OPINIÓN
Tengo la certeza de que todo ser humano de bien tiene una frase hecha de cabecera, aunque no lo haya notado
Por Nicolás Lucca
Algunas de esas frases se convierten en parte del sentimiento colectivo, como una creencia extendida en base a repeticiones que, a menudo, quedan varadas en algún paréntesis temporal ya pretérito. Cuando esas frases se mezclan con supuestos conocimientos de otras culturas, la ensalada mental suele convertirse en una traba que bloquea nuestra capacidad de análisis porque todo se reduce a frases hechas.
Por otro lado, es propio del humano citadino de países en desarrollo confundir aceptación con conformismo. Aceptar no es conformarse, sino el primer paso para decidir si uno se conforma con lo que aceptó o va por más. Pongamos un ejemplo geográfico: Suecia. Tengo la dudosa certeza de que nuestra imagen de Suecia fue moldeada por una crónica de viaje publicada por Clarín en 1979 y redactada por la cronista María Elena Walsh. En “El paraíso sueco”, la polifacética artista argentina describe la abundancia de derechos sociales garantizados por el Estado, desde guarderías, licencias igualitarias por paternidad para ambos sexos, hasta becas para cualquiera que quiera estudiar y a cualquier edad.
Como si supiera que su crónica va a pegar en varias sensibilidades, Walsh no quiere privar a nadie de sentirse tocado; así que comienza con la crítica que hacen los comunistas sobre el modelo escandinavo (corruptos, alcohólicos y suicidas) hacia el fomento de la disciplina personal y la responsabilidad individual de cada ciudadano, que no es otro que cualquiera que haya salido del aeropuerto de Estocolmo.
Sin embargo, algo remarca que ya hablábamos de los suecos desde antes, puntualmente cuando Walsh atribuye al “complejo de superioridad” argentino el desdén por una cultura “fría”.
[Nota mucho muy importante: si usted es un empresario grande, mediano o pequeño, le pido por favor que no abandone este texto en los próximos párrafos. Puede putearme en el mientras tanto, pero al final verá a dónde quiero ir. Espero.]
Es agobiante la larga catarata de derechos individuales garantizados proactivamente por el Estado sueco. Más agobiante es leerla con la óptica de esta segunda mitad de la tercera década del siglo XXI.
Luego de la visita de María Elena, quien permaneció alojada por un matrimonio de uruguayos que vivían en un barrio “equivalente a una villa miseria” para los estándarer suecos, pero que es descrito como surgido de un sueño húmedo socialdemócrata, Suecia ingresó en la década de 1980 junto con el resto de Occidente: a los tumbos, con crisis fiscal y necesidad de reformas urgentes. En la década de 1990, al igual que el resto de Occidente, Suecia privatizó empresas públicas y se abrió al mundo. Pero pasan las décadas y, con gobiernos de izquierda, centro o derecha, a ningún político se le ocurre cuestionar el Estado de Bienestar del país con el IVA más alto del mundo. Y encima tienen el tupé de mantener abierto el Banco Central más antiguo del mundo fundado por la Corona en el siglo XVII.
Quizá por ese contraste entre lo descrito por Walsh en los años setenta y el devenir del mundo y de Suecia a lo largo de las décadas posteriores, es que acuñamos un latiguillo como respuesta al latiguillo anterior. Tanto quedó grabado en nuestro imaginario popular el modelo escandinavo –puntualmente asociado a Suecia pero presente en Noruega, Dinamarca y, en poquita menor medida, en Finlandia e Islandia– que ante un “Suecia hace tal cosa y le funciona”, es cada vez más habitual responder “pero Suecia está lleno de suecos”. Sí, es cierto, al igual que Noruega es habitada por noruegos, y Dinamarca está llena de legos. Tan cierto como que todos ellos son los famosos y temidos vikingos y que en algún momento de su vida comenzaron una transición a esto. Ni siquiera podemos hablar de una conquista que les cambió la existencia cuando fue todo lo contrario: los vikingos se asentaron en el norte de lo que hoy es Francia, donde fueron conocidos como los “hombres del norte”, o northmann, latinizado como normandos. Desde allí y a lo largo de los siglos contribuyeron sustancialmente a darle forma al Reino Unido y al sur de Italia, entre otras hazañas culturales.
Para toda teoría hay un contexto y un tiempo. De Suecia podemos decir que resistieron al tiempo, pero no fue así, no de manera lineal. La conservación de los amplísimos derechos individuales no habrá mutado, pero sí lo hizo la forma de financiarlos. Suecia modificó su estructura energética, su esquema industrial y su política económica en torno a ese aparato que nadie quiere cambiar.
Y menciono a Suecia porque tenía de piecito el texto de María Elena, que bien podría extender todo análisis al consorcio creador por el Consejo Nórdico para la colaboración mutua. Allí no importa quién gobierne ni la afiliación política que triunfe: la cooperación no se toca y se mueven en conjunto. No funcionan o dejan de funcionar según la simpatía política de cada gobierno. En la actualidad tienen distintas afiliaciones en cada país y, sin embargo, se pusieron de acuerdo en el accionar migratorio, solo por poner un ejemplo.
Algo tienen, no sé. Los cinco países nórdicos se encuentran entre los quince países con mayor salario promedio del mundo, entre los países con menor inflación del planeta y los de mayor PBI per cápita. Y eso que tienen una legislación laboral que podría convertirse en la pesadilla de cualquiera: los salarios son fijados por convenios colectivos entre sindicatos y empresas en un país con dos tercios de la masa laboral sindicalizada, con cinco semanas de vacaciones pagas al año, catorce semanas de licencia por maternidad, horarios laborales flexibles y hasta un preaviso por despido que puede llegar a los seis meses de antelación de acuerdo a la antigüedad.
¿Acaso quiero hacerme el picante porque estamos en medio de un debate por reformas laborales? No, les equilibro la balanza: en Dinamarca no hay obligación indemnizatoria por debajo de los doce años de antigüedad. Y por encima de esos doce años, la indemnización es de un salario. Para vivir el sueño nórdico, los empleados eligen pagar un seguro por desempleo a uno de los veinte fondos existentes autorizados por el Estado danés, el cual cubre el 90% de los últimos salarios por un período que puede extenderse por años, pero, eso sí, con un tope mensual de unos 3.200 dólares.
No quiero que me tiren cascotes, pero la edad jubilatoria de Dinamarca está atada a la esperanza de vida. O sea: cuanto más aumenta el promedio de edad, también lo hace el piso para jubilarse. Hoy se jubilan a partir de los 67 años y, para 2030 (acá a la vuelta), deberán contar con 70. A nadie le hizo gracia la noticia, pero por el otro lado, hablamos del sistema previsional más sólido del mundo.
Las prestaciones por hijo son astronómicas para nuestros parámetros y disminuyen progresivamente con el crecimiento del benjamín y las licencias por enfermedad se cubren al 100%.
¿Cómo es, entonces, que un país con tamaña sindicalización, con un gasto del Estado irrisoriamente alto en rubros como educación y salud, donde las licencias por maternidad lucen eternas y las de paternidad parecen una fábula, donde los feriados se descuentan de las cinco semanas de vacaciones pagas anuales, donde el sistema previsional funciona, donde las cargas laborales son bajas (no más del 10% del bruto por parte del empleador), todavía existe en el mapa y no ha desaparecido devorado por un agujero negro de déficit, desempleo, precariedad, marginalidad y colapso social?
Quizá la respuesta esté en el otro ranking que Dinamarca encabeza: el país con menos corrupción del planeta. El puesto número dos es para Finlandia. Suecia, Noruega e Islandia pululan por el top ten. Y así ha sido desde que se mide. No producen todo lo que consumen, tienen los impuestos por las nubes, están abiertos al mundo y son la excepción a toda regla. Suecia encaró la década de los noventa como corresponde y privatizó todo lo que pudo mientras que Noruega aún conserva sus empresas estatales. Ni Suecia se hizo pomada en el cambio de siglo ni Noruega se fundió en el camino. Y por si fuera poco, los cinco países nórdicos tienen el descaro de presentarse ante el mundo como los que tienen las poblaciones más felices del mundo al clasificar primeros en PBI per cápita, esperanza de años de vida saludable, esperanza de vida en general, baja percepción de soledad individual, libertad para tomar decisiones vitales y generosidad. Los odio.
Es curioso, sí, que la mayor mancha que se instaló sobre los nórdicos haya sido el supuesto fracaso de la política naive de Suecia en materia de seguridad por haber tenido un notorio aumento de homicidios que llegó al escandaloso número de 116 asesinatos en 2022, un número que en la Argentina alcanzamos en menos de 30 días. Y si bien la cantidad de habitantes de nuestro país es mucho más alta que la sueca, la tasa de letalidad es la que manda: en el peor año sueco, registraron 1,1 homicidios por cada 100 mil habitantes. Fue en ese mismo 2022 que la Argentina, con 4,8 homicidios cada 100 mil, ocupó el lugar más pacífico de Sudamérica. Ante esto, no deja de ser curioso que acá hayamos leído el título “Cómo Suecia pasó de ser un país modelo a tener uno de los índices de violencia armada más altos”. Con qué cara, man.
No sé bien dónde quiero llegar con todo esto, esperaba que el devenir del texto lo hiciera por mí, pero algo pasó en las últimas semanas en nuestras conversaciones cotidianas, algo mucho más grande que la necesidad o no de una reforma laboral o, mejor dicho, de esta reforma laboral en particular. No sé ustedes, pero con cada persona con la que intercambié alguna palabra al respecto, algo saltó por los aires. Empleadores que me mostraron nóminas insoportables de licencias eternas (¿por qué nadie abre el debate para implementar un control sobre la veracidad de los diagnósticos?), trabajadores a los que al poder adquisitivo perdido les quieren responder con menor estabilidad, microempresarios que tuvieron que bajar la persiana por un juicio laboral, uno solito, basado en un despido más que justificado, empleados a los que les quieren pagar horas extras con francos compensatorios que no llegan a compensar esas mismas horas extras, empleadores que reciben licencias médicas firmadas por médicos cuya imparcialidad nadie puede verificar, y un largo, larguísimo listado de cosas en un ping-pong eterno que yo, como monotributista que no podrá jubilarse veía pasar con lágrimas en los ojos.
A lo largo de mi vida he pasado por todas las formas de empleo posibles. Hasta tengo dudas de si corresponde que deje la esclavitud voluntaria por fuera del currículum vitae. Trabajé como jornalero en negro bajo el bonito y popular nombre de canillita, un simpático personaje prehistórico que vendía diarios, el producto que se utilizaba para empaquetar huevos en el siglo pasado. Trabajé a prueba, fui planta transitoria, locador de servicios, planta de gabinete y planta permanente en distintos estamentos de las mil quinientas formas que tiene el Estado en la Argentina. Cuando presenté mi renuncia a la planta permanente del Gobierno de la Ciudad, mis compañeros hacían el chiste de que pondrían una placa en conmemoración del insólito hecho. Y así y todo he renunciado no a una, no a dos, sino a tres plantas permanentes en mi vida, la tercera de ellas en el sector privado.
De entre todos los empleos en los que estuve, y como corresponde a todo ser humano que debe socializar con otras personas, acumulo buenas y malas experiencias y seguramente tendré idénticos recuerdos desde el otro lado del mostrador respecto de mí. Sin embargo, de algo estoy absolutamente seguro: pueden decir que fui buen empleado, o malo, sobrecalificado, incapaz, eficiente, estúpido, atento, distraído, un tractor o un dolor de huevos. Pero nunca, jamás, never in the puta life me tomé un solo día de licencia que no me correspondiese. Una vez fui a trabajar con fiebre y el jefe me cagó tanto a puteadas que solo le faltó denunciarme por atentar contra la salud pública. Yo quise pasarme de bueno y el tipo me hizo entender que ir a trabajar con una enfermedad contagiosa, aunque leve, le arruinaría la productividad de toda la oficina.
Aclaro este punto porque estoy un poco con los huevos al plato de que siempre que se busca avanzar en algo, siempre termina en una competencia de quién cagó a quién cuántas veces y en qué magnitud. A lo largo de mi vida tuve compañeros que retrasaban el trabajo de todos los demás, personas que estuvieron meses sin ir a trabajar. He visto certificados médicos firmados por ginecólogos para un tipo con una supuesta gripe en una época en la que todavía no existía la percepción de género como constructo social no biológico. Tuve jefes a los que no les importó si yo tenía que rendir un examen o si ya no había más transporte público porque me quedé hasta bien entrada la madrugada. ¿Hacer valer mis derechos? Sólo alguien que no trabajó en su vida puede responder con esa frase.
Vi delegados gremiales en los cumpleaños del patrón, vi a otros delegados convocar una asamblea para llamar a la huelga en solidaridad con el retraso del aguinaldo de una fábrica en Villa Ojete y sentí en carne propia que me paguen el sueldo en cuotas por la crisis de la empresa que, mientras tanto, compra dos canales de tevé y un par de licencias de radio, que es lo que, evidentemente, corresponde hacer cuando no llegas a pagar salarios.
Puede que haya llegado al punto del texto en el que podría decir que son todos garcas, pero no, no es así. Sí creo que nos tenemos que joder todos por mansos. Mientras escribo estas líneas los principales empresarios del país son juzgados por una red de sobornos extendida en el tiempo. ¿Son todos los empresarios unos garcas? No. Pero la omertá es insoportable. Desde mi lado ¿con qué cara podemos decir algo cuando no conocimos a un solo líder sindical que pueda justificar, siquiera, la reforma del baño de una de sus quinientas propiedades? Y perdón que haya tocado la cuestión patrimonial, pero es más fácil de entender que llevarlo al terreno más áspero: mientras no toquen sus sindicatos, está todo bien.
En abril de 2002 se cumplieron seis meses desde que había entrado a trabajar como meritorio en la mesa de entradas de un juzgado penal de la selva bonaerense. De entrada, es una metodología de trabajo tradicional, pintoresca, pero que no resiste el mínimo análisis de un juzgado laboral de ese mismo Poder Judicial. Pibes sin sueldos ni aportes tampoco cuentan con responsabilidades si se pierde una pistola, una causa o un kilo de merca. Con la devaluación de enero, las asambleas del sindicato fueron un infierno y llegó una alternativa que nos partió al medio a todos en lo emocional: había presupuesto para aumentar un poco los sueldos o para pasar a planta a los meritorios, no para las dos cosas. Al menos eso es lo que dijeron. El pase a la formalidad demoró otros dos años. Yo ya estaba en otro lugar.
Años más tarde y con distintos trabajos de por medio, rendí y aprobé un examen para ingresar al ministerio público fiscal bonaerense. A pesar de mi probada experiencia y edad, me asignaron al correo y atención de mesa de entradas porque era el nuevo y no había confianza. Obviamente, ellos no eran los que pagaban el sueldo, ¿qué les puede importar la correcta administración de las erogaciones de nómina? Ahí tienen otra de mis renuncias a una planta permanente, algo que hice porque era muy joven e imprudente. Y porque siempre tuve más de un empleo.
Luego de más años de pasear por organismos públicos donde pesa más llevarse bien con el jefe de recursos humanos que hacer bien el laburo, luego de ver cargos hereditarios, paracaidistas que ocupan una vacante por tres meses para llevarse el ascenso a otro lado, tras atestiguar nepotismos varios, llegué al sector privado con la misma candidez con la que Reese Witherspoon ingresa al sistema jurídico en Legalmente rubia. En menos de un par de horas ya había visto nepotismo, pausas para fumar que duraban horas, tipos que nadie sabe a qué se dedican, otros que son capaces de asesinarte si querés darles una mano porque eso haría que vos sepas lo que ellos saben y así podrían ser prescindibles en un universo conspiranoico imposible. Vi todo lo que pensé que no iba a ver fuera del Estado, hasta esa manía de no reemplazar a los que se van porque “el trabajo sale igual”. Y sí, temporalmente te va a salir igual porque otros se lo ponen al hombro, pero porque supuestmente era por poco tiempo. Nadie puede correr una maratón al ritmo de cien metros llanos.
No siento que haya sido un empleado destacado nunca y a más de uno debo haberle generado un dolor de cabeza marca ACME. Pero sé a qué hora llegan los suplementos del diario de mañana, cuánto es el margen de ganancia de una revista, cómo mover un expediente del fondo de la pila de un empleado judicial, resolver un recurso jerárquico en subsidio, resolver un procesamiento con prisión preventiva, una excarcelación, un hábeas corpus o una elevación a juicio, ordenar un allanamiento y cuántas docenas de facturas llevar el día de tu cumpleaños a una redacción.
En algún momento de todo este periplo que es el de casi toda mi generación y las que me precedieron, deberíamos habernos hecho un hueco para decir “no, no está bien esto que hacés” sin sentir que nos convertimos en carneros. En algún momento hubiera estado bueno aceptar y entender que la corrupción no es sólo un intercambio de dinero por hacer o dejar de hacer algo, sino que lo es el tráfico de influencias, romper la cadena de mando, destruir un organigrama laboral para acomodar a alguien, arreglar con el delegado para que no armen quilombo en la puerta, arreglar con el empleador para que le den una manito al sobrino de Roberto, que tanta falta le hace. Porque, no sé si lo notaron, pero habitamos el país en el que cientos de personas poderosas reconocen que pagaron coimas como quien afirma que ha cenado anoche y resulta que pueden decir qué necesita el país para salir adelante, mientras que los corruptos siempre son los otros y las reformas drásticas son necesarias para atraer las inversiones necesarias. Mientras todo eso pasa, el país baja otros cinco puestos en el ranking de Transparencia Internacional.
A nadie le importó ni le importa.
Y todavía me pregunto cómo mierda hacen los daneses.
Relato del PRESENTE

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