OPINIÓN
Mientras leía por segunda vez Clases de literatura, hubo un pasaje que dejó de hablarme de escritores para empezar a hablarme de periodistas
Por Iván Nolazco
No cambió el texto. Cambió el lector. Tal vez porque, después de tantos años recorriendo archivos, expedientes y silencios, entendí que los caminos de un escritor no son tan distintos de los caminos de un periodista. Ambos parten de la misma incertidumbre: intentar comprender un mundo que siempre se resiste a ser comprendido.
Julio Cortázar explicaba que un escritor no avanza por una ruta previamente trazada. No existe un mapa que indique dónde comienza una voz, en qué momento aparece un estilo o cuál es la dirección correcta. Cada autor se forma entre lecturas, errores, obsesiones, intuiciones y desvíos. A veces cree avanzar cuando en realidad está regresando. Otras veces se pierde y solo mucho después comprende que aquel extravío era el verdadero camino.
Con el periodismo sucede algo parecido.
Uno entra al oficio creyendo que viene a contar hechos y termina descubriendo que los hechos son apenas la superficie. Debajo viven los intereses, los miedos, las conveniencias, las operaciones y los silencios. La noticia visible casi nunca es la historia completa. Es apenas la puerta.
El verdadero trabajo comienza cuando uno decide abrirla.
Al principio creía que ser periodista consistía en llegar primero. Con los años comprendí que muchas veces lo importante era llegar más hondo. La primicia envejece rápido. La verdad, en cambio, suele demorarse. Se esconde detrás de una cifra mal explicada, una firma que nadie quiere reconocer, un expediente que duerme en un escritorio o una respuesta oficial construida para no responder nada.
Ahí aparece el camino.
No el de las conferencias de prensa ni el de los comunicados cuidadosamente redactados. El otro. El incómodo. El que obliga a preguntar dos veces cuando la primera respuesta parece demasiado perfecta. El que lleva a revisar documentos, comparar versiones y desconfiar de esas certezas que llegan envueltas en palabras solemnes.
Ese camino no siempre conduce a una revelación.
A veces termina en una puerta cerrada.
Otras, en una llamada que nunca será devuelta.
También puede acabar frente a una fuente que sabe la verdad, pero todavía le teme. El periodista aprende entonces que investigar no consiste únicamente en encontrar información. También consiste en comprender por qué alguien decidió ocultarla.
Hay silencios que explican más que una entrevista.
Hay funcionarios cuya negativa a responder confirma aquello que intentan negar. Hay expedientes que parecen muertos hasta que una línea olvidada les devuelve la voz. Hay números que, colocados junto a otros números, dejan de ser estadísticas y comienzan a parecerse a una confesión.
El oficio enseña a leer esas señales.
Tal vez por eso el periodismo se aproxima tanto a la literatura. No porque pueda permitirse inventar, sino porque necesita interpretar. Cada testimonio tiene un narrador. Cada fuente habla desde sus intereses. Cada versión contiene zonas iluminadas y rincones deliberadamente oscuros. Como en los cuentos de Cortázar, la realidad rara vez se presenta completa. Siempre deja una grieta por donde se filtra otra historia.
El periodista debe aprender a mirar por esa grieta.
No siempre lo consigue.
También se equivoca. Confía en quien no debía, interpreta mal un silencio o cree haber descubierto una verdad cuando apenas ha encontrado una parte. Esa posibilidad de error debería acompañarlo siempre. No para paralizarlo, sino para impedir que se convierta en aquello que alguna vez quiso combatir: alguien convencido de que su palabra está por encima de los hechos.
La duda, en este oficio, no es una debilidad.
Es una forma de higiene moral.
Desconfío de los periodistas que nunca corrigen, de los que siempre tienen razón y de aquellos que escriben antes de investigar porque ya conocen de antemano la conclusión a la que desean llegar. En ese momento el periodismo deja de buscar la verdad y empieza a fabricar obediencias.
Cortázar entendía la escritura como una transformación. El escritor no termina siendo el mismo después de encontrar su voz. Algo semejante ocurre con el periodista. Cada investigación lo modifica. Cada injusticia que conoce le arrebata una comodidad. Cada mentira comprobada destruye una ingenuidad. Cada víctima que decide hablar deja una responsabilidad que no desaparece al publicar una nota.
Uno no sale ileso del oficio.
Hay historias que permanecen durante años. Rostros que regresan en la memoria. Madres que siguen esperando una respuesta. Trabajadores que aprendieron a vivir con una injusticia que para otros apenas ocupa un párrafo. Funcionarios que olvidan sus promesas, pero no los beneficios obtenidos gracias a ellas.
El periodista carga con una parte de todo eso.
No porque sea juez.
Mucho menos porque sea héroe.
Sino porque fue testigo.
Y ser testigo implica una obligación. Contar lo ocurrido con pruebas, contexto y honestidad. No exagerar para ganar lectores. No ocultar para conservar amistades. No suavizar por miedo al poder ni endurecer por resentimiento. Parece sencillo cuando se formula así. En la práctica, es uno de los caminos más difíciles.
El poder rara vez exige silencio de manera directa.
A veces ofrece cercanía.
Otras veces promete acceso, publicidad, reconocimiento o pertenencia. También sabe castigar con indiferencia, aislamiento y desprestigio. El periodista descubre entonces que la censura más eficaz no siempre llega con una prohibición. Muchas veces aparece disfrazada de comodidad.
Aceptar esa comodidad es abandonar el camino.
Porque el periodismo no consiste en caminar junto al poder para escuchar mejor sus discursos. Consiste en mantener la distancia suficiente para observar lo que intenta esconder.
Después de tantos años entendí que no existe una llegada definitiva. Ningún periodista alcanza un punto desde el cual ya puede comprenderlo todo. Cada historia abre otra pregunta. Cada respuesta verdadera revela una nueva zona de incertidumbre.
Quizá ese sea el destino del oficio.
No encontrar una verdad final, sino conservar la capacidad de perseguirla.
Ahora comprendo mejor aquel capítulo de Cortázar. Los caminos de un escritor no eran rutas hacia la fama ni fórmulas para alcanzar una obra perfecta. Eran las formas secretas mediante las cuales un hombre se convierte en aquello que escribe.
Con el periodista ocurre lo mismo.
El camino no solo conduce hacia una noticia.
También construye a quien la busca.
Por eso sigo escribiendo.
No porque crea haber entendido el mundo, sino porque todavía me incomoda no entenderlo.
Y mientras exista una pregunta sin respuesta, un documento oculto, una mentira repetida o un silencio demasiado pesado, todavía habrá un camino que recorrer.
Tribuna de Periodistas

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