¿REALMENTE LOS ARGENTINOS SOMOS LIBRES?

 OPINIÓN

Hay historias que sobreviven porque ocurrieron. Otras porque simbolizan algo mucho más grande que los hechos mismos

Por Iván Nolazco 

“La libertad de la patria no es la libertad del individuo; puede ser libre la patria y no serlo el individuo, que es miembro de esa patria.”
— Juan Bautista Alberdi

Pocos días después de que el Congreso de Tucumán declarara la Independencia, una partida de hombres interceptó en los caminos del interior al joven oficial Cayetano Grimau y Gálvez, encargado de trasladar documentación oficial hacia Buenos Aires. La historiografía aún debate si entre aquellos papeles viajaba el Acta original firmada el 9 de julio de 1816. Nunca pudo demostrarse con certeza, pero tampoco pudo descartarse.

Lo verdaderamente inquietante no es el misterio del documento, sino que la patria acababa de nacer y ya debía defender sus papeles de sus propias disputas internas. Quizá esa escena explique mejor que cualquier discurso buena parte de la historia argentina.

Nos enseñaron que la Independencia fue un momento. En realidad, fue una discusión que todavía continúa.

Mientras en Tucumán se proclamaba la ruptura con España, las Provincias Unidas estaban lejos de compartir un mismo proyecto. Buenos Aires defendía el centralismo; José Gervasio Artigas impulsaba una organización federal; Manuel Belgrano sorprendía proponiendo una monarquía constitucional encabezada por un descendiente de los incas; José de San Martín insistía en que primero había que asegurar la Independencia y después resolver el resto. No existía una sola Argentina. Existían varias imaginando futuros diferentes.

Por eso el 9 de julio nunca fue un punto de llegada. Apenas marcó el comienzo de una pregunta que cada generación ha debido responder nuevamente.

¿Qué significa ser verdaderamente libres?

Diez días después de la declaración, los congresales incorporaron una frase que suele pasar inadvertida en los manuales escolares. Las Provincias Unidas se declaraban independientes “de los reyes de España y de toda otra dominación extranjera”. Aquellos hombres entendían que la libertad no terminaba con la salida de un imperio. La dominación podía adoptar otras formas. Podía llegar mediante la diplomacia, la economía, la dependencia financiera o los intereses de potencias que jamás desembarcarían con ejércitos.

Doscientos diez años después, esa advertencia conserva una vigencia incómoda.

Celebramos la Independencia cada 9 de julio, pero pocas veces nos detenemos a formular la pregunta más difícil de todas.

¿Realmente los argentinos somos libres?

No hablo solamente de la libertad escrita en un documento histórico. Hablo de la que experimenta un comerciante cuando intenta sostener su negocio sin reglas cambiantes; de la que necesita un emprendedor para invertir con previsibilidad; de la que espera un docente cuando descubre que el fruto de su trabajo pierde valor antes de llegar a fin de mes; de la que ejerce un periodista cuando investiga sin presiones y de la que siente cualquier ciudadano cuando expresa sus ideas sin temor a represalias o cuando puede construir su proyecto de vida sin depender del humor del poder.

Las cadenas cambiaron de nombre. Ya no llegan en galeones desde Europa. A veces aparecen bajo la forma de una inflación persistente que devora salarios, de una burocracia que desalienta el trabajo, de privilegios que reemplazan al mérito, de monopolios protegidos, de impuestos que asfixian la producción o de un Estado que modifica las reglas cuando el partido ya comenzó.

La Independencia fue una conquista política. La libertad sigue siendo una construcción cotidiana.

Juan Bautista Alberdi comprendió esa diferencia mejor que nadie. Después de la epopeya revolucionaria escribió Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, convencido de que una nación podía proclamarse independiente y, sin embargo, seguir viviendo sin ciudadanos verdaderamente libres. Para él, la libertad no era una consigna. Era el resultado de instituciones sólidas, leyes estables y límites claros al poder.

Un pueblo deja de ser libre cuando necesita el favor del gobernante para progresar, cuando la cercanía con el poder vale más que el esfuerzo, cuando la Justicia deja de ser un contrapeso y se convierte en una herramienta de conveniencia o cuando el ciudadano termina adaptándose al Estado en lugar de que el Estado exista para servir al ciudadano.

Quizá por eso el misterio del Acta perdida sigue despertando tanta fascinación. Durante décadas, historiadores, presidentes y archivistas buscaron aquel documento sin encontrarlo. Pero tal vez estuvieron buscando en el lugar equivocado.

Los pueblos no conservan su libertad en un archivo. La conservan en la fortaleza de sus instituciones, en el respeto por la ley y en el coraje de ciudadanos que comprenden que la libertad nunca es una herencia definitiva, sino una conquista que debe renovarse cada día.

Cada 9 de julio volvemos la mirada hacia aquella casa de Tucumán. Tal vez este año convenga mirar también hacia nosotros. Porque la pregunta que respondieron aquellos congresales fue relativamente sencilla.

¿Debíamos ser independientes?

La nuestra resulta mucho más exigente.

¿Somos capaces de vivir como hombres y mujeres verdaderamente libres?

Alberdi comprendió que una patria podía existir sin ciudadanos libres. Dos siglos después, esa advertencia sigue esperando una respuesta.

Tal vez el Acta original nunca aparezca.

Pero sería mucho más grave que desapareciera aquello que le dio sentido.

Porque los documentos pueden perderse.

La libertad, cuando un pueblo deja de defenderla, también.

Tribuna de Periodistas




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