CULTURA
Segundo capítulo. Cuento décimo.
La frágil figura del cura, pendía balanceándose aferrado a las sogas atadas al yugo del campanario
Por Walter R. Quinteros"He aquí, señores descreídos de la suerte de mi pueblo, un documento emitido de puño y letra del cura Arnulfo Sepúlveda, ese sacerdote que vio a nuestras mujeres volar y que acompañó a nuestros hermanos en sus últimos derroteros. Aun sin entendernos, sin saber que solo creíamos en nosotros, en nuestras voluntades. Aquel, que fue secuestrado antes de la llegada de los hombres grises que a punta de pistolas, arrojaron los árboles al cauce seco del Imbuté, espantaron nuestro ganado hacia los cielos y, levantaron esa maldita represa enorme que ahogó en un lago, toda nuestra heroica y rica historia".
Teófilo Cabanillas
Pueblo Rebelde de Naranjillos
Peremerimbé, 4 de noviembre
Entregar en Iglesia de la Santa Aparecida.
Al Reverendo Párroco Julián Castillas de León
Querido Hermano en Cristo:
Por la presente acudo a tu digno intermedio para que asistas a los parientes del difunto Elpidio Barragán, fieles de tu parroquia, que como es de público conocimiento, fue ejecutado por este gobierno en cumplimiento de las leyes que rigen esta nación. En esta escueta epístola, voy a tratar de narrarte cómo sucedieron los acontecimientos.
En mis continuas visitas al grupo carcelario fui informado que este citado iba a ser ejecutado, expresándome las autoridades políticas sus deseos para que lo asistiese en sus últimos días, por lo que fui el receptor de su única petición: "Que mis hijos, los hijos del difunto Elpidio Barragán, muerto por las oscuras costumbres y leyes impuestas bajo este gobierno de Peremerimbé, no me guarden rencor, y me lleven pronto al olvido". Es así que, en consecuencia con su requerimiento que acudo a ti, para que le hagas llegar estas palabras y culmines mi tarea que ha quedado incompleta, porque ocurrieron vicisitudes que escaparon a mi voluntad, porque no pude en tiempo y en forma, contestarle. Atribuyo en parte a los regímenes burocráticos carcelarios existentes, a las persecuciones y detenciones ocurridas, y a la huelga general de los empleados del Correo Nacional.
Lamentablemente, también hube tomado conocimiento de la poca afición a la lectura y a escribir que la familia Barragán dispensa. Diles de mi parte, que nunca Elpidio pareció entender los excesos de sus actos, encontrándome ante un ser carente de afectos y viviendo una vida de sobresaltos y pasiones alejadas de la paz que pudo brindarle Nuestro Señor ya que violaba, robaba y mataba. Diles que fue muerto bajo las balas de doce fusiles, que pusieron fin a sus días turbios que se había empeñado en vivir, llevando consigo todas las pasiones alejadas de la paz que pudo brindarle el refugio de la Fe en Nuestro Señor. Entiendo lo difícil de la misión que te encomiendo, y más aún cuando queremos hablar de un muerto que no puede explicar su vida, sabiendo que esa vida, no era la suya, desde su viudez. Siempre he aplicado una máxima, la de no prometer, lo que no se puede dar.
Te he explicado que nada pude prometerle, pues no esperaron mi oportuna presencia para asistirlo en su final. Aunque luego, los asistentes se refirieron a qué murió con una extraña virtud. La de tener sus pensamientos alejados, como no entendiendo la situación, o como creyendo que había llegado el momento necesario para poner fin a su vida. Simplemente, había limitado mi humilde labor de sacerdote, a escuchar sus necesidades, para que en la medida de lo posible, llegar a atendérselas. Y creo que en aquellos escasos momentos de comprensión, entendió la existencia de la conciencia, y de las virtudes del arrepentimiento.
Confío, querido Hermano Sacerdote, que el derrotero del camino que hemos elegido, te llevará a interpretar mis deseos de que esos parientes, conozcan cómo fue su atormentada vida, y finalmente, cómo murió. Aunque ellos hayan vivido indignados por la atroz conducta de Elpidio, abrazado a la ingesta de alcohol, que tanto daño le causaba. Fue detenido por sus problemas de coordinación que tanto le impedían pensar con claridad, le cambiaba el humor, lo impulsava a la agresión severa, al deseo de matar. En un vacío mental y en la pérdida de conocimiento, lo atraparon.
Yo le pediré en ruegos a Dios, que se abracen en la Fe, y que no tengan temor a continuar con sus labores cotidianas dentro de la Paz y de las bendiciones de Cristo. Que sepan que aún recorriendo caminos diferentes, él pudo haber sido como creo son sus parientes, trabajadores y honrados. Diles también que hay por aquí un licenciado llamado Don Eufrasio Sarmiento, quién le ayudó en la confección de la carta hacia mi persona, que me aclaró algunos conceptos, diciéndome que gracias a todos sus conocimientos adquiridos, pudo describirlo como una persona que nunca tenía idea cabal de sus actos, el cuadro descriptivo encajaba en el no entendimiento, en que no tomaba conciencia, que no sabía de afectos, de muy escaso razonamiento, que tenía escasés de discernimiento y que por ello era una persona carente de arrepentimientos.
Eso me ha llevado a interpretar una de sus frases. "Si ése tal Cristo, murió clavado en una cruz, bien puedo yo morir atado a un palo". Eran éstos, uno de sus escasos momentos de lucidez. Dios te bendiga y que no tengas que atravesar por los pesares a que estoy sometido, en esta tierra de seres reacios e infieles.
Arnulfo Sepúlveda
Peremerimbé
Todo esto es extraído de algunas pocas hojas sueltas del "Crónicas de Peremerimbé": Arnulfo Sepúlveda caminó por los cuartos, entró a la nave central de la iglesia, se persignó ante la Cruz y fue a abrir la puerta, el sol de la mañana entro en todo su esplendor, dejando su figura oscura como en un eclipse. El cura Arnulfo puso su mano a modo de visera y el cartero le entregó una carta y salió corriendo sin saludarlo hacia la plaza. Todo el pueblo estaba allá, entregado a los vicios de las ferias de juegos de apuestas y comidas bañadas en aceite que se entregaban envueltas en papel. La iglesia de la Señora de los Navegantes le pareció un inmenso barco abandonado, cuando cerró la puerta para ocultarse del griterío y el desorden moral que ocurría a pocos metros. Se sentó en el primer banco y abrió el sobre. Pensaba mientras leía que había perdido una batalla más contra los herejes, él y los demás curas párrocos de la región peremerimbina. Se enteraba de las decisiones del gobierno de barrer con todo lo plantado y nacido en esa tierra de locos y de que los familiares del fusilado Elpidio Barragán se habían armado y atrincherado en las sierras, como temerarios bandidos. Al ponerse de pié, sentía como temblaba todo su cuerpo, caminó hacia el altar y el haz de luz que entraba por una ventana, le mostraba visiblemente, el rostro de Cristo, resignado, aunque sin gestos de dolor. Así dicen que contaba la sacristana Ivelisse, al obispo Puga, entre sollozos interminables que azulaban su piel: —Cristo, Cristo Señor mío. ¿Por qué me quitas las fuerzas? Mientras que afuera explotaba una batería de fuegos artificiales, las bombas de estruendo estallaban una tras otra y era esa la señal que prontamente, las mujeres vírgenes, empezarían a volar. El cura Arnulfo Sepúlveda subió los treinta y nueve escalones hasta el carillón y golpeó con fuerza las campanas mientras que aturdido por la sonoridad miraba hacia la plaza colmada de vecinos infieles que adoraban incansablemente a ilusionistas charlatanes.
Así es como consta en este escrito de las viejas "Crónicas de Peremerimbé" titulado "La última Misa del padre Arnulfo" y en este cuaderno que gentilmente me hizo llegar don Santos Poussin de un tal Benito Ponciano Márquez, muerto diez años después en Naranjillos, bajo las balas de los suboficiales Illapha y Jensen. Dónde cuenta que ese día fatal, guardó en su morral la presa de gallina frita y dos arepas y que ante el griterío de la gente y el sonido descontrolado de la badajada en las campanas, corrió hacia la iglesia, dice que entró por la puerta lateral, que cruzó sin mirar hacia el altar y que dobló hacia la derecha por una puerta entreabierta, empezó a subir los escalones y llegó a tiempo para sostener la frágil figura del cura que pendía balanceándose aferrado a las sogas atadas al yugo del campanario. Que este cura sangraba por los oídos y que había una mujer que reía, que aseguraba no conocerla por ser ésta rubia y de tener ojos claros y profundos, que para su asombro estaba totalmente desnuda, y que desde allá arriba, se lanzó al aire para volar de árbol en árbol, paseando su bella desnudez entre risas, que sonaban como un canto alegre entre la gente que aplaudía y vitoreaba su vuelo. Asimismo, señala que con su cuchillo de comer, cortaba las sogas de las campanas y le aflojaba los dedos sangrantes y verdes de furia, al cura Arnulfo, que permaneció con los ojos abiertos, sin pestañear, en todo ese drama, que algunos más, subieron a ayudarlo.
Cuenta en sus "Relatos Laicos", un cuaderno de hojas amarillas por el tiempo y escritas con simple lápiz de grafito, que supo de buenas fuentes confiables, que el obispo Miguel Mercedes Puga llegó tres días después, en el silencio de una madrugada lluviosa, casi en secreto, con una guardia de cuatro hombres que custodiaban el Ford, y se encargaban de sacar los borrachos tendidos en la calle. Entre la comitiva se encontraba el vicario general, un diácono y el joven cura Victorino Barboza, que quedaría sin mayores ceremonias a partir de ése instante, a cargo de la iglesia. Dice que se llevaron al cura Arnulfo en el tren de las tarde con todas sus pertenencias, algunos documentos relacionados con las actividades encomendadas y propias de la iglesia porque decían que los iban a estudiar y algunas otras cartas más que encontraron en su escritorio. Excepto las que él, Benito Ponciano Márquez guardó para mostrarles a sus primos, los Barragán Puebla. Y allí, en un párrafo aparte, señala que con el fusilamiento de su tío loco, paciente no tratado por su demencia precoz, ahora llamada esquizofrenia —Dios lo tenga en la gloria—, que sufría su tío Elpidio. Y es así que entonces decide esconderse en la selva, entablar amistad con cazadores de anacondas, saboteadores y bandoleros, y ubicar a sus primos anarquistas, porque creía en ellos, y en sus voluntades.
crónicasdeperemerimbe.blogspot.com
Foto: Dreamstime
Comentarios
Publicar un comentario
El comentario estará sujeto a la aprobación del equipo y su administrador. Gracias.