OPINIÓN
En el aula de una escuela primaria, un maestro escuchó en reiteradas oportunidades que uno de sus alumnos contaba al resto, que la Biblia enseña que una vez Dios hizo hablar a un burro
El maestro, incrédulo y queriendo avergonzar al niño, un día le preguntó frente a toda la clase si el burro había hablado con voz de burro o con voz de hombre. El niño pensó por un momento y luego le dijo: la Biblia no dice con qué tipo de voz habló el burro; pero lo que sí dice, es que existen hombres que hablan como si fueran burros.
Fonética animal
Pobre maestro. Quedó como un burro delante de todos los niños. Es una excelente anécdota para ilustrar cómo la soberbia humana suele tropezar ante la sencillez de la fe. El relato de Balaam y su asna en el libro de Números -que relata como Dios utilizó la voz a esa criatura muda para corregir la ceguera de un profeta- no busca debatir sobre fonética animal, sino demostrar que el Creador puede usar cualquier recurso para romper nuestra terquedad.
La astuta respuesta del niño en el aula nos deja una lección que va más allá de la simple picardía infantil. Expone una realidad incómoda: muchas veces, el intelecto humano prefiere enredarse en debates absurdos antes que aceptar sus propias limitaciones. Al intentar ridiculizar el milagro del burro que habló, el maestro olvidó que el núcleo de la fe no radica en la lógica del instrumento utilizado, sino en el poder absoluto de quien lo ejecuta. Para un Dios soberano, alterar las leyes de la naturaleza es tan sencillo como haberlas diseñado al principio.
La importancia de buscar la esperanza
El escepticismo moderno suele tropezar con la misma piedra que aquel docente. Vivimos en una época atrapada en la autosuficiencia, donde decretamos que algo es "imposible" simplemente porque supera nuestra capacidad de comprensión o de acción. Nos cuesta admitir que nuestra ciencia y nuestra fuerza tienen un límite infranqueable. Sin embargo, la historia bíblica del asna de Balaam no busca abrir un debate zoológico, sino recordarnos que cuando el ser humano se empecina en marchar hacia su propia ruina, Dios es capaz de activar lo impensado para detenerlo. Si Él puede otorgarle voz a una criatura muda para corregir la ceguera de un profeta, ¿qué crisis humana podría escapar de su control?
Es en ese territorio de lo incomprensible donde el lector es invitado a ejercer la esperanza. Esperar no es un acto pasivo ni una ilusión ingenua; es la certeza de que el escenario actual no tiene la última palabra. Aunque la solución que necesitamos no sea visible en nuestro presente, la esperanza actúa como un puente firme que nos arrastra con fuerza hacia el futuro, convenciéndonos de que lo que hoy parece un callejón sin salida, mañana será un camino abierto por el poder divino.
Como bien señaló el alumno, el peligro actual no son los animales que emiten palabras, sino la abundancia de voces humanas que, cargadas de arrogancia, carecen de sabiduría real. Cuando desestimamos el poder de Dios frente a las dificultades, nos parecemos al maestro de la anécdota: cerramos los ojos ante lo milagroso y nos encerramos en dudas vacías. Reconocer que nuestra lógica es limitada, y abrazar esa esperanza que mira al mañana, es el primer paso para ver manifestado el Dios de lo imposible.
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