OPINIÓN
Piense en su respiración. Contrólela. Inspire, retenga el aire, lárguelo despacito. Inspire nuevamente. Retenga el aire. Mientras lo hace piense en un lugar feliz
Por Nicolás Lucca
Controlar la respiración de manera consciente es todo un desafío. Uno cree que es una tontería hasta que nota que las primeras inspiraciones profundas son escalonadas. Pensar en un lugar feliz me lleva en un segundo a pasar del olor a lluvia en una casita en medio del bosque Peralta Ramos a la novela de Aldous Huxley. Como toda obra de ciencia ficción futurista, Un Mundo Feliz es una crítica a la sociedad que, con el tiempo, se convirtió en un documental. Como Idiocracy, convenientemente ausente de cualquier plataforma de streaming desde hace años.
Espire, vamos. Puede hacerlo solo sin que se lo ordene y antes de desmayarse. Entiendo su sensación de estrés perpetuo. No es fácil coexistir y sobrevivir. Pero, si le sirve, no es el único. Es más: se encuentra lejos de formar parte de una minoría.
Por cuestiones netamente personales, una de las publicaciones que espero casi tanto como a Papá Noel es el relevamiento anual del Estado Psicológico de la Población Argentina, publicado una vez al año por el Observatorio de Psicología Social Aplicada de la Universidad de Buenos Aires. Sí, ya sé que todo el nombre tiene fragancia a banderazo en la puerta de la facultad, pero es un informe interesante por varios motivos. El primero de ellos, la proporcionalidad con la que se hace el muestreo, con respeto a la cantidad de habitantes de cada núcleo urbano, la franja etaria y el poder adquisitivo. El segundo motivo es porque vivimos en una era en la que el mundo de la salud mental ha adoptado la Doctrina Kicillof: sin estadísticas no pasa naranja.
Para que se entienda: el último dato duro en materia de salud mental a nivel internacional data de 2019. Un lustro no es poca cosa. Si en el medio existió una pandemia con países que aplicaron restricciones carcelarias, el último número estadístico no sirve de nada.
Hay un sinfín de razones por las cuales un grupo mayoritario de personas deciden obrar como lo hacen. La historia está plagada de hechos que han sido analizados desde la estadística, la sociología y la astrología. Hay un ejemplo histórico que tiene que ver con la vuelta de campana de la sociedad norteamericana en su relación con la idea de una nueva guerra. Mientras el Reino Unido resistía como podía los bombardeos de la aviación alemana noche tras noche, del otro lado del Atlántico una encuesta nacional de Gallup realizada en septiembre de 1939 mostraba que el 74% de los ciudadanos norteamericanos se encontraban a favor de enviar alimentos y asistencia médica al Reino Unido, Francia y Polonia. El 84% estaba en contra de enviar tropas. Ningún Congreso en su sano juicio aceptaría el pedido de declaración de guerra.
Es fácil achacar el cambio radical de opinión pública al bombardeo japonés contra las instalaciones americanas en Hawai, pero no hizo falta una encuesta: el ataque a Estados Unidos ya era de por sí un causal de guerra. Que Estados Unidos fuera también a Europa se debió en gran medida a Adolf, quien le declaró la guerra a Estados Unidos.
Todo eso que medianamente sabemos deja para otro momento el dato clave: por qué el ciudadano promedio estaba en contra de ir a la guerra. Algunos lo atribuyeron a la lejanía, otros al nacionalismo en su versión “no es mi problema”, pero me gusta la idea de aceptar que toda una generación apenas se encontraba en su primer paso hacia la normalidad tras una depresión económica que empujó al desempleo y la pobreza a medio mundo. Un medio mundo que, casualmente, había sido parte de la Gran Guerra. Sus hijos tuvieron que lidiar con la orfandad o con padres absolutamente traumados, mutilados, desfigurados y con la entereza mental en ruinas. No existía forma de perfumar la idea de ir nuevamente a pelear “por otros países”.
Los temores parecen haber impulsado más cambios de mando políticos que cualquier otra razón. Nuevamente en el Reino Unido, a partir de 1922 se acabó la alternancia periódica entre el partido Conservador y el Liberal que habían abarcado juntos todo el siglo XIX. La revolución bolchevique hizo de las suyas y los conservadores, con contadas y breves excepciones, mantuvieron una homogeneidad que se extendió hasta el final de la Segunda Guerra. El votante los necesitaba para enfrentar el terror rojo. En el medio les apareció un imprevisto petiso y con bigotes ridículos.
Sin embargo, no debe existir pregunta más antigua que por qué hacemos lo que hacemos. Leemos las noticias y no logramos comprender por qué alguien puede ser tan genuflexo como para aceptar cualquier cosa que le pidan o podemos mirar alrededor sin tener una sola noción de quiénes serán candidatos ni de por qué aceptaron. Las encuestas sociales son solo una ventana que nos convierte en voyeurs de lo que creemos que podría suceder y ni miramos a los datos que no nos interesan. En un mundo polarizado, por ejemplo, unos pueden mirar la imagen positiva de una persona con admiración por superar el 41%. Otros aplicarán su propio sesgo para ver que el 59% no apoya a la misma persona. Y los dos tienen razón.
El 51,4% de los argentinos encuestados dijo atravesar alguna crisis, con una amplia mayoría centrada en la economía. Mis alarmas de lo inesperadamente esperable se encendieron cuando vi que solo el 26,07% afirmó recibir tratamiento psicológico. El 55,32% de los que no, manifestó necesitarlo, pero el 39,72% no puede pagarlo. Necesitar asistencia en salud por un problema económico y no poder pagarlo es la versión no graciosa del viejo chiste del tipo que no tenía fuerzas para abrir el frasco de vitaminas.
El 48,64% dijo tener niveles de ansiedad entre moderada y severa. Y el 40,27% sostuvo padecer algún tipo de depresión. Obviamente, es para tomarlo con pinzas porque, si recuerdan el dato anterior, es probable que haya mucho autodiagnóstico y ahí se juntan los dos extremos: los que creen que una crisis de llanto es un ataque de pánico, los que le llaman depresión al bajón de un domingo por la tarde y los que no creen tener ningún trastorno aunque se los pueda ver con un cartel de neón a un kilómetro de distancia. Sin embargo, no deja de ser una medición como todas las otras y ahí radica lo más alarmante: son números extremadamente superiories a cualquier medición global previa a 2020. Lo que nunca cambia es que a menor nivel socioeconómico y menor edad, mayor ansiedad y mayor depresión. Como para responderle a los que creen que los trastornos mentales son problemas burgueses: no es que los pobres no tengan trastornos; no tienen cómo costearlos.
Se dice que los análisis sirven para darle un contexto al dato duro. En los casos puntuales como este estudio, los datos duros sirven para darle contexto a la sociedad en general. Ya nadie se asombra de ver a dos tipo cagarse a trompadas por una imbecilidad. Ya nadie se asombra de tener un ambiente agresivo en la casa, en el trabajo, en la facultad o en el bar.
Existió un pediatra, psiquiatra y psicólogo británico llamado Donald Winnicott que desarrolló su actividad durante el siglo XX hasta fallecer en 1971. Bastante freudiano en su abordaje tuvo una marcada diferencia en un tema puntual: la agresividad. Freud metió a la agresión dentro de la pulsión de muerte, algo que forma parte del ser humano de forma instintiva que explota ante la frustración. Es tentador pensar en eso. De hecho, la mayoría de los que psicoanalizamos desde la esquina al protagonista de una anécdota que nos cuenta un amigo, somos de ir para ese lado. Winnicott, en cambio, saca a la agresión del terreno de la muerte, le quita el vínculo con la frustración y la lleva hacia el lado de la fuerza vital. A Winnicott le debemos el inicio de saber que los distintos tipos de odio subyacen en uno solo y que son aprendidos, que el enojo es una agresión reactiva a causa de una respuesta adversa del ambiente y que los niños deben procesar esa emoción inicial y temprana para evitar patologías. Cuando esto no sucede, el futuro adulto se convertirá en un ser que puede reaccionar tanto de forma sumisa, como con una incapacidad para defenderse adecuadamente o con una agresividad destructiva y antisocial. En muchos casos pueden darse todos estos últimos ítems juntos. Y todos conocemos o hemos conocido a alguien así.
No me gustan los diagnósticos a distancia por parte de no profesionales ni mucho menos por parte de profesionales. Es mucho más importante en los segundos, dado que saben que no se hace. Dicho esto, describir un cuadro de situación no es un diagnóstico, es un abanico de preguntas que llevan al chiste más antiguo respecto a la terapia, es en el que un analista le pregunta a su paciente “por qué vino” y el hombre contesta “por todos los que no vinieron”.
Comenzamos a empujar los parpados para abrir un ojo y manoteamos el teléfono para que deje de sonar el despertador. Y todo para ver que tenemos cincuenta y dos mensajes sin responder antes de, siquiera, sentarnos en la cama. Ninguno es urgente. Nos asomamos por la ventana para chequear que no somos el último ser humano vivo en el planeta. Observamos la sombra que se proyecta a través de la ventana para verificar que sí, que el planeta aún gira sobre su eje a pesar de habernos tomado el lujo de dormir, y pasamos a pensar con culpa si conviene contestar todos los mensajes antes de la ducha, después o mientras desayunamos un galletita húmeda.
Casi todos comienzan con un formalismo que reemplazó impunemente al “hola”: el “cómo estás”. Totalmente vacío de contenido, la pregunta seguida de un pedido nos recuerda que no importa cómo estamos. Luego de sopesar que no hay forma de comenzar el día con el triple de conversaciones que hace una década manteníamos a lo largo de una semana, alguno cometerá el error de prender la radio, la tele, abrir los portales de noticias o todo junto al mismo tiempo. No llevamos media hora despiertos y ya sabemos que la gastritis viene en camino. Para distraernos pasamos por las redes sociales, solo para notar que el que no está domado, se encuentra sodomizado, meado o cagado.
Con la angustia dentro de la mochila y la ansiedad pegada al pecho salimos a la calle con un solo pedido al cielo: que no nos maltraten tanto. Antes de llegar a la primera esquina ya escuchamos catorce bocinazos, cinco o seis insultos. Hace tiempo que olvidamos la creatividad para la agresión verbal, así que ni siquiera nos sacan una sonrisa por la inventiva. Estamos apurados y no sabemos bien por qué, si siempre somos los primeros en llegar, pero sabemos bien que lo hacemos por las dudas, por miedo a llegar tarde o para figurar.
Laboralmente abandonamos el concepto de bienestar en el mismo momento en que aprendimos que “Atrás Tuyo Tengo Seis Que Lo Harían Por Mucho Menos” no es una aseguradora de riesgos del trabajo. Un buen o mal trato se encuentra dentro de los conceptos de la baja edad media, donde todo dependía de la suerte de que nos toque un buen o mal Señor. Así, entre inseguros agresivos, idiotas que serruchan para abajo sin darse cuenta que se caen ellos, tipos que se las saben todas, paracaidistas amigos del hijo del amigo del dueño, nepobabies y los veteranos que, ante las ricas posibilidades de su futuro inmediato y el ingrato presente, no saben si prefieren jubilarse o recibir la eutanasia, tratamos de dar lo mejor de nosotros. Y lo mejor de nosotros, a esa altura, es sobrevivir el día.
Hay una pregunta que nunca se hace en ninguna encuesta: ¿Se sintió agredido física o verbalmente en la última semana? El motivo de su no aplicación no obedece a la falta de ganas, sino al resultado previsible de que el 103% de los encuestados dirá que sí, con un margen de error de tres puntos porcentuales.
Con este panorama tiene toda la lógica del mundo que siempre busquemos culpar a un grupo de personas más o menos mayoritario. De vuelta el “vengo por todos los que no vinieron”. Pero es complicado porque cada uno hace lo que puede con las herramientas que tiene. Algunos se atreven, tímidamente, a hacer una consulta con un especialista a pesar de que en su familia siempre trataron a los psicólogos de charlatanes rompehogares. Otros tienen la suerte de contar con un amigo que detecta que está en caída libre y la mochila lleva adoquines por paracaídas. Y después están los que se quedaron sin herramientas o nunca las conocieron y no pueden notar que el resentimiento que les crece lo canalizan con cualquiera menos con el verdadero responsable del resentimiento, si es que existe alguno.
Persecutas, delirios paranoides, alucinaciones de grandeza, pasivos agresivos, ninguneos y psicopateadas varias. Las vemos en el ambiente laboral, estudiantil, familiar o amistoso. Y yo no quiero diagnosticar a nadie. Solo que, así como recordé el viejo “vine por todos los que no vinieron”, hace ya tiempo que comencé a preguntarme por qué mierda soy yo el medicado.
No es ninguna novedad que diga que el mundo se ha vuelto un lugar difícil. No es que me refiera a que me guste o no un partido político, sino que cuesta adaptarse a esta realidad global en la que pretender un buen trato es ser cómplice de los que hicieron daño, porque cómo nos vamos a fijar en los modales cuando los valores están en riesgo. Paradojas de la vida: el buen trato es, culturalmente, sinónimo de buena educación. Otro valor Occidental, si es que tomamos en cuenta que nuestra escala de valores es la surgida de la Ilustración, ese período revolucionario que le dio a Occidente la base filosófica para comenzar una avanzada de desarrollo como nunca antes se había visto en la historia de la humanidad.
Podemos entender que la agresividad es innata o consecuencia de un problema emocional no resuelto; que puede ser una reacción o motivada por algo que no configura una amenaza real; que no resuelve problemas, que el objetivo inmediato es causar daño a la víctima o ejercer un poder de dominio, que es lo mismo; que una de las formas de liderazgo es la del macho Alfa y diez mil quinientas teorías más. Podemos entenderlo desde la curiosidad, desde la necesidad eterna de comprender por qué somos una especie racional y, a la vez, agresiva.
Un mundo en el que se cuestiona al invadido y no al invasor, en el que repetimos frases como latiguillos para decorar conceptos que nada tienen que ver. ¿Pensamos alguna vez en qué significa “nobleza obliga”? La tiramos, como si nada fuera, cuando queremos hacer una aclaración sobre alguien a quien criticamos o atacamos. Noblesse oblige es un término que, por si no lo reconoció, proviene del idioma francés. Y al hablar de nobleza se refiere a esta de manera literal. O sea, es un término pre revolución pero que, por su magnitud retórica, fue adaptada de manera popular, sobre todo del otro lado del Canal de la Mancha, donde la monarquía gozó de –y aún conserva– buena salud. Antiguamente se sostenía que el status de un noble lo obligaba a que sus vasallos se vieran respetados y protegidos. Es una suerte de mandato de algún tío de Peter Parker del multiverso: un gran poder conlleva una gran responsabilidad. En el Reino Unido cobró la importancia y el significado que aún ostenta gracias a la política y no a los nobles. Fue el Partido Conservador el que resumió con esa simple sentencia su política de «preservación de las instituciones establecidas y los principios tradicionales dentro de la democracia apolítica en combinación con programas sociales y económicos diseñados para beneficiar a la persona común». Porque hubo una época en la que los conservadores querían conservar las instituciones y, una de esas, era la sociedad en armonía. Para eso creían que los más pudientes debían tender una mano a los desfavorecidos.
El eje comenzó a moverse pronto y esa concepción conservadora pasó a llamarse “Red Tory”. Y con el tiempo se fue todo tan al carajo que grandes intelectuales defensores del Red Tory hoy son, directamente, contrarios a los valores occidentales.
Es una constante de las últimas décadas: el vaciamiento ideológico de todo lo que nos dio algo de seguridad intelectual. Han abundado estudios que buscaban justificar cómo una nueva forma de ver la sociedad era una escisión de una ideología. Y la verdad es que siempre caemos en lo mismo: torcer las cosas para que entre por la fuerza un concepto que poco tiene que ver con el espíritu de un espacio.
Pero volvamos al diván comunitario. Hace una semana, exactamente, me encontré con un amigote de esos con los que uno se lleva bien pero con los que nunca profundizó demasiado en algún tema. Comenzamos a hablar del cambiante mundo que nos rodea y, por una diferencia de edad –él es diez años menor– llegó la pregunta esperada: si es verdad que los noventas fueron tan maravillosos como él recuerda de su infancia. No lo sé, yo comencé los noventas con ocho años y los terminé junto con la Secundaria. Mi percepción es la que mi entorno gestó. Sin embargo, sí es cierto que, en retrospectiva, tuvimos un punto cúlmine a inicios de esa década, cuando todo era optimismo, democracia, consumismo y felicidad sin culpa por ser felices. Pero en términos históricos, en parámetros de decenas de miles de años, una década debería conformarse si obtiene un asterisco para una notación marginal.
Alguna que otra vez lo he expresado de forma directa, pero ahora voy por mi proceso psicoanalítico, que es personal, subjetivo y de mi cabeza. Nos criaron para un mundo en el que las grandes guerras apocalípticas son cosas que les sucedieron a nuestros bisabuelos o abuelos, en el que nuestra forma de vida era algo que llegó para quedarse, en el que las naciones europeas que se forjaron a lo largo de milenios de conquistas, masacres, genocidios y esclavismo mutuo, ahora eran socias, hermanas, best friends forever. Otra vez Gallup nos cuenta, en un viaje en el tiempo, que una fotografía con forma de estadística de mediados de los noventa mostraba que, tanto en el Reino Unido como en Francia y los Estados Unidos, más del 80% consideraba a los alemanes como amigos. Aquellos que habían combatido, resistido y sobrevivido a la Segunda Guerra todavía estaban vivos.
Ese mundo comenzó a desaparecer a principios de milenio y hoy agoniza lo mejorcito que de aquella década aún sobrevive. Y ya no importa si el mundo se comportó como un planeta hipócrita o si realmente existieron intenciones de una armonía global con ciudadanos que sintieran que el universo era su tribu. Hoy pareciera que la elección está centrada entre dos opciones: preservar Occidente para Occidente o dejar morir aquello que nos hizo felices. La disyuntiva está, para los que la vemos de afuera, en qué estamos dispuestos a sacrificar de Occidente para preservarlo. Porque, como viene la mano, pareciera que los valores democráticos, colaborativos, solidarios, laicos, republicanos y liberales son un lastre que frena la efectividad del combate contra los bárbaros.
En este mundo nos insertamos quienes nos criamos con una imagen que el tiempo convirtió en idílica. Sabemos que los noventas fueron los años del inicio del terrorismo fundamentalista, los años de los excesos, de la corrupción, de la sucesión de crisis capitalistas con nombres de barra de boliche en las que se suceden el efecto Tequila, el Saque, el Caipirinha y el Vodka. Si con todo eso aún recordamos con cariño aquellos tiempos creo, en mi subjetividad, que lo hacemos, que lo hago por una sencilla razón: ese sistema era el que me permitía quejarme de los defectos del sistema.
Por eso creo –creo que ya aclaré que lo hago desde mi subjetividad– que hay infinidad de factores que hacen mella en mi estabilidad mental: porque no fuimos –no fui– preparados –preparado– para este mundo. Porque me inculcaron la creencia de que nunca más debería afrontar el mundo en el que nacieron personas que gravitaron en mi infancia. Sin ir más lejos, mis abuelos nacieron en medio de la Gran Depresión, se criaron durante el mayor conflicto bélico de la historia y atravesaron su vida adulta en medio de la eterna Guerra Fría. ¿Cómo no iban a ser un cago de risa en los noventas? Yo –y puedo hacerlo extensivo a buena parte de la sociedad adulta, pero sigo en mi subjetividad para no ofender a nadie– todavía intento aprender a gestionar la frustración de un mundo adulto que se inició sin acceso al crédito hipotecario, sin la posibilidad de sostener una familia con un salario, sin capacidad de ahorro. A esa realidad con la que convivimos desde que llegamos a adultos, se sumó la crisis de las representaciones políticas, la pérdida de credibilidad en un mundo deliberativo y el auge del patoterismo como forma de comunicación. ¿Cómo no estar traumado?
Perdón. Inspiro, retengo, espiro. Repito. Sigo. Supongamos que no creemos en las enfermedades mentales, que consideramos a la psiquiatría una pseudo-ciencia en línea con el liberal clásico Thomas Szasz, una de las personas que más daño le han hecho a la salud mental junto con Michel Foucault. Szasz llegó a decir que las enfermedades mentales eran metáforas médicas y que la institucionalización involuntaria era inmoral. Al igual que Foucault consideró a la psiquiatría una forma de control social, pero la llevó al extremo de dar por sentado que un Estado que permite internaciones puede derivar en una sociedad orwelliana. Mirá qué paradoja la cantidad de muertes que nos habríamos evitado a lo largo de la historia si los más traumados hubieran sido tratados a tiempo. O si cierta persona hubiera aprendido a manejar la frustración de que a sus maestros no les gustaran sus pinturas y que esa gestión emocional tuviera lugar antes de que el estrés postraumático de la trinchera de la Primera Guerra no terminase de detonar su cabeza en un vendaval de resentimiento.
La salud mental no es sólo el que le ladra a la Luna mientras patea por Callao, no son solo los que ven personas o escuchan voces. La salud mental también es prevención. Y una de esas prevenciones se da en la infancia. Abracen a los nenes, ayúdenlos a entender por qué el enojo está bien si se sabe expresarlo, aunque no signifique un endorsement y que, a pesar de tener razón en estar enojados, no tienen razón en lo que provocó el enojo. No esperen otra cosa en el camino ni aún con las personas más disruptivas que pueda ofrecernos la política. De hecho, y toco a los que integran el gobierno por primera y única vez en este texto, pudieron derogar la Ley de Alquileres, infinidades de trámites burocráticos y media legislación que consideraron vetusta.
Mirá si es creíble que no pueden derogar la patética Ley de No Salud Mental. No la ven ni siquiera de manera ideológica, solo para contrariar a los seguidores de Foucault. No le importa al Legislador, no le importa al Ejecutivo y tampoco le importa al Judicial, que bien podría haberla declarado inconstitucional en estos casi catorce años amparados en la violación abierta a los Derechos Humanos que implica una ley que deja a una persona privada del acceso a la salud.
No creo que sea tema más que para los que tenemos interés por cuestiones personales. Es un punto en el que no se puede criticar a la sociedad, mientras convivimos con personas que necesitan canalizar sus frustraciones sobre nosotros. Y yo, al menos, tengo una idea de cuál es mi diagnóstico. ¿Cuál es tu excusa?
(Relato del PRESENTE)
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