OPINIÓN / SOCIEDAD
Y el gobierno que se olvida de los suyos

Por Iván Nolazco
Hay mujeres que tienen dos hogares y en ninguno de ellos termina su jornada. En uno las esperan sus hijos, la ropa sin doblar, la cena por preparar y las pequeñas tragedias domésticas que suelen resolverse con un abrazo. En el otro las esperan treinta niños, un pizarrón, una caja de tizas, algunos lápices mordidos y una colección de sueños que todavía no saben escribir su propio nombre. En ambos lugares la llaman de manera diferente, aunque esperan exactamente lo mismo de ella. En uno le dicen mamá. En el otro, seño.
Y ella responde siempre.
No importa si ha dormido poco, si el dinero no alcanza o si esa mañana tuvo que dejar a su propio hijo enfermo al cuidado de alguien más. Se coloca el guardapolvo blanco, recoge su cabello, acomoda unos cuadernos dentro de una cartera que hace tiempo dejó de ser suficiente y sale a enseñarles a otros niños aquello que la sociedad espera que aprendan.
Hay algo profundamente conmovedor y, al mismo tiempo, terriblemente injusto en esa escena. Una madre que debe ausentarse de su casa para ayudar a construir el futuro de los hijos de los demás, mientras quienes administran ese futuro parecen haber olvidado cuánto cuesta sostener el presente.
El guardapolvo blanco merece una reflexión. Alguna vez fue símbolo de igualdad, de una escuela pública donde las diferencias sociales debían quedarse del otro lado de la puerta. Hoy continúa representando aquella aspiración, aunque debajo de su tela se escondan las preocupaciones de una mujer que hace cuentas antes de llegar a fin de mes. El blanco permanece impecable mientras la realidad que lo rodea se ensucia con demasiada facilidad.
Y está el pizarrón. Ese viejo territorio donde generaciones enteras aprendieron que las palabras podían abrir caminos. Allí una maestra escribe la fecha, explica una multiplicación, corrige una falta de ortografía y, sin darse cuenta, comienza a modificar el destino de alguien. Quizás ese niño termine siendo médico, ingeniero, escritor o gobernador. Quizás algún día ocupe un despacho desde donde decida cuánto merece ganar una docente.
Sería interesante saber si entonces recordará a la mujer que le enseñó a escribir su nombre.
En San Juan, el gobierno de Marcelo Orrego habla de educación, desarrollo, oportunidades y futuro. Palabras necesarias, sin duda, aunque pronunciarlas resulta bastante más sencillo que convertirlas en condiciones dignas para quienes sostienen las aulas. Existe una curiosa paradoja en nuestra sociedad. Todos reconocen la importancia de la educación hasta que llega el momento de pagar por ella. Entonces aparecen las restricciones presupuestarias, las explicaciones técnicas y esa extraordinaria habilidad de la política para convertir una necesidad elemental en un problema administrativo.
Como si la dignidad pudiera negociarse en cuotas.
No desconozco las dificultades de administrar recursos públicos. Gobernar también significa establecer prioridades, y ningún presupuesto es infinito. Pero precisamente por eso resulta legítimo preguntarse qué lugar ocupa realmente la educación cuando se distribuyen esos recursos. Porque las prioridades de un gobierno no se conocen solamente por sus discursos. También se leen en sus presupuestos.
Mientras tanto, ella continúa enseñando.
El lápiz que sostiene entre sus dedos es probablemente uno de los instrumentos más modestos y poderosos de nuestra civilización. No tiene la espectacularidad de una máquina industrial ni la sofisticación de una computadora. Sin embargo, con ese pequeño objeto una maestra puede enseñarle a un niño a escribir la palabra libertad. Y con un poco de suerte, también a comprender lo que significa.
Lo extraordinario es que muchas veces debe comprar esos lápices con su propio dinero.
También compra cartulinas, prepara materiales, corrige evaluaciones durante la noche y responde mensajes cuando ya debería estar descansando. Su jornada no termina cuando suena el timbre. La escuela viaja con ella hasta su casa, se instala sobre la mesa del comedor y comparte espacio con los cuadernos de sus propios hijos.
Entonces aparece la otra mujer. La madre.
La que escucha una historia escolar mientras revisa las tareas de sus alumnos. La que intenta acompañar una adolescencia mientras prepara actividades para treinta infancias ajenas. La que conoce de memoria los cumpleaños de sus estudiantes, pero alguna vez llega demasiado cansada para escuchar con atención lo que su propio hijo quiere contarle.
Y después viene la culpa.
Esa culpa silenciosa que tantas madres conocen y que ninguna estadística salarial consigue registrar. La sensación de estar siempre debiéndole algo a alguien. A los alumnos, más tiempo. A los hijos, más presencia. A la familia, más paciencia. A sí misma, un descanso que casi nunca llega.
La sociedad ha convertido esa entrega en una virtud tan celebrada que parece haber olvidado sus límites. Se espera que una maestra tenga vocación, paciencia, ternura, preparación, fortaleza emocional y una disposición casi inagotable para resolver problemas que muchas veces exceden la enseñanza. Se le pide que sea educadora, consejera, mediadora y, cuando las circunstancias lo exigen, una segunda madre.
Pero la vocación no paga las cuentas. El amor por los alumnos no reemplaza un salario digno. Y ningún guardapolvo, por blanco que sea, debería utilizarse para ocultar las responsabilidades que corresponden al gobierno.
Hay una forma particularmente cómoda de injusticia que consiste en llamar sacrificio a aquello que debería estar garantizado como derecho.
El próximo domingo, Día de la Madre, aparecerán las flores, los mensajes conmovedores, las fotografías familiares y las palabras cuidadosamente elegidas para agradecer una entrega que parece no tener medida. Algunas maestras recibirán dibujos hechos con lápices de colores, cartas con errores ortográficos y abrazos que justificarán emocionalmente muchos de sus esfuerzos.
También habrá funcionarios felicitando a las madres. Seguramente hablarán de amor, compromiso, familia y futuro. Incluso es posible que Marcelo Orrego visite a alguna de sus antiguas maestras, le entregue un ramo de flores y pose sonriente para una fotografía que terminará circulando por las redes sociales. Son palabras y gestos hermosos, especialmente cuando no vienen acompañados de decisiones concretas. Los homenajes tienen, además, una ventaja extraordinaria para cualquier administración pública. Resultan considerablemente más económicos que hacer justicia.
Pero sería injusto reducir esta historia a una disputa salarial. El problema es bastante más profundo. Hemos construido una sociedad que necesita desesperadamente a sus maestras y, al mismo tiempo, parece acostumbrada a que ellas soporten aquello que difícilmente aceptaríamos en otras profesiones.
Una docente no debería tener que demostrar su amor por la enseñanza mediante la renuncia permanente a su bienestar. Tampoco una madre debería sentirse obligada a elegir entre la estabilidad de su hogar y la responsabilidad de educar a los hijos de otros.
Porque una maestra no es una santa. Es una trabajadora. Y una madre no es una máquina inagotable de entregar amor sin recibir cuidado.
Quizás el próximo domingo, mientras alguna de ellas acomoda las flores que le regalaron sus hijos, encuentre sobre la mesa un cuaderno que todavía debe corregir. Quizás lo abra después del almuerzo, cuando la casa recupere el silencio, y vuelva a encontrarse con aquella letra temblorosa de un niño que está aprendiendo a escribir.
Tomará su lápiz rojo, corregirá con paciencia una palabra y dejará al margen una pequeña felicitación.
El lunes regresará a la escuela. Se pondrá el mismo guardapolvo, caminará hasta el mismo pizarrón y continuará haciendo aquello que sabe hacer mejor. Enseñar.
No porque las injusticias hayan desaparecido. Ni porque el reconocimiento oficial sea suficiente. Lo hará porque detrás de cada pupitre existe una vida que merece una oportunidad.
Y esa es, precisamente, la parte más dolorosa de esta historia.
El lunes volverá a enseñarles a sus alumnos el significado de palabras como justicia, dignidad y gratitud. Quizás deba explicarles también por qué algunas de esas palabras resultan tan difíciles de encontrar fuera de los libros.
Y mientras sus alumnos aprenden a escribirlas, ella seguirá esperando que quienes gobiernan aprendan, alguna vez, a comprenderlas.
Tribuna de Periodistas
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