SIN UNA IDEA

OPINIÓN

Desde el 1º de febrero de 2021 unos 246 textos han salido a la luz en este sitio

Por Nicolás Lucca

Usted se preguntará por qué hago el cálculo desde esa fecha si Relato del Presente nació en 2008, que desde entonces son un millar de publicaciones. Bueno, probablemente no se haya preguntado otra cosa que qué hace en esta página en su tiempo libre, pero le cuento igual que tomo esa fecha por una sencilla razón: fue la última vez que recuerdo un bloqueo para escribir.

246 textos es un número interesante si lo pongo en perspectiva. Por acá estilo publicar una cada siete y hay más textos que las 212 semanas transcurridas desde aquel febrero. Si le sumo la treintena de textos publicados en mi otro sitio, este bulto de palabras comienza a crecer aún más. Son unas 750 mil palabras. Más que la saga El Señor de los Anillos, aunque menos que la de Harry Potter e inconmensurablemente menos redituable.

El producto publicado y la frecuencia percibida del lado del consumidor puede hacer caer en la cuenta de que hay épocas de mayor cantidad de escritura y otras de menos intenciones. Lo cierto es que, si tomo el promedio de palabras escritas por semana, debo estar masomeno en el mismo lugar de siempre desde que aprendí a mover un lápiz con tres dedos sobre una hoja rugosa.

“No sos lo suficientemente bueno como para tener un bloqueo de escritor”, contó el periodista y escritor Pete Hamill que le dijo su editor en uno de sus, valga la redundancia, bloqueos. Es el terror de los que tenemos en esta modalidad de expresión nuestra fuente de vida: quedarnos sin una idea que nos motive.

Se puede escribir por escribir y cada uno tiene su método para enfrentar a la hoja en blanco. Aquel 1º de febrero de 2021 sufría un bloqueo más grande que una ventana en el Muro de Berlín. Así y todo publiqué un choclo de 3.600 palabras. Había escrito mucho más, pero comencé a pasarle la tijera para que mi editor no me lo rebotara. Y como acá no hay editores, blanqueo que aquel texto era para ser publicado en uno de mis empleos de aquel entonces y fue rechazado. ¿Motivo? “No es tema”, una discusión habitual en cualquier redacción, pero que no tenía margen de negociación. Si propongo entregar una nota con una selección extensa de casos de violaciones a derechos humanos en un período de un año de gestión de pandemia y del otro lado consideran que no es un tema de interés periodístico, no hay mucho más para negociar. Al menos sobre esa nota.

Pero soy una persona de poca flexibilidad, diría mi madre. Mi psiquiatra prefiere decir que soy caprichoso, pero no sé si tomaría tan en serio la opinión de una profesional médica. Después de todo, la ciencia no está muy de moda.

Recuerdo que, en mi supuesta inflexibilidad, me quedé sin palabras. No tenía otra propuesta de nota porque mi mente había estado abocada a recabar datos, contactar testigos, chequear fuentes y demás costumbres pasadas de moda. A modo de confesión, no soy la persona indicada para realizar tareas que requieran interacción; mucho menos entiendo cómo hacen mis colegas para vivir con un teléfono explotado de mensajes con información. No sirvo para eso. O sea: me sale si tengo que hacerlo, pero a un costo difícil de cuantificar.

Escribir es la clase de tarea que más se adapta a mi configuración de fábrica. No hay horarios determinados, no hay lugares obligados, no hay una rutina rígida. Así y todo tengo mi metodología aunque en constante mutación. Las costumbres fijas no son técnicas de trabajo; son mis cábalas.

Todo este ejercicio me sirvió para llegar a la primera conclusión: hay debates que no tengo ganas de dar porque considero que están saldados desde que el mundo existe y que todo aquel que entre en esas tertulias lo hace por necesidad o por placer. No creo que todo merezca una segunda opinión. Y cuando sí lo amerita, no creo, tampoco, en que cualquiera sea la opinión calificada. Si tengo un paciente con una tibia fracturada, por más que tenga a dos médicos sentados en frente, voy a quedarme con la opinión del traumatólogo. Si la otra persona, encima, es contador o encargado de edificio, resta y confunde.

Hay personas a las que no me interesa amplificar y no es censura. Una cosa es una entrevista, un mano a mano en el que se pueda preguntar y repreguntar. Otra es dejar el micrófono abierto para que diga lo que quiera sin ponerle un pero o introducir un por qué.

Un buen método para la hoja en blanco es salir a caminar como turista recién llegado y jugar al antropólogo, a ver qué idea surge de algo que vemos o escuchamos. Supongo que serán muchos los que alguna vez pensaron sus vidas si pertenecieran a otra clase social. Por lo conversado, leído, consumido, tengo la certeza de que una notoria mayoría piensa hacia arriba. Un sueño, una zanahoria a seguir, como quien desea un Ford Mustang y logra llegar a un Volkswagen con motorcito de un litro. Apuntar alto, conseguir lo que se puede y no averiguar que con lo que se paga ese VW en la Argentina se puede comprar un Mustang cero kilómetro en Estados Unidos. Y sobra para comprar la mitad de otro igualito.

No sé por qué pero yo no sueño con una chacra de fin de semana, o un yatecito para el Delta del Paraná. No fantaseo con un palacete en Barrio Parque, si hasta me desespera pensar cuánto debe pagar de alumbrado, barrido y limpieza. Mi mayor ambición económica es una cabaña en el bosque de Mar del Plata. Ese es mi Mustang. Mi Volkswagen, por el momento, consiste en sostenerme en pie en algo tan laxo como eso que llamamos Clase Media. Probablemente sea eso lo que me lleva a no imaginarme en el lugar del que tiene más que yo, sino en el otro, el que está abajo mío. No me malinterpreten, no lo hago de progre ni mucho menos, sino de autoflagelación a la Argentina y de puro instinto de supervivencia: saber que para otros, el que tiene suerte soy yo y, a la vez, ser consciente de que tan solo un mal movimiento o un imprevisto puede dejarme en la lona.

Me dí una vuelta por un shopping y sentí como si circulara por un mercado de la estafa con precios ridículamente altos en cualquier indumentaria usable que no se deforme en el primer lavado. Como sé que un shopping no es parámetro, salí a caminar por los barrios y no noté demasiado cambio en la detonación del poder adquisitivo. Podés ganar 1.100 dólares por mes pero la pregunta es para qué te alcanza. Mientras ya aparecen los primeros manifestantes de la línea Guillermo Moreno dentro de La Libertad Avanza a pedir que se haga una trazabilidad de la formación de los precios, me pregunto en qué momento el gobierno dejará de putear a los emprebendarios y reventará de los quichicientos impuestos cruzados y repetitivos de las líneas de producción que llevan a que el 50% de cualquier producto sean impuestos. Ok, muchos de esos son provinciales, pero el 21% del Impuesto al Valor Agregado hasta para cosas a las que no se les agregó valor alguno, es todito de la Nación desde que existe. Espero que cuando decidan achicar el Estado lo consigan. Mi ilusión trastabilla cuando veo que achican, también, al cortar todo recurso de mantenimiento troncal de la Dirección de Vialidad pero sin dejar de cobrar el impuesto a los combustibles existente desde la presidencia de Ramón Castillo.

Finalmente cedí a la tentación de pagar un café en Almagro al doble de precio de lo que cuesta en Roma. Mala idea. Decidí apurar y volver a casa luego de escuchar a un par de amigotes debatir sobre un video de YouTube que explica por qué Messi es el anticristo basado en que, al persignarse, no baja la mano hasta el abdomen y dibuja una imaginaria cruz invertida.

Rengo y con el bolsillo roto por un cortado con una medialuna, camino a casa y pienso que tener poca paciencia para la idiotez también es un síntoma del bloqueo. Y esto es un problema en sí mismo, porque mi paciencia está en cero y queda demostrado con la otra técnica básica para romper el bloqueo: pasear por las noticias. Veo a una movilera reírse por cómo se mueve el bote al que se subió para participar de Salvajemente Famosos White Bay Edition. No es poca cosa mantener el buen humor en medio de una tragedia, pero no me saca una sonrisa ni me da un buen material.

El zapping me lleva a la monotonía de ver que, nuevamente, ante una tragedia no nos interesa saber cómo evitar que se repita ni cómo aminorar los riesgos. Al menos el tema se mantiene al frente el tiempo suficiente para despertar el mayor y mejor rasgo argentino: la solidaridad. Pasan las horas, pasan los canales y comienzan los debates entre brutos y psiquiátricos sin medicar por ver, ya no quién es el culpable de una tragedia, sino quién es peor. Y no sé si da para tanta alharaca si, después de todo, hablamos de algo absolutamente novedoso e imprevisible como una bruta lluvia. ¿Quién iba a imaginar que todavía tendríamos precipitaciones a esta altura de la humanidad? Y sin embargo, ahí estamos en una conexión total con nuestros ancestros que tenían miedo de dejar las cuevas: con miedo a la lluvia y sin comprender qué es eso que llaman ciencia y, entre otras cosas, predicen probabilidades.

Pienso entonces que un buen desbloqueo sería hablar de las ciudades resilientes y todo eso que aprendí tras la inundación de La Plata, que después de todo le debo un montón al texto que escribí en abril de 2013. Pero ahí también perdí toda esperanza y hasta ya desconfío de la verdadera capacidad de retención del lóbulo frontal humano.

Recuerdo haber viajado a Mendoza por primera y única vez hasta ahora. Viene al caso porque quise ir a conocer las ruinas de la casa en la que habitó el Gobernador de la Intendencia de Cuyo y General en Jefe del Ejército de los Andes, José de San Martín. Me encontré con lo que hasta 1975 fue un taller mecánico. Todavía faltaba para construir ese hermoso museo que es hoy, pero corrí con la ventaja de poder estar en contacto con los pisos sin un protector de vidrio. Obviamente, me pregunté cómo corno fue que construyeron un taller mecánico donde había habitado San Martín, que no estuvo de paso una noche, sino que fue su vivienda familiar, el lugar donde nació Merceditas. Resultó que hubo un terremoto brutal en 1861 que borró del mapa a la ciudad colonial. Dos años después se ordenó la construcción de la ciudad nueva en territorios de una hacienda. Con el paso de las décadas, la expansión urbana hizo que la ciudad nuevamente llegara a la zona que fue arrasada por el terremoto y los aludes posteriores. Nadie se dio cuenta. Y, evidentemente, durante mucho tiempo nadie se preguntó, tampoco, «dónde habrá vivido San Martín cuando estaba acá». ¿Hay mayor muestra de que no nos importa saber del pasado más que para lo que nos conviene?

Si nadie registró que la ciudad se había mudado y se volvió a construir sobre antiguas ruinas, imaginemos qué podemos esperar del pasado reciente. La Ciudad de La Plata se había inundado ocho veces en los cuatro años previos a la mega inundación de 2013. No es que nadie hubiera imaginado que podía pasar algo grave con eso de tener concesionado el mantenimiento de arroyos en manos de cooperativas militantes: lo vivieron ocho veces en cuatro años con tormentas mucho menores. Si no se registró lo que pasó inmediatamente antes, imaginemos cómo podemos asustarnos de tenerlo a Scioli ahí donde está, si nunca quedó tan claro como aquel entonces que tiene bien puesta su definición política de que está compuesto por un material no descubierto por la ciencia: el fuego no lo quema, el agua no lo moja.

Ahora el tipo pasó a descreer del rol del Estado y, para eso, continúa en el Estado. Un Estado que no sirve, ya que todo lo regula el mercado y el equilibrio entre los demandantes y los oferentes. Creo bastante en dicha teoría con algunas excepciones, pero cuando comienzo a pensar en una idea al respecto mi cabeza se va por las ramas mientras miro la tremenda artesanía del portón de unos seis metros de hierro forjado que ofician de entrada a la sucursal del Banco Nación de Corrientes y Agüero.

Un banco creado por el ídolo liberal Carlos Pellegrini en su breve presidencia, uno que contrató a los mejores y más prestigiosos arquitectos para que diseñaran fachadas que sobresalen en cualquier paisaje. Una constante que se arrastró al siglo XX desde el anterior, cuando las escuelas también corrían con esa suerte. Era una forma muy de la Generación del 80 de mostrar un lugar al que seguir, un destino de grandeza que merece construcciones a la altura. Imagino lo que debe haber sido entrar a un pueblito perdido en medio de la nada y encontrar un palacio con columnas dóricas o imperiales y una mansión de granito y mármol para que estudien las blancas palomitas hijas de gauchos e inmigrantes analfabetos. Un grito de “esto es Argentina”. Toda con la del Estado. No dejo de pensar en la falta de coherencia de la narrativa oficialista, en el beneficio del inventario ideológico y la memoria selectiva con la historia. ¿Con qué piensan que se construyen esas columnas con las que fantasean?

Veo que casi todo el café mira hacia una pantalla detrás de mí. Partido de Champions League. Trato de enderezar mis cervicales para volver a estar derecho y ver qué onda con la tele que tengo en frente: quilombo en el Congreso, un policía desmaya a una anciana, un grupo de inviables prende fuego un patrullero, varios tachos de basura y rompen lo que encuentran. Había que dejar a los incivilizados fuera del santo recinto de nuestra democracia para que los diputados puedan cagarse a trompadas, tirarse agua y apretarse entre ellos para dar o no dar quórum.

Y ahí va que sigo bloqueado. Las noticias no me desatascan, las declaraciones no me motivan. No es que no pase nada, sino que no tengo nada nuevo para aportar. Sabemos que buena parte del expertise comunicacional del gobierno pasa por tirar una o dos bombas por día para que todo sea un quilombo periodístico cotidiano, pero eso también genera un cansancio por aburrimiento. Es como un recital de tu músico favorito que querés que nunca se termine. ¿Pensarías lo mismo luego de doce horas? Y cuando sí ocurre algo distinto, es tan harto conocido como un quilombo en la puerta del Congreso con jubilados cagados de hambre de por medio, más fuerzas federales que en toda la frontera, manifestantes en contra del gobierno, los troskos antisemitas de siempre, colegas que no entienden por qué los putean, justificaciones poco felices sobre periodismo militante en el país del periodismo militante, la falta de interés de una sociedad en la que todos ya asumimos que no podremos vivir de nuestras jubilaciones, violentos que aprovechan cualquier ocasión para pudrirla, violentos potenciales que justifican cualquier acto brutal, idiotas que no ven ni lo que sus ojos ven, hijos de puta que piden que la gente no vaya con la pollerita tan corta a trabajar a una marcha, y en el medio una protesta real, que existió y que se vio opacada.

A mí la violencia me repele, me angustia, me hace mal. El violento me asusta. No me gusta, no me genera morbo, no me hace bien. No entiendo a aquellos que celebran la violencia menos con los puños ajenos. Mucho menos entiendo qué creen que ganan los que justifican el accionar violento o que lo ven como algo gracioso. Mientras escribo estas últimas líneas ya ha pasado más de un día de los eventos del Congreso. Tuve que detener mi escritura porque escuché gritos en la calle. Me asomé sólo para ver una pelea con piñas y palos entre un ciclista repartidor y un peatón por no sé qué cosa, y ni me importa ya el motivo porque ninguno puede ameritar tamaño nivel de expresión física.

Yo no sé ustedes, pero hace ya tiempo que siento a todo el mundo sacado. Trompadas donde bastaba con un “perdón no te vi”, padres que se van a las manos delante de los hijos en la cola del supermercado, puteadas y agresiones en cualquier esquina, por cualquier pelotudez a toda hora y de parte de cualquier persona sin importar edad, sexo o religión. Es como si la calle se hubiera convertido en un Xwitter a cielo abierto, lleno de guapos y bullies. Y todavía hay quien se asombra de que haya aumentado el consumo de psicofármacos. No hay pastillas suficientes para calmar los ánimos de una humanidad en la que todos quieren humillar a los demás.

Decía que no tengo novedades para aportar a lo nada novedoso de esta semana. El presidente apela a un decreto, el Congreso no sabe qué hacer, la inflación decrece pero los precios no, el Estado se achica pero los impuestos no bajan, y la dirigencia política juega a ver quién tira la chicana tuitera más celebrada y más larga. Valijas sospechosas, amiguismo, propaganda, una Corte en llamas, el silencio sobre Massa y todos sus funcionarios en funciones, intentendentes que sí tienen plata para algunas cosas, una ministro que dice que está todo bien cuando no lo está, gente brutalizada aunque cumpla con todos los protocolos, la cuerda institucional convertida en una hilacha pequeñita y demasiado hijo de puta que disfruta de la violencia ajena. No digo si es válido ni sé si tengo que aclarar: lo disfrutan y eso ya dice mucho. Y todo para que, como siempre y para no variar, nos olvidemos del pequeño detalle: la jubilación mínima no alcanza para pagar un alquiler. Y hacía allí vamos todos los que no tenemos un convenio colectivo de trabajo, por más monotributo que paguemos.

¿Qué es lo novedoso?

¿Qué se puede decir de nuevo que no se haya dicho ya y eso incluye que es triste que hayamos naturalizado todo?

Ah, sí: que lo más buscado en redes y Google durante el miércoles fueron nombres de jugadores de fútbol y de Gran Hermano. El mundo es ese lugar extraño en el que la gente sigue su vida como puede.

(Relato del PRESENTE)




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