OPINIÓN
Vendieron casas, animales y tierras para salvarse. Él se compró un Mercedes
Por Osvaldo Bazán
Ebo y Evo tienen algo en común.
Los dos mintieron, pero de Evo ya se habló mucho y Ebo es, en estas tierras, casi desconocido. Digo en estas tierras, porque en las suyas fueron justamente sus ansias de popularidad las que lo empujaron hacia su caída.
A Ebo le pasó lo que a tantos aspirantes a influencer. Era un simple guardia de seguridad privada en una escuela, aunque su ambición era ser famoso.
Y rico, ya que estamos.
Publicaba, publicaba y publicaba, pero sus seguidores no aumentaban; las métricas de su contenido nunca le alcanzaban. Eran videos de TikTok en donde el muchacho se mostraba en su barrio humilde, en Ghana, a veces haciendo pequeños sketches, mostrando su vida cotidiana y hasta dando mensajes de autoayuda o de cierta religiosidad superficial.
Nada.
Los seguidores no subían, la ilusión de la monetización quedaba lejísimo, mientras miraba a otros influencers africanos, teniendo como talismán al increíble Khaby Lame, un morocho desocupado de origen africano criado en Italia que pasó de casi marginal a vender su empresa en mil millones de dólares. Seguro que alguna vez lo viste (¡googleen, mayores!). Empezó a hacerse conocido en la pandemia. ¿Su estilo? Silencio total, mira videos de lifehacks (trucos para la vida cotidiana) que son absurdamente complicados y, sin decir ni una palabra, muestra la solución simple y obvia con cara de “¿en serio?” y un gesto característico con las manos.
“Si Khaby con esto se hizo ultramillonario, ¿qué puedo inventar?” habrá pensado Ebo.
Y le vino una revelación.
Desde el cielo.
En agosto de 2025, contó en TikTok que Dios mismo le dijo que el 25 de diciembre de ese año iba a haber otro diluvio universal. Que serían tres o cuatro años seguidos de lluvia. Que sólo se salvarían quienes desde ese mismo momento comenzaran a construir un arca como la de Noé.
Sus redes explotaron.
En Instagram, YouTube y TikTok acumuló millones de visualizaciones.
Su contenido también se multiplicó.
Ya no era un simpático muchacho con camisas floreadas haciendo chistes. Comenzó a vestirse con arpilleras y a construir arcas, siempre recordando que si no la hacías, te morías. Y por supuesto, pidiendo dinero porque ya que él tenía las indicaciones dadas nada más y nada menos que por Dios, él podía hacer las mejores arcas del condado y conseguirte un lugar ahí. “Vendan todo y vengan al arca, que sólo quienes estén en el arca se salvarán” fue su leitmotiv cotidiano.
Uno pensaría que en 2025 con esto no embromaba a nadie. Bueno, uno se equivoca.
Y sí, hubo miles (miles) de personas que vendieron todo, tierra, animales, casas y se fueron a verlo.
Los videos con Ebo caminando sobre barcos en construcción que podían albergar, decía, a 5.000 personas se hicieron virales. Las 250.000 tablas de madera utilizadas fueron seleccionadas a mano por él, pero “elegidas por instrucción divina”.
No sólo de Ghana tenían ganas (intenté evitarlo, pero no pude; lo siento, el país se llama Ghana, ¿qué quieren?, ¿cómo desaprovecharlo?) de darle dinero. Llegaron peregrinos desde Nigeria, Liberia, Costa de Marfil y otras partes de África Occidental. Entre 5.000 y 10.000 personas llegaron con sus colchones, sus animales, sus ropitas humildes, todas sus pertenencias para buscar la salvación.
Dios cumple, Ebo dignifica, claro.
La multitud produjo varios caos en los días previos al diluvio, en diciembre pasado. Era un santuario pagano, pero las arcas no aparecían. Todos se preguntaban dónde estarían esas ocho arcas enormes que habían visto que Ebo construía con las maderas elegidas por la mano de Dios.
Las cercanías de la casa de Ebo, en la zona de Weija-Gbawe, en los suburbios de Accra, la capital de Ghana, se habían convertido en una romería para el 24 y el 25 de diciembre, todos mirando el cielo. Los que podían porque el sol rajaba la tierra, la temperatura superaba los 30 grados y, como se dice en estos casos, “no había una nube”.
Ebo no se amilanó.
El 24 de diciembre a la noche, subió a sus redes una imagen impactante. Él, con su túnica de arpillera, bajando de su flamante Mercedes-Benz Clase B (W247) plateado, todavía sin patentar. Todo muy lindo, pero las nubes no aparecían.
Y llegó el 25 de diciembre.
Más de 30 grados en un clima seco, muy seco.
No sólo no estaban las arcas. Tampoco estaban las lluvias.
Sin embargo, el bueno de Ebo dijo que, bueno, que el 25 no terminó, que ya veremos. Y se fue con su Mercedes-Benz plateado deslumbrante al Rapperholic Concert de la estrella de hip hop ghanés, Sarkodie. Claro que no fue como un espectador más. Se subió al escenario, dio un mensaje sobre el inminente diluvio, presentó a Sarkodie y se fue.
Pero terminó el 25 y no llovió.
El 26 llovió poquito en la costa, pero nada que justificara las ocho arcas, que tampoco aparecían. O Dios se había arrepentido o había gato encerrado.
El misterio comenzó a develarse cuando los pescadores de la ciudad de Elmina dijeron claramente que Ebo no era el dueño ni había hecho los barcos. Simplemente había ido con el teléfono y se había grabado dentro de las embarcaciones a medio construir del astillero de embarcaciones pesqueras que hay en la ciudad. Lo mismo ocurrió en Takoradi y en Cape Coast. Ebo iba, grababa videos de grandes embarcaciones pesqueras, típicas de la zona que estaban en construcción o reparación y las presentaba como “sus arcas bíblicas” que él estaba construyendo por orden de Dios.
Cuando aquellos que habían perdido todo empezaron a quejarse, Ebo intentó calmarlos con una respuesta original. A último momento, Dios, como premio a que él estuvo ayunando y orando, pospuso el diluvio un tiempito. ¿Por qué lo hizo?
Porque Ebo le explicó a Dios que aún no había hecho todas las arcas necesarias. O sea, necesitaba tiempo y dinero. Y pidió entonces que siguieran donando, que hacer un arca no es soplar y hacer botellas.
El 31 de diciembre, mientras hacía un live para Instagram cerca de su casa, la policía lo arrestó por “desinformación en internet que provoca pánico”.
El 2 de enero, la corte de Adenta le dictó la prisión preventiva y ordenó una evaluación en el Hospital Psiquiátrico de Pantang.
El 15 de enero, le dieron la libertad condicional.
El juicio ya fue aplazado varias veces y esta semana se supo que la nueva fecha es el 10 de junio. Pueden llegar a darle hasta cinco años de prisión.
Mientras tanto, un señor de Liberia vendió todo lo que tenía, hizo un viaje de dos o tres días para ocupar con su familia un lugar en el arca y quedó varado en Elmina. Al ver uno de los barcos que reconoció de los videos, lo quemó. Después se enteró de que el barco no era y nunca había sido de Ebo.
Hay familias enteras que volvieron a sus lugares, ya sin casa, ni animales ni nada, sólo bastante más miserables de lo que se fueron. Según la prensa de Ghana, hubo familias que perdieron cientos o miles de dólares sin la esperanza de ninguna indemnización. Algunas iglesias locales y organizaciones de caridad ayudaron de forma puntual a familias específicas que quedaron en indigencia, pero eso no fue muy masivo que digamos. La mayoría se las tuvo que arreglar como pudo, gracias a familiares que no pararon de tomarles el pelo. Hubo un daño real a cientos o quizás miles de personas.
Al que hasta ahora —veremos qué pasa en el juicio— no le fue tan mal es a Ebo.
Primero publicó algunos videos un poquito místicos y después, ya en febrero, se dedicó a la comedia, a los sketches cómicos. Casi no perdió seguidores, excepto los más enojados, a los que cambió por los curiosos. Y finalmente consiguió —repito, al menos hasta ahora— sus dos objetivos.
Fama y dinero.
El Mercedes (valuado en algo así como 100.000 dólares) sigue en su poder y a fines de enero, apenas salido bajo fianza, comenzó a filmar una película con tres actores estrellas del género en Ghana: Akabenezer, Akrobeto y Komfo Kolegae.
Ahora la película está en posproducción.
En la trama se ríen de Ebo —que aparece con su túnica de arpillera— por su faceta de profeta.
Quizás de todo esto pueda sacarse alguna conclusión sobre redes, profetas, misticismo, fe, confianza o cosas así.
Quedan en manos del atento lector.
A mí se me hace tarde y todavía tengo que conseguir mucha madera.
Revista Seúl

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