OPINIÓN
Mantenerse informado de cuestiones internacionales no pareciera ser algo que lo molestara
Por Nicolás Lucca
Stepán Arkádyevich Oblonsky –Stiva, para los amigos y parientes– fue un tipo informado sobre las cosas que pasaban en el mundo. Tras una pelea conyugal, despierta en su despacho y recuerda que soñó con una hermosa cena en Estados Unidos. Mantenerse informado de cuestiones internacionales no pareciera ser algo que lo molestara. Su principal problema, además de la bronca que le echó su esposa, es que no existió: es un personaje de Anna Karénina y la anécdota del sueño es utilizada por Tolstói para, sutilmente, anclar el relato en un contexto histórico. Según Nabokov –enorme fan– Tolstói mencionó en forma de sueño, muy al pasar, las Reclamaciones de Alabama, el primer bolonqui internacional en ser saldado de forma pacífica por medio del arbitraje.
Las Reclamaciones de Alabama fueron litigios sin precedentes mediante los cuales los Estados Unidos querían que el Reino Unido se hiciera cargo de haber financiado a los Confederados durante la Guerra de Secesión, puntualmente, de los daños ocasionados de manera directa. En un principio, los norteamericanos utilizaron la más antigua técnica de negociación: pedir lo imposible para conseguir algo. Reclamaron un monto de guita impagable o, en su defecto, la cesión de Canadá. Al final, arreglaron por unos cuantos millones de dólares. Sin embargo, lo más novedoso de todo es que se buscó una intermediación neutral de un tribunal conformado por un representante de Brasil, otro de Suiza y un italiano. Cuando ya estaba todo medianamente cocinado, se reunieron en Ginebra y sentaron el inmenso precedente de lo que marcaría al derecho internacional a futuro: las intermediaciones de terceros para resoluciones pacíficas.
Hará cuestión de semanas, mientras pasaba exitosamente desapercibido en un evento de fin de año, una muy agradable persona me comenta que tenía intenciones de estudiar algo referente al derecho internacional para sumar a sus conocimientos. “¿Internacional Público o Privado?” pregunté inmediatamente con la esperanza de conseguir una respuesta que no meta presión al futuro mercado de los deprimidos por insatisfacción laboral. Cuando mi interlocutor dijo “Público”, mentalmente se disparó un “no, por favor, no” y hasta puede ser que algo haya dicho en voz alta, pero conscientemente le sugerí que profundizara por sus propios medios, que chusmeara qué onda con la escuela del Servicio Exterior o que estudiara derecho, que un vaso de agua y un título de abogado no se le niega a nadie.
Y es que soy de los que creen que el derecho internacional público son los padres. No siempre fue así. Deberían haber visto lo bien que se me daba hablar de la historia de los tratados, de la paz de Westfalia, del aprendizaje dejado por el delirio expansionista de Napoleón, del hito que se les ocurra. Tan nerd me puse con el asunto que hasta participé del modelo de la Organización Argentina de Jóvenes para las Naciones Unidas. Del cuarto modelo en 1999, para que sepan de dónde viene ese olor a naftalina.
Tras los hechos ocurridos en los últimos días, sea para hablar a favor, en contra o con un “sí, pero”, pareciera que el Derecho Internacional Público se ha vuelto un tema que nos enseñan de manera obligatoria en la escuela y sin cuya aprobación sobresaliente no podemos egresar: todos parecen saber mucho. Los que no están de acuerdo con lo obrado por Donald Trump en la incursión de su ejército en Venezuela para llevarse en cana a Maduro y a su esposa hablan de la violación de todo el derecho internacional. Los que están de acuerdo, pero entienden de normativa, sostienen que se inicia “una nueva etapa en el derecho internacional”. Todos parecieran tener razón si los escuchamos de manera aislada, por lo cual nadie la tiene. Lo que yo me pregunto es dónde vivimos los últimos, no sé, ochenta años.
No hay forma de que alguien tenga razón porque las leyes que nos rigieron no existen más hace tiempo y nadie se calentó en adaptarlas a los nuevos males. De entrada hay que considerar que hay corrientes muy grandes dentro del derecho que sostienen que no existe tal cosa llamada derecho internacional público porque no comparte con el resto del derecho un principio básico: la conformación de normas emanadas de un órgano legislativo superior a todos los afectados. Para esta corriente, lo más cercano que tenemos a eso es la Asamblea General de las Naciones Unidas, pero nada es vinculante, con lo cual tampoco cuenta en términos de “fuentes de derecho”.
Para los que sí creen en algo llamado Derecho Internacional Público –el privado es entre partes que viven en distintos países–, existen tantos orígenes como ganas de vender un libro nuevo pueda haber. Están los que sostienen que no hay una fecha exacta porque es imposible saber cuándo fue la primera vez que dos tribus extrañas intercambiaron algún bien; están los que hablan del tratado entre hititas y egipcios para repartirse tierras y sacarse las ganas en un territorio neutro; está la firma de fronteras entre dos ciudades caldeas hace cinco mil años; y un largo listado de antecedentes que no son otra cosa que tratados comerciales o armisticios entre soberanos. Algunas bases quedaron sentadas con los escritos de pensadores del siglo XV al XVII y la primera experiencia real en Westfalia. Es por eso que los defensores de esta rama del derecho hablan del surgimiento de los Estados Nación y del nacimiento de la diplomacia moderna.
El tema es determinar para qué sirve el derecho internacional público y recién entonces evaluar su efectividad. Por principio básico, el derecho debe ser universal y aplicable. Puedo –y tengo– derecho a vivir, pero nadie vería como lógico un derecho a vivir quinientos años. Es una expresión de deseos, no un derecho sobre algo que puede pasar.
Ya mencionamos el primer problema: la inexistencia de un ente superior del cual emana un sistema jurídico que somete a todas las partes. La soberanía de cada estado-nación es un problema para la existencia del derecho internacional porque nadie puede ser obligado por nadie de manera coercitiva si no es por la fuerza, lo cual viola la soberanía y entramos en un círculo vicioso de qué viene primero. Podremos argumentar que los tratados internacionales a los que adhiere cada país son refrendados por sus respectivas legislaturas y entonces sí hay un principio jurídico, pero nuevamente fue el acuerdo libre –o no tanto– entre partes y no una ley suprema global.
Pero vayamos al punto que, al menos para mí, siempre resultó más crucial: para qué fue creado un ente internacional que regule la relación entre países. La Paz de Westfalia puso fin a la Guerra de los 30 años y la de los 80 años al mismo tiempo, pero no sentó las bases para un período de paz; simplemente se acabaron las guerras religiosas en Europa, lo que no es poca cosa. A partir de allí, las guerras pasaron a ser 100% políticas, territoriales, supremacistas y todo lo demás, pero al menos ya sin crear alianzas entre países que creen que la Biblia debe estar escrita en latín y los que no.
Cuando terminó la Primera Guerra Mundial, en medio de los acuerdos de paz, se filtró la necesidad de crear un organismo supranacional para la resolución pacífica de conflictos. ¿Quién arrojó la idea? Wilson, presidente de los Estados Unidos, país precursor con sus Reclamaciones de Alabama. Así nació la Sociedad de Naciones, creada para administrar el caos reinante en una Europa que vio la desaparición de cuatro imperios en menos de un lustro en el que murieron decenas de millones de personas en una guerra de trincheras sin un solo código respetado. Históricamente se nos ha dicho solo dos cosas de la Sociedad de Naciones: que es el antecedente directo de las Naciones Unidas y que fue un fracaso rotundo probado por el inicio de la Segunda Guerra Mundial.
Si la chusmeamos un poco, no fracasó tanto: ocho conflictos que habrían terminado en una guerra fueron resueltos mediante la diplomacia en un contexto de diálogo propiciado por la Sociedad de Naciones. Argentina, miembro fundador de aquel organismo, colaboró de un modo sublime gracias a la figura de nuestro compatriota Carlos Saavedra Lamas, canciller argentino que en la década de 1930 redactó un pacto de resolución pacífica de conflictos que lleva su nombre y por el cual recibió el Nobel de la Paz.
Incluso si consideramos a la Segunda Guerra Mundial como un “fracaso de la Sociedad de Naciones”, tenemos un pero: los Juicios de Nuremberg encontraron su fundamento en el Pacto Kellogg-Briand de 1928, cuando más de quince países –entre ellos Alemania e Italia– se comprometieron a no recurrir a las guerras de agresión.
Podemos establecer mil ideas para justificar el nacimiento de las Naciones Unidas, pero el primer objetivo fue evitar el inicio de una Tercera Guerra Mundial. Hasta donde tengo entendido, desde 1946 para acá, no ha existido una Tercera Guerra Mundial. Al menos no como una contienda tal como las conocimos. Desde ese punto de vista, la ONU no ha fracasado. Uno de sus puntos más flacos se encuentra en que, por la era en que fue concebida, las Naciones Unidas tuvieron que dedicarse a algo para lo cual no había antecedentes: evitar que el mundo explotara en medio de la Guerra Fría. Para cuando cayó la Unión Soviética, ya estábamos todos tan en otra que nos olvidamos de qué significaba “usar el sistema para destruir el sistema”. Esa es la ley internacional vigente entre países y dentro de los propios países por parte de políticos vivísimos: utilizar el sistema para destruir el sistema.
Cuando digo que el Derecho Internacional Público son los padres, me refiero a que funciona como un Padre Nuestro rezado a los pies de la cama la noche previa a un examen para el que no estudiamos: es un manotazo de ahogado al que recurrimos cuando recordamos que puede servir para algo. Hace más de un cuarto de siglo, el derecho internacional demostró que no existe cuando la OTAN aplicó un bombardeo intensivo en territorio que no había agredido a ningún país miembro de la OTAN. Lo hizo bajo el amparo de frenar el genocidio llevado a cabo por el gobierno serbio de Milošević contra la etnia albanesa de Kosovo. Un par de años después, Milošević fue entregado a las autoridades de La Haya. Murió en prisión y ahí le perdí el rastro. Recién me entero de que en 2016 fue exonerado del crimen de lesa humanidad, lo cual deja en un limbo un hecho real: la inmensa cantidad de fosas comunes con miles de albaneses. No tantos como los que había denunciado Bill Clinton para justificar la intervención, pero sí un número insoportable.
En aquel entonces, el listado de tratados violados por la OTAN incluyó la intervención en un territorio que no forma parte de la OTAN ni atacó a la OTAN. La intervención siquiera fue aprobada por el Consejo de Seguridad. El fin superior de frenar un genocidio justificó los medios.
Menos de un mes después del atentado a las Torres Gemelas, el 7 de octubre de 2001 George W. Bush anunció al mundo que las Fuerzas Armadas norteamericanas y gran parte de los miembros de la OTAN invadieron Afganistán porque las autoridades se negaron a entregar a Osama Bin Laden y a otros cabecillas de Al Qaeda. Luego vino Irak. Y Siria. En todos estos casos hubo una violación a lo que todavía llamamos Derecho Internacional. Colombia atacó un campamento terrorista y abatió a Raúl Reyes junto a otros 17 guerrilleros. El campamento atacado estaba a dos kilómetros de la frontera dentro de Ecuador. Reyes tenía 121 causas abiertas por homicidios, secuestros y terrorismo. La Argentina fue demandada ante la Corte Internacional por interrumpir el libre tránsito al cortar los puentes con Uruguay en medio del conflicto por las pasteras. Nuestro país contrademandó por el incumplimiento del tratado del río Uruguay. Nos dieron la razón. A los dos.
Siempre hubo violaciones contra el derecho internacional, pero nunca había existido un consenso para dinamitarlo tal como se lo conocía. Y eso es lo que ocurre hace más de un cuarto de siglo, solo que Trump hace gala de que no le importa. No existe más el derecho internacional porque ya no hay invasiones; hay operaciones, incursiones, intervenciones. Las vemos permanentemente y no es solo Estados Unidos el que puede hacerlo.
Antes que todo, deberíamos reconocer que, si este operativo llevado a cabo por Estados Unidos hubiera ocurrido en Vanuatu, ni hablaríamos del tema y hasta es probable que no supiéramos de su existencia. Pero a Venezuela la tenemos dentro de nuestro sentir desde hace más de una década, cuando el éxodo venezolano comenzó a notarse en cada esquina. O sea: unos días antes de ordenar la captura de Maduro, fue el mismo Trump quien firmó un indulto total contra el expresidente de Honduras, Juan Orlando Hernández, condenado con sentencia firme por, casualmente, narcotráfico hacia los Estados Unidos. Trump no solo lo indultó, sino que dijo que se trató de un proceso judicial injusto. Lo criticaron hasta los republicanos.
Es difícil hablar del tema si se tiene una postura legalista. Al igual que Milošević, el peso de las muertes es mucho mayor que las consideraciones del derecho internacional. Pero nada de eso ocurrió en el carril por el que se llevaron puesto a Maduro. Si Estados Unidos hubiera querido voltear al régimen, no habría dejado a todos los demás delincuentes como si nada. Acá es donde entra el factor humano de lo vivido en los últimos días: en la reacción ante la reacción de los que reaccionaron como pudieron.
Si pensabas que la Argentina está llena de expatriados venezolanos, te equivocás. Tenemos la octava población de la diáspora. Según números actualizados a fin de año, 8.7 millones de venezolanos han partido de sus tierras. El mayor número se encuentra en los 2.8 millones que tiene Colombia. Le siguen Perú, Estados Unidos, Brasil, España y Ecuador. Hasta Chile tiene más inmigrantes venezolanos que la Argentina, que se ubica recién en el puesto ocho con 174 mil inmigrantes. Son el 0,3% de nuestra población. Si así y todo nos parece mucho, es solo por el sesgo de percepción de proximidad: son nuestro punto de contacto diario por todos los que se dedican a servicios para poder ganarse el pan. Chile ha recibido seis veces más inmigrantes que nosotros y representan el 3% de su población. En Colombia, el 5% de los que caminan por la calle son venezolanos.
La migración venezolana le compite en números a la de Ucrania y Rusia, dos países en guerra. Es el mayor desplazamiento de América Latina en relación al lapso de tiempo. La población que Venezuela perdió en cinco años a México (líder de la tabla) le llevó una década. Y con un agravante mayor: la migración mexicana comprendió a menos del 10% de su población; la de Venezuela, en cambio, representa a un cuarto del total. El 25% de los venezolanos está afuera, la mayoría con lo puesto, con títulos universitarios que les cuesta un huevo lograr apostillar, la mayoría de las veces con cruces de fronteras tan peligrosos como no podemos, siquiera, imaginar.
La pregunta siempre es muy simple: si el peligro de irse es tan alto y la recompensa tan baja, imaginemos el infierno del que escapan. En este mismo sitio hemos hablado largo y tendido respecto del migrante venezolano desde hace tiempo. De hecho, releo ese primer texto y noto un clima de época en el que al migrante todavía se lo miraba como a un marciano.
Si partimos desde ese punto crucial determinado por 26 años de opresión chavista que sólo supo mejorar su decadencia con creces año tras año, si tenemos en cuenta a los estudiantes aplastados por tanquetas por pedir más libertad, las deficiencias alimenticias, la represión y la opresión, el insulto humano llamado Helicoide, triste teatro de torturas, tormentos y homicidios; si pensamos en los Padrino López, en los Cabello, en los paramilitares que secuestran personas, en los desaparecidos, en el abandono total; en fin, si tenemos en cuenta algo de todo lo anterior, quizá por un instante, aunque sea un cachito, podríamos entender y comprender al venezolano que baila en una pata desde que supo que Maduro terminó disfrazado de cariñosito ciego y esposado rumbo a un tribunal.
No es el momento ni el lugar para explicar quién es Trump. Hace unos años, cuando ganó y desde acá nos reímos de las reacciones exageradas de nuestros compatriotas, las mayores críticas las recibí por no dimensionar el peligro de lo que se avecinaba. Yo lo dimensioné, otros lo olvidaron y hoy están como si nada con un tipo tan dañado que debe ser el único terrícola que psicopatea daneses. ¿Qué tan dañado estás para joder al país que nos dio el Lego y las latas de galletas de manteca, costurero universal de cualquier hogar? Ahora resulta que Groenlandia es crucial para el control del Ártico por parte de Estados Unidos. ¿No alcanza con Alaska? ¿Por qué no pedir, también, Noruega, Suecia, Islandia y Finlandia? Va más allá de si cae simpática o no la figura de Trump; apunto a que el derecho internacional, tal como dicen que existía y ya no existe, nunca existió porque el derecho está para proteger a los más débiles de los más fuertes y no para garantizarle al más fuerte que pueda hacer lo que se le antoje, aunque de vez en cuando se disfrace de justiciero.
Y nadie en este mundo respeta al mentado derecho internacional ni de palabra; cada uno hace su juicio de valor. Lo hacemos con las personas, cómo no hacerlo con los países. A veces es tan confuso que podemos leer que no existen musulmanes buenos, que todos son incompatibles con la supervivencia humana y, en un tris, pasar a alentar al pueblo iraní en su insurgencia. No sé, quizá sean cristianos de la hermandad de San Mahoma.
Por el otro lado, y ya con los papeles en la mesa, hay que destacar dos cosas: la velocidad de Donaldo para dejar atónitos hasta a sus colaboradores más cercanos y la flexibilidad de Delcy Rodríguez para decir “nos cagaron, che, soy la nueva presidenta”. Dos caras de la misma moneda de desconciertos. Si el argumento es llevarse en cana a Maduro por narcoterrorismo con Estados Unidos como víctima, en Venezuela no debería quedar ni el cabo que hace guardia en el baño de un cuartel. Pero ahí están Diosdado Cabello y Padrino López a sus anchas, con órdenes de captura idénticas a las que se llevaron a Maduro y su esposa. Y ya con Delcy juramentada, los caraduras tienen la delicadeza de decir, públicamente, que es probable que la CIA haya contado con cooperación interna.
Pero esto también suma a la inexistencia del derecho internacional, esta vez en la esfera de lo penal. Si Estados Unidos va a capturar a los que se benefician del narcotráfico hacia su país, existe una lista enorme de mandatarios que incluye a uno que quiso ampliar el patio de su casa y así invadió Ucrania. O Cuba, principal beneficiario y con tantas vinculaciones con el régimen que la custodia de Maduro provenía de la isla. Otro dato a tener en cuenta sobre las traiciones ¿qué tan mal veía la cosa el payaso dictador que confió más en una custodia cubana que en la que podían proporcionar sus funcionarios?
El derecho, por principio básico, es universal. La igualdad ante la ley es un aspiracional inalcanzable, pero que debe guiar los intentos de una sociedad más justa. No se admiten baches en acusaciones. Se puede negociar con el arrepentido una pena menor, un acto que también es polémico y muchos doctrinarios están en contra, pero no deberían existir baches en responsabilidades. Por eso es que, una vez más, no existe el derecho intencional. Ni ahora ni cuando en Nüremberg fue juzgada una porción ínfima de la gente que cometió atrocidades durante la Segunda Guerra. El argumento en aquel entonces fue que no se podía ir en contra de decenas de miles de nazis. El tema es que siquiera fueron en contra de IG Farben –Bayer–, que utilizó mano de obra judía esclava para fabricar el gas con el que aniquilaban a los mismos judíos en las cámaras. Y los dueños cobraron por esa labor. Si no me creen, lean a Primo Levi, que es prácticamente la base de su obra.
Incluso absolvieron al presidente del Reichsbank, a la mano derecha de Goebbels, y hasta zafó von Papen, ministro y vicecanciller. Nada, ni un chas-chás. El argumento fue la pacificación. Y les juro que lo entiendo aunque no lo comparto. Pero es precisamente por estas razones que no existe ni nunca existió algo llamado derecho internacional. En todo caso, hablemos de relaciones internacionales, diplomacia o doctrina del poder, pero dejemos al derecho afuera de estos asuntos.
Por lo pronto, deseo que los venezolanos puedan seguir con la misma sonrisa que nunca perdieron, pero con la certeza de que al menos un hijo de puta es tratado como el hijo de puta que es. Lo que vaya a pasar en Venezuela de ahora en adelante no lo sabe nadie. Llego a escuchar una vez más a algún colega decir “lo que demorará Venezuela en recuperarse de tantos años de chavismo” y tendré que comprar una tele nueva o ponerle alas a la existente. No se puede saber cuánto demorará porque no sabemos ni quién gobernará mañana ni qué condiciones impondrá Estados Unidos, ni cuál será el antojo de Trump en sus negociaciones. Ni siquiera se fue el chavismo, solo cayó el más tarado de todos. ¿De qué tiempo hablan?
Por último, que nada haga olvidar que siempre, pero siempre se la dejan servida a eso que odian. Habría existido un Maduro de todos modos sin los forros funcionales de siempre, de manera transversal entre mandatarios que legitiman y militantes que analizan la coyuntura de la revolución permanente inserta en este concierto internacional de nuevos paradigmas conceptuales-vinculantes líquidos. Habría pasado lo mismo, al igual que con los Castro en Cuba. No existe forma de vacunarse contra payasos que convierten un país en la escenografía de un infierno en el que ninguno de sus defensores quisiera vivir, más allá de algún comesuela con ínfulas de influencer. Los boludos somos los que soñamos con la institucionalidad y los límites de una comunidad internacional, los que nos comimos la curva del Fin de la Historia, los que confiamos en que el futuro nos traería la cura del SIDA y no un brote de clamidia, sífilis y gonorrea, los que aspirábamos a un orden mundial de convivencia y no a esta geopolítica tan propia del siglo XIX como las nuevas costumbres vacunatorias.
El más boludo de todos. Eso es lo más indignante. Porque si el hijo de puta tiene pinta de hijo de puta, bueno, es predecible. Ahora, esa sensación de haber visto a un continente bailar al compás del más idiota, de un sujeto que queda en ridículo hasta cuando lo llevan esposado, es digna de estudio.
Relato del PRESENTE

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