OPINIÓN
Decenas que miles de marroquíes entraron ilegalmente a Ceuta, el Gobierno español se fue de vacaciones y la Unión Europea ya encontró el castigo perfecto para Marruecos: 7.400 millones de euros más
Por Osvaldo Bazán
Lo que voy a contar es “áspero”, poco simpático, parece lejano. Bueno, no, no es lejano. Es el mundo ahora mismo. Ese mundo que tantas veces parece no importarnos a los argentinos, pero como es mejor saber que ignorar, vengo y lo cuento. Por suerte estoy yo para esto.
Hace tres semanas, a la ciudad española de Ceuta entraron ilegalmente decenas de miles de marroquíes.
¿Cuántos?
Nadie sabe; es una cifra indeterminada entre 65.000 y 85.000 personas.
Nadie sabe cuántos de ellos volvieron al día siguiente a Marruecos, por lo que nadie sabe cuántos aún se quedaron en España; es una cifra indeterminada entre 6.000 y 15.000 marroquíes.
Nadie sabe cuántos de ellos son menores o son mujeres.
Nadie sabe cuántos de ellos ya fueron echados alguna vez de Europa, cuántos fueron liberados de las cárceles marroquíes, cuántos son disidentes del régimen marroquí o cuántos son yihadistas, pero sí se sabe que células terroristas entraron en el alegre montón y se sospecha que un alto número de los que entraron han tenido ya problemas legales en Marruecos o Europa.
No hubo un recuento oficial ni un censo para saber cuántos llegaron, mucho menos para saber quiénes son o cuáles son sus antecedentes penales.
En las últimas tres semanas, la playa del Trampolín, una belleza en la punta sur del estrecho de Gibraltar, el lugar de esparcimiento de los ceutíes —Ceuta es una de las dos ciudades autónomas, la otra es Melilla, que España tiene en el norte de África—, se ha convertido en una villa, con chozas improvisadas con cañas y lonas.
Nadie sabe cuántos marroquíes había en la playa; es una cifra indeterminada entre 4.000 y 8.000 personas que hacían allí sus necesidades, armaban peleas y construyeron rápidamente —lo único que construyeron— una mezquita con cartones de bebidas. Ya contaré por qué lo digo en pasado, aunque quizás a esta altura debiera volver a decirlo en presente.
Nadie sabe cuántas fuerzas del orden (policía, Guardia Civil, militares) había el día en que se produjo la invasión; es una cifra entre 2.700 y 3.700 efectivos.
Nadie sabe cuántos refuerzos se enviaron desde ese día hasta hoy; es una cifra entre 4.100 y 4.600 efectivos. Esos efectivos —tanto policiales como militares— están hacinados en condiciones lamentables. La Confederación Española de Policía denunció que alrededor de 70 agentes compartían un solo baño/inodoro, con ocho policías por habitación originalmente para cuatro, sin aire acondicionado, con colchones en mal estado, duchas deficientes, mala ventilación y alimentación insuficiente. Una ceutí denunció por televisión que vio cómo un policía le pedía agua a un inmigrante de la botella que una ONG le había dado. Leyó bien: el policía le pedía un poquito de agua a un inmigrante.
Nadie sabe cuántas incidencias policiales hubo desde el 31 de julio hasta hoy. Sí está confirmado que hay formalmente 13 denuncias por ataques sexuales, aunque no es una cifra cerrada. Hay al menos un caso de agresión sexual con penetración a una menor. Fuentes de la Guardia Civil y sindicatos mencionan un intento de abuso a una niña de 10 años. La noche del 15 de agosto, tres personas, aparentemente hermanos, intentaron abusar sexualmente de otra niña de 10 años en la calle Lisboa. El sindicato policial Jupol dice que existen al menos dos violaciones en manada contra chiquitas de 10 y 14 años. Según contaron los policías, los médicos que atendieron a las víctimas dijeron que “nunca habían visto una atrocidad así”. El miércoles pasado, estaba en investigación otro caso de agresión sexual a una chica con discapacidad que aún no se contabilizaba como “diligencia formal”.
Las organizaciones feministas españolas —siempre locuaces a la hora de denunciar micromachismos varios— no hicieron escuchar su voz en este caso.
La ministra de Igualdad, Ana Redondo —que aún no apareció por Ceuta— dijo que “las niñas ‘no están deambulando’ sino ‘en espacios seguros'”. Tan seguras están que ya se determinó que 500 niñas menores que entraron el 31 de julio pasaran a la península a cargo de ONGs que cobran por cada niña que cuidan, con cifras que pueden llegar a los 5.000 euros por mes por niña. Algunos juristas están ya diciendo que eso podría ser “trata de personas”. Cruz Roja —una de las organizaciones más interesadas en que los niños no sean devueltos a sus padres en Marruecos y queden en España— ya lleva cobrados seis millones y medio de euros por “asistencia comunitaria”.
El 7 de agosto, la ciudadana ceutí Beatriz Ferrón estaba durmiendo en su cama, en un departamento de un quinto piso. Su marido ya se había levantado. De repente notó que un hombre en calzoncillos se había metido en su cama. Era un marroquí de 20 años que entró con la invasión; tenía tres condenas previas por delitos de agresión sexual en España y ya pesaba sobre él una orden de expulsión dictada anteriormente por un juzgado de Valencia, con prohibición de entrada en España. En la multitudinaria entrada del 31 de julio, pasó inadvertido.
Según los jueces, los asuntos penales en los juzgados de Ceuta se multiplicaron hasta un 800%.
Nadie sabe las cifras exactas de robos, peleas o lesiones totales, pero hubo asaltos y saqueos.
La Cámara de Comercio de Ceuta estimó pérdidas totales de entre 27 y 30 millones de euros por cierre de locales, cancelación de fiestas, caída del consumo y del turismo, ya que esto se produce justo al comienzo de agosto, la temporada alta de la playa.
En 20 marroquíes de los que entraron el 31 de julio y en 24 militares se han detectado casos de sarna.
Se reportaron, además, 200 casos de gastroenteritis aguda, 21 de impétigo (infección cutánea) y cuatro casos de tuberculosis.
La ministra de Sanidad, Mónica García, realizó una visita de pocas horas a la ciudad, pasados ya 17 días de la invasión. No quiso reunirse con médicos ceutíes que le pidieron por favor en la puerta de la municipalidad que los atendiera. Sonrió, se subió a su camioneta y se fue. Antes había dicho que no hubo ningún colapso sanitario, pidió más espacios para alojar a los inmigrantes, dijo que se atendieron 5.800 invasores en 15 días y que vincular “inmigración con enfermedad, lo siento, es xenófobo”.
Los médicos locales contestaron, además de relativizar la cifra de 5.800 pacientes, que no es automáticamente “xenófobo” señalar diferencias epidemiológicas reales, ya que es una realidad que ciertas poblaciones de origen tienen mayor prevalencia de enfermedades como la tuberculosis; que la media de atención en la ciudad es de 300 atenciones diarias y el primer día de la invasión tuvieron 1.149 atenciones, siete veces más que lo habitual; que la carga real es mayor de lo que reflejan las cifras oficiales y que el “sobreesfuerzo” no es sostenible a medio plazo. Y que históricamente en Ceuta convivieron cristianos, judíos, musulmanes y budistas. La ciudad tiene esa fama de convivencia.
La responsable de la situación de salud en Ceuta es la ministra de Sanidad, porque la atención de la ciudad autónoma depende de su ministerio.
No fue la única ministra que anduvo unas horas en Ceuta.
El paseo de los ministros por la ciudad al sur del estrecho de Gibraltar es de lo más polémico para los habitantes de Ceuta, que lo califican de “pasarela”. Van, posan, se sacan la foto y se van.
El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, dijo el 31 de julio que “ninguna persona que pretenda entrar de forma irregular en Ceuta y Melilla se va a quedar”, pero que la situación ya se había revertido en 24 horas. Nada de esto se demostró verdadero, finalmente.
La ministra de Juventud e Infancia, Sira Rego, habló de enfoque humanitario y coso, el 8 de agosto.
El ministro de Política Territorial, Ángel Víctor Torres, habló de coordinación institucional y coso, el 10 de agosto.
El ministro de Exteriores, José Manuel Albares, elogió la buena cooperación de Marruecos, que Marruecos estaba dispuesto a cooperar y que “¡qué maravilla Marruecos!”, el 11 de agosto.
La ministra de Defensa, Margarita Robles, dijo que “Ceuta y Melilla no son españolas, son españolísimas”, abrazó a unas señoras que lloraban de desesperación, puso cara de compungida y se fue, el 12 de agosto. Así y todo, fue la única muestra de compasión recibida por los ceutíes.
La ministra de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, Elma Saiz, criticó a la oposición del Partido Popular y de Vox porque coso. Anunció 1.500 plazas para inmigrantes. El 16 de agosto. Sí, la ministra de Migraciones tardó 16 días en ir a ver qué pasaba con la “crisis inmigratoria”. Esas 1.500 plazas a las que se denominó como “dispositivos de atención humanitaria de carácter temporal y extraordinario” en realidad son lugares en carpas militares de campaña.
La mayoría de los ministros sólo estuvieron unas horas en Ceuta y, excepto Margarita Robles, ninguno habló con ceutíes, pese a que los habitantes de la ciudad se lo rogaban en las puertas de los edificios en los que las autoridades se reunían.
El que sí estuvo el segundo día fue el Pedrosánche, el presidente español, que dijo que hubo una “violación de la integridad territorial de España”, culpó a las mafias, destacó la cooperación con Marruecos y en menos de dos horas se fue. De vacaciones. Durante un mes. A la Isla de La Mareta, en Canarias. Con 120 agentes de élite. Con apoyo aéreo de helicópteros. Con seguridad privada. Con un barco de patrulla policial de la Guardia Civil. Al día siguiente, publicó en Instagram una lista de canciones para escuchar en el verano. Un día después, publicó una lista de libros para leer en verano. Nunca habló públicamente de lo ocurrido.
Al día siguiente de la invasión, agregaron una barrera neumática de 500 metros de longitud sobre el mar, para dividir España de Marruecos e impedir el paso de más inmigrantes. Un día después, se desprendió.
El discurso oficial del Gobierno y los medios afines (una miríada de chupapedros que comienza en la TVE, la televisión pública 24×7, sigue por diarios exprestigiosos como El País y digitales nunca prestigiosos como Público, El Plural, elDiario.es) insisten con la cantinela: “Volvió la normalidad”, “Ya todo está solucionado”, “Marruecos es un socio confiable”, y repiten las palabras de los ministros, mientras que los únicos que se desgañitan contando sus penurias son los ceutíes, que se sienten cada vez más abandonados. Es por eso que el presidente de la ciudad autónoma de Ceuta, Juan Jesús Vivas, fue a ver al rey Felipe VI a pedirle que visitara la ciudad. El tema es que Vivas no es del PSOE, es del Partido Popular, y entonces todo se complica. El rey le prometió visitar la ciudad, pero para hacerlo debe tener permiso del Gobierno socialista, que dijo: “El rey irá cuando sea oportuno”. Se rumorea que Felipe VI quiso ir los primeros días del conflicto, como una reafirmación de soberanía, pero el PSOE no lo dejó. Lo que se supo ayer es que el Gobierno español sondeó la posibilidad de que el rey llamase “de motu proprio” al rey Mohamed VI de Marruecos para “agradecerle su comportamiento” (sic). La iniciativa hasta el momento no ha tenido mayor recorrido. Se espera ahora esa visita para el 2 de septiembre, día de la ciudad, en donde también se está pidiendo a todos los españoles que salgan en todas las ciudades del país a pedir por la soberanía nacional, porque la sensación es que el Gobierno está entregándola.
¿Por qué, si es claro que Marruecos incentivó la invasión y no tiene —pese a sus declaraciones— mayores intenciones de volver a recibir a sus ciudadanos en el país, el Gobierno español es tan blando con ellos? Bueno, no me voy a andar repitiendo, así que le recomiendo que relea (porque seguro que ya leyó) el newsletter del 1ro de agosto de este año, “Africa Meets Europa“, donde se dan algunas pistas al respecto. Claro que lo que el 1ro de agosto era una suposición, ahora, después de un mes, es una certeza. Hay mucha cosa detrás del silencio del Pedrosánche.
Contaba al principio que los invasores de la playa del Trampolín ya no estaban ahí. Es que, durante esta semana, la policía los trasladó a esos 1.500 “dispositivos de atención humanitaria de carácter temporal y extraordinario”, esas carpas que nadie cree que sean “temporales” o “extraordinarias”. Los ceutíes creen que en realidad servirán para sacar a los invasores de la playa del Trampolín (zona rica y visible de la ciudad) y llevarlos a lugares más desfavorecidos, como playones y estacionamientos fuera del centro. El tema es que en la playa había al menos entre 4.000 y 6.000 personas, y las carpas son para sólo 1.500 personas, pero, además, cuando llegaron, las carpas ya se habían volado por el viento, por lo que muchos inmigrantes volvieron a la playa. Y la policía los volvió a llevar. Y volvieron a la playa.
Mientras tanto, la millonaria activista conocida como Barbie Gaza (porque anduvo mostrándose en la esperpéntica “flotilla pro-Hamás”) subió a las redes un videíto de pocos segundos donde se pasea por Ceuta de noche asegurando que no tiene miedo porque no pasa nada. Por las dudas, va rápido y con la cámara bien cerrada. Un traductor dijo que las palabras en árabe que se escuchan a su alrededor son todas vejatorias y machirulas, pero ella no se dio cuenta. No contó que su marido policía la acompañaba bien de cerca. Así consiguió que algunos inmigrantes la rodearan y gritaran “Frí Pálestáin”, su obsesión.
La campaña comenzada por las ONGs (a una de ellas pertenece Barbie Gaza) es brutal. Aduciendo fines humanitarios, persiguen dineros oficiales “abrazadas a Taty Almeida”, como se diría en Argentina.
Por lo pronto, casi todo lo que dijeron los ministros se demostró como mentira. No hay intención de devolver a los invasores a su país de origen, pese al pedido concreto que al respecto hizo la Unión Europea, que está de a poco cambiando su percepción del problema.
Pronto comenzarán las clases en Ceuta y sus habitantes están preocupados por dos cosas. Primero, porque muchos padres enviaron a sus hijos “a la península” (como le dicen a la España continental) a casa de parientes o amigos para salvarlos del caos que vive la ciudad, que provocó ataques de pánico en muchos chicos, y, segundo, porque las escuelas y sus campos de deporte son los lugares que sirven hoy en gran medida para cobijar a los inmigrantes. ¿Qué va a pasar? Nadie sabe.
Los invasores siguen caminando por la ciudad, en el mejor de los casos, mendigando un poco de agua o pan, en el peor, cometiendo todo tipo de tropelías. El tema es que, según las leyes europeas, pueden pedir asilo político si demuestran que, de volver a Marruecos, sus vidas correrían peligro. Claro, este trámite deben hacerlo personalmente, uno por uno, lo que significa —hablando de miles de personas— que tardarán no menos de un año en cumplimentar esos papeles. Mientras tanto, los marroquíes seguirán deambulando por la ciudad, sin ninguna actividad, sin dinero, con hambre, con sed. Su vida en las carpas —para un grupo minoritario, ya que muchos más se quedarán sin ese precario refugio— no será más que una sobrevivencia extrema. Pedir asilo político es lo que la mayoría hará y, por las laxas medidas del Gobierno socialista, es muy probable que lo consigan. Quizás ocurra como en Suecia, donde, según la encuesta 2022 de Novus para Bulletin, el 79% de migrantes extranjeros que llegaron como refugiados había después visitado su país natal. O sea que tanto peligro de muerte no tenían. Y aun si las condiciones que les hicieron pedir asilo hubieran cambiado y ya no corrieran peligro de muerte, ni se les ocurrió volver a vivir a su país de origen.
La ciudad está explotada.
La crisis sanitaria es evidente. Las madres tienen miedo de llevar a sus hijos a los hospitales porque no saben qué pueden contagiarse. Las chicas salen a la calle con gas pimienta por miedo a las violaciones. Los ancianos se quedan en sus casas, por miedo a ser robados. Los negocios que dependen de la temporada de verano ya vieron su año arruinado. Nadie sabe si empezarán las clases y en qué condiciones. Los ceutíes quieren que les saquen el problema de encima ya y ven que eso no irá a ocurrir al menos por un año. Y que puede repetirse, porque el no tomar represalias es una invitación permanente para otra invasión.
¿Por qué pasó casi un mes y el Gobierno no hizo casi nada? Al principio pensé que era sólo impericia. Ahora no estoy tan convencido. Pedrosánche sabe ya que los votos de esa ciudad están perdidos —un diputado del PSOE de la ciudad es uno de los principales denunciantes de la situación, aunque esté amenazado con que lo expulsarán del partido, así como los médicos están amenazados si hablan con los medios de comunicación— y, con los votos perdidos y una mitad de España preocupada aún con incendios voraces y posibles inundaciones y la otra mitad de vacaciones, decide afianzar su núcleo duro con ese canto perroflauta de buenudos mesiánicos, la superioridad moral del nosotros somos buenos y el enfrentamiento con la derecha y la ultraderecha.
Sí, sabe que el PSOE no volverá a ganar elecciones por años, pero lo que le importa es estar blindado personalmente en su partido. Y que Ceuta es el 0,17% de la población española. El famoso “no mueve el amperímetro” que le encanta decir a quienes se olvidan de que no es un amperímetro, es gente.
Por lo demás, decir que “Marruecos es el agresor” no es decir demasiado porque no hay un solo Marruecos. Está el Marruecos del rey, el de la élite que lo acompaña, pero lo detesta, el de quienes quieren desplazar al rey dentro del mismo esquema de poder y de quienes pretenden desplazarlo con una revolución yihadista y establecer un califato, con ayuda de ¿quién? ¡Qué sé yo! ¿Los servicios de inteligencia españoles lo sabrán? ¿Sabían que esto iba a ocurrir? ¿Sabían, avisaron y nadie hizo nada? ¡Qué sé yo! ¿Ellos lo sabrán?
Mientras tanto, y entendiendo de raíz el problema, la Unión Europea está encontrando una solución, según se informó ayer mismo. Por la invasión, los europeos, que vienen poniendo mucho dinero en Marruecos (que, además, está construyendo el estadio de fútbol más grande del mundo con la aspiración de que sea la sede de la final del próximo mundial que organizan conjuntamente con Portugal y ¡España! y una autopista que será nombrada Donald Trump), han decidido una medida drástica.
No se andan con chiquitas.
Cuando se enojan, se enojan.
Decidieron elevar enormemente la cantidad de euros que habitualmente le dan a Marruecos para impulsar la economía del país, gestionar la inmigración y garantizar la estabilidad regional.
La cifra andaría cerca de los 7.400 millones de euros.
Así entiende Europa lo que es castigar.
Después del 7 de octubre y las atrocidades cometidas por Hamás contra civiles israelíes, muchos países europeos decidieron reconocer a Palestina.
Ahora, después de la invasión de decenas de miles de marroquíes a España, decidieron subirle la cantidad de plata que habitualmente le regalan.
¿Los beneficiados?
Siempre los islamistas, que hace centenas de años sólo pretenden convertir al mundo en un solo califato.
Pero decirlo es ser islamófobo y coso.
El dato de que lo primero que hicieron en la playa los invasores fue una mezquita casi pasa inadvertido.
Pero Alá es más grande.
Revista Seúl

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