CULTURA
Segundo capítulo. Cuento decimoprimero
Reportaje de Benito Ponciano Márquez a Urbano Valdivia, que señala ser el padre del pequeño Didú
Por Walter R. Quinteros
¿Cómo era el circo y por dónde entraron a Peremerimbé?
—El circo entró por allá, por la calle de Las Prósperas, de mañana muy temprano cuando el amanecer estiraba las sombras del señor Enrico Scattollini, que lucía un largo saco ringmaster color rojo, botas de montar charoladas y golpeando el látigo contra el suelo, levantando un puñado de polvareda amanecida en cada golpe, detrás de él, venía toda una banda tocando marchas, después los acróbatas, el mago, los payasos, las jaulas, los elefantes, un burro sonriente y cerraban la caravana, los coloridos camarines. Entraron por Las Prósperas, cuando algunos amantes volvían presurosos a sus casas, cuando se encendían los hornos panaderos, cuando los motores de las máquinas bostezaban, cuando los serenos parecían desfallecer de las vigilias. Y con semejante barullo nos despertaron a todos, y nos tuvimos que levantar. Yo tenía que trabajar, pero le dije a mi esposa que se quedara en la cama, que solo era un circo más que llegaba al pueblo, no me hizo caso y salió como todo el mundo a las veredas, incluso despertó y levantó a nuestro niño enfermo, el pequeño Didú, que apareció descalzo. Al final todos en la ciudad se alborotaron, nadie sabía nada que venía un circo, y menos a esa hora en que recién asoma el sol. Lo armaron en los baldíos comunales, al lado del río.
—La primera noche mi esposa Ursulina no aguantó y fue a ver la función, dicen que estaba lleno, me contó nuestro hijo, el pequeño Didú, que a ella la hicieron participar y se tenía que parar de espaldas a una tabla y que un gitano le tiraba cuchillos y que por suerte no le acertó ninguno, pero cree Didú que después se hizo la que se desmayaba y el cachaco la llevó a su camarín. A mi ella no me contó nada de eso porque yo estaba dormido cuando volvieron y ellos estaban dormidos cuando me fui a trabajar de nuevo al otro día.
—¿Las relaciones digamos, familiares con su esposa, no estaban bien?
—No. Solo por la tarde, hablaba con Didú, porque ella a la tarde se iba al circo como empleada de limpieza. Eso si me dijo, que limpiaría los camarines de los artistas y que por eso le pagarían bien, y que después se quedaría a la función como voluntaria del espectáculo.
¿Sabe qué hacía ella?
—Durante tres días más hizo de ayudante del lanzador de cuchillos, pero me dijo Didú, que se conchabó con el mago, parece ser, siempre según Didú, que el tipo hacía que la serruchaba y la partía al medio, entonces después de los aplausos, se desmayaba de nuevo para que el mago sople en su boca abierta y la lleve al camarín.
¿Intentó hablar con ella, más en profundidad?
—Yo hablé con ella, señor Márquez, le dije que no vaya más al circo, que se quede a cuidar a Didú y que la gente hablaba demasiado de sus desmayos seguidos como ayudante, pero que ganaba más porque ahora era ayudante del domador el señor Enrico Scattollini, que la tuvo toda la noche reanimándola porque vestida de india africana, dicen que la metió en la jaula con los tigres, fíjese usted señor Márquez. Mis compañeros de trabajo se burlaban de mi, gracias al comportamiento de ella.
¿Y cómo es que dicen que aprendió a volar?
—Fue el trapecista el que le enseñó a volar, me contaron que practicó una noche entera con la piola del búlgaro Georgi, entre sus piernas y al final, después de girar varias veces sobre él, saltaba y giraba en el aire sin caer. Los hombres del pueblo pagaban tres veces más para mirar sus carnes mientras bailaba. Bailaba y de repente, levantaba vuelo sobre sus cabezas. Una noche fue contratada por los petroleros, allá en Manvatará, para que baile y vuele. La llevaron y luego la trajeron en un Thunderbolt, eran cientos de dólares sus ganancias.
Y los vecinos... ¿Qué opinaban, qué le comentaban?
—La gente pagaba el doble para verla a ella, a mi Ursulina Bartus de Valdivia, así se llama y no era otra cosa que una simple mujer de este pueblo haciendo ese espectáculo bochornoso, que me avergonzaba. Entonces no aguanté más, me enojé y fui a hablar con ella, porque por culpa del circo había abandonado a nuestro pequeño Didú que se acostaba solito y se levantaba solito. Que por culpa del circo la gente inventaba habladurías y se me reían en la cara, que si bien yo sabía que aquí hablan porque si y por demás —sino mire usted las cosas que decían de nuestro comandante, que dicen que tenía cuatro mujeres a los ciento catorce años de edad—. Le decía que quedaba feo escuchar eso y le pedí que no le diera motivos a nadie, además yo me levanto temprano para ir a trabajar en las líneas del ferrocarril y vuelvo cansado a la noche y que no encontraba nada para comer.
Es muy probable que su hijo, Didú, tampoco la pasaba bien...
—No, estoy seguro que Didú tampoco la pasaría bien, así es que yo le preparaba todo al pequeño para que comiera, se bañara y se cambiara de ropa. Ella se me reía, señor cronista, mientras yo enojado le decía de todo, se me reía y bailaba como las gitanas, con esa pasión, con esa expresión extraña en sus gestos, porque había aprendido eso también.
Y Didú, ¿cómo se comportaba?
—Pensé en llevarme a Didú conmigo al trabajo, pero el pequeño me hizo saber que había visto llorar a un payaso y que se hicieron amigos, así es que se quedaría dos horas en el circo y que luego hablaría con su madre para que volviesen juntos. Lo que acontecía era que siempre el circo estaba totalmente lleno, no entraba un alfiler en la carpa, me contaron después, y que aún así había una fila de tres cuadras por esta calle para una tercera función, la noche en que dijeron que ella volaría entre las gentes y haría una especie de jueguitos especiales con el mono en el aire. Qué me dice.
¿Qué sabe del incendio?
—La desgracia ocurrió varios días después, el fuego se inició cerca de los camarines y el viento lo fue llevando a las jaulas primero y a la gran carpa después, la gente que corría atropellaba y se pisaban por salir, gritaban desesperados, hubo muchísimos heridos, pero no muertos porque la lona incendiada no cayó sobre la gente, fueron los animales sueltos que antes de escapar hacia el río, lastimaron a algunos pocos vecinos y de los soldados, el militar herido más grave se llama Florencio Astolfi Piedrahita, que mató con disparos al oso Zonko.
¿Alcanzó a verlos cuando se iban?
—Si, y hubiese visto usted cuando se fueron. Hubiese visto usted, pero bueno, entiendo que tenía que escribir sobre los fusilamientos en Manvatará, pero daba lástima ver lo poco que quedaba del circo de Enrico Scattollini. Yo los miraba al salir a trabajar, se iban con sus ropas llenas de barro y hollín. Se iban silbando sin tocar sus instrumentos, un triste vals que se llama La niña que vino del sur. Las jaulas eran arrastradas vacías y todas quemadas. Lo que antes eran camarines, humeaban enganchados a los tractores. Y ella, Ursulina, mi mujer, la bella mamá de Didú también se fue, ella cerraba ese triste desfile, iba volando alrededor del burro. Aún me parece oír su risa alegre y vibrante. Todavía me parece ver la sombra de su figura suspendida en el aire que el sol estampaba en las paredes de las casas como sombras chinescas, y aprendí que cuando hay amor, que cuando alguien ama, hay proyectos, y los proyectos no tienen despedidas. Ella eligió el final.
Los custodios del cuaderno de Benito Ponciano Márquez, me señalan que en otras páginas se pueden leer frases sueltas, algunas muy interesantes:
Dice Valle-Inclán; "Las cosas no son como son, sino como se recuerdan".
"Hubo mucha gente que los iba acompañando, todo era lento, porque los árboles caminantes arrastraban sus raíces mientras se desplazaban hacia los altos. Los árboles con sus pájaros sabían de la próxima inundación, por aquella represa que construían los hombres grises".
"Didú le acusa a un militar, conocido por cuchillero, que por la madrugada, antes de irse, una gitana puso la mano sobre su cabeza y que le dijo que a ésta, se la iba a pagar".
Señala aquel cronista que: "la gitana aludida, no puede ser otra que la adivinadora de suertes con naipes españoles, porque fue muerta con un cuchillo atravesado en su garganta, parece que fue al meterse en unos pastizales a hacer sus necesidades tempranas. Y además comenta que los nuevos militares que ponían algo de orden en lo poco que quedaba de Peremerimbé, le ordenaron a Enrico Scattollini que se lleve el cadáver de la gitana, se olviden de buscar al payaso triste perdido, y que nunca más vuelvan".
Y finalmente apunta en su cuaderno que: "La nueva guarnición militar enviada por el gobierno nacional, se instaló donde era el complejo policial y estaba a cargo de un coronel llamado Nemesio Iparraguirre. Los otros oficiales eran, Florián Castro Arroyave y Oliver Sullivan. Nombra a los suboficiales Isidro Ordóñez; Jesús Gabriel Crespo, Zacarías Miranda, Florencio Astolfi Piedrahita, y a un cabo nuevito, con cara de niño, lo señala y subraya dos veces, llamado Cipriano Illapha Tavares, rápido y hábil en el uso de los cuchillos.
Cuentos de Peremerimbé.blogspot.com
Foto: nadirchacim.com
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