RELATO EN CONSTRUCCIÓN

OPINIÓN

Amo las historias que terminan en dos o tres leyendas que se contraponen entre sí y ninguna puede probarse como válida

Por Nicolás Lucca

Robert LeRoy Parker era un ranchero más inclinado por la adrenalina del robo que por el trabajo que ejerció desde niño. Luego de estar en cana por delitos menores, armó una banda para robar trenes junto con un par de conocidos y un fulano del que se hizo amigo, llamado Harry Alonzo Longabaugh.

Algunos ya sabrán que hablo de Butch Cassidy y The Sundance Kid. Juntos hicieron un desastre que, como corresponde, es difícil de registrar en su totalidad como verídico, exagerado o falso. Digo «como corresponde» a una época en la que la comunicación y los hechos eran descritos por los protagonistas. Puede que las autoridades maximicen los delitos, o que los propios delincuentes exageren las hazañas de aquel lejano oeste que estaba en proceso de civilización: hablamos del puente del siglo XIX al siglo XX, lo viejo moría, lo nuevo llegaba.

Sin embargo, todavía existía una ausencia casi total del Estado, con autoridades locales más poderosas que el Presidente y con las investigaciones privatizadas en la empresa Pinkerton que, como todo emprendimiento tercerizado, facturaba por cantidad y peso. Aclarado esto, la inmensa mayoría de los actos que realizó la banda de Cassidy están en duda, no tanto por los hechos en sí, sino por la magnitud.

Y si la historia ya daba para interpretaciones, Hollywood los llevó al cine en un par de ocasiones, siendo la versión de Paul Newman y Robert Redford la más recordada. Entre otras curiosidades, la diferencia de edad de los actores no se correspondía con la real de los personajes, que apenas se llevaban un año. Además, sitúan el final de la historia en Bolivia, con lo que omiten un hermoso paso por un rancho en Cholilla, un asalto a un banco en Río Gallegos, un paso por Bariloche y un intento de sentar cabeza en Tarija.

El relato en Bolivia es el de un lugar en el que todo lo que podía salir mal, sale mal. Terminan rodeados por la policía y soldados del ejército. Como un guiño a todas las leyendas juntas, la peli termina con el dúo que sale a los tiros contra las autoridades y se congela la imagen. ¿Cuál sería el guiño? Siempre habrá gente que idolatre a los que van en contra del sistema y modifiquen las historias. Obviamente, surgió un sinfín de testimonios que daban cuenta de la sobrevida de los forajidos, del regreso a los Estados Unidos, de una larga vida y un montón de datos que llevan a preguntarse qué los habría llevado a portarse bien el resto de sus vidas. Por otro lado, con la llegada de la ciencia, nunca se pudo encontrar restos de ADN compatible en ninguna de las tumbas del lugar donde las autoridades bolivianas dijeron sepultar a los gringos. Todo, absolutamente todo, contribuye a la historia perfecta, una que no puede ser salpicada por boludeces llamadas hechos reales.

La construcción de un relato requiere de cosas imprecisas que puedan ser presentadas como hechos. Es como la base de una religión. Se puede creer o no creer en la resurrección de Jesucristo, pero el relato cuenta un hecho preciso y da un momento exacto con una descripción detallada de todo el periplo sufriente, los nombres de quienes formaron parte de todo el reparto de protagonistas y hasta un lugar geográfico. Quienes no crean, tendrán sus motivos; quienes crean, darán por sentado que cada uno de esos hechos es cierto. Lo que humanamente es imposible –la resurrección– se sitúa en un acto de fe rodeado de un inmenso listado de cosas realmente posibles: una traición, prisión, peleas, autoridades romanas, lugares, y un montón de cosas que son fáciles de creer y comprender. De pronto, sólo hay que creer en una cosa más.

Si salimos de las religiones, es la regla de toda leyenda. ¿Cuántas personas existieron que podrían ser Robin Hood? Todo lo que rodea a su leyenda son hechos posibles, lugares existentes y protagonistas factibles, reconocibles por cualquiera. Que el reparto de sus ganancias fuera para los pobres es solo un acto más para creer o no hacerlo.

La política no es para nada distinta. La historia que aprendimos tiene próceres. No hay personas que tuvieron actos extraordinarios, sino seres extraordinarios que hicieron lo que solo ellos podían hacer. Y eso es lógico, porque nada mejor que tener modelos a seguir. El objetivo no está en alcanzar las mismas metas imposibles, sino en el camino. El prócer es el santo de la modernidad laica.

Un movimiento político que intenta consolidar el poder necesita de una retórica, y esta es el arte de hablar o escribir de manera eficaz y convincente. Podemos hablar de la narrativa moderna o de los principios aristotélicos de la retórica, pero siempre ha sido considerado un arte en el que pocos están entrenados y que pocos alcanzan a entender su necesidad para poder sobrellevar incluso las contradicciones tan propias del ser humano. Una buena retórica bien estructurada puede soportar la contradicción tranquilamente. Incluso, de esa contradicción puede hacer su fuerte.

Cualquier partido político antiguo hace de la contradicción su fuerte. Hablo de contradicciones ideológicas. Cuando hay un orgullo en la contradicción porque “de las diferencias salen mejores cosas”, las contradicciones de los hombres de esos partidos pasan a un segundo plano más permisivo. No vamos a dejar que uno o dos desvíos manchen la dignidad del conjunto de ideas que dieron forma a la narrativa.

En un intento por retomar la senda de lo que el Gobierno pretende instalar como narrativa, se mostró públicamente, a través de una foto, que el jefe de gabinete presidió una reunión de ministros. Para darle más ímpetu a la narrativa de que el Presidente está en todos los asuntos, se hizo saber que le pidió a Adorni que llevara a cabo esa reunión. El problema de esa retórica es que ya existe un guion escrito que indica que, entre las numerosas funciones del Jefe de Gabinete, hay una que dice que debe preparar, coordinar y convocar a las reuniones de ministros. Está en el inciso 5 del artículo 100 de la Constitución Nacional, en medio de una catarata de funciones que dan la impresión de que Adorni no leyó.

Acá nos encontramos con un problema muy argentino, una característica de la que no estoy exento: decir que sí a cosas que, si hubiéramos sabido cuánto laburo llevaban, habríamos desechado. ¿Por qué las agarramos? Por necesidad de guita, porque nos potenció el ego tener un cargo con una cuota de poder y para qué pensar en las consecuencias. Tanta cultura geek y no recuerdan ni la máxima principal de Spiderman. Ok, “un gran poder conlleva una gran responsabilidad” aparece por primera vez en una historia del siglo I antes de Cristo y fue mencionada al menos una vez por siglo hasta llegar al mismísimo Winston Churchill, pero incluso los que vieron una sola película de Spiderman conocen esa frase.

Ser Jefe de Gabinete es mucho más que tener un despacho al lado del presidente: es la administración general del país, la cara frente a los demás poderes, la coordinación de todo el gabinete y el envío de propuestas de leyes del Ejecutivo al Legislativo, además del nombramiento de personal y un largo listado que nadie con ganas de volver temprano a casa aceptaría como trabajo.

Como la imagen de la reunión de gabinete no tuvo el efecto deseado, Adorni recurrió a Xwitter para informar que el Ejecutivo envió al Congreso una propuesta de reforma a la ley de salud mental. Acá me comprenden las generales de la ley y me da, literalmente, mucha bronca que no se le ocurriera otra cosa para utilizar. Cuando veo que el 99% de los comentarios son insultos a Adorni, sé que durante mucho tiempo, cada vez que alguien quiera buscar “ley de salud mental” en redes, le saldrán las puteadas y no el largo penar de quienes peregrinamos en contra de la ley vigente desde el mismísimo día en que se comenzó a debatir hace más de tres lustros.

No hay forma de reencauzar la narrativa mientras los personajes sean los mismos por una sencilla razón: la incoherencia no está en las particularidades, sino en el conjunto. Por eso pegó tanto la noticia de los créditos hipotecarios del Banco Nación para funcionarios y legisladores.

Por un lado, si casi todos ya tenían una vivienda, no se entienden los montos obtenidos en función de los ingresos, ni mucho menos para qué los querían. ¿Van a construir un quincho tan caro como la vivienda? ¿Van a comprar una segunda vivienda que no entra en el cálculo patrimonial? Esa explicación, repetida de manera pausada por muchos implicados y personas no implicadas pero que quieren bancar, se da en la cara con otra narrativa que todos conocemos de toda la vida: la inaccesibilidad de los créditos.

Por otro lado, una nota de 2025 sobre el boom de los hipotecarios destaca el otorgamiento de 44 mil créditos, lo que convirtió a 2025 en el mejor año desde 2004. El primer semestre mostró un crecimiento del 72% interanual, pero en el segundo semestre aumentó aún más la cantidad de otorgamientos. Con estos datos aparecen largas explicaciones y hasta videos que hablan de que un crédito no es un robo, y hasta alguno que otro se anima a chicanear.

Podría hacer una nueva cuenta sobre cuánto debería ganar para acceder al crédito o cuánto me prestan. Es un recurso válido para darle color a una noticia y para reflejar la comparativa y generar algo de gancho con el lector. El tema es que me ahorro el laburo: soy monotributista y no califico. Es decir: sí, hay una línea para monotributistas si es que quieren adquirir una casilla de chapa. Según la calculadora de crédito, para poder cubrir una cuota por el 75% de un dos ambientes, debería ganar una suma que me sacaría del monotributo y me depositaría en el régimen de autónomos. ¿No es divino? O es un plan magistral o no se pasan las planillas entre dependencias.

Cuando veo que casi la totalidad de los créditos otorgados fueron a personas con ingresos en relación de dependencia, me pregunto qué tan mal se sentirán los que no hicieron nada ilícito –todavía– pero sí brutalmente incoherente. Es una pregunta boluda, claro, que por lo visto no se sintieron para nada mal; solo alguno que otro se molestó porque trascendió, no más.

Esto lleva a otra cuenta: el 66.6% de los asalariados forman parte del cuentapropismo o cobran en negro, con lo cual solo un 33% puede presentarse en un banco. De ese 33%, la mayoría no califica por ingresos y quienes sí lo hacen no pueden comprar ni un baño porque, aún en las circunstancias económicas de las últimas décadas, los bancos prestan hasta el 75% del valor de una vivienda, con lo que hay que tener un montón de ahorros. Y entonces, las únicas entidades creadas para solventar lo que la banca privada no cubre, tampoco lo hacen. En este país, pocas cosas son más transversales que el sueño migrante de la casa propia, el autito en la puerta y las vacaciones. En este país con ese mantra, pocas cosas son más transversales que la falta de acceso al crédito, algo que mi generación y todas las que me siguen conocemos de memoria y padecemos un poco más, porque no se puede extrañar lo que nunca se tuvo. En nuestro caso, si conocimos los créditos, lo vimos para todos los demás. Llegamos a la vida adulta y… Argentina.

Otro dolor de cabeza ideológico. En la narrativa antiestado que levantó el actual presidente desde que irrumpió en la conversación pública, ha explicado por qué, según su visión, el Estado no debe gestionar nada que ya esté ocupado por privados. Y si quería cerrar el Banco Central, de más está recordar que en los primeros meses de su mandato presidencial, encaró la idea de privatizar el Banco Nación. Pocos presidentes argentinos han sido más liberales que Carlos Pellegrini. Solo por poner un ejemplo, el primer presidente nacido de padres inmigrantes escribió una tesis a favor del voto femenino en 1868. Era liberal en lo económico y en lo social, como corresponde a una persona que abraza una ideología y no a alguien que quiere aprovecharla. Fue durante la presidencia de Pellegrini y por decisión de él que se creó el Banco Nación. ¿Motivo? Prestarle dinero a los que no tenían acceso al crédito en un momento de crisis económica exasperante. ¿Para qué? Para reactivar la industria agroexportadora de aquel entonces e impulsar el sector fabril.

Así estamos, con toda una vida de antiliberales que odian el concepto de banca porque no lo comprenden, y liberales que odian el concepto de lo público porque excede la individualidad. Todos aman los beneficios y se deshacen por un préstamo amigable. Ideologizados pero no boludos.

Igual no me ofende no acceder al crédito: llevo 25 años de vida adulta sin acceso, mirá si iba a conservar las esperanzas. Lo que me da bronca es la bajeza. Porque si no te podés comportar como un monje y vas a aprovecharte del Estado, hacelo a lo grande, algo que uno diga “pero mirá que hijo de puta, qué bien que la hizo”. Lo de Adorni no puede más de nuevo rico, del “al fin me toca a mí”, mientras que el resto… bueno, si tuvieron que llegar a los puestos más altos de la administración del tercer país más rico de América Latina para poder sacar un crédito hipotecario, ¿qué nos queda al resto? Prefiero que se sospeche que tomaron deuda para blanquear dinero, una narrativa que funciona en múltiples niveles: los admiradores de los pícaros mirarán con simpatía y los enemigos del sistema estarán exultantes por la jugada maestra.

Y si sueno a resentido, es tan cierto como su significado: una molestia sobre algo que ya había dolido antes. En este caso, no soy el único en sentir una molestia de décadas en la falta total de acceso al crédito. Obvio que me voy a resentir. Es de esas cosas que realmente joden por más poca cosa que parezca. Porque, precisamente, ahí está la cuestión: si todo debe tolerarse porque te pueden robar peor, la vara no está baja; la vara desapareció.

Es necesario, casi indispensable, que se construya cuanto antes una narrativa que aparente coherencia. Si un gobierno echa a un funcionario por boludeces, no es creíble que quiera hacer de la protección de un jefe de gabinete con todos los dedos pegados una épica más grande que la resistencia de Stalingrado al asedio nazi. No tiene lógica, como muchas otras cosas, pero esto es fácil de entender por cualquiera.

A casi nadie le importa que se considere prócer a Jesús Huerta de Soto por las ideas económicas y no se diga nada de su propuesta de legalizar todos los tipos de drogas que también pondera en su cátedra, mientras se afirma luchar contra el narcotráfico. Levantar la bandera de paladín del liberalismo y apoyar públicamente la cuarta reelección al hilo del único presidente occidental que se asume “antiliberal” y que hizo que su país cayera abruptamente en todos los indicadores globales de libertades, tanto civiles como económicas. Eso no pega acá, no lo entendemos, nos parece un quilombo, Hungría queda lejos, no podemos señalarla en el mapa y hablar de ideologías aburre a cualquiera.

En cambio, una sociedad forjada sobre el valor del ladrillo, del techo propio, del acceso a la vivienda como sinónimo de prosperidad, puede sospechar fácilmente que no es normal que dos o tres viviendas, viajes en avión privado y la asombrosa suerte de encontrar a las únicas jubiladas de la Argentina con plata y que, justo, justito, tenían ganas de prestártela. Tan fácil de entender como que no es normal que te den un crédito hipotecario que duplica o triplica tu capacidad de pago. Todos los que formamos parte de lo que todavía llamamos clase media lo sabemos porque todos los que formamos parte de lo que todavía llamamos clase media alguna vez pedimos un préstamo, o lo intentamos, o al menos accedimos a la calculadora de simulación de todos los bancos.

¿Cómo vas a explicarle a la gente cómo tomaste un crédito hipotecario? Silencio y a otra cosa, que acá todo se olvida. Ahora, si encima vas a aparecer vestido de tu personaje pipireta a insultar la inteligencia de los entrevistadores y de la gente, bueno, pasan estas cosas.

A veces es mejor construir una narrativa épica más anclada en cosas normales y no apelar durante tanto tiempo a predicciones de Parravicini o interpretaciones de una Biblia que se comenzó a leer hace cinco minutos. Esto no es Estados Unidos, donde siete de cada diez ciudadanos aún cree que el mundo fue creado en seis días. Acá, en la Argentina, hasta el más conservador de la primera misa del domingo a la mañana conoce la Teoría de la Evolución y rara vez tolera a un fanático religioso que no esté vestido de cura.

Hay que construir una narrativa amparada en certezas, en hechos factibles y en abundancia, para que las cosas imposibles sean un acto de fe. Porque, después de recorrer todo el continente a caballo y hacer desastres desde Wyoming hasta Río Gallegos, no es un final digno morir en manos de la policía boliviana en un páramo de escasos habitantes en la frontera con Brasil. De hecho, es mucho más creíble morir acribillado de pie o sobrevivir y escapar hacia los Estados Unidos. Para que esto ocurra, para que lo simple resulte increíble y haya que buscar explicaciones más imposibles, es necesario que el relato sea tan, pero tan inmenso que obligue a la leyenda. De paso, quién te dice, te ven tan fachero como Robert Redford o Paul Newman.

Relato del PRESENTE



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