OPINIÓN
Separada y despedida, una porteña de 50 vuelve a los mercados
1
En las multinacionales los despidos se planifican de tarde, por si hay algún contratiempo con el papeleo, pero tampoco a última hora: es importante que haya testigos. En un gesto de compasión se hacen después de Navidad y de los cumpleaños, lejos de los fines de semana. Es importante que ese día el empleado vaya a la oficina, que no sospeche, y que, como en una película de terror, la noticia le dé un susto que lo haga saltar de la butaca. No es pura crueldad, es para evitar licencias psiquiátricas o cualquier tipo de ardid.
En la escena del despido se evitan a propósito los objetos contundentes que pudieran ser usados como proyectiles. Es importante no alargar la conversación y que el ahora ex empleado salga pronto del edificio para evitar cualquier tipo de patetismo, pero también por si pasa algo fuera de programa. Lo que sea que le pase al ex colaborador le tiene que pasar del otro lado de la puerta. A un tipo que fue mi jefe en mi primer trabajo le dio un infarto en la estación Callao cuando tomaba el subte por última vez entre su oficina y su casa. “Por suerte todavía no le habían dado de baja el seguro de vida”, dijo la viuda cuando le di el pésame. Los desafortunados dicen mucho por suerte.
En 2019 una chica joven de la oficina de Panamá fue a la fiesta anual de Halloween disfrazada de Hitler. Estaba de moda una película sobre un niño que lo tenía de amigo imaginario. En ese momento me pareció que su elección de vestuario tenía que ver con la estetización del nazismo que venía incluida en esa película, con que ella tal vez se había quedado en la superficie, en cómo se ven las cosas, en un rasgo, en que tal vez la chica pensaba que Hitler era un meme. Igual, la tipa tenía poco criterio. No sólo se vistió de Hitler con un disfraz perfecto sino que se sacó una foto con el logo de la organización y acto seguido la subió a Instagram y etiquetó a la compañía. Al día siguiente la echaron.
Un lunes de hace exactamente un año me vestí con un pantalón gris de sastrería, una camisa lila entallada y una chaqueta de terciopelo celeste. Mientras me abrochaba la camisa pensé si me estaría vistiendo para mi último día de trabajo. El pensamiento fue aleatorio y pasajero, y mientras elegía colores pastel me tranquilicé con que seguro era una fantasía medio paranoica. Hoy leí sobre una mujer con historial de esquizofrenia que fue a una guardia a que le corten el árbol que le estaba creciendo en el ombligo. Una loca, dijeron, y la mandaron a la casa. Un tiempo más tarde a la loca le diagnosticaron un tumor ramificado como un bosque desde el centro de su cuerpo. Mi paranoia, aquella mañana, también tenía raíces. La semana anterior, mi jefe había dicho en una videollamada que el lunes iba a estar en Buenos Aires. Cuando lo dijo, enderezó la espalda y se arremangó la camisa hasta los codos; de repente me pareció inflado, más grande, como si hubieran sufrido –sus antebrazos– una erección involuntaria; incluso su pelo, canoso, parecía más tupido, menos poroso, a salvo. Cuando contestó que sí, que venía, adelantó el tórax en un gesto que no era suyo, sino de George Clooney; sonrió de un lado de la cara, sin dientes a la vista. Me di cuenta de que solo el tipo de recursos humanos sabía que venía.
“Viene a echarme”, le dije a un compañero con el que almorcé ese día después de la reunión. “Mirá si va a volar desde Los Angeles solo para eso”, me respondió. Lo dijo trinchando el cuarto de pollo con puré de calabaza que una vez por semana servían en el comedor de empleados. A continuación, recibí en mi calendario la invitación a reunirme con él a las 16 del lunes.
Cuando la mañana de ese lunes lo saludé le vi el gesto que hasta entonces me parecía misterioso; una media sonrisa con ojos muy abiertos sin cejas levantadas, y que yo interpreté como que por fin me había ganado su confianza. El tipo de finanzas estaba con él. “Esta semana vemos el reporte de atribución de costos”, me dijo. Después me acordé de que el tipo estudiaba teatro. Seguro el de sistemas también sabía. Uno para tener la guita, el otro para bloquear la computadora.
Después de saludar, salí a comprar chipá y café y me saqué unas selfies con la estatua de un sireno con la cara del Príncipe Harry que los del restaurant de la esquina tienen para señalar que se trata de una marisquería. Son como esas fotos antes de un tsunami, gente que toma sol y está apenas preocupada por pedir jugo o cerveza con el almuerzo. Casi le mando una foto a Leo, un reflejo condicionado. Habíamos terminado hacía cuatro días en el bar que está justo enfrente de la estatua. Me di ánimos diciéndome que yo lo había dejado a él, pero me acordé de que cuando nos besamos en la esquina por última vez, él había dicho “no llores, yo no te estoy dejando”. Yo me ahogaba, exagerada, porque no quiero dejar ni que me dejen, ni tirar nada, ni lo que se rompe, ni lo que se vacía, ni que nadie se vaya, ni que nada cambie, ni que las plantas se sequen, o los perros se mueran o los niños crezcan. Y aunque yo le había dicho dejemos acá, sabía que sólo me había adelantado a que lo dijera él.
A las 16:01 le pregunté a mi jefe por el chat de Teams si bajaba yo o subía él. Te espero en la sala de directorio. Excesiva esa sala para un one on one, pensé en el ascensor, mirándome al espejo. Me puse brillo en los labios y me hice un rodete. Me desabroché un botón de la camisa y me lo volví a abrochar.
La última confirmación la tuve cuando pasé por la oficina vacía del tipo de recursos humanos. Naturalmente, estaba sentado en la sala de directorio. Entré con una sonrisa demasiado grande, dando pasos demasiado largos. Los miré y dije no con la cabeza, como si yo también compartiera el secreto. Mi jefe seguía con esa mueca sin dientes que parecía una sonrisa pero quién sabe qué era. “No son buenas noticias”, me dijo.
La conversación del despido empieza con frases bélicas como posición impactada, baja, pero también otras de tiempos de paz: cese. “Hoy es tu último día”, dijo el de Recursos Humanos y me puso delante algo para firmar. Dudé treinta segundos, firmé y me fui sin saludar. Fue todo tan rápido que no me dio tiempo a dejar de sonreír. En la recepción me quité la tarjeta que me permitía entrar al edificio como si hubiera ganado una medalla olímpica, pero al revés. En la calle caminé rápido para no cruzarme con nadie. Podría decir que caminé sin rumbo, pero la verdad que encaré para el lado de mi casa. ¿A quién le iba a avisar primero? ¿Y si no decía nada y le mentía a mi familia y me seguía levantando de mañana, y me vestía con tailleurs y stilettos y decía que me iba a una reunión pero en realidad me quedaba en el auto? Para eso tendría que tener un auto, ni hablar de saber manejarlo. Me sentí liviana. Por suerte la cartera oversize no me pesaba nada. Palpé como una ciega para comprobar el contenido. Por suerte no tenía más la laptop corporativa que era pesadísima. Sin embargo ahí seguía el cargador. No lo había devuelto. Era tal vez mi oportunidad de volver, decir una última frase memorable, darles un abrazo, la mano, un beso, decirles que podían contar conmigo para comunicar el cambio de liderazgo o para cualquier tarea que hubiera quedado pendiente, el informe de atribución de costos, o el reporte del segundo trimestre. O tal vez era la oportunidad de aparecer por la puerta de invitados y revolearle el cargador a mi jefe, al jefe de mi jefe, o a cualquiera que asomara la cabeza. No. Volver no tenía ningún sentido. El cargador no era como la placa de bruxismo de Leo. Porque cuando alguien te deja, podés mandar un párrafo con lo que sentís, gritar por teléfono, devolver libros que nadie te pide, reclamar un sifón de soda, mandar audios llorando, hacer guardia en la puerta de una casa de la que ya no tenés llaves. Todo eso se puede hacer si un novio te deja de querer, pero si te dejan de querer en el trabajo no se puede hacer nada.
2
Mirá si te parezco un gordo boludo, escribe por chat un pianista al que todavía no vi en persona. Me empiezo a preocupar por cómo sonará su voz.
Pienso que gordo por sí sólo no dice nada, lo mismo boludo, pero la conjunción invoca un gesto, una vestimenta, una mirada, un pensamiento, una voz. Sí, hay una voz de gordo boludo y parece que la voz, para mí y para todas las mujeres que habitan esta tierra, es concluyente. Una búsqueda rápida en Internet tira frases como “para ellas el deseo empieza por el oído”.
Me manda un audio. Se alegra de haber encontrado una rubia con sentido del humor.
Le digo que tiene voz de canchero. Dice que gordo canchero es mucho peor que gordo boludo. Renuevo las ilusiones que me hice con él. Le digo que me gusta que me agarren fuerte y que me digan lo que está pasando, lo que va a pasar, que en ese momento para mí es importante que la voz de un hombre sea firme pero también suplicante, que suene como si estuviera haciendo alguna otra cosa, gritando un gol, pensando cómo mejorar una planilla de Excel o planificando el adobo de un chancho.
Llueve sin parar hace 48 horas. Ayer no salí en todo el día. Los víveres se terminan. Son las tres de la tarde del sábado. Mi hija menor me trae al cuarto un plato de moñitos. Yo estoy con la toalla en la cabeza y escribo sin levantarme sobre lo que me gusta que me hagan en la cama. Me siento una mala madre y una vaga de mierda. Además tengo que ir a ver a mis compañeras de secundaria. No quiero ir, pero ya confirmé y el encuentro es a diez cuadras.
Esa noche, la juntada de egresadas parece una reunión de alcohólicos anónimos. Cada una cuenta su vida y al final el resto aplaude. Las historias son parecidas. La mayoría nos emparejamos jóvenes, tuvimos hijos y nos separamos. Muchas de las que nunca se mudaron de San Martín tienen robos en su narrativa. Se repiten los hombres violentos, los tiros, los hijos grandes, la separación y la restitución del orden inicial con un hombre que la mayoría califica como el amor de sus vidas.
Casi todas pasaron por angustias y excesos después de separarse. Mara, la que es psicóloga, dice que al menos una vez en la vida nos divertimos mucho y que eso se llama duelo maníaco.
Le digo a Silvana, una que tengo sentada al lado, qué lindo tantas historias de amor. Me pregunta si estoy con alguien. “Me separé”, le digo. Ella dice que va a pensar a quién me puede presentar. Que los famosos son un plomo. Silvana es productora de televisión. Le digo que mejor si no es famoso. Ella me mira con seriedad y dice que todos sus conocidos son famosos. “¿Y seguís en el laburo de siempre?”, pregunta después. “No, tampoco”.
Rosana Candia cuenta que el padre de sus hijas tuvo una relación paralela durante cuatro años, que la otra mujer la llamaba durante las noches de lluvia y le decía: “¿No te da miedo estar sola en la tormenta?” Carina Márquez, que sigue teniendo el pelo largo hasta la cintura, arranca su parte con una pregunta: “¿Sabían que Marcelo se mató con la moto?” Sabíamos. “Fue una noche que me vino a buscar. Habíamos vuelto a vernos, pero ahí ya estábamos de nuevo separados. Yo me escapé. Por los techos”. Dice que Marce la quería mucho.
Daniela Betty se aclara la voz para contar que estuvo 15 años con uno 18 años menor, seis años con otro 15 años menor, y que ahora lleva siete con el actual, apenas diez años menor. Que sí, que es violero también. Que ella vive con sus cinco gatos negros, que el mayor ya tiene 24 años y que conoció a todas sus parejas. Todas hacemos cuentas mentales. Silvana le pregunta si puede contarnos cuál fue el rockero más famoso al que se curtió.
“Son todos del metal”, contesta. ”¿Def Leppard ubican? Bueno, el bajista. ¿Sex Pistols? El batero”. Sigue con una lista de nombres y bandas que no conocemos. ¿Alguno nacional? “Tengo de Rata Blanca, Riff, V8, Hermética”. Se ríe.
Silvana inclina el torso hacia Dani, interrumpe la lista: “¿Seguís teniendo ese culo impresionante?”. “Estoy algo chocada”, responde Dani. Después se para y da una vuelta completa. Algunas chiflan, aplaudimos, festejamos como si el culo de Daniela Betty fuera la bandera de nuestra generación.
Analía Calles dice que Norbert, el que trabajaba en la Aduana, con el que tuvo a los dos varones, desapareció del mapa. Que podría ser que anduviera en la falopa o fuera un estafador. Que se reencontró con un novio de la adolescencia y que ahora viven en Villa Las Rosas, donde hicieron cabañas para alquilar en un terreno lindero.
La conversación por un momento es sobre sucesiones y escrituras. Yo no quiero hablar de leyes, ni de trabajo, ni de política. Solo quiero escuchar historias de amor y desamor. Voy al baño a mirar el celular. Por costumbre me fijo la última hora de conexión de Leo aunque ya no hablemos más. Tengo mensajes del pianista, de un cocinero, de un tipo joven y del casado. Dale, sí, les contesto a todos.
Cuando vuelvo, Denise Peres está contando que en la aseguradora conoció un cliente, un entrenador de perros, con el que tuvo a Pablo. “Cuando lo conocí le dije que no, que no y que no, y recién a la cuarta vez le dije que sí. Para ellos el No es muy seductor”, dice y revolea su pelo lustrado, de seda.
Tiro el celular al fondo del bolso como si Denise Peres pudiera auditar mi scoring de Dale, sí. Lo vuelvo a agarrar y abro la foto grupal en el patio del colegio que mandó Guadalupe Maties al grupo Egresadas Pio XXIII. Estoy en primera fila, las piernas cruzadas, con las medias bordó subidas hasta la rodilla, el pelo largo. El jumper minifalda y una camisa celeste con buena caída. Llevo la corbata bordó con el nudo flojo, igual que Marina. Estamos las dos mirando a cámara, serias y rodeadas de las otras tres chicas malas con las que nos relacionábamos exclusivamente. Parecemos una banda de soft metal, la versión femenina de Scorpions. Todas tenemos el pelo con frizz y enorme. En esa época no existían los tratamientos de alisado. Debe ser el último día de clases. Es un día precioso en el patio del colegio parroquial.
Ahora ya no hay chicas malas ni escalafón. Todas tenemos el pelo fino y seco. Menos Denise Peres, que parece tener no solo el secreto sobre los hombres, sino también sobre un pelo hermoso. La carita hecha. Tal vez más que un secreto sea algo carísimo, me contestó Marina cuando le conté después sobre la juntada, a la que no fue porque no tenía ganas.
Algunas no se separaron. La dueña de casa, por ejemplo. En un momento viene su marido. Insiste con sacar una foto grupal. Ya son las diez de la noche. No va a ser rápido que todas se acomoden. Me quiero ir. El tipo se ve como un padre, o como un viejo. En realidad se ve más como una vieja. Tiene más o menos nuestra edad, tal vez unos años más. Pienso si todos los maridos terminarán así, como madres, secos.
3
Anoche soñé con Leo, el primer hombre que conocí por Internet. Estábamos en un cine con butacas rojas. Igual a cuando fuimos a ver Posession en el Malba. “No entendí nada”, había dicho él a la salida.
Ni bien me desperté, le mandé un reel con tips para el bruxismo. Tardó en contestar y por un momento pensé si estaría muerto. Busqué las estadísticas de suicidio en mayores de 50 en la Argentina: el 80% son hombres. Con armas de fuego es lo más común. Leí una nota que tenía la palabra “autoaniquilación”. Después lo busqué en Facebook para verle la cara. No había ninguna noticia suya, ni de su vida, ni de su muerte. Imposible saber si estaba muerto o si solamente me ignoraba.
Hace unos días hablé con un ex compañero de trabajo. Dijo “no te llamé antes porque no quería molestar”. Que cuando se enteró del despido le pareció muy sorprendente, que no lo esperaba, pero que mi ex jefe le había dicho “fue advertida”.
Pienso si la advertencia habrá sido ese día de agosto después de una presentación en la que, según mi jefe, yo estaba desconcentrada. Le dije que era por el divorcio. Él dijo que nunca se había divorciado pero que, cuando trabajaba en Citibank, a su hija la trasplantaron y a su mujer le diagnosticaron leucemia y que sí, que sabía lo que era que la vida personal invadiera la laboral. ¿Tal vez la advertencia fue la desproporción en el tamaño de nuestras desgracias?
Dos días después de esa presentación hubo un board meeting que en mi calendario y en el de todos los invitados estaba a las nueve, pero que yo agendé mentalmente a las nueve y media. Había pasado la noche con Leo, así que a la reunión no sólo llegué tarde sino también despeinada –nadie me había tirado del pelo así antes–, las mejillas rosadas por el roce de una barba crecida, los labios rojos, mordidos. Llegué a la sala de directorio como una hija un domingo al mediodía. Cuando entré, el jefe de mi jefe, un gringo sesentón que alardeaba ser realeza de Hollywood porque su abuelo había sido medio hermano de uno de los fundadores de Paramount, presentaba el forecast para los próximos tres años: aguantar vendiendo canales de cable. Yo hice un comentario sobre el promedio de edad de los televidentes y una broma sobre que probablemente el negocio iba a durar hasta que se muriera la generación que contrata fibra óptica en sus casas. Ninguno de los hombres se rió.
En la mesa de luz de mi marido (no consigo decirle ex marido, tal vez sólo deba llamarlo por su nombre) quedó un libro con el título Elogio del riesgo. Se nota que lo abandonó enseguida porque no está completamente subrayado. Algo muy irritante que hace es marcar todas las palabras de los libros. Todas. No es un subrayado, es un ayudarse a leer con un lápiz, algo que haría un niño o un analfabeto. Lo abro por la mitad y el azar –como un oráculo– señala un capítulo que se llama «Arriesgarse a la pasión» y empieza así:
Ruina de la familia, destrucción de una vida de amor lenta y verdadera, pequeña fábrica del espejismo amoroso, fuente tóxica de apego, huella ilusoria, maquinaria del deseo que se quiere eterna pero se revela efímera.
Lo que más me gustaba de Leo era que me empujara contra la cama y me preguntara: “¿Querés ser mi novia?” Eso y mirarle la carita de ojos azules y labios gruesos, nariz aguileña, los pómulos como los de un actor irlandés, pelo castaño casi sin canas, el manto completo a pesar de tener más de 50. Fumaba como un chino y hablaba como un transa. No muy alto, así que sacaba pecho, gallito. Eso sí, la frente estrecha y la mandíbula voluminosa como la que describía Lombroso para el delincuente al que llamaba loco moral. En su casa no había libros ni cuadros, ni siquiera una guitarra. En la repisa tenía una foto con Guillermo Moreno haciendo la V con los dedos y su habitación estaba iluminada con luz blanca cenital. “Sí, parece el Monumental”, dijo la primera vez que entré.
No compartíamos gusto ni sensibilidad ni sentido del humor, pero antes de salir a encontrarme con él por segunda vez me pidió en un mensaje: y que la bombacha sea chiquita. Conté las sílabas con los dedos. ¡Un endecasílabo! Dejé de verlo como un termo y empecé a decirles a mis amigas que Leo era un poeta, uno involuntario y caliente.
En noviembre me invitó a la muestra de guitarra de su hijo, precioso y con sus mismos dientes separados. En Navidad dijo “vamos de mi mamá”. La señora me mostró fotos de su infancia en Puerto Madryn, con pingüinos, en la playa al lado de una ballena encallada. Confirmé que ella también había sido una belleza. Leo dijo que las ballenas eran una cosa para los turistas. El 31 de diciembre lo conoció mi amiga Marina, dijo que Leo era una mezcla del padre de Miley Cyrus con Tom Cruise.
En enero, como el año, cambió. La última vez que vino a mi casa dijo que hacía tres días que no dormía. Vimos The Fight Club. La elegí sin pensar, porque nunca la había visto. “¿Seré bipolar como Brad Pitt?”, preguntó a la mañana antes de irnos a tomar el subte. Esa noche tampoco había podido dormir.
Una semana después –días antes de que me echaran– tomamos café en un bar cerca de la oficina. Él estaba sin afeitar, sin dormir, con las uñas sucias. Dijo que ok, que sí, que nos tomáramos un tiempo, que él ahora no tenía ganas de vivir.
Durante un año pasamos tantas noches juntos que dejaba en mi casa una placa de bruxismo. Se notaba una mordida compacta, angosta, que no refleja su trompa de fauno.
La noche que vimos The Fight Club fue la última. Cuando esa tarde volví a casa me acuerdo de haber chequeado si la placa seguía ahí o si había venido solamente para llevársela. Estaba. Guardé la mía en el mismo neceser para que al menos ellas, las placas, estuvieran juntas.
Le cuento a la psicóloga que soñé con Leo, que a veces pienso si todo lo de su bipolaridad no habrá sido una excusa para dejarme, que cómo puedo yo comprobar que efectivamente estuviera deprimido y no desenamorado. Que yo nunca podría mentirme a mí misma, ni con los hombres ni con el trabajo, como esa gente que dice me fui de tal compañía cuando en realidad la echaron, la rajaron, la despidieron. Ella dice que todo lo de la pareja para mí es ejecutable, pero que en el plano del trabajo hay más dudas.
Le digo que tengo tantas dudas porque ya no sé qué soy, ni qué quiero hacer, que me parece que no voy a volver a ser una ejecutiva de los medios audiovisuales. “Ahora soy una ejecutiva del amor”, digo mirando el techo. Espero una carcajada, pero ella tampoco se ríe.
En el camino a mi casa abro una notificación de Linkedin. Se están fijando en ti. La tarareo como si fuera el estribillo de un bolero. Cuando llego, vendo dólar mep, pago Edenor, como un huevo duro, le transfiero a la psicóloga, pienso en dejar de ir. Mientras estoy en esas me llega la respuesta de Leo: agradece el video de yoga facial con amabilidad y sin ganas de hablar. Me da alivio que esté vivo, es la prueba de que ya no me importa.
4
Acá otra desempleada, me escribe una conocida que trabajaba en el principal cliente de mi antiguo empleador. Pongamos un vivero, tipeo rápida. Mejor una bomba. Ella es más rápida que yo. Me invita a comer a su casa el miércoles, que van otros amigos, que lleve algo dulce.
En la heladera hay seis claras desde hace unos días. Las bato a punto nieve con azúcar. Tengo puesto un anillo que era de mi mamá. Ahora mis manos son iguales a las de ella.
El miércoles pongo los merengues ya secos en la misma lata que usaba mi vieja. Es una de Havanna, donde venían los alfajores en algún momento del siglo pasado. Compro un pote de crema marca Día y duraznos en almíbar para armar unas pavlovas in situ. Gasto poco. Hace nada habría comprado algo carísimo y exquisito en alguna patisserie vegana. Negocio conmigo misma que, como ahorré en el postre, me puedo pedir un Uber.
En el destino, la avenida Caseros me parece demasiado estrecha, mal iluminada, poceada, bastante horrible. Además no veo el parque. No puedo creer que esta gente viva en este lugar. Me los hacía viviendo en un edificio de los ‘50 con pisos de roble de eslavonia y ventanales de hierro. O en un ex petit hotel con cerramientos doble altura y un patio central. Mosaicos de damero, incluso un aljibe. El edificio donde trato de tocar el timbre en el departamento ocho es nuevo, revestido en falsa piedra Mar del Plata. Los cerramientos son de aluminio y flamean con el viento. Todo brilla y parece a punto de descascararse a la vez. El departamento ocho no existe. Me acerco al auto, que todavía no se fue.
“¿Esta es la Avenida Caseros?”, le pregunto al chofer. “Es la calle Caseros”. “¿Es Parque Patricios?”, insisto. “Estamos en San Martín, señora”. No es la primera vez que me pasa. Ya fui a Francia 3025 en Castelar cuando quería llegar a Francia 3025 en San Isidro. Ese día vi la luna salir en la General Paz y pensé que todo era por algo. Esta vez, no. Esta vez creo que soy anormal.
Llego a las diez y media de la noche. Gasto una fortuna. En efecto, el edificio es art nouveau con vista al parque. El lobby tiene pisos de granito pulido. El guiso de lentejas tiene cilantro. Hago el relato del despiste ni bien me siento a la mesa y todos se ríen. Contesto que tal vez podría trabajar de standupera y contar mis fracasos a la gorra.
Cuando terminamos de comer, la anfitriona recién despedida dice que lo que necesita es un hombre proveedor. Le digo que yo también. La otra mujer casada de la reunión asiente con la cabeza. Los dos maridos sonríen como si no habláramos de ellos. Digo que a mí nunca me salió estar con tipos que ganen más que yo. “O que ganen algo”, dice la amiga de Ana mientras levanta los platos.
Fran, su marido, hace instalaciones con terrarios y plantas y soldaditos de juguete. El marido de Ana es un documentalista bueno pero tampoco nadie le paga por su trabajo. Yo ya no tengo marido, pero igual le transfiero cientos de miles cada mes para que se pague la Internet, la luz, el gas, incluso los fideos. Somos mujeres que mantienen artistas. El Estado o alguna fundación debería darnos una beca por nuestra contribución a la cultura nacional.
Vero, una amiga de la dueña de casa que vive en Sao Paulo y que relaciona cualquier suceso con el hecho de que todas rondamos los 50 años, dice que para un perineo siempre joven hay que aplicarse diez minutos de vibrador cada día y comer remolacha. Me paro para ir a armar el postre. Vero y Ana vienen conmigo para fumar en la ventana de la cocina.
Vero guarda la tuca en una latita de mentas. Mientras monto la crema dice: “¿Sabías que el porcentaje de mujeres que pierden el trabajo en la menopausia es muy alto?” Paro la batidora y le digo que en mi caso fue una reestructuración. “Ah, como dijiste que andabas distraída y bajoneada”, insiste. “No sólo se pierde el deseo sexual sino la concentración”.
“Yo nunca tuve tantas ganas de coger. Nunca”. Esto lo digo sin apagar la batidora. Vero sigue: “¿Sabías que las orcas y las humanas son las únicas mamíferas que no mueren al perder la fertilidad?» Ni las aves ni las primates sobreviven. Tampoco los insectos. La pérdida de las hormonas necesarias para criar te pone impaciente”.
Me quedo muda con ese dato. Después dice que igual, como algo de paciencia hay que tener, la tal hormona se produce en bajas cantidades. Dice que lo que eso produce es grasa y que se acumula en un solo lugar, la panza. Me miro el vientre plano, juvenil, la tira de piel que se me ve entre el jean de cintura alta y la camisa celeste que se acortó en el secarropas. Ahora toda mi ropa de oficina tiene manchas o está estirada o no sirve más.
No agarro el teléfono en toda la reunión. Más tarde, en el auto de Fran y su mujer, tengo un mensaje del tipo joven con el que hablo y que nunca vi en persona. ¿Y vos qué hacías? Tipeo: ahora nada, pero antes era una ejecutiva de televisión.
Así se deben sentir los taxistas cuando le cuentan a los pasajeros que ellos en realidad son ingenieros nucleares o que fueron empresarios hoteleros. Me doy cuenta de que ya ni siquiera existen los taxistas. Ahora hablo como una persona que miente. Mi nuevo trabajo es vivir, le digo después. Le digo que es muy joven para mí, pero él dice que qué le importa. Yo digo que igual esto no es para casarse. ¿Ah no es un app de casamiento?, dice después y me vuelve a preguntar a qué me dedico.
Le digo que soy escritora. ¿Te gusta escribir?
Le contesto que quiero escribir una serie que se llame PH de Separada, sobre una mujer, Elena, que a los 50 se separa y se muda a Parque Chas. Descubre el trabajo free lance y el sexo casual. Sabe que le queda poco tiempo. Que es tarde. Para todo.
El dice que le gusta Tarde para todo como título y que en el póster de mi serie puede haber una laptop abierta, un rimel destapado y varias bombachas tiradas.
Que, además, está en una cervecería en Colegiales, que dónde estoy, que vaya. La pareja que me lleva va muda y yo tampoco tengo nada para decir. Cuando doblan donde empieza Alvarez Thomas les digo me bajo acá. Miento que una amiga está celebrando su cumpleaños en una cervecería ahí nomás y que voy a pasar un ratito. No insisten con llevarme hasta la puerta. Sé que cuando me baje se van a empezar a pelear por lo del hombre proveedor, o por cualquier otra cosa.
En la cartera tengo una latita con hongos. No son microdosis, son unos pedazos de hongo que crían en su casa mi amiga Selva y el hippie de su novio. Me como una cabecita y después también el tallo. Me paso la lengua por los dientes para sacarme el gusto a tierra. Me miro en la cámara del celular: tengo cara de cansada, aunque lo único que hice en todo el día fue enlatar los merengues y viajar en Uber. En un rato las pupilas se me van a agrandar y los ojos se me van a ver más brillantes. Me digo que los hongos son un antidepresivo natural, que otras personas toman remedios recetados, que otros toman drogas como una forma de autoconocimiento. A mí no me interesa conocerme, sólo quiero divertirme. Los hongos, además, me vuelven eficiente. Una vez, cuando todavía tenía trabajo, comí antes de ir a la oficina y tuve reunión con los del call center que contrataron en Manila para ahorrar costos, y les entendí todo. Comer hongos me vuelve políglota. Llego al bar y miro desde la vereda de enfrente pero no me doy cuenta cuál es el tipo. Cuando me acerco, él me reconoce a mí. Le digo que cómo si en el app estoy sin foto. Dice que me buscó en redes, que no pensó que era tan alta. Tiene pestañas largas y unas manos muy blancas en las que se le ven las venas azules. Me llega por las tetas, eso sí. Apoyo la lata de Havanna vacía en la mesa y pido una cerveza. El chico se ríe cuando le cuento que fui por error a San Martín y gasté el equivalente a una torta de Maru Botana. Tiene una risa genial, yo también me río. Me río más de lo necesario. Saca una bolsita de ziploc mínima, la abre, mete la punta de una Sube y me ofrece con las cejas.
“¿Merca?” El chico contesta metiéndose el polvo por la nariz. Le digo que no, de ninguna manera, que yo no tomo. Bah, que hace décadas que no hago eso, pero después le digo que mañana no tengo nada que hacer. Sin esconderse, estira una raya sobre mi lata de merengues. Se me destapan las fosas nasales, las orejas, se me abren los ojos, se me estira la columna. Me siento bien, fértil, un milagro, un jardín, una orca, una mamífera grande. Se libera una mesa en la terraza del bar y vamos dos pisos por una escalera caracol. Él va detrás de mí y me dice que en la foto tampoco se notaba que tengo tan buen orto.
“¡Me gusta estar acá arriba!”, le digo al chico, que se para y se va a buscar al mozo o a mear o a tomarse otro tiro, quién sabe. Hoy también hay luna llena, como el día que fui a Castelar por error. Tal vez sea un signo. Un signo de que lo mío es el error, el olvido, la distracción.
Mi amiga Marina dice que a la luna llena hay que mostrarle el culo, que eso trae abundancia. Tomo nota mental de hacerlo cuando vuelva si la luna sigue ahí, en el cielo, como yo, arriba, con el culo al aire, creyendo en cualquier cosa
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