Primer capítulo. Cuento noveno.
Carta del comisionado Benito Ponciano Márquez, al presidente D. José Vicente Benavídez Calleja
Por Walter R. Quinteros
"... Y que no ha tenido en cuenta en sus políticas públicas las relaciones interétnicas entre las sociedades indígenas con este modelo que llama de civilización occidental. Es evidente que al mencionarlos de indígenas, usted se refiere a ellos como en los siglos de las colonias. Esa narrativa suya no tiene nada de histórica, al contrario, hace que los funcionarios de su gobierno sean dueños absolutos de un desconocimiento sobre las dinámicas de las relaciones que abordamos y mantenemos nosotros, los intendentes y comisionados de esta Región con estos pueblos. Desde las Altas Sierras Nevadas hasta la Selva, han aparecido trabajos de médicos, docentes y especialistas que, aunque sin el necesario apoyo estatal en materias logísticas y económicas, van subsanando este abandono estatal y falta de criterio empeñado en su gobierno hostil. Es de una necesidad urgente que asuma su interés en el estudio de estas relaciones y conduzca al Estado a la valoración de la temática individual de estos pueblos, al papel que desempeñan nuestras comunidades dentro de los procesos propios de la formación de esta nación. No como la que usted pretende. Porque es por todos sabido que cada una guarda sus diferencias, y tal estudio que le solicito no puede ni debe homogeneizar. Aqui no hay modelos idénticos, todo es desigual, desde el lenguaje y sus particulares tradiciones, hasta los que se subordinaron en lo económico y cultural. Aquí no hay bárbaros ni salvajes. Hay quiénes supieron resguardarse del sistema colonial que usted aplica en este siglo XX. Sus políticas nefastas los ha llevado a una especie de aculturación, los ha marginado y despojado de sus territorios. A hecho que ellos vivan en permanente movilidad, que dejen de habitar sus tierras porque las balas empleadas por sus ejércitos solo sirven para abrir el camino de la sangrienta explotación de recursos que beneficia a sectores privados que son auspiciados por sus vagos discursos en nombre del progreso, pero que en nada, esas ganancias se comparten con estas poblaciones nativas".
Comisionado Benito Ponciano Márquez Cararé
Desde el pueblo que me impulsa.
Me cuentan que en la mañana del ataque a Naranjillos, Benito Ponciano Márquez, que era el comisionado ante las autoridades y uno de los pocos ancianos que allí vivían. Había reunido a los hombres, les dijo que ahora vendría el ejército. Que había dos motivos para eso, que uno podía ser su carta dirigida al presidente Benavídez, pero que pensaba que su arrogancia al escribirle, podía significar una simple sanción administrativa. Pero la otra y más segura, derivaba en que era hora de pedirles a los Virasolo que trajesen las municiones que los contrabandistas del este tienen, "para reguardo de nuestras vidas", por esa insensatez de los Fontana de asesinar a dos soldados. Que nuestras armas estén limpias y preparadas para el combate.
—Sepan, es un proceso histórico, para eso fue creado el ejército, y ustedes no lo entendieron.
Y allí empieza el tiroteo, la mitad de las armas de la Turma, estaban desarmadas, les quedaba el machete en la mano a algunos torpes bebidos, pocos revólveres y pistolas.
Así lo afirmaba el "Chungo" Serna, testigo del tiroteo y quién recogió las carpetas de Benito Ponciano Márquez, casi todos sus papeles, el sombrero y tres charutos de tabaco cubano.
Según Serna: Al primero que le dispararon esos locos, fue a Ponciano, hizo dos pasos hacia atrás, mientras seguía el tiroteo, él se quitaba el saco, se tocaba el estómago, escupía sangre, se arrancaba la camisa, caía de rodillas, sus manos y rostro ahuecaban la tierra de la calle, y allí se fue hundiendo, en ese fango oscuro que lo tragó y solo dejó a la vista la suela de sus zapatos.
—Yo estaba allí, tenía diecisiete años, lo recuerdo porque cumplí mis años un día antes de aquel tiroteo, era empleado como arrastrero de redes de pesca en la barcaza de los hermanos Virasolo. Uno de ellos murió, creo que Agustín Virasolo, aunque no tenía nada que ver con los de la Turma Sem Bandeiras de la aviadora Da Silva, del tal Fonseca, de los Fontana y de don Cabanillas, simplemente se asomó por la ventana y el gringo le tiró, despedazó su cabeza —me dice el Chungo Servando Serna, de ochenta y seis años de edad—. Casi todos éramos parientes y vivíamos de las frutas y verduras que vendíamos al mercado. En aquella época era así, usted, sembraba, cosechaba y cargaba las barcazas, o los camiones que cruzaban el puente y tomaban el desvío para las sierras. Lo hacíamos por un buen precio. Les cargábamos todo lo que se podía y ellos se iban, a nosotros nos alcanzaba para vivir bien. Sabíamos distribuir las cosas, porque nuestros padres que venían de la zona de Peremerimbé, sabían trabajar así y así nos enseñaron. Decían que éramos locos, pero éramos alegres, el rico era rico y el pobre era pobre, el bueno era bueno y nadie sabía quién era el malo —hace una pausa, cierra los ojos y pasa su mano por su cabeza calva. Mira por la ventana y me parece que la luz de la luna, le da un aire de hombre santo—. Lo único que había era un negocio grande donde todos nos reuníamos en el salón para ver cine. El camión con las películas pasaba una vez al mes, La última película que vimos fue "El lobo humano", con Henry Hull, ¿vio alguna película de Henry Hull?
—No, no sabía que había un actor que se llame así.
—¿Conoce a la poetisa puertorriqueña Julia de Burgos?
—No, la verdad es que no...
—Ella supo escribir, a ver cómo era... "Para amarte, me he desgarrado el mundo de los hombros y he quedado en mar y estrella, sencilla como la claridad. Aquí no hay geografía para manos ni espíritu. Estoy libre sobre el silencio y en el silencio mismo de una transmutación, donde nada es orilla".
—Maravilloso...
—¿Sabe una cosita?
—Dígame.
—No se llevaban bien Cabanillas con Ponciano Márquez, pero había noches en que nos reunían a leer poesías. A hablar sobre las poesías. Estábamos bien en Naranjillos, estábamos bien.
Ernesto "Chungo" Serna cierra los puños, una lágrima se desliza lenta por sus arrugas en la cara. Pide que cerremos bien las ventanas, para que la muerte no entre esa noche.
Cecilia, su tercera biznieta, lo lleva al dormitorio, le da de tomar la medicación y lo deja solo para que descanse. Desde su cama me dice —¡Discutíamos la poesía!
Allá lejos, la silueta de un barco, rompe el sendero brillante que refleja la luna sobre el mar.
Foto: Freepik
cuentosdeperemerimbe.blogspot.com
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