GRANDES CARTAS DE AMOR (1)

CULTURA

De «una extranjera» para Honoré de Balzac

Nada más estimulante para un escritor que recibir una carta anónima maravillosamente escrita por una mujer que asegura no va a revelar nunca su identidad. Firmada tan solo como «La Extranjera», esta carta le llegó a Balzac en 1832, cuando empezaba a adquirir cierta notoriedad por sus primeras obras.

La primera carta 

Señor: 
Como extranjera que soy no sería sorprendente que me sirviera de expresiones que le parecieran poco francesas, pero necesito escribirle para transmitirle con todo el entusiasmo del que soy capaz los profundos sentimientos que despiertan en mí sus obras. Su alma, señor, posee la sabiduría de los siglos. Su concepción filosófica parece provenir de un largo estudio consumado por el tiempo; sin embargo, según me aseguran, aún es joven. Cuánto me gustaría conocerle, aunque no creo tener necesidad de ello, pues un instinto del alma me hace presentir cómo es; le imagino a mi manera, y así si me cruzara con usted, no dudaría en proclamar “es él”. Su aspecto exterior no debe dejar entrever su ardiente imaginación; tiene que animarse, tiene que despertar en usted el sagrado fuego del genio, que de ese modo hará surgir la persona que es, la persona que yo intuyo: un hombre superior en el conocimiento del corazón humano. Al leer sus obras mi corazón ha palpitado exultante; eleva a la mujer a su justa dignidad; el amor en ella es una virtud celeste, una emanación divina; admiro en usted esa encomiable sensibilidad del alma que le hace adivinarla. Debe usted amar y ser amado; la unión de esos ángeles debe ser su legado: esas almas deben poseer felicidades desconocidas; esta Extranjera ama a ambas. Y desearía ser su amiga; ella también supo amar, pero nada más. ¡Oh! ¡Usted me comprenderá!... Tiene una carrera brillante, sembrada de flores delicadas y fragantes olorosas; debe ser feliz y serlo siempre. Desde el instante en que leí sus obras, me identifiqué con usted, con su ingenio; su alma me pareció luminosa, le he seguido paso a paso, orgullosa de los elogios que le prodigaban, o deshecha en lágrimas cuando la ácida crítica vertía sobre usted su amarga ponzoña. No obstante muchas cosas me parecieron justas, y a pesar de mi predilección por su persona, me estremecí... Me gustaría develarle toda la sinceridad de mi afecto, y mostrárselo exponiéndole la cruda verdad: la verdad, ¿querría usted oírla de un ser desconocido que, sin embargo, le ama, como ya he dicho, y puede decírsela? Su genio me parece sublime, pero es preciso que se torne divino; solo la verdad debe guiarle; puedo percibir su alma, e incluso presentirla, ¡ese es mi único talento! Un alma que todo lo puede, pura, colosal, cuya fuente es divina y su verdad sagrada; me gustaría protegerle para que pudiese vivir siempre puro en medio de todos aquellos que deben rodear su persona, su talento, su ingenio. Para usted, yo soy la extranjera, y lo seré toda mi vida; no me conocerá jamás... Pero yo creo presentir su alma con todas sus emanaciones celestes, esas que a una orden suya deja traslucir en sus obras. Usted siente el amor, lo describe con alma de ángel. ¡Oh!, si estudiase a fondo el entusiasmo sagrado que le alienta, debería llegar a crear páginas que pasaran a la posteridad y arrojaran una gran luz sobre una posible felicidad real del hombre. Me gustaría poder escribirle de vez en cuando, ofrecerle mis pensamientos, mis reflexiones; pero confío no me vea como un ser fanático, entusiasta de ideas exaltadas, no, yo soy sencilla y sincera, aunque tímida y medrosa; parezco tan poca cosa que apenas se me presta atención; no tengo fuerza, energía, ni valor más que para aquello que me parece se alía al sentimiento que me mueve, ¡el Amor! He sabido amar y aún amo; nadie ha podido comprender el alma de fuego que envuelve todo mi ser; usted me comprenderá, sí; usted apreciará tan bien como yo que debía amar una vez, una sola vez, y si no era comprendida, vegetar y morir... ¡He entregado mi corazón, mi alma, y estoy sola!... Mi vida habrá sido la primera carta un doloroso sueño de esperanzas truncadas y, sin embargo, ¡no desearía nunca perder el recuerdo de semejante amor! Es la idea fantasmagórica del poder eterno que todo lo puede, que todo ilumina, que todo lo crea, que todo vivifica; es más de lo que puedo describir, es soñar a Dios, comprenderlo. Sus escritos me han infundido un sentimiento de profundo entusiasmo: es usted un luminoso meteoro que debe proporcionar movimiento y vida en un sentido nuevo, pero cuídese de los obstáculos... Estos le rodean, ¡puedo sentirlo!... No tengo ni talento ni ingenio, pero me mueve un profundo sentimiento de verdad; siento que me gustaría ser un ángel de luz y así protegerle de todos los errores; siento que el fuego de su inteligencia me anima; no puedo siquiera describirlo ni retratarlo en brillantes trazos como hace usted, pero mi ser lo respira y querría verle alcanzar impoluto el final de una carrera cuyo aliento me transporta más cerca de Dios que del resto de los hombres. En otras palabras, tiene usted todo mi ser; admiro su talento, rindo homenaje a su alma; desearía ser su hermana... Mis juicios sobre usted podrán revelar errores, pero jamás falsedad o mentira; soy todo alma y no tengo más que una virtud: Amar, y amo hasta la eternidad... ¡Cuántas veces he deseado verme cerca de usted cuando esos profundos pensamientos que tan bien describe le alientan: solo, en el silencio, con su propio poder; solo, con su brillante imaginación; pudiendo contar cada pensamiento como un prodigio de fuerza moral, de previsión casi sobrenatural y que, sin embargo, nos hace presentir tan bien que el hombre puede alcanzarlo todo, puede profundizar en todo. Usted da vida cada noche a un pensamiento nuevo mientras que todo duerme a su alrededor, su genio en vela para aportarnos esa sobreabundancia de fuerza, de armonía y de Amor. Así lo veo yo. A mil leguas de distancia, creo vivir de su vida, de sus pensamientos, pero solo sé sentirlos, no describirlos. Me gustaría comentar con usted sus obras; celebrar con usted, y solo con usted, mi entusiasmo o mi crítica. Solo con usted, y solamente para usted, ser su justicia, su moral; su conciencia. Una verdad eterna me mueve, puedo notarlo; me inflama, solo usted puede comprenderla y describir esos latidos de amor puros, sagrados, que me hacen amar para vivir y vivir para amar, que, con un entusiasmo sereno y resignado, me hacen vislumbrar un porvenir que me parece intuir será de felicidad y alegría para el hombre si logra atrapar esa chispa eléctrica que se me figura la verdad eterna y que, unida a la naturaleza, al amor y a la verdad, debe revelar al hombre la armonía de su existencia y decirle: ¡eso es lo que eres, eso es lo que debes ser! Una palabra suya en La Quotidienne me dará la certeza de que ha recibido mi carta y puedo volver a escribirle sin temor. Fírmela: A la E de H. B. 

                                                                                                                          La Extranjera

Editorial El Ateneo
Ilustracion: Edelfeit-Getty images

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