HASTA QUE LA COSTUMBRE NOS SEPARE


OPINIÓN

Hay matrimonios que terminan mucho antes del divorcio


Por Iván Nolazco 

Algunos incluso tienen la particularidad de continuar durante décadas después de haber terminado.

Pensé en eso mientras desenroscaba una cafetera italiana.

La llené de agua hasta debajo de la válvula, coloqué el embudo y fui dejando caer el café con una cuchara. Sin prensarlo. El café necesita espacio para que el agua lo atraviese. Parece una observación doméstica, pero mientras acomodaba la cafetera sobre la hornalla pensé que muchas relaciones fracasan precisamente por lo contrario. Alguien termina ocupando todo el espacio del otro.

Quizá el problema comienza bastante antes del matrimonio.

Nos han enseñado a considerar la boda como una llegada. Durante años avanzamos hacia ella como si después de la ceremonia aparecieran los títulos finales de una película. Encontrar a alguien, enamorarse, casarse. Después vendrán la casa, los hijos, las vacaciones, el automóvil, las cuotas y esa fotografía familiar que demuestra ante los demás que todo salió razonablemente bien.

De lo que ocurre después sabemos bastante menos.

Encendí el fuego.

La cafetera permaneció en silencio.

Durante siglos, además, el matrimonio fue presentado como una institución tan virtuosa que cuestionarlo parecía cuestionar simultáneamente el amor, la familia, la moral y probablemente los planes de Dios para la especie humana. La Iglesia le agregó eternidad, el Estado le agregó papeles y nosotros terminamos confundiendo ambas cosas con el amor.

Pero el amor es bastante más indisciplinado.

No entiende demasiado de certificados.

El matrimonio, en cambio, es una institución. Y las instituciones tienen una peligrosa tendencia a considerar que su supervivencia demuestra su éxito.

Por eso celebramos cuarenta o cincuenta años de casados como si la cantidad de tiempo constituyera por sí misma una prueba de felicidad. Reunimos hijos y nietos, compramos una torta, levantamos las copas y felicitamos a los sobrevivientes.

Nunca se me ocurriría negar el mérito de dos personas que después de medio siglo todavía desean despertarse juntas. Me parece formidable.

Lo que no entiendo es por qué suponemos que haber permanecido juntos significa necesariamente haber querido hacerlo.

También las cárceles cuentan los años.

El agua comenzaba a calentarse.

Pensé entonces en ciertas mujeres que conocí cuando era niño. Señoras mayores que hablaban de sus maridos con una resignación que entonces confundíamos con respeto. Habían aprendido que un hombre podía regresar tarde, ser distante, autoritario o sencillamente indiferente, pero el matrimonio debía conservarse. Separarse era un fracaso. Permanecer era una virtud.

A nadie parecía preocuparle demasiado la felicidad.

Mucho menos el deseo.

La esposa tenía que cuidar la casa, criar a los hijos y sostener ese pequeño Estado doméstico mientras el marido ocupaba el mundo exterior. No hacía falta que alguien la golpeara para que estuviera atrapada. Bastaban la dependencia económica, la religión, la familia, el miedo al escándalo y aquella pregunta extraordinariamente eficaz sobre qué diría la gente.

La gente siempre ha tenido una participación excesiva en matrimonios ajenos.

También ocurrió al revés, naturalmente. Hombres y mujeres han pasado media vida junto a alguien que ya no querían simplemente porque marcharse parecía más difícil que quedarse.

La costumbre tiene una ventaja extraordinaria sobre el amor. Exige muchísimo menos esfuerzo.

La cafetera comenzó a murmurar.

Me acerqué.

Siempre me ha gustado ese momento. Durante algunos minutos parece que no sucede nada y, de pronto, el café comienza a aparecer. En realidad, todo estaba ocurriendo antes, oculto dentro del metal.

Las parejas también tienen esa zona invisible.

Desde afuera podemos ver una fotografía perfecta. Una cena, un aniversario, un viaje, dos sonrisas. Pero nadie fotografía los silencios largos. Nadie publica aquella noche en que dos personas cenaron frente a frente y descubrieron que ya no tenían nada que contarse. Tampoco aparecen en las redes los besos que dejaron de darse, las conversaciones postergadas ni ese instante difícil de precisar en que uno comenzó a sentirse solo estando acompañado.

Porque hay una soledad mucho más incómoda que dormir solo.

Dormir al lado de alguien y saber que ya no está.

Retiré la cafetera del fuego cuando el flujo comenzó a aclararse. Esperé unos segundos y serví el café.

Pensé entonces que quizás hemos confundido durante demasiado tiempo el amor con su conservación.

Conservar algo no significa necesariamente mantenerlo vivo.

Uno puede conservar muebles, fotografías, documentos, incluso recuerdos. Una pareja también puede mantener intacta la arquitectura de una vida compartida después de haber perdido aquello que alguna vez le dio sentido. Pagan las cuentas, hacen las compras, visitan a los hijos, discuten sobre quién dejó encendida una luz y preguntan qué quieren cenar.

Funcionan perfectamente.

Como una pequeña empresa familiar.

Solo falta el amor.

Tal vez por eso siempre me resultó extraña la expresión «para toda la vida». Hay una soberbia involuntaria en prometer un sentimiento durante cuarenta años cuando apenas sabemos qué sentiremos el próximo martes.

Podemos prometer respeto, honestidad, cuidado y compañía. Podemos comprometernos a no salir corriendo ante la primera dificultad.

Pero amar es otra cosa.

El amor que necesita una obligación jurídica, una amenaza religiosa o la vigilancia social para mantenerse quizá ya dejó de ser amor y se convirtió simplemente en disciplina.

Bebí el primer sorbo.

Estaba fuerte.

Miré la cafetera todavía caliente y pensé que quizá una pareja debería parecerse un poco a ella. Dos piezas que encajan sin desaparecer una dentro de la otra. Hay calor, presión y espera, pero cada parte conserva su forma. Y, sobre todo, hay que prestar atención. Nada funciona eternamente solo porque alguna vez funcionó.

No estoy contra del matrimonio.

Estoy contra esa superstición que considera que durar es triunfar.

Hay parejas sin papeles que llevan treinta años eligiéndose y matrimonios perfectamente legales que llevan veinte administrando su propia ausencia. El certificado puede demostrar una unión ante el Estado. No puede demostrar que dos personas todavía quieran estar juntas.

Terminé el café.

En el fondo de la taza quedaba apenas una pequeña mancha oscura.

Entonces pensé que quizá el matrimonio tendría mucho más sentido si dejáramos de considerarlo una promesa de permanencia y empezáramos a entenderlo como algo bastante más difícil, una elección que puede cambiar.

Porque el verdadero valor de quedarse no está en haber prometido que jamás nos iremos.

Está en saber que podemos hacerlo. Y quedarnos.

Tribuna de Periodistas


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