HISTORIAS
Los camioneros, comían mocotó en el bar de Janaina
Era una tarde, más no recuerdo si de sábado o domingo, pero luego de cortar palmitos con mi machete y de guardarlos en el baúl de mi auto, cerca de Morrinhos, seguí camino a Pixirica, de allí al pequeño poblado llamado Costao, había un cartel en el camino de tierra colorada, casi escondido entre las malezas que decía "café" y solo una casa, me detuve. Una señora vestida con falda larga de color negro, botas, camisa con puntillas y cofia blanca me hizo pasar. No era un bar, era simplemente su hogar, una casa de madera, como las de los cowboy, con cortinas en las ventanas, al instante apareció su marido, vestido con un traje negro y camisa blanca con un bondadoso moño sobre su pecho. Alisaba su escaso cabello y su larga barba mientras me observaba. Me preguntaron que hacía un extranjero por aquel lugar, les conté que era un aventurero, que buscaba historias para contar. Luego del café y una porción de bolo de cacao, me hicieron pasar a conocer dónde instalaba su alambique para hacer licor. Les compré una botella pequeña, de casi medio litro y seguí viaje.
Algo me detuvo al pasar por una iglesia en Costao, la gente sacaba un féretro. Seis personas lo llevaban a pulso. Todos cantaban. Era una hermosa canción, una canción de amor a una mujer que no conocía una ciudad, a más personas, a las luces, a otra forma de vivir. Yo la había escuchado antes, no recordaba por quién, ni dónde, pero me quedé mirando la triste imagen que bajaba del morro, ingresaron al cementerio, lugar a la vera del camino donde minutos antes había pasado con mi automóvil. Tomé un trago de aquella cachaza y seguí mi viaje hasta el río Mampituba, y de allí orientándome, busqué el camino a Sao Joao.
Era ya de noche cuando llegué al solitario bar de Janaina, cruzando el Yacaré, tomamos dos cervezas geladinhas, y ella, escasa de perfumes pero con la estampa femenina que la definía, me llevó hasta su habitación. A la mañana siguiente, el graznido de un tucán en la ventana me despertó. Janaina amasaba el pan en la galería, cantando aquella misma canción.
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