EL ENCONTRADOR Y LA TEJEDORA

CULTURA / EL CUENTO DEL DOMINGO

Dice la secretaria de Redacción: "El autor nos lleva a un pueblo atemorizado por el acecho constante de una bala perdida que recorre sus calles buscando víctimas"

Por Walter R. Quinteros

Javier nos decía que desde que él tenía unos 16 años más o menos, veía que todos los días domingo a la tarde don Efraín, vestido con su ropa de salir, golpeaba la puerta de la casa de la señora Inaya, viuda de don Pelayo Osorio que murió en los días de la revolución de 1955 atravesado por un proyectil que le destrozó el pecho. El caso de la muerte de don Pelayo fue un misterio que aún se conserva sin resolver, pues en el pueblo no había opositores al gobierno, el difunto no tenía enemigos, ni la policía tenía registro de ladrón alguno, entre otras cosas, no faltaba absolutamente nada en su almacén de ramos generales donde cayó muerto a escasos metros de dos clientas. Javier, para la época de la revolución, era un niño de diez años, que por pocos centavos de propina, se ofrecía a llevar las bolsas de las clientas, cargaba, y descargaba camionetas, autos, carros y camiones. Desde chico ya andaba en eso de encontrar cosas que se perdían y antes de que se pierdan también.

A Margarita Salvatierra, una vecina hija del doctor Eufrasio Salvatierra se le perdió un anillo en el jardín de las gardenias, que su abuela Amparo le había mandado como regalo desde España por sus quince años. Toda la familia se dedicó a buscarlo entre las flores y el aroma persistente que emanaban al tocarles el tallo. Alguien nombró a Javier, el encontrador, para que se lo contrate por unos pesos y ayude en la búsqueda. El doctor Salvatierra aceptó con la condición que el muchacho sea vigilado. Al entrar a la casa Javier se quitó la gorra y con una leve inclinación, saludó a todos, lo acompañaron hasta el patio, le preguntó a la niña Margarita dónde había estado, y ella le dijo en la hamaca colgada del damasco y que luego cortó dos flores para que larguen raíces en los botes de vidrio con agua. A una prudencial distancia, acompañaron a Javier que señaló la cadena de la silleta que colgaba de la rama y dijo que el anillo estaba ahí, que él lo veía, y el doctor Salvatierra fue a recuperarlo.

—Lo que usted quiera darme doctor —Contestó cuando le preguntaron por la cantidad de dinero que se le debía por el servicio prestado—.

En esa casa y en todos lados, contaba que la viuda Inaya tenía novio. Y contaba que ya no tenía cajón dónde guardar las cosas que encontraba en calles y baldíos. Después, delante de todos, se acomodó los tiradores del pantalón, guardó el billete en un bolsillo, abotonó los puños de la camisa, se colocó el saco gris heredado de un tío, y saludó con la gorra. La familia y amistades, lo vieron alejarse. La señora Rosario guardó el anillo en una cajita de madera ante el llanto de su hija Margarita, y el silencio resignado del doctor Salvatierra.

Antes de recibir la cédula del Distrito para hacer el servicio militar, Javier llamó a varias personas para que se asomen a ver algo raro en la calle empedrada. El acontecimiento que mostró hizo que algunas familias se espantaran. Como en los días de lluvia, por esa calle esta vez no corría el agua de los barrios altos, eran flores que se multiplicaban buscando el bajo. Javier subió la cuesta y encontró al señor Efraín, muerto de un balazo. Del ramo de flores que llevaba en la mano aquel domingo a la tarde, crecían cientos de nuevas flores. Desde esa tarde aciaga, la señora Inaya vestía luto, y por largas horas permanecía sentada en una silla puesta en la vereda, mirando hacia la calle empedrada. Esperando un impacto que no la deje envejecer en soledad.

La bala perdida que andaba dando vueltas por el pueblo, se había llevado entre cuatro y seis años, dos vidas humanas, cuatro vacas y un potrillo, algunos sumaban el matrimonio que venía en auto y se dio vuelta en la curva del kilómetro 108 de la ruta, porque encontraron un agujero de bala en el parabrisas. Eso no constaba en los informes de la policía departamental.

Del servicio militar Javier volvió más atlético, más pícaro, aunque siempre se lo tenía por guapo e inteligente. Hacía cálculos en las obras, trabajaba de albañil, mejor que su padre. En su ausencia, la bala perdida mató al policía Justo Cánovas, que cruzaba la calle llevando la cena en viandas para sus compañeros. Otra mañana encontraron muerto de un balazo al niño Martiniano Plá, que trampeaba pajaritos por el monte, su cuerpo estaba acurrucado entre las ramas de un quebracho blanco, envuelto en una nube de plumas multicolores, y varios animales de la hacienda de don Antoni Wószick, el polaco que decidió vender todo e irse, como lo hizo la viuda Inaya Mansour. 

Para el año 1968, las muertes misteriosas atribuídas a la bala perdida en la revolución de 1955, llegaron a trece. Reforzaron el cuartel de policías. El ejército mandó una sección de fusileros, para que patrulle la zona, y un radar móvil. El gobierno ordenó un toque de queda a partir de la hora veinte, el cura Serafín bendecía a cada persona para que Dios la libre de todo mal, y casa por casa, llevaba la imagen de la Virgencita del Valle como protectora. Las actividades deportivas y recreos escolares se suspendieron, la policía custodiaba a los panaderos de la hora cuarta, al personal de Salud de la hora sexta y docentes de la hora séptima. Los carteros comenzaron una huelga. La gente abandonaba el pueblo amontonando algunos muebles en el tren carguero de los jueves. La prensa poco informaba. Fue el año que Javier Alonso, el encontrador de las cosas perdidas, se enamoró de María Módica.

El depósito de "Cosas perdidas" de Javier podía verse desde la ruta, y entrando por la calle de los plátanos, se llegaba ante una simple y pequeña puerta de madera labrada desde donde colgaba el cartelito "encuentre aquí lo que se le perdió". Ahí guardaba todo lo que encontraba. Alfileres, monedas, peines, libros, herramientas, armas, espejos, cartas de amor, cuchillos, cucharas, tenedores, radios, cables, herraduras, carteras, cintos, sombreros, boinas, zapatos, lapiceras, paraguas, patentes, infladores, juguetes, cuadernos, asientos de bicicletas, encendedores, relojes. "Había de todo, lo que uno busque", comentaban. En las tardes de bares y amigos, les decía que todas esas cosas que encontraba, las clasificaba y las anotaba en cuadernos, lugar, fecha y hora. El que acertaba con las características, digamos, era el dueño, y se la devolvía.

María, su novia de sonrisa tierna, hubo de decirle una tarde templada, que su familia se iría del pueblo por el temor a la bala perdida. Fue cuando Javier le había pedido la prueba de amor.

—Si encuentro la bala perdida, la llevaré a las autoridades nacionales, y con la recompensa, compraré nuestras alianzas de matrimonio.

María le dijo:

—Para que la bala no te lastime, porque sé que la vas a encontrar, te tejeré un pulóver de la misma lana del telar de mi madrina. Tu encuentras la bala, y yo te daré todas mis primaveras.

Cuatro meses después, el encontrador de las cosas perdidas, encontró la bala disparada en la revolución de 1955. El tremendo impacto lo arrojó contra una pared. Javier cerró los ojos, abrió la boca buscando aire mientras sus rodillas se doblaban, y caía de cara al suelo. Por las características, calculan que el proyectil pudo haber sido lanzado por un cañón HS404 de 20mm posiblemente desde un avión Gloster Meteor, o desde un cañón Hispano-Suiza antiaéreo M-820, eso nunca quedó claro. Tampoco para los especialistas e investigadores que actuaron quedó claro como aquel proyectil pudo haber viajado tantos kilómetros durante años, y que haya perforado chapas, maderas, vidrios, carnes y huesos, para quedar atrapado, inmóvil, en el entramado de un pulóver tejido a mano.

©Walter R. Quinteros
(Imagen de portada generada por IA)








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