ISRAEL NO ESTÁ SOLO

OPINIÓN

Mientras casi todo el mundo parece decir que los judíos son los culpables de todo, yo elijo el otro bando

Por Osvaldo Bazán

Israel está solo.

Peor que solo.

Está cercado por fuerzas medievales con tecnología del siglo XXI con un solo fin: su eliminación.

No es una presunción.

Esas fuerzas medievales lo dicen cada vez que pueden, lo gritan en sus propios medios de comunicación —que tienen a raudales— y en los medios de comunicación de todo el mundo que abren todo el tiempo sus micrófonos porque quizás les suene tentador el suicidio.

Israel está solo.

Peor que solo.

Es despreciado por los países occidentales y amenazado por los de Medio Oriente.

La izquierda y la derecha del mundo coinciden: los judíos son culpables. Después se verá de qué delito, pero en principio son culpables porque son judíos.

Desde colonialismo a cambio climático; desde supremacía blanca a capitalismo salvaje.

Mataron a Cristo y dirigen Hollywood, son genocidas y si los echan de todas partes, por algo será.

La culpa la tienen Israel y cualquier judío que haya en el mundo, siempre.

Poderosos, los judíos, que siendo uno de los grupos religiosos étnicoculturales más chicos del mundo en términos relativos, digitan y distribuyen todos los males del 99,8% de los habitantes del planeta. Sí, porque los judíos son el 0,2% de todos los que somos en el mundo. Y eso siendo generosos, porque la cifra en realidad es de entre 0,19% y 0,2%.

Hoy Israel está solo.

Occidente se felicita por haberle dado la espalda, por instar a marchar contra Israel, por ridiculizar a los judíos, por ponerse de perfil a la hora de juzgar atentados a sinagogas o directamente a judíos en cualquier parte del mundo.

Al judío se le puede hacer burlas como en la marcha del Día de la Mujer en Montevideo o prohibir la entrada a una playa como en Barcelona.

A cualquier judío se lo puede maltratar, no importa si está a favor de Israel o es su enemigo más acérrimo.

Es judío, es culpable.

Lo sintió Nadav Lapid en el festival FIDMarseille que tan bien explicó Juan Villegas en Seúl. El director más antiisraelí fue censurado en el festival, por ser judío.

“—Pero ojo que yo no soy como los otros judíos, yo no…

—Silencio, judío. La cámara de gas no distingue matices.”

A los judíos se les puede hacer cerrar sus negocios con acoso constante, grafitis antisemitas, difamación online, boicots y vandalismo, como le ocurrió efectivamente a los restaurantes Tantura de Lisboa; el Bokertov en Amberes (Bélgica); el Shouk en Washington (después de 10 años, por intimidación a empleados y clientes cerró sus cinco locales); el Tsión Café en Nueva York o las panaderías Avner’s Bakery en Sídney y la Babka & Krantz en Berlín.

Estos son los negocios cerrados sólo desde octubre del año pasado hasta hoy.

Pero son judíos, no pasa nada.

Los judíos no están seguros en ninguna ciudad del mundo.

Ni en Londres ni en Tacuarembó (sic). Ni en Buenos Aires ni siquiera en Jerusalén (sic).

Antes de la Segunda Guerra Mundial, en Europa había 9,5 millones de judíos, el apabullante número del 1,7% de la población total. Una amenaza brutal para Hitler, que puso manos a la obra y a los campos de concentración.

Hoy hay en Europa 1,3 millones de personas judías, el 0,18% de la población europea. Sí, el porcentaje que ya era mínimo, disminuyó.

Antes de la Segunda Guerra Mundial, había entre cuatro y cinco millones de musulmanes en Europa, esto es entre el 0,7% y el 0,9% del total de los europeos.

Hoy hay entre 45 y 50 millones de musulmanes, entre el 6% y el 6,7% del total de los europeos.

Tampoco en Medio Oriente la tuvieron fácil los judíos.

Antes de la Segunda Guerra Mundial, exceptuando el territorio que hoy es Israel, había en Medio Oriente un millón de judíos. Hoy quedan entre 25 y 30 mil.

Después de la Segunda Guerra, después no sólo del asesinato de seis millones de personas sino —quizás especialmente, vaya uno a saber— por la indiferencia y permisividad mostrada por los europeos ante la matanza, muchos judíos volvieron a Medio Oriente, a esa tierra de la que los babilonios los habían echado originalmente casi 600 años antes del nacimiento de Cristo.

El Holocausto no fue la primera vez que los judíos la pasaron mal. Sólo dos ejemplos anteriores: los pogromos rusos y el caso Dreyfus.

La solución que los judíos encontraron en su momento al maltrato generalizado sonaba bastante coherente: volver a la tierra ancestral (de donde nunca se fueron del todo), la tierra de Israel.

Ese movimiento tuvo —y tiene— el nombre de sionismo y un objetivo principal: establecer y apoyar un Estado nacional para el pueblo judío. Ya que los mataban en los demás países, conseguir un lugar seguro al menos para que no los maten o los metan en hornos de gas, después de saquearlos y torturarlos.

La realidad 2026 parece demostrar que sí, no está siendo seguro para los judíos vivir en lugares que no son Israel.

Pero resulta que el movimiento que apoya un Estado nacional para el pueblo judío ha sido demonizado.

Hoy, en gran parte de Occidente, está mejor visto un terrorista que un sionista.

Tampoco parece ser necesario saber qué cosa es un sionista para odiarlo. Alcanza con saber que ser antisionista es identitario, te ubica inmediatamente en el estante de los buenos. Ya si llevás bandera o prendedor de Palestina sos ídolo y si te envolvés en una kufiya, sos Messi después del hat trick. Y, por supuesto, “sionista/basura/vos sos la dictadura”.

Es cierto, no sólo a Israel y a los judíos Occidente da la espalda.

Tampoco le importan los iraníes, que siguen siendo colgados de a pares días sí y días también en Teherán, por un régimen que subió al poder aupado por la academia y los gobiernos occidentales.

Gobiernos y academia que hoy aplauden que haya “vuelto la paz” porque Trump —felicitado por la jauría de bienpensantes europeos— firmara los “acuerdos de paz con Irán” en medio de un banquete nunca tan bien dicho “versallesco”. Bajó el precio del petróleo, Occidente descansa feliz.

Al día siguiente de la firma, el régimen condenó a la cantante Parastoo Ahmadi a 74 latigazos.

¿Por qué? ¿Qué hizo la muchacha para merecer tal castigo arcaico?

La desfachatada Parastoo hace dos años dio un recital por YouTube sin hiyab, el turbante que obligan a las mujeres a llevar, para no tentar a los hombres, pobres tipos que si ven un pelo de mujer se largan a violar como si no hubiera un mañana.

Tanto se olvida Occidente de lo que sufren las mujeres iraníes obligadas al coso ese en la cabeza que en Nueva York todos los años el 1° de febrero se celebra el World Hijab Day, en donde hasta la policía abre sus puertas invitando a quien lo desee a probar su hiyab, porque lo consideran una muestra de “empoderamiento femenino”.

Suerte que no pasó por ahí Mahsa Amini, que a los 22 años fue muerta por la policía del régimen iraní no ya por no usar el trapo, sino porque no lo tenía bien puesto.

¿Nueva York? De fiesta en el World Hijab Day.

¿Estados Unidos? Firma la rendición ante los musulmanes chiítas de Teherán que seguirán lanzando hacia Israel los misiles balísticos y drones de largo alcance del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica y seguirá con permiso occidental y coordinación de las Fuerzas Quds alimentando sus proxies, que es como elegantemente se llama a los terroristas para que lancen sus cohetes, misiles y drones desde Líbano (Hezbollah), desde Gaza (Hamás y la Yihad Islámica), desde Yemen (Houthis) y desde Siria e Irak (milicias proiraníes). Ahora, parece, con el dinero que Occidente le dará.

No sólo a Israel y a los iraníes Occidente da la espalda, pero hace tanto tiempo que abandonó a los cubanos que ya casi no existen (literalmente, se apagan como se apaga la isla). Pasó tanto tiempo Occidente ignorando a los venezolanos, excepto el expresidente Zapatero que les sacó la plata de los bolsones de comida y fue intermediario feliz entre la dictadura venezolana y la china, porque el socialismo del siglo XXI es así.

Israel está solo.

Y es paradójico porque es Israel ahora mismo quien está conteniendo en primera línea a las fuerzas que también amenazan los valores y la seguridad de Occidente.

Pero Occidente no quiere, no sabe, no puede entenderlo.

Mira con sus anteojos de cerca lo que pasa allá lejos.

Y allá lejos, lo que pasa, es que Israel está poniendo su tiempo y su vida para defendernos. Sus jóvenes pasan años en el ejército porque saben que si pierden la guerra —cualquier guerra que sus vecinos le declaren o no le declaren pero no importa— pierden su único territorio seguro. Y esas chicas y chicos —hermosos, héroes— son los que nos salvan de vivir en regímenes en los que no duraríamos un día. Porque aunque Occidente no lo entienda, los enemigos de Israel son también los nuestros.

Trabajan como chinos, se divierten como caribeños, son prolijos como alemanes, son prácticos como estadounidenses, son discutidores como argentinos y disfrutan la comida como italianos.

Son lo mejor de cada casa todos juntos.

¿Exagero? Claro que exagero ¿por qué no.

Si sus refractarios exageran todo el tiempo los defectos israelíes. Cuando a Israel se le juzgue con los mismos parámetros que a cualquier otro país, también lo haré. Mientras tanto, si ellos exageran sus defectos, yo tengo permiso para exagerar sus virtudes. Frente a una campaña de demonización sistemática, elijo destacar lo que muchos prefieren ignorar.

Israel es un país chiquito que se construyó con gente de todo el mundo y por eso mismo es el más abierto del planeta. Un solo ejemplo, fundamental para mí. El judaísmo, por esas cosas imposibles de las religiones, no permite comer carne de cerdo. Pero llegaron los judíos rusos que siempre comieron cerdo. Así que sí, con lupa, pero la religión hace una excepción y se consigue jamón en los supermercados rusos.

Si Argentina se enorgullece con razón de ser crisol de razas, Israel es la mezcla más divina. Uno de los pocos lugares del mundo —el único en Medio Oriente— en donde una mezquita, una sinagoga y una iglesia conviven.

Ves cuerpos fantásticos bronceados en la rambla hermosa de Tel Aviv y unas cuadras hacia adentro de la ciudad, te encontrás con señores vestidos con ropa de la burguesía de Europa del Este de los siglos XVIII y XIX, a metros de una plaza diseñada por la Bauhaus y cerca de un festival de salsa que no envidia nada de lo que pasa en Centroamérica.

En la mágica Jerusalén está toda la historia de las tres religiones monoteístas más grandes del mundo y poco más allá unos chicos cantan canciones de Coldplay o bailan despreocupados un break dance furioso y callejero y te mezclás con una virulenta manifestación contra Netanyahu.

Sin embargo, pese a que Israel es como es, Occidente grita “genocidio” ante algo que claramente no lo es y se lo inventa pero no se lo puede desmentir, porque los datos ya no interesan. Gritan “genocidio” mientras Israel advierte a la población civil, abre corredores y combate a un enemigo que se esconde deliberadamente entre civiles a los que sojuzga, pero nadie se queja de Hamás, al contrario, lo idolatran.

La enorme maquinaria propagandística instala “genocidio” sin importarle la verdad.

El “genocidio” no necesita datos que lo corroboren.

Alcanza el deseo de que ocurra para reafirmar una verdad: Israel es genocida. Y así sigue Occidente, como Jim Carrey cuando en el auto se niega a escuchar a Mentalino. Sí, las películas —aquella y ésta— se siguen llamando Tonto y retonto.

Israel es un país que no le queda lejos a nadie, porque hay ahí judíos de todo el mundo que llevaron sus costumbres, sus canciones, sus amores.

Es también la nostalgia y la esperanza, la perturbadora fe en que vivir les es posible a los judíos.

Una noche tarde por las calles de Tiberíades, cerca del mar de la Galilea, vi cerca del hotel en donde estaba, un grupo de gente bailando. No se parecían a otros israelíes. Cantaban felices. Me acerqué medio temeroso y enseguida comenzaron con gestos amistosos. Era un grupo de trabajadores de Sri Lanka, diez, doce morochos azabache de dientes blancos brillantes. Me invitaron con una cerveza casi caliente, sin parar de cantar canciones de su país. Habían terminado su jornada en la construcción y estaban felices. Eran budistas. La construcción —imparable en Israel— ya no tenía mano de obra palestina por obra y gracia de Hamás y su masacre del 7 de octubre. Ahí llegaron los ¿srilankenses? ¿srilankeños? y llevaron sus bailes y sus canciones. Que son hermosas, claro. Estaban felices de estar en Israel.

¿Por qué conté esto?

No sé, quizás porque no puedo creer que Israel esté solo.

Porque no puedo, como occidental feliz, blanco goy gay de clase media sudamericana, permitir que Israel esté sola.

Porque no sé más cómo decirles a mis iguales que tenemos una deuda enorme con Israel. Que debería darnos vergüenza no acompañarlos en este momento.

Y somos muchos los que estamos con Israel.

Y sabemos que va a ganar.

Porque Israel, queridos amigos, no está solo.

Revista Seúl


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