EL JEFECITO BUENO

OPINIÓN

Querernos, de eso se trata

Por Walter R. Quinteros

He salido poco esta semana. Sucede que los achaques propios de la edad, juegan su partido. Los partidos del Mundial de Fútbol, son una excusa para no salir. El frío hace lo suyo. No tengo obligaciones para salir. Tampoco ambiciones de andar buscando algo de dinero.

Recuerdo si, cuando tenía obligaciones, ambiciones. Tenía que aguantar jefes autoritarios, presiones laborales, y escondidos en algún lugar de mi mente, los incentivos para conseguir un mejor desarrollo profesional, escalar posiciones, ascender.

Hace un buen tiempo que no tengo ese tipo de jefes, sino, la serena voz dentro de mi mente que me dice que debo esforzarme para ser cada vez mejor persona, que me supere en lo que hago, que si no soy feliz, no lo haga, cosas así. La calma en no acelerar, en evitar impulsos innecesarios, me deja una sensación que me a llevado a considerar que me autosaboteaba, que me exigía demasiado, no tanto como para volverme loco, pero siento que a veces, me lastimaba emocionalmente, me sentía desbordado en las madrugadas escribiendo, casi al borde del  agotamiento extremo.

A la chica del kiosco le pedí cuatro etiquetas de cigarrillos, dos gaseosas, un whisky, un chocolate. Me preguntó si estaba de fiesta. Le dije que se vienen días fríos y que no pensaba salir del departamento por nada de lo que ocurra en el mundo.

Un señor entró apurado, el horario —argumentó— lo corría. 
Una señora le compraba apurada, unas golosinas para sus niños, para la escuela, decía.
Yo hacía señas que lo mío no era importante.
Una repositora de mercadería, llegaba con cajas y las notas de envío, apurada.
La chica del kiosco entra a las 9 de la mañana, se va a las 18.
Todo gira en torno al dinero.
La gente tiene desvelos por conseguir dinero.
La gente tiene, como yo, cuentas mensuales que pagar. 
Corre tras el dinero.

Pero eso también puede esperar, pienso.
Estoy en esa edad.

Cuando yo tenía por jefes a déspotas, quería llegar a ser jefe para tener algo de libertad de acción y movimiento, nunca fue así. Había más exigencias. El conocimiento de leyes y reglamentaciones, el conocimiento cabal de las distintas especialidades por áreas, me impulsaban a tener un alto desarrollo intelectual, de mando y espíritu de equipo. 

Para tratar mínimamente de disfrutar la vida, hay que hacer lo que a uno le gusta, en el horario justo, porque el éxito en una carrera, no está relacionado con el agotamiento extremo. Con la mala sangre, el estres diario. Aprendí que todo llega.

Veo por las redes sociales algunas personas diciéndonos cómo debemos vivir. 
Qué debemos hacer al despertar.
La rutina diaria.
Comer saludable. 
Hacer ejercicios de fuerza.
Tener cuidados cardiológicos y otras menudencias. 
Tomar las vitaminas necesarias de acuerdo a peso, a edad. 
También que debemos cuidarnos de esto y de esto otro.
Evitar los excesos.
Cuántos mililitros de agua debemos beber.
Ser inteligente y tener determinación, como cuando era un ejecutivo imperturbable.

A veces llegamos a una edad en la que deja de importarnos hacer lo que otros nos dicen. Aquí vale lo que nos dicta la conciencia, que es ese jefecito bueno que con gesto paternal nos dice que nadie puede obligarnos a encajar en el molde que a los demás agrade.

Si es necesario bajar el ritmo, lo bajaremos.
Si es necesario organizar las prioridades, las organicemos.
Si es necesario olvidar voces enemigas, las olvidemos.
Hagamos lo que nos gusta.
Hagamos que nos guste cómo lo hacemos. (No me acuerdo quién lo dijo).

Reglas del jefecito bueno.
A partir de ahora, empecemos a querernos, de eso se trata. 
Carpe diem.

P.D. De amores ni hablemos.






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