OPINIÓN
Luego de 738 días secuestrado en los túneles de Hamás, el argentino-israelí se convenció de que la paz con quienes juran exterminarte es imposible
Por Osvaldo Bazán
¿Empiezo?, pregunta con un cuarto de sonrisa que será de las pocas que mostrará en las próximas dos horas, o las próximas dos semanas, o los próximos dos años, o…
Eitan Horn, con 63 kilos menos de los que tenía el 6 de octubre del 2023, se sienta frente a una docena de periodistas latinoamericanos en una sala del Hotel Crowne Plaza de Tel Aviv. Afuera, ahí nomás, jóvenes y no tanto corren, hacen gimnasia o vóley en las arenas del Mediterráneo en un atardecer más caluroso de lo esperado para mitad del invierno israelí. Adentro, un silencio difícil de conseguir cuando se juntan una docena de periodistas. Pero la historia que Eitan contará pausada y tranquilamente es tan dura que la tensión no se corta ni por un instante, excepto cuando queremos preguntar, porque adelante de Eitan y su historia todas son preguntas, algunas banales, otras con respuestas tan dolorosas que invitan al silencio. A su lado, Amos, el tercero de los hermanos, quien con su esposa Dalia y los padres de los hermanos fueron fundamentales en impulsar a la opinión pública en la exigencia de la vuelta a casa de los rehenes. Amos, que sufrió afuera lo que Iair y Eitan sufrieron adentro, todo el tiempo mira; a veces asiente; tímidamente comenta con la cara las preguntas dirigidas a Eitan. Iair no está aún en condiciones de presentarse públicamente.
Y comienza Eitan:
«Antes que nada, muchas gracias por la oportunidad de contar mi historia. Mi nombre es Eitan Horn, tengo 39 años, nací en Argentina y vine a vivir a Israel cuando tenía 16. Trabajé en educación no formal, inculcando los valores que recibí en mi casa y en mi entorno. Uno de esos valores era creer que siempre se podía vivir en paz con nuestros vecinos. Después del 7 de octubre, lamentablemente, entendí que no solo es una utopía, sino que es realmente imposible cuando del otro lado gobierna un grupo terrorista que busca el exterminio de Israel y del pueblo judío.»
«El fin de semana del 7 de octubre estaba en el Kibutz Nir Oz —una población de 400 habitantes a menos de un kilómetro de la Franja de Gaza—, donde vivía mi hermano Iair. Lo visitaba frecuentemente, aproximadamente una vez por mes o cada dos meses.»
«Ese fin de semana se respiraba un ambiente raro en el kibutz, aunque son de esas cosas a las que no les damos importancia antes de saber el final. Me acuerdo de que le hice una broma a Iair: como cuando vine a Israel me fui al norte, donde suele haber más problemas en la frontera, le dije que en el sur lo único que conocían era la rutina de escuchar una alarma, agacharse por los cohetes y salir sin problemas después de unos minutos.»
El secuestro
«Hasta que el sábado a las seis y veinte, seis y media, suena la primera alarma y Iair viene a buscarme al salón. Su habitación estaba en el cuarto de seguridad —por ley, todas las viviendas en Israel tienen uno, donde los habitantes deben guarecerse hasta que pase la amenaza de los misiles—; yo dormía en el sofá. Fui tranquilamente, porque para ustedes en América Latina puede sonar a una locura, pero nosotros estamos lamentablemente acostumbrados: suena la alarma, entramos al cuarto de seguridad, esperamos unos minutos, salimos y seguimos con nuestra vida. Es una rutina.»
«En esa época pesaba 64 kilos más de lo que peso ahora y roncaba muy fuerte, así que seguí durmiendo tranquilamente. Iair me empezó a decir que no me durmiera, que me quedara despierto, pero yo no entendía cuál era el problema, hasta que lo vi apagar la luz y el ventilador y decirme: ‘No importa lo que pase, no te quedes dormido.'»
«Hasta que escucho los primeros tiros y el primer ‘Allahu Akbar’ —’Alá es grande’ en árabe, expresión de la oración diaria del islam que los terroristas usan antes de matar a sus víctimas—.»
«No sé bien cuánto tiempo pasa desde que suena la primera alarma, pero suenan más de 200, 300 alarmas superpuestas, una encima de la otra, sin un segundo de intervalo. Algo impresionante. Ahí escucho los primeros tiros y de a poco empiezo a escuchar gritos —de mujeres, de niños— en árabe. O sea, no solo terroristas de Hamás: había ciudadanos de Gaza, había niños. Primero se llevan a Iair. Yo en ese momento no entiendo que nos van a secuestrar. Entiendo que no solo entró el grupo terrorista sino también civiles gazatíes, y únicamente espero el momento en que me arrodillen, me corten la cabeza o me peguen un tiro. Yo estoy 100% en estado de shock; Iair, por suerte, no. Es él quien forcejea todo ese tiempo sosteniendo la manija de la puerta, mientras nos disparan de todos lados; de hecho entran balas que le pasan realmente cerca. En un momento me dice que me cambie de lugar y decide que lo mejor es soltar la manija y que sea lo que Dios quiera.»
«Cuando suelta la manija, levanta los brazos y entra un terrorista con el arma. Pero Iair no lo deja entrar del todo al cuarto de seguridad, intenta taparme, y se lo llevan a él sin revisar el resto del cuarto. Yo me quedo ahí, ya sin noción del tiempo, unos minutos sentado. En esa época fumaba, así que decido salir a fumar mi último cigarrillo; es cuestión de minutos que vengan y me maten. Y ahí es la primera vez que veo que no entraron diez, quince terroristas de Hamás.»
—¿Estabas inconsciente?
—En el momento en que escucho el primer «Allahu Akbar», mi mente se apaga. Cuando intento salir del cuarto de seguridad, asomo la cabeza y veo todas las casas del kibutz alrededor prendidas fuego, y a los civiles —mujeres y niños— robándose todo lo que pueden. Vuelvo al cuarto de seguridad, pero no cierro la puerta porque estoy en estado de shock. Cuando me sacan, además de ver las atrocidades que cometen los ciudadanos de Gaza —quemando casas, robando todo lo que encuentran a su paso—, yo busco en el piso el cuerpo de mi hermano.
«Cuando me llevan hacia una motocicleta que también robaron del kibutz, se me acerca un tumulto de gente —entre ellos, lamentablemente, niños, mujeres, ancianos— sin la vincha de Hamás, con la cara tapada y sin armas: simples ciudadanos. Me empiezan a filmar, uno intenta bajarme el calzoncillo y un niño de entre 10 y 12 años saca un cuchillo e intenta acuchillarme. Por suerte, como en esa época pesaba 133 kilos, el cuchillo rebota en la grasa de mi espalda y no lo logra. Después, entre todos, me golpean mucho.»
«Ahí el terrorista del Hamás levanta el arma, dispara al aire, me suben a la motocicleta y emprendemos camino a Gaza.»
«Todo ese tiempo no entiendo qué hice tan mal en mi vida para que no me maten en ese momento sino que me lleven a Gaza a torturarme. Ahora que estuve en España, un periodista me dijo: ‘Bueno, ¿qué podés contar de la etapa que estuviste preso?’. ¡Yo no estuve preso! ¡Ojalá hubiese sido preso en una cárcel! A mí me secuestró un grupo terrorista que, como todo el mundo sabe pero prefiere obviar, mató, violó y prendió fuego a niños. Hay imágenes, pero el mundo decide callar. Todo el tiempo me imagino lo peor: no entiendo por qué me llevan hasta Gaza para violarme, torturarme y después matarme. Llego a la Franja de Gaza.»
En la Franja
«Me bajan de una camioneta 4×4 que también robaron del kibutz, tapado. Ahí también se me acerca un tumulto de gente que me empieza a pegar, a escupir, a insultar, solo por el hecho de ser judío y vivir en Israel.»
—¿Qué te decían?
—Y de lo que entiendo —porque hablan en árabe—, me van a matar, me lo merezco, perdón por lo que voy a decir: que soy un judío desgraciado y que por eso nos merecemos lo peor, que Alá es grande, que eso les pasa a los que no son musulmanes. Cuando me sacan la sábana que me cubre, veo que estoy entrando a un hospital que tiene al lado de la puerta una bandera bien grande que indica que ese hospital existe gracias a las donaciones de la UNRWA (Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo).
«Me suben, me meten a un cuarto y una enfermera me dice: ‘Quedate tranquilo, nosotros los secuestramos para poder liberar a nuestros hermanos que están injustamente presos en Israel. Si es por nosotros, hoy mismo los liberamos’. Yo sigo pensando que en algún momento me van a matar o torturar. Me revisan, me preguntan si estoy bien de salud, me examinan el cuello y la cabeza para ver si no llevo algún chip incrustado del ejército de Israel o del Mossad. No sé qué películas vieron.»
«Me visten de doctor —de hecho, no llevaba ropa, estaba solo en calzoncillos— y me suben a una ambulancia, también donada por la UNRWA, que me lleva a una casa. Al entrar, a la derecha está la entrada a la casa y a la izquierda hay una especie de portón, lo que vendría a ser un cuarto de invitados. Ahí pienso: ‘Bueno, por lo menos que abran esa puerta y sean escaleras hacia los túneles’. Yo estaba con Sahar Calderón, que en esa época tenía 16 años. (Sahar fue liberada el 27 de noviembre de 2023 junto con su hermano Erez, de 11 años. El 7 de octubre fue asesinada su abuela Carmen Dan y también fue secuestrado su padre Ofer, liberado después de 15 meses de cautiverio y que el año pasado se destacó en el Tour de Francia como integrante del equipo ciclista israelí Premier Tech.)
«Nos meten en una celda: barrotes, cámaras de seguridad, teléfonos. En todo ese tramo que caminamos por los túneles, empiezo a darme cuenta de que el 7 de octubre no fue algo que planearon un minuto y medio, sino que lo vienen planeando hace años, y que toda la infraestructura de los túneles no es para los pobres ciudadanos de Gaza sino que está armada para el terrorismo contra Israel.»
Los túneles
—¿Cómo eran los túneles?
—Tenés de todo: desde partes de medio metro de altura y menos de un metro y medio de ancho hasta habitaciones enteras hechas para los grandes líderes de Hamás, con agua caliente, cocina, heladera, internet, televisión, camas, muebles. La gente que dona dinero para el bien de los ciudadanos de Gaza no entiende que ese dinero y esa comida no llegan a los ciudadanos, sino que se usaron para la infraestructura de los túneles, porque esa infraestructura —su tamaño, la cantidad de kilómetros— es mucho más grande que la propia ciudad de arriba.
—¿El acceso a los túneles fue desde el hospital?
—Yo entré desde una casa. Hay acceso desde hospitales, desde colegios…
—¿Los accesos son clandestinos o evidentes?
—No, son clandestinos, solo son evidentes para quienes forman parte del grupo terrorista. De hecho, no todos los ciudadanos saben dónde hay entradas a los túneles, y no todos los que construyen túneles debajo de sus casas lo saben. La mayoría sí, porque reciben dinero o son parte del grupo terrorista, pero obviamente son tantos los kilómetros de túneles que no todos saben dónde están.
«Cuando estoy ahí en la celda tengo el primer acercamiento con un terrorista. Un joven de 22 años, diría yo, que en un inglés no tan bueno me pregunta por qué vivo en Palestina. Mi reacción fue decirle ‘porque puedo’. Y él me dice: ‘Ahora la van a pasar muy mal, esto es Palestina. Si van a salir con vida de acá, te recomiendo que cuando salgas te vayas a otro país, porque nosotros vamos a volver a entrar a Israel, vamos a volver a hacer lo que hicimos, y esta vez no vamos a secuestrar gente, vamos a matar a todos’.»
«Esa frase, durante los dos años en que estuve secuestrado, distintos tipos de terroristas me la decían por lo menos una vez por semana. Que va a volver a haber un 7 de octubre y va a ser peor, que yo tuve la suerte de que me secuestraron y no me mataron porque a los que secuestraron fue para hacer el intercambio con los terroristas palestinos que están en las cárceles de Israel, pero que la segunda vez va a ser solo para aniquilarnos a todos. Que no le tienen miedo ni al ejército, ni a Estados Unidos, ni a Trump, porque a ellos los protege Dios, y que a diferencia del cristianismo, el catolicismo y el judaísmo, en el islam valoran la muerte y llegar al paraíso con Alá, a diferencia de todo el resto de las religiones que valoramos la vida. Que si se mueren por esta misión enviada por Alá, están felices.»
«Ahí empiezan los peores dos años de mi vida, llenos de torturas psicológicas, mentales, físicas, abusos sexuales. Aproximadamente durante dos meses nos dieron para tomar 230 mililitros de agua cada 24 horas, con medio pan pita —un pan plano, redondo, suave, del Mediterráneo Oriental— y un poco de hummus o un queso untable cada 24 horas. Llegué a tener épocas en que comí solamente tres o cuatro dátiles por día.»
«Ellos todo el tiempo nos decían que en el islam, en el campo de batalla, está permitido hacer todo, pero que cuando nos toman de rehenes o nos capturan, según el Corán, su libro sagrado, nos tienen que tratar mejor que a sus familias y mejor que a ellos mismos. De ninguna manera fue así, lamentablemente: ellos comían mejor que en un hotel cinco estrellas, y la Cruz Roja, la ONU, UNRWA, todas esas organizaciones que están a favor de la paz y que quieren ayudar, y que hacían entrar ayuda humanitaria, no hicieron nada por nosotros durante estos dos años.»
—¿Adentro sabías lo que había pasado afuera el 7 de octubre?
—Yo sabía las cosas por partes, ellos nos iban contando, pero en el grupo donde estuve no tuve la suerte —o la mala suerte— de ver noticias de Israel. Me nutría de lo que ellos me querían contar, y no sabés si creerles o no, porque obviamente la narrativa y las historias que nos contaban todo el tiempo eran para sacarle provecho a su situación.
Las torturas
—¿Estás en condiciones de contar torturas y abusos o preferís no hacerlo por ahora?
—No tengo ningún problema en contarlo. Tengo una enfermedad en la piel que se llama hidradenitis supurativa. Es bien parecida al acné, pero en niveles mucho más peligrosos, y necesito mis medicinas y niveles de higiene normales, no los niveles de higiene infrahumanos que tuve durante dos años. Les dije que precisaba mis remedios porque me estaba saliendo pus y sangre. Llegué a tener una bola así de grande de pus (señala con las manos el tamaño de un pomelo) en la entrepierna, y cometí el error de comentarles. Así fue que durante mucho tiempo venían «doctores» que no son doctores a tratarme, y no solamente se reían mientras me veían desnudo, sino que aprovechaban y movían de un lado para el otro el miembro. Eso es uno de los abusos sexuales.
«Varias veces mientras nos bañábamos… ¡bañarnos! En el mejor de los casos era una vez por semana con una botella de litro y medio de agua sucia. A veces era en la mitad del túnel, y a veces yo estuve en lugares que eran las habitaciones de los grandes comandantes, con una especie de baño armado, pero siempre con la puerta abierta y un terrorista vigilando. Una o dos veces también me ayudaron a enjabonarme. Eso es el abuso sexual que yo viví. Ya salieron historias de otros secuestrados —tanto mujeres como hombres— que fueron violados, pero no fue mi caso.»
—¿Y la violencia psicológica?
—24/7. Yo todo el tiempo estuve con más personas, la mayoría del tiempo con otras cuatro. Después de la segunda negociación sale mi hermano Iair, y sale de nuestro grupo también Sagid Dekel-Chen. Nos quedamos yo, David Cunio y Nimrod Cohen. Por buena suerte, siempre estuve acompañado de otros secuestrados.
«El día a día es muy cambiante; depende de la violencia mental y física que recibimos. Tuvimos épocas en que comimos cuatro dátiles por día o medio pan pita por día. Tuvimos épocas en que comimos un poco más, pero en términos de cantidades no es ni siquiera una comida de ustedes, de gente normal.»
—¿Cómo era la interacción entre ustedes?
—Mayormente estábamos apoyándonos los unos a los otros cuando teníamos nuestros momentos de tristeza o de desesperación. Si hubiéramos estado en una cárcel normal, bueno, dentro de todo, pero no: acá eran 24/7 las torturas. Estuvimos en lugares y en épocas en que sentíamos la guerra arriba nuestro.
«En más de dos oportunidades el ejército israelí estuvo muy cerca de rescatarnos. Una vez ya estaban preparados para atarnos las manos y con las ametralladoras para matarnos en ese momento. Otra vez, que el ejército estuvo muy cerca, ya nos apuntaron, y después aprendimos que simplemente ponen explosivos y dinamita alrededor para volar por los aires. Todo el tiempo nos decían: ‘Si el ejército va a querer venir a rescatarlos, ni los soldados, ni ustedes, ni nosotros vamos a contar la historia. Ya estamos tranquilos: en el momento en que sepamos que entraron, apretamos un botón y volamos todos por los aires’.»
«La dinámica del día a día es muy complicada por todo lo que estoy contando, y por muchas otras cosas que todavía no conté, porque vivís con miedo y con incertidumbre 24/7, sin información de lo que estaba pasando en el mundo, ni en Israel, ni en otros países.»
—Tampoco tenías noticias de cómo te estaban buscando.
—Mi mamá, mi hermano, mi papá, toda mi familia, mis amigos y muchas otras personas nos buscaban, pero no vi televisión y las noticias que nos contaban no eran para dejarnos tranquilos: eran parte del abuso y de la tortura mental. Jugaban al límite, tortura psicológica con la comida, con el agua, al límite de la línea delgada para que saliéramos vivos, para que no nos volviéramos locos ahí y no intentáramos suicidarnos o hacer locuras.
«Pero la realidad es que a mí, no una y no dos, sino miles de veces, venían y me decían: ‘vos te vas a quedar acá, tu hermano Iair va a salir, vos sos buena gente, vos te quedaste, vamos a conseguir una mujer musulmana’. Venían y nos enseñaban clases del Corán, me ofrecieron muchas veces convertirme al islamismo, nos hablaban todo el tiempo de eso. Querían convertirnos. Y nos decían que al gobierno de Israel y a la gente en Israel ya no les importábamos, que habían entendido que iban a matar a los secuestrados y que no iban a luchar por nosotros. Entonces decían que era cuestión de días para que nos mataran y que, como el islam es la única religión que cuenta y cuando te morís vas al paraíso, nos convenía convertirnos para no ir al infierno.»
—¿Alguna vez fue opción decirles que sí?
—De hecho en ningún momento dije que sí. Siempre les decía que quiero seguir aprendiendo, lo usaba para sobrevivir. La parte física no es mi fuerte, la parte mental sí. Entendí qué cosas tenía que hacer para conseguir un poco más de comida, un poco más de agua, frenar y cortar el momento tenso y de maltrato que estaba viviendo. Entonces, cuando entendía que algunas cosas me podían dar buenos resultados, lo hacía. Esa era una de las cosas que yo les decía, que me interesaba mucho estudiar sobre su religión, pero nunca les dije que me iba a convertir.
—¿Vos sabías el tiempo que estaba pasando? ¿Cómo sabías que pasaba un día?
—Cuando preguntábamos qué hora era y qué día era, aproximadamente, nos decían y con el tiempo entendimos que los rezos pasan en un horario muy específico y entonces, cuando ya aprendimos eso, escuchábamos los rezos y entendíamos qué hora era y si era el rezo del primero o el último, así entendíamos cuántos días pasaron.
—¿Tuviste conciencia de que fueron más de dos años?
-Sí, aparte ellos venían también y te decían «se cumple un año», «se cumplen 500 días».
—¿Cuántas veces viste la luz del sol en todo el tiempo en que estuviste secuestrado?
—Nunca desde el 7 de octubre del 2023 hasta el 13 de octubre del 2025.
La esperanza
—¿Qué te mantenía fuerte?
—La esperanza de saber que mi familia estaba haciendo todo lo posible para liberarme… (este es el único momento de la charla en que se le corta la voz)… A pesar de estos dos años y todo el tiempo que pasó y pasa, seguimos viendo la persecución y los desastres que mucha gente está haciendo en el mundo contra el pueblo judío y contra Israel. También sé que hay gente buena, honesta, que entiende cuál es el lado bueno de la historia, y que iban a hacer todo lo posible para que yo saliera vivo.
«Entonces lo que me mantenía vivo era la esperanza en la gente, en los seres humanos. Es muy paradójico, porque lo que me llevó a vivir los peores dos años de mi vida, con las atrocidades que ocurrieron el 7 de octubre y durante esos dos años que yo estuve en cautiverio, también fueron los seres humanos y la gente mala.»
—¿Había alguien encargado de hablarles o iban rotando los terroristas?
—Dependiendo la zona, pero en general había gente que estaba fija con nosotros.
—¿Llegaron a conocerse? ¿Se entabló alguna especie de relación?
—Sí, estuve dos años. Cuando había buen trato era para hacer propaganda, porque también lo decían todo el tiempo: «¡Mirá qué bien los estamos tratando! Cuando salgan cuenten que nosotros no somos terroristas, que no somos bestias». Y después de eso nos bajan la comida y vemos que ellos pasan con bandejas gigantes, con kilos de carne y nosotros comimos una lata de humus para cinco personas. Pero entonces les tenés que seguir la corriente porque siempre puede ser peor.
—¿Sabías que tu hermano estaba ahí y estaba vivo?
—A Iair lo secuestran y tuve la suerte de que a la semana, semana y media, en uno de los lugares que estuve, veo de repente de lejos a Iair, y tenemos el primer contacto y entiendo que él está vivo y él entiende que yo estoy vivo. Cuando se hace el primer intercambio a los 50 días, me unen a mí con Iair y desde ahí ya estamos juntos hasta que Iair es liberado en el segundo intercambio.
Argentina
—¿Usaste el tema de ser argentino para intentar que te trataran mejor?
—Yo desde un principio les hablaba en castellano, decía que soy argentino, intentaba que me liberaran, decía que no soy israelí y no les valgo nada. Después, cuando a las dos semanas vienen y hacen la lista y nos preguntan si tenemos otra nacionalidad, digo: «Sí, yo soy argentino, yo nací en Argentina». Dependiendo de cuántos años tenía el terrorista, le hablabas de Messi o de Maradona.
—¿Y fueron empáticos con eso?
—La realidad es que sí, porque ellos, primero y principal, le tienen odio al que es judío, pero más odio al que es israelí y está «ocupando» Palestina; entonces, eso yo también lo utilicé para poder llevarme de una manera más amena con ellos.
«Y todo el tiempo nos decían: ‘Bueno, a ver, ¿de dónde son ustedes? No existe Israel; si les pregunto de dónde son sus abuelos o sus tatarabuelos, son de otros países, Polonia y Argentina’. Y me decían: ‘Cuando te liberemos, ¿te vas a quedar en Israel?’. ‘No, yo me voy a Argentina’, decía. Eran cosas que utilizábamos para que las 24 horas no fueran todo de momentos tensos y de violencia, sino tratar de amenizar.»
«Durante dos años había días enteros en que no sabíamos nada de ellos, pero estábamos en constante contacto. Y así como nosotros, los humanos de bien, tenemos momentos en que nos comportamos como bestias, también las bestias tienen momentos en que de repente se comportan como seres humanos, porque, aunque sea inentendible, también los terroristas del Hamás son padres, son hijos, son nietos y estaban preocupados por su familia. Aunque, tan preocupados por su familia no estaban, porque ellos tenían bien en claro qué iba a ocurrir después del 7 de octubre y de todas maneras utilizan a sus ciudadanos y sus familias como escudo humano.»
«Y la única misión importante era matar a cuantos israelíes y judíos pudieran, y aclaro: israelíes, porque también mataron a musulmanes y cristianos. Por un segundo, no pensemos que fue solamente contra los judíos. Ponían la televisión y escuchábamos que se reían de las madres llorando, diciéndoles que sus hijos se están muriendo de hambre.»
«Durante dos semanas o poco más nos dieron cartones de leche de la ayuda humanitaria de la ONU, que estaban escritos en inglés, que venían de Sudáfrica y era leche materna para niños, bebés de recién nacidos a seis meses. Entonces, si nosotros tomábamos esa leche y arriba los ciudadanos no tenían para comer y los bebés se morían de hambre, antes de fijarse en qué es lo que hizo o no hizo el Gobierno de Israel, tenemos que hablar del grupo terrorista Hamás, que está dispuesto a matar a sus bebés, a sus mujeres, a sus hijos y a sus ciudadanos.»
Ideología
—Con respecto a la presencia de Donald Trump y otros líderes en…
—Lamentablemente para ustedes, yo no entiendo de esos temas; lo único que puedo decir es que no importa cuál sea la situación: que el ejército israelí aprendió la lección, cuán metido está el terrorismo y cuánta ayuda recibimos del resto del mundo. Primero y principal: contra una ideología no tenés cómo luchar, porque es algo que está en la cabeza.
«Podés debilitarlos, pero no sacarles la idea del terrorismo, porque es una ideología, y ellos, como dije antes, no paraban de decirnos que va a haber un 7 de octubre nuevamente y que va a ser peor. A ellos no les importa, no tienen miedo de morir, es un orgullo y para eso viven.»
«Nos mostraron —claro, lo digo porque yo vengo de ser secuestrado y, obviamente, va a haber mucha gente que no me va a creer ni una palabra de lo que digo— los libros de estudios de niños y niñas de primer grado, donde está escrito: ‘Hay que matar a un judío’. ‘Matar a un judío te asegura el lugar en el paraíso’. ¿Cómo se defiende el mundo de eso? ¿Cómo nos defendemos?»
Por mi parte, yo no quiero generalizar. Obviamente, cuando hablo del islamismo me cuido mucho y digo que es el radical, porque no todos son lo mismo; pero el mundo se olvida de lo que pasó en Francia, no me acuerdo en qué año (se refiere al atentado de la banda terrorista ISIS cuando el 13 de noviembre de 2015 cuatro musulmanes radicales entraron con armas disparando indiscriminadamente al público de un recital de rock en la sala Bataclán de París, matando a 90 personas y tomando como rehenes a al menos 100; tres de los terroristas se suicidaron y un cuarto fue abatido), lo que pasó ahora en la playa en Australia (se refiere al ataque antisemita de Bondi Beach en Australia, con 16 muertos, de parte de un padre y un hijo militantes islámicos).
—¿Cómo lidiás al enfrentarte ahora con la realidad de que la comunidad internacional está tratando de convertir a Hamás en la víctima y a Israel en el victimario?
—Yo, en lo personal, desde que salí estoy tratando de esclarecer un poco, contar mi historia, tratar de abrir un poco los ojos a la gente que se puede, porque hay gente que directamente no se puede. Hay gente que es antisemita y antisionista y lo único que busca es el exterminio del pueblo judío, y hay gente que no se informó ni un poquitito y no sabe lo que es el grupo terrorista Hamás y no sabe que Israel da comida, da agua, da electricidad a los palestinos y que Egipto no da absolutamente nada, que no los quieren tener cerca, que entraban cantidades de ciudadanos de Gaza a trabajar en Israel. Pero con gente que no quiere escuchar no va a servir de nada.
«Desde que nací, como judío, lamentablemente, sigo estudiando casos de intentos de exterminio del pueblo judío: la Segunda Guerra Mundial, los atentados en Argentina. ¿Dónde hay atentados contra el resto de las religiones? Y ahora pasa el 7 de octubre y el mundo avala. Porque, lamentablemente, las voces en contra de Israel fueron muchísimas más que las voces a favor, o las voces que cuenten la realidad tal cual es, y que después cada uno decida qué partido tomar. Pero yo ahora estoy viendo —trato de ver menos— gente que no sabe nada del tema.»
«Les voy a comentar algo: yo también estoy a favor de una Palestina libre. Libre de Hamás, libre de un grupo terrorista, y de que tengan su propio país y me dejen vivir a mí tranquilo y que no me quieran matar. Pero la gente que sale a apoyar a Palestina, o los eventos que se hicieron en España, estudien, infórmense. Están apoyando y dándole dinero a un grupo terrorista para que siga masacrando a sus propios ciudadanos.»
«Por eso entiendo como una muy gran obligación mía —primero como ser humano y después como judío— contar mi historia e informar; después cada uno pensará lo que quiera, porque, a diferencia de la narrativa terrorista, yo no intento cambiarle ni meterle nada a nadie en el cerebro. Pero es difícil, primero y principal porque estoy hace cuatro meses afuera y pesan los dos años de tortura que viví; hoy estoy hablando acá con ustedes, mañana no sé cómo me levanto, no sé si a la noche duermo. Por otro lado, mi vida, lamentablemente, sigue corriendo peligro cuando yo hago estas cosas, hablo de lo que pasó.»
El humor
—Hace unos meses en esta misma ciudad hablé con tu papá y una de las cosas que me llamó la atención es que él usaba humor negro. Sé que era una cosa de la familia, que siempre tuvieron un humor de la familia. No sé si es desubicada la pregunta, pero ¿hubo algún momento de humor en esos dos años y medio?
—Los 738 días. Sí, es mi forma de ser, el humor. En los momentos en que podíamos escaparnos un poco y tratar de cambiar el ambiente, sí, una de las formas era tratar de reírnos, pero era bastante complicado por toda la situación de alrededor.
—¿Podés recordar algún momento como ejemplo?
—Yo me acuerdo: ellos ahí comían una especie de churros. Entonces yo les conté que en Argentina se comen churros porque vienen de España y que se comen con chocolatada. Le preguntaba: «¿Ustedes los comen con chocolatada?». «No, nosotros los comemos con miel», me decían. «¿Lo puedo probar?». Entonces lo usaba así para conseguir comida. Después, cuando yo entraba a bañarme, al que se bañaba antes que yo le preguntaba si me dejó agua caliente.
«Ellos sí tenían desodorantes y jabones y todos los días entraban a nuestra celda, que aparte estaba tapada. Por ejemplo, una vez por día mínimo entraban, abrían la puerta y decían: ‘¡Qué olor, hay olor a judío!’. Al principio, nosotros nos molestábamos. Había barrotes, nos pusieron maderas y con una cámara, abrían y cerraban la puerta; no nos veían, no nos querían escuchar, no nos querían oler. Entonces les digo: ‘Bueno, si ustedes saben que el olor a judío es feo, ¿por qué no nos traen algo de los desodorantes que usan ustedes, que es buenísimo?’. Entonces se reían y hubo un día en que nos trajeron un poco de perfume. Todo el tiempo trataba de ser positivo y cada cosa que pasaba trataba de pensar que el resultado iba a ser algo positivo, porque en el momento en que perdés la esperanza y entendés al 100 por ciento dónde estás y todo es negro… eso no era tan lejano: nosotros nos podíamos morir segundo tras segundo, porque estábamos secuestrados por un grupo terrorista que, en el momento en que recibían la orden desde arriba de que a nosotros ya no nos tienen que mantener vivos, entraban y nos pegaban un tiro, en el mejor de los casos. Por eso trataba de pensar positivo y que en algún momento íbamos a poder salir y contar la historia.»
Y entonces interviene Amos, callado hasta el momento:
—Yo creo que el tema del humor y tratar de sobrellevar la situación es tan real como falso, porque… es obvio, y así de simple: yo no sabía si estaban vivos o muertos, ellos no sabían si estaban vivos o muertos. Y sabía también que si estaban vivos, en cualquier momento los podían matar. Mi madre, por suerte, pensaba todo el tiempo que volvían vivos mis dos hermanos, y eso es lo que la mantuvo a ella viva hasta el día de hoy.
Los gazatíes
—¿Trataste con más gente, más ciudadanos, digamos, o solamente con terroristas?
—Yo, por suerte o por mala suerte, desde el minuto uno estuve solamente con terroristas del Hamás, y ellos todo el tiempo nos decían que nos tienen que mantener escondidos y ocultos porque nos cuidan. Si nos llega a ver un ciudadano, nos aniquila en ese mismo instante. Y, de hecho, a los túneles venían muchos electricistas o gente a hacer trabajos; los que no formaban parte del grupo terrorista —que son muy pocos—, jamás nos vieron: a nosotros nos tapaban y nos decían que estuviéramos en silencio, porque si no era peligroso.
Era peligroso, pero también eso —no me acuerdo quién preguntó— sobre si los ciudadanos saben: todos saben que hay túneles, y hay muchos ciudadanos que los conocen porque son los mismos que trabajaron, que los crearon y que bajan a hacer arreglos.
La Cruz Roja
—¿Cómo fue tu liberación?
—Durante estos dos años tantas veces nos dijeron que estábamos cerca de liberarnos. Muchas veces, después, cuando salí, leí un poco lo que pasó y comprobé que sí, que algunas veces era casi cierto, pero que también muchas otras veces ellos nos inventaban eso como parte de la tortura mental. Estando ahí, entendí que son los reyes de la propaganda y de manipular la realidad. Yo, hasta que no vi al primer soldado israelí, no les creí que realmente me liberaban.
«Incluso cuando me subí a la ambulancia de la Cruz Roja —porque es la misma Cruz Roja que no se preocupó durante dos años por mi salud física ni mi salud mental, no se preocupó por mis remedios, no se preocupó por mi higiene, no se preocupó por nada—, incluso cuando me habló el suizo de la Cruz Roja, para mí es un terrorista más, porque tal vez él no sabe lo que hace la organización en la cual él trabaja, pero forma parte.»
—¿Alguna vez te dieron los medicamentos?
—Mis medicamentos específicos no; de a momentos había una especie de penicilina que nos daban para cualquier cosa. Y también ellos traían medicamentos muchas veces y nos preguntaban qué estaba escrito en inglés y qué estaba escrito en hebreo. Llegaban los remedios que mandaba la Cruz Roja, pero llegaban a manos de terroristas del Hamás. Y como, según el islam, no te podés ni drogar ni tomar alcohol, pero sí podés tomar remedios, la mayoría de los terroristas agarraban los remedios y se hacían cócteles con esas medicinas.
La liberación
—Y el tránsito de ser rehén a la libertad, ¿cómo fue?
—La mayoría del tiempo, cuando no estaba preocupado por qué me iba a suceder a mí y a los otros secuestrados que estaban conmigo, mi preocupación era mi familia que se quedó en Israel, porque yo no sabía en qué estado estaban. Entonces, la sensación a la salida fue absolutamente nada, hasta que no vi a mi familia y vi que dentro de todo estaban bien. No, de verdad, no sentí ningún alivio ni ningún… De hecho, no tengo dudas de que estoy feliz de que se terminó esa parte de la tortura y esa pesadilla, pero todavía me cuesta el proceso de recuperación, asimilar lo que tuve que vivir y lo que el mundo se está callando, que está tomando partido para que vuelva a suceder un 7 de octubre o en contra de que exista un Estado para los judíos. Yo… no, a partir del 7 de octubre no voy a poder vivir nunca más feliz y contento.
El futuro
—Da la impresión de que esa esperanza que manejaste como secuestrado ahora se convirtió en escepticismo, no sólo porque te dijeron los terroristas que va a volver a ocurrir, sino por la actuación de los organismos internacionales de pasividad e incluso complicidad hasta de la opinión pública internacional.
—Lamentablemente, sí, porque no es nuevo el antisemitismo y el odio hacia Israel o hacia los judíos, pero los propios terroristas de Hamás y los ciudadanos filmaron lo que pasó el 7 de octubre. No es un invento. Están las imágenes.
«Y ahora, de a poco, también están saliendo las imágenes y los testimonios de los mismos ciudadanos de Gaza que dicen que la comida o los remedios que entraban no llegaban a ellos. Gente que trabaja en esas organizaciones, como la ONU, sigue manteniendo el discurso antisemita como esa mujer (se refiere a Francesca Albanese, relatora especial de la ONU, quien recientemente ha catalogado a Israel como enemigo común de la humanidad) que dice que no son terroristas los del Hamás y que, bueno, los de Israel están ocupando; entonces, ¿con qué esperanza puedo vivir?»
«Otra vez, yo entiendo que están los buenos, están los malos. Lamentablemente, los que entienden la situación y están a favor de los derechos humanos y de los seres humanos y de poder vivir en paz todas las religiones, muchos se quedan callados y los que hacen el mal son los que salen y alzan la voz. Entonces, el 7 de octubre vivía tal vez acostumbrado a ser perseguido como judío y como israelí. Después del 7 de octubre, vivo con mucho más miedo y terror de que no alcanzó la Segunda Guerra Mundial y no alcanzó el 7 de octubre. Lamentablemente, vamos a volver a pasar algo parecido, no sé de acá a cuántos años.»
—Estás hablando de una operación de lavado de cerebro que quizás no tenga precedentes, masiva y terriblemente eficaz. ¿Creés que son recuperables esas personas?
—La generación de 40 años para arriba es la que inventó la narrativa que hoy repite Hamás y la que sabe cómo se vivía en paz y juntos, judíos y palestinos, árabes en Israel. Cuando me tocaba hablar con gente joven, en momentos en que ninguno de sus compañeros los escuchaba, nos preguntaban cómo es vivir en Israel y nos hacían preguntas sobre realidades que enseñan en Gaza. Y vos veías que cuando les respondíamos, no sólo nos empezaban a creer, sino que empezaban a decir: «Durante toda mi vida me educaron de una manera y de repente al parecer no es tan así». Sin dudas, la educación y la narrativa que recibió ese pueblo durante décadas es el mayor lavado de cerebro. Es la ideología.
Para poder vivir de alguna manera en paz, tenés que reeducar a cuatro generaciones, lo cual no es posible. Espero que de alguna manera las cosas empiecen a cambiar, pero hasta que no pasen esas cuatro generaciones y no se eduque para la paz, para la tolerancia, va a ser difícil.
—¿Cómo te imaginás que está hoy ese niño que te quiso acuchillar?
—Lamentablemente si no fue muerto por la responsabilidad de Hamás, hoy en día ese niño está practicando cómo manipular un arma para el próximo 7 de octubre. Esa es la realidad, porque es la narrativa del odio que le inculcan. Es más, hoy en día hay ciudadanos de Gaza que odian al Hamás, pero no hay ninguno que esté a favor de Israel, porque para ellos, primero y principal, el odio es contra Israel y recién después contra Hamás. No hay ni un solo ciudadano en Gaza que hoy quiera la paz con Israel, porque, a fin de cuentas, lo que hizo Hamás es también lo que Israel hizo por culpa de Hamás. Hoy en día, lamentablemente, esa es mi respuesta. Hace dos años mi respuesta hubiera sido otra. Hoy en día no.
—O sea que el plan de paz que ahora está arriba de la mesa es una fantochada.
—Es una fantochada porque la educación que reciben es así, de odio. Y ellos te lo dicen: «Va a ocurrir otro 7 de octubre». Yo casi no vi lo que pasó hasta que salí, pero ustedes vieron a los ciudadanos violando, pegando, masacrando, festejando, recibían caramelos, tortas. Entonces no entiendo de qué paz habla el mundo. Lamentablemente, no tengo la solución. En paz con esas bestias no se puede vivir.
—¿Volverías a vivir a la Argentina?
—A pesar de todo lo que estoy diciendo ahora, no hay país ni Estado más seguro para el pueblo judío que Israel. Así que mi respuesta es no, no me iría a la Argentina ni a ningún otro lugar. Y, aparte, si me voy, consiguieron otra pequeña victoria.
—Le decías a tus captores «si salgo, me largo de acá». ¿Alguna vez llegaste a pensarlo de verdad?
—No, no. En mi mente siempre supe que no, que lo que digo es para que ellos escuchen lo que quieren escuchar.
—¿Pensás volver al menos de visita a Argentina?
—Espero que sí.
—A ver a Atlanta.
—A ver Atlanta, comer un asado, sí.
—Hablaste del proceso de recuperación. ¿Cómo es?
—Tengo psicólogo, psiquiatra, fisioterapia tres veces por semana en el hospital, todo tipo de ayuda física y psicológica. No sé si la palabra es «recuperación», porque no voy a estar ni cerca de ser la persona que fui hace dos años. Es reconstruir mi vida, reconstruir al ser humano, la persona que voy a poder ser. Voy a estar en rehabilitación y recuperación el resto de mi vida, porque los golpes y las cosas físicas que vivimos a nivel corporal sanan, pero me van a quedar en la mente por el resto de mi vida.
—¿Cómo eras antes de esto?
—Una persona alegre, una persona que creía en la humanidad y en los buenos pensamientos, una persona que trataba de ayudar y ser positivo a los que me rodeaban.
—¿Tenías trato con palestinos antes de esto?
—No, no, con palestinos no, pero con árabes musulmanes israelíes, sí. Yo trato de no quedarme con odio y con rencor, porque llenarme de eso no me va a servir para nada. Por otro lado, sé lo que pasó durante estos dos años, sé que hubo muchos árabes israelíes que apoyaron, festejaron o mismo cometieron otros atentados, de la misma manera que hay muchos que salieron a apoyar a Israel y a decir que está mal lo que pasó. Entonces, me da rabia. No, yo no quiero vivir ahora pensando si ese árabe israelí está a favor o no.
—¿Cómo ves al mundo fuera de Israel y fuera de Gaza?
—Yo no sabía, realmente. Mi forma de ver el mundo era que yo creía —ahora lo llamo utopía— que se podía vivir en paz y que no todos quieren aniquilarnos y hacer las barbaridades que hicieron el 7 de octubre. Entonces sí creía que con educación se podía llegar a solucionar ese pequeño tema. El 7 de octubre entendí que no. Durante los dos años fui entendiendo cada vez más que no. Y cuando salí y vi todas las imágenes y todo lo que hicieron los ciudadanos, en su gran mayoría, porque mismo el que solamente cruzó para robar cosas o solamente festejó comiendo un caramelo y tomó partido…
Entonces hoy, lamentablemente, veo a los ciudadanos de Gaza que es lamentable cómo fueron educados y de qué manera son utilizados por el grupo terrorista Hamás. Porque ver a una niña de dos años que tiene que tomar agua de la calle con la mano, yo creo que le duele a cualquier ser humano. Bueno, no a cualquier ser humano, porque ya vimos que hay bestias a las que no les importa, que violan y matan niños y los prenden fuego en hornos, pero eso ya es otro tema. Yo no quiero eso para ningún ciudadano del mundo, pero entiendo que no es responsabilidad mía ni del país ni del Gobierno bajo el cual vivo.
La responsabilidad, primero y principal, es del grupo terrorista Hamás, que gobierna en la Franja de Gaza y de organizaciones, países y Gobiernos que avalan que eso es lo que suceda ahí.
—En Israel un Justo entre las Naciones es aquel que, sin ser judío, salvó judíos en el Holocausto, por ejemplo. ¿Conocen a algún palestino que pueda ser Justo entre las Naciones» en este tiempo?
—De las historias que yo escuché, los que tuvieron la mala suerte de estar unos días con ciudadanos que no formaban parte del grupo terrorista Hamás, todo lo contrario. No hay un Justo entre las Naciones. De los que yo escuché, no. De las historias que me contaron o salieron en la televisión, hubo casos de mujeres que estuvieron unos días con ciudadanos hasta que los terroristas del Hamás las sacaron de ahí cuando fueron violadas.
—¿Volviste al kibutz?
—No, yo no vivía en el kibutz y no volví a la zona.
—¿Hay algún primer momento, no digo de felicidad, pero al menos de alegría después de tu liberación?
—El primer abrazo con mi hermano y con mis sobrinos, sin dudas. De hecho, fue el momento más feliz hasta el día de hoy.
—¿En qué se piensa, estando dos años con esa incertidumbre que vos tuviste, sin tener noticias del mundo exterior? ¿Había algún tipo de imaginación que tenías, algo que te permitiera zafar de ese lugar horrible en el que estabas?
—En los momentos en que la guerra no se sentía tan cerca nuestro o que ellos nos trataban de manera hostil, tener la mente ocupada era un escape. Recordaba buenos momentos de mi infancia; en mi caso, hacer los planteles de la Selección Argentina desde el Mundial del ’94 hasta el último. Los planteles de mi equipo en Israel, Hapoel Be’er Sheva.
—¿De Atlanta te acordaste?
—De Atlanta, menos, pero también recordaba vivencias de momentos lindos para mantener la mente ocupada en cosas lindas. Porque si estás 100% ocupado del momento y la situación terrible que estás viviendo, no hubiese durado ni 24 horas.
—¿Recordabas jugadas de partidos, por ejemplo?
—Sí, sí, sí. No tenía televisión, entonces mi mente era Netflix y la televisión.
—¿Intentaste rezar?
—No. No, no, no. Yo soy laico. No. Hablaba, hablaba con mi familia. Le hablaba por si había alguien que pudiera tomar partido y poner fin a esto. Pero decirte que recé o que hablé con Dios directamente, no es mi caso.
—Hay un momento que se hizo viral en las redes que es cuando tu hermano sale y vos lo despedís. ¿Cómo fue ese momento?
—El momento más feliz de esos dos años, porque mi hermano se libera y se salva de la muerte y de esa pesadilla, pero fue tal vez el mayor momento del maltrato mental que nos hacían los Hamás.
—Era evidente que lo hacían para dañarlos.
—Sin dudas. Primero y principal, ese momento fue filmado para hacer propaganda y después para seguir con el maltrato mental.
—Bueno, somos de varios países latinoamericanos. ¿Qué mensaje te gustaría que llevemos a nuestros lugares?
—Para el periodismo: que informen con la verdad y que no sean parciales, que no tomen partido ni mientan, para que los ciudadanos se informen y para que todo el que realmente quiere y está a favor de los derechos humanos, de la paz y de la tolerancia pueda estar del lado correcto de la historia. Que no tengan doble moral, porque los que levantaron y siguen levantando la bandera de los niños palestinos y los pobres ciudadanos de Gaza tendrían que haber levantado también la bandera por los secuestrados y por todos nosotros, que estuvimos dos años viviendo las atrocidades que vivimos.
—Hay muchas celebridades tanto de Hollywood como del mundo general del espectáculo que están con los pobres palestinos, pero no han dicho una palabra de ustedes. ¿Qué les diría si pudiera decirles algo? (Hago esta pregunta y Amos y Eitan se miran, otro esbozo de sonrisa, como si ya lo hubiesen charlado mucho, como si David estuviera contando cómo venció a Goliat.)
—Que tengan buen provecho.
—Independientemente de tener este momento de cuatro meses de tratamiento. ¿Tenés algún plan para el futuro?
—No, porque realmente no sé qué pasa conmigo mañana. Mi plan es ponerme lo mejor que puedo y volver a vivir la vida, disfrutar y ser una persona mejor. Día tras día, paso a paso, sin grandes planes a largo plazo, sino a corto. Hoy en día, como hace tan poco estoy afuera, no puedo hacer esos planes. Tal vez de acá a un año pueda entender que sí puedo armar planes a futuro.
—¿Tenés esperanza de que los organismos internacionales actúen de otra forma?
—Sí, tengo esperanza porque quiero que eso ocurra para el bien de toda la humanidad.
—¿Qué le dirías a la ONU si tuvieras la oportunidad, si el Secretario General (António Guterres) estuviera acá?
—Lo mismo que a los actores.
El encuentro termina y no acepta la invitación de seguir la noche con una cerveza por allá. Está —se lo nota— visiblemente cansado, pero sabiendo que ha cumplido un paso más en su misión de contarle al mundo que el horror está ahí, agazapado, y que no hay soluciones mágicas.
Revista Seúl

Comentarios
Publicar un comentario
El comentario estará sujeto a la aprobación del equipo y su administrador. Gracias.