OPINIÓN
Tinelli reinó tres décadas sobre la televisión y la política argentinas. Empezó a caer el día en que pidió perdón y simuló deconstruirse
Por Osvaldo Bazán
Él era todo y todo era él.
Fue el rey de los años ’90 y los años ’00, esa década tan extraña que ni número tiene.
Sin ser Dios, tuvo durante décadas sus tres principales características: omnisciente, omnipotente y omnipresente.
Argentina fue Marcelo de punta a punta: bullanguero, superficial, acomodaticio, prepotente, machirulo, homofóbico, soberbio, autoritario, pero siempre a las carcajadas.
Marcelo estaba en todas partes, pringándolo todo con sus alfajores de un bocado, sus burlas a todo lo distinto y su carcajeante altanería.
El público argentino deliraba cada noche, primero con Videomatch, después con Showmatch y finalmente con la retahíla de gerundios que convirtió a toda la televisión argentina en satélite de la estrella Marcelo.
No importaba tanto cómo se bailaba, cómo se cantaba, cómo se patinaba. Importaba el cacareo, el puterío que después rebotaba en todos los programas de la mañana, la tarde y la noche en todos los canales. Llegaron a hablar del gerundio del momento en los demás canales mientras Marcelo estaba al aire.
El lenguaje, la moda, los usos y costumbres argentinas fueron moldeados por Marcelo. ¿Tanto así? Sí, quien lo vivió lo sabe. De aquellos lodos, estos polvos. Así estamos.
Durante años, el elogio que indefectiblemente recibía era “¡Es un genio! ¡No le importa nada!”, porque, como todo el mundo sabe, si algo te importa, ya no sos tan genio.
Que todo te rebote y listo.
Genialidad garantizada.
Fue el rey de la década del show off, un Menem de Ferrari y dólar tan barato que se compró el Badajoz español y paseó su arrogancia por las calles españolas con una carabela de pacotilla en plan “conquista de España”.
Fue el rey del caos delarruiano, con don Fernando sin encontrar la salida del laberinto, necesitando la ayuda del dinosaurio Bernardo para mutis por el foro, y finalmente fue la pieza exacta del populismo kirchnerista.
Tinellismo y kirchnerismo se necesitaron, se amaron, se beneficiaron. Finalmente, los dos se diluyeron y sería tan beneficioso para todos el retiro permanente tanto de uno como de otro. Perdón el tono de la nota, siendo brutalmente honesto, hace 35 años que quiero escribir estas palabras. No busquen objetividad.
Ahí donde la política se hizo show, en donde alcanzaba el absurdo de repetir “alica/alicate” para ganar una elección, Marcelo estaba presente.
Y cobrando, como tardíamente reconoció la también carcajeante Enana Marcela (perdón, correveidiles de la corrección política, no describo a Marcela por cierta ausencia de centímetros en su anatomía vertical como “enana”; sólo uso la denominación que le puso su jefe y que la hizo conocida en todo el país), digo, la Enana Marcela, hoy adalid de “todo lo bueno contra todo lo malo”, porque parece que nunca hizo lo que hizo, nunca se rió con el machirulaje, ni cobró lo que cobró por habituales contrataciones de organismos del Estado. No, porque si nos reímos, nos reímos todos, eh.
Scioli se ataba la corbata con una sola mano, y el aún hoy intocable Martín Insaurralde convirtió su casamiento con la Gadnic con Tetas en un hecho político-mediático y pelito pa’la vieja.
El 1 a 1 le permitió fundar Ideas del Sur, y de ahí al infinito y más allá. Todo por dos pesos y Okupas, Buenos vecinos y Los Roldán, Tumberos y Patito feo, desde El paparazzi con Jorge Rial a Sol negro con Rodrigo de la Serna.
Marcelo era todo.
Todo era Marcelo.
No había televisión argentina sin “el cabezón”.
No sólo fue el único “Marcelo”.
También el único “cabezón”.
El país entero se miraba de soslayo y sonreía al pensar qué pasaría en el cuarto piso, picarón.
Con su varita mágica, pim, tocaba al Chato Prada y lo hacía famoso.
Tocaba a Federico Hoppe y lo hacía famoso.
Tocaba a Alejandro Stoessel y se armaba un lío por los derechos de Patito feo que terminó en la canción “Ángel” de Tini, donde (guiño guiño) trata a Marcelo de Judas, que le dio el beso a su padre (Stoessel) y finalmente lo traicionó. Que la canción haya salido en medio del juicio entre los dos examigos medio que habilitó a que centenas de malpensados barruntaran quién era un ángel y quién, Judas.
Así como fundó Ideas del Sur, unos años después la fundió.
Marcelo dice que no tiene nada que ver, que él vendió el 81% a dos nenes de pecho, Cristóbal López y Fabián De Sousa (Grupo Indalo), y que no deja de ser una víctima, porque no sólo a los empleados, a la AFIP y a los proveedores no les pagaron, tampoco a él, pobre muchacha paraguaya que vino a trabajar decentemente y terminó en una red de prostitución española, esclava de gordos calvos rusos con olor a arenque.
No lo salvaron ni los 56 Martín Fierro que APTRA le otorgó, siempre fiel a su seguidismo sicofante, por no decir chupaculismo extremo, ni el de Oro que ganó en el ’97, ni siquiera el de Platino de 2010 (premio que sólo lograron él, Mirtha Legrand, Susana Giménez y Antonio Gasalla).
Cuando, en el comienzo de su 30ª temporada, en 2019, abrió el programa con un arrepentimiento digno de Heberto Padilla o Galileo Galilei, algo se quebró.
“Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa”, dijo pegándose en el pecho y mostró en público su deconstrucción agradeciendo a las Actrices Argentinas, a Griselda Siciliani, a Flor de la V y a cualquier otra posible damnificada.
Del homofobiquísimo “Topus 4” a ser la cantera gay televisiva del nuevo milenio; de reírse de los moretones de Mónica Farro, víctima de violencia de género, a una apertura sólo con cantantes mujeres (Sandra Mihanovich, Valeria Lynch, Hilda Lizarazu, Adriana Varela, Patricia Sosa, Julia Zenko, Lucía Galán).
Ya en aquel momento no todos creyeron lo que estaba ocurriendo. Malena Pichot y Sofía Gala usaron el recordado Twitter para permitirse sospechar de tan rápida conversión.
Pero hubo más, porque la siempre sagaz Adriana Amado (un cerebro fugado a España, donde la valoran como acá nunca lo consiguió) anticipó en aquel momento lo que podía pasar. Consultada por la revista Noticias, dijo: “Este cambio responde a una búsqueda de aprobación de un grupo ilustrado y de la gente que siempre lo criticó. Esa gente nunca fueron las audiencias. El programa siempre fue criticado y denunciado por gente que no lo veía. Pero en este momento en el que está tratando de conseguir un lugar en el contexto político, quizás esté buscando una aprobación de esos sectores de periodistas, analistas y de la academia que siempre lo condenó”.
Anotame en el grupo, Adriana.
Y agrega aquella nota de Noticias: “‘Parecería que está lavando culpas’, expuso Amado sobre esta deconstrucción, la cual, según detalló, podría ser contraproducente a futuro ya que las posturas políticamente correctas ‘no es lo que quieren las audiencias’”.
Chupate esa mandarina.
Ya nada fue igual.
Parte de su público histórico lo seguía por todo eso que estaba mal y, al sacarles el dulce, dijeron “no juego más”, y los más jóvenes, los nativos digitales que nacieron deconstruidos, no necesitaban que alguien los entendiera, simplemente nunca supieron para qué sirve un televisor.
¿Resultado?
Caída en picada.
Cada nuevo intento sonaba a llamada desesperada —y bastante patética— por seguir siendo el rey.
Cada tatuaje fue un peldaño hacia abajo.
Quebradas las ideas del sur, hubo de refugiarse en LaFlia, como se llamó su nueva productora, donde ya no hubo proyectos de ficción y se dedicó en general a productos con su cara (la que le haya quedado en el momento, uno nunca sabe), como Showmatch (Bailando hasta su última edición, a comienzos de 2024) y el reality Los Tinelli (perdón, me había olvidado de este programa, sí, algo de ficción hubo entonces).
Hoy LaFlia, después de sufrir reestructuraciones varias (o sea, de echar personal) por la baja cantidad de producciones, está enfocada al Infobae Mundial, un streaming sobre, claro, el Mundial.
¿Cómo es que Marcelo, que él solito era más que Mirtha, Susana, el Chueco y Mario juntos, terminó en un streaming de una empresa ajena, en donde las altas visualizaciones en YouTube/TikTok/Instagram no se ven corroboradas por un engagement siempre ralo, lo que permite a usuarios y creadores de contenido pensar en bots inflados artificialmente, aunque el equipo de Marcelo lo niegue enfáticamente?
El tipo ponía fecha y hora de iniciación de algún Bailando y listo, el país entero anotaba en su agenda y esa noche no había otra cosa y a la mañana siguiente era el monotema y, si no lo habías visto, mejor no salgas a la calle. Serías objeto de mofas y chirigotas.
Que la televisión no es lo que era, sí, qué tal, don Perogrullo dice que no sea tan obvio.
Pero Susana, el Chueco, Mario siguen ahí.
Mirtha también, pero esta nota sólo habla de seres humanos, no de extraterrestres bendecidos con el don de la inmortalidad.
¿Por qué cayó Marcelo?
¿Perdió una conexión generacional y sus intentos por retomarla lo desconectaron mal?
¿Se olió patetismo en la desesperación por seguir siendo el rey?
¿La sobreexposición lo terminó perjudicando?
Marcelo nos enfrenta a un montón de dudas, pero, siendo fiel a su estilo primigenio, queda una sola pregunta por hacer:
¿Qué Marcelo?
Revista Seúl

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