ya no pasan por qué esperamos del sistema carcelario, sino por cosas más básicas: qué, cómo y dónde. ¿A dónde los metemos? Denserio lo pregunto, si no hay plata. ¿Alguien tiene a mano algún estudio que demuestre cuántas plazas debemos construir para descongestionar el sistema actual? ¿Cuánta infraestructura hace falta para la nueva modalidad, en caso de decantar la votación hacia la baja de edad? ¿Qué sistema les aplicamos, dónde, quién lo financia y cómo? ¿Dónde debitamos para no desequilibrar las cuentas?
Al que me diga que desmerezco el sufrimiento de las familias, no sé si recordarle que habito el mismo país que el resto y que no tengo ganas de oficiar de niñero de nadie. No pretendo desvalorizar el descontento que también es el mío; simplemente me pregunto qué esperamos de esos presos cuando salgan al cumplir sus condenas. Alguno dirá que aumentemos las penas, buenísimo, y entonces, cuando las cumplan, ¿qué hacemos? ¿A cuánto podemos llegar, a una prisión perpetua sin posibilidad de salidas por un hurto sin antecedentes? ¿Los matamos, directamente, y nos ahorramos la desdicha de tener que pensar qué hacemos? Sí, matemáticamente, es una buena forma de ahorrar un tortón de guita, pero no sé qué tanta confianza me generaría la pena de muerte aplicada por esta misma justicia a la que odiamos.
Una década atrás se armó tremendo debate cuando alguien se enteró de que los presos cobraban un salario. Se me ocurrió aclarar que no, que el salario lo cobran los presos que trabajan, que de ese salario se deducen varias cosas, que no es un sueldo de un administrativo, que si tienen hijos alguien los tiene que mantener, que de algún lado tiene que salir el resarcimiento a las víctimas, que cuando salga en libertad mejor que tenga para pagarse el bondi hasta la casa. Flor de boludo. Regla número uno para sobrevivir: nunca opinar con el manual en una calentura colectiva. Regla número dos: pensar qué habría hecho yo si me vinieran con un planteo legalista en un momento de calentura. Y sí, te mando a la mierda por más razón que tengas.
Y si no estamos en condiciones de pensar qué hacemos, no desvaloricemos el primer planteo: no todo es infraestructura, pero por algún lado debemos comenzar. Después, si se da, podemos seguir con desmontar la debacle de dejar pasar cualquier cosa porque así es el mundo moderno. No sé si prohibir los celulares en las cárceles es una medida que incomunica a los presos. Del dúo compuesto por presos y celulares, uno de los dos existe solo hace unas décadas. Vuelvan a poner teléfonos públicos, no sé, computadoras con bloqueos, algo.
Y si bien hablar de prevención puede sonar demasiado progre para esta etapa, hay algo que debería solucionarse hace tiempo, pero no se hace y no sé si ya no importa porque la gente no tiene más hijos, o porque los últimos padres que se calentaron por romper las bolas por la educación ya tienen a sus hijos egresados: ¿Vieron alguna vez alguna nota con las despedidas tumberas en redes sociales a los “chorritos” muertos en robos? ¿Vieron cómo escriben? Ya ni pregunto qué chances de reinserción hay. Quitemos el re y pensemos qué clase de inserción en la vida puede haber para gente que llega a adulta sin saber leer como un adulto. Si creen que es una cuestión de marginalidad, sí, están en lo cierto: la falta de educación nos deja al margen de todo. Y sé que no soy el primero en haber escuchado esto: hay ahora mismo en familias con hermosos valores chicos que no saben escribir en cursiva, que ya es mucho peor que la falta de comprensión de textos que nos desbocó en puteadas al sistema hace diez años. Así y todo, esos adolescentes que no habrían llegado a la secundaria en otro contexto son muchísimo más afortunados que otros: no tienen a una familia que los alienta a delinquir.
La debacle es absoluta y me deprime ver en la misma portada de noticias un debate así al lado de una huelga docente por reclamos salariales. No, no digo que no sea un reclamo válido. Simplemente, siento que dejamos para después demasiadas cosas por tanto tiempo que, cuando nos quisimos dar cuenta, pareciera que ya no hay arreglo.
Relato de PRESENTE

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