LA NAVIDAD

CULTURA

La Navidad era para tener a mano a uno, a dos, a tres, a cuatro abuelos y esperar el nacimiento del Niño a medianoche

Texto de Daniel Salzano

El Niño medía entre ocho y diez centímetros, tenía las orejitas de yeso y, por el pelo, parecía un alemán.

El día en que nació Jesús, su padre, José, se sacó la camisa y lo envolvió para abrigarlo. No sabía que se trataba de la primera Navidad.

El árbol de Navidad era dorado y/o de plástico rosado y/o verdeazulado y/o de papel de estaño. Las montañas eran de arpillera coronadas en su cima por una cucharada de azúcar impalpable. Camellos valían, leones valían, autitos valían, ambulancias valían, caracoles no valían. Los caracoles significaban que habías estado en Mar del Plata.

En la caja de zapatos donde guardábamos los fastos navideños teníamos un ángel con bigotes. Lo poníamos de guardia en la puerta del pesebre. A Herodes, estábamos seguros, le hubiera dado la biaba.

Debajo de la parra había un alambre que atravesaba el patio. Ahí se amontonaban los broches de madera.

Ya no existen las paredes donde apoyábamos la espalda.

Y los novios que querían casarse se han casado.

Yo me lavaba la cabeza y mi mamá me peinaba con la raya a la derecha porque tenía remolinos. Ya no existen más los remolinos.

Me parece que la Navidad ha dejado de existir.

Me parece que he dejado de ser un niño requetefeliz.

La Navidad es como una bomba de la Primera Guerra Mundial que tarde o temprano estallará entre los alambres de los jóvenes cerebros.

Mi familia medía 19 metros de largo por dos de ancho, los hombres se afeitaban con navaja y las mujeres llevaban un botón de terciopelo para cerrar el escote del vestido. Si a las almas de los muertos se les permite volver alguna vez, lo más probable es que pidan volver en Navidad.

Las almas caminan descalzas por las calles vacías.

Me encantaría saludarlas.

A las 2 de la mañana la vida valía tanto como el estallido de la última cañita voladora y a las 3 podías ver media docena de cabecitas compartiendo la almohada principal del dormitorio.

¿A quién no le gustan los niños dormidos?

Una Navidad en la que comenzó a llover mucho antes que amaneciera, salté de la cama para ver si el Niño, en el pesebre, estaba bien tapado. La casa, a oscuras, parecía una escenografía. No encendí la luz. Todo estaba en su lugar: el burro, el buey, Melchor, la Virgen María y los camellos. Antes de volver a la cama recorrí la casa, en calzoncillos. Al mismo tiempo se oyó en la distancia el sordo retumbar de un trueno y, como si eso sirviera de señal, comenzó a lloviznar.

Infinitos fucilazos, uno tras otro, rasgaron el cielo y los relámpagos iluminaban al niño que recorría la casa desierta.

El tiempo se dividía en antes y después de Navidad y yo ignoraba que estaba caminando por el medio.





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