¿ESTUDIANTES O YIHADISTAS?

OPINIÓN

Las violentas protestas de las últimas semanas tienen en vilo a Francia y desataron una batalla cultural y política sobre a quién echarle la culpa de lo que está pasando


Por  Alejo Schapire

Llegué a Francia en el otoño de 1995 para estudiar en una universidad de Burdeos. Las protestas estudiantiles y las huelgas contra el Gobierno del entonces primer ministro Alain Juppé me revelaron una tradición con la que volvería a encontrarme por décadas con cada “rentrée”, el regreso a clases. La intensidad y los reclamos concretos podían variar, pero el guion ha sido siempre más o menos el mismo: tomas de escuelas secundarias y facultades por una minoría de activistas radicalizados en busca de protagonismo —y a veces de una carrera política— que intimidaban a una mayoría que pretende estudiar, interrumpiendo clases y, en las calles, lanzando piedras a la policía, quemando contenedores de basura y anunciando una revolución. Es un rito iniciático de paso a la edad adulta en el país que ha dado al mundo el Mayo francés.

Lo que vimos en las últimas semanas, por lo tanto, ¿fue una genuina manifestación estudiantil secuestrada por la ultraizquierda y delincuentes oportunistas, como dice Emmanuel Macron? ¿O quizás, como plantean algunos intelectuales parisinos, otro típico capítulo de la historia de la Francia revolucionaria? Donald Trump ofreció su explicación: Francia está siendo “conquistada, saqueada y reducida a cenizas por migrantes, yihadistas y comunistas”. Benjamin Netanyahu coincide y apunta al “islamismo extremista”. El impopular presidente francés tacha estos comentarios de “estúpidos” y denuncia “una manipulación extranjera de la información” y a dirigentes que “repiten lo que aparece en la inteligencia artificial”.

Los violentos enfrentamientos callejeros de las últimas semana transcurrieron paralelos a la pelea por imponer en la opinión pública una lectura de lo que estaba pasando en Francia. Sobre todo desde el sábado pasado, cuando medio millón de personas se volcó a las calles en reclamo de mejoras educativas. Las autoridades se vieron sorprendidas y superadas por la magnitud de las manifestaciones y el nivel de violencia. A seis meses de las próximas elecciones presidenciales francesas, cada uno busca llevar agua a su molino.

La nueva oleada empezó en las escuelas secundarias con un reclamo por la sustitución de profesores ausentes, la supresión del sistema de acceso a la universidad (“Parcoursup”, acusado de opaco y discriminador) y acortar el horario de la jornada de estudios. Bajo presión, el gobierno ofreció un reemplazo inmediato de 3.000 docentes y más reuniones con representantes de los alumnos. Pero las arcas están vacías: Francia tiene una deuda pública cercana al 119% del PBI y el primer ministro Sébastien Lecornu busca desesperadamente aprobar un presupuesto que contenga el déficit.

A los reclamos de los estudiantes secundarios se les sumaron los universitarios. Los “chalecos amarillos” no tardaron en reaparecer y anunciaron su tantas veces postergado comeback en nombre de la lucha contra el costo de vida. El alza del precio de la nafta, hoy en niveles récord por la guerra en Medio Oriente, había sido entonces el carburante de su protesta.

La izquierda partidaria, dominada por La Francia Insumisa (LFI) de Jean-Luc Mélenchon, empezó a soñar con una “convergencia de luchas”, nombrando al enemigo común: el capitalismo y el sionismo. El símbolo de esta supuesta “convergencia” en el combate sería la bandera de Palestina, la “omnicausa” en la que el islamo-progresismo cree ver reflejadas todas las injusticias padecidas por los oprimidos del planeta. Así parecía certificarlo la visita a una escuela de Seine-Saint-Denis de la turista militante Greta Thunberg, otra matrioska en la que caben el apocalipsis climático, Black Lives Matter, el transactivismo y los paseos en las flotillas a Gaza.

La imaginaria interseccionalidad de los oprimidos legitimaba la violencia antes y después de los desmanes. A diferencia del conjunto de la clase política, que se mostraba dispuesta a escuchar los genuinos reclamos estudiantiles mientras rechazaba como un cuerpo extraño los desmanes de grupos de choque (black blocs, antifas, anarquistas, ultraizquierdistas, chalecos amarillos, ambientalistas radicalizados), el grueso de la nueva izquierda institucional —y esto es una novedad— se negaba a distinguir entre manifestantes y vándalos.

El alcalde de Saint-Denis, Bally Bagayoko, de LFI, había declarado días antes de los disturbios que, aunque era mejor evitarla, “la violencia, en un momento dado, puede ser legítima”. Después de los desmanes, condenó las degradaciones y pidió indemnizar a los comerciantes, aunque las redujo a un “paréntesis” en la movilización y atribuyó al Gobierno la responsabilidad política de la escalada.

Los dirigentes de su agrupación se mantienen en esta línea, que es todavía más explícita entre sus aliados económicos e intelectuales. El magnate Mathieu Pigasse, un banquero que financia medios de izquierda radical como Radio Nova y presenta su actividad mediática como una “batalla cultural”, se regocijaba, al comentar los hechos, del legado de la violencia revolucionaria. “Considero que el 21 de enero, cuando le cortaron la cabeza a Luis XVI, es un día de celebración”, explicaba, después de las escenas de destrucción, el financista que fantasea con presentarse a la elección presidencial en seis meses.

Desde la intelectualidad parisina, el escritor y sociólogo Édouard Louis, quien el sábado marchó en la cabeza del cortejo de LFI con Mélenchon, declaraba a la televisión canadiense: “Yo estoy a favor de que prendamos fuego a las calles de París; estoy a favor de que salgamos a romper cosas. Hacer política es tener o no tener sangre en las manos: no hay gran revolución sin desbordamientos”. Louis es de los que se niegan, desde la izquierda, a distinguir entre reclamos públicos y destrucción. Introduce además una lectura racial y social de los disturbios: presenta a sus protagonistas como jóvenes negros y magrebíes relegados a los márgenes de la sociedad francesa: “¿Cómo no darse cuenta de que eran, en su mayoría, hombres de otras razas, negros y árabes, de esos a quienes la sociedad francesa lleva décadas confinando en barrios marginales insalubres, reducidos a la pobreza, de esos a quienes se les reservan escuelas secundarias en mal estado, infestadas de ratas o cucarachas, de esos que no pueden atravesar las ciudades sin ser controlados y humillados por la policía?”, se preguntaba el otro día en Libération.

La lucha de relatos es por la novela nacional. Para unos existe una continuidad revolucionaria y justiciera jalonada por explosiones de violentas protestas callejeras acompañadas de saqueos. “Desde la Revolución, vivimos en un país cuyo pacto social se basa en el rechazo a las desigualdades”, escribió en una columna en Le Monde el historiador Guillaume Mazeau, especializado en la Revolución Francesa y profesor titular en la Universidad París-I Panthéon-Sorbonne. Mazeau encuentra esta filiación en carteles de las recientes manifestaciones, como el que reza “2026 is the new 1789”, y, con sus diferencias, ve similitudes con las explosiones sociales de “1830, 1848, 1871 o mayo de 1968”.

Otros estiman que estamos ante un fenómeno distinto. En su análisis en The Atlantic, el ensayista estadounidense Thomas Chatterton Williams, que vive entre Estados Unidos y Francia, recuerda la advertencia de Alexis de Tocqueville: “Cuando la desigualdad es la norma general de una sociedad, las desigualdades más marcadas no llaman la atención; cuando todo está más o menos al mismo nivel, las más insignificantes resultan molestas. Por eso, el deseo de igualdad se vuelve cada vez más insaciable a medida que la igualdad es mayor”. Y claramente, Francia, una sociedad con una inmensa clase media y una educación y salud públicas de calidad, está entre los países desarrollados más igualitarios.

La intifada estudiantil

Los grupos de ultraizquierda que denuncia Macron están estimados en “apenas” 5.000 personas. Sin embargo, las autoridades hablan de dos fenómenos nuevos: una movilización impulsada por las redes sociales y, sobre todo, una alianza circunstancial entre la extrema izquierda y los jóvenes de los suburbios. Los de ultraizquierda se ocupan de ir al choque y romper, abriendo el camino a los otros, que entonces pueden entregarse al saqueo. Los anarcos no son de pasearse con bolsos Louis Vuitton, reales o truchos.

Durante las revueltas de 2005, la ultraizquierda había intentado conectar su proyecto revolucionario con la furia de las “banlieues”. No había cuajado entonces por las diferencias culturales, religiosas e ideológicas. Pero, desde entonces, con el giro identitario de la izquierda, encontró un puente: la omnicausa palestina. La lucha interseccional sería contra “el Estado racista, colonialista y genocida de Israel” y su “cómplice” en el crimen, la Francia “racista e islamofóbica” que no había pagado aún la deuda colonial. La violencia de la destrucción y los saqueos no sería entonces más que la respuesta natural y justificada a una violencia sistémica y simbólica mucho peor, viniendo de un supremacismo blanco institucional.

En cuanto al factor islamista, la periodista Nora Bussigny, especialista en la alianza entre musulmanes radicales y la izquierda, investigó la cuestión para el periódico Franc-Tireur. Ahí describe la influencia de varios actores. Primero, la participación de un streamer basado en Dubai con un millón de suscriptores que anunció cinco días antes de la manifestación “la guerra” para el 17 de octubre. Bussigny identifica los movimientos de Palestine Action (el grupo considerado terrorista en Reino Unido a quien la escritora Sally Rooney prometió sus regalías) y de la organización Samidoun, también clasificada como terrorista en varios países. En su sitio, el grupo escribió: “Esta represión, además, no es ajena a la brutalidad ejercida por la entidad colonial sionista hacia la población palestina, lo que ilustra el continuo colonial en acción”. Y llamó a apoyar una “intifada estudiantil que se niega rotundamente a ser testigo de un genocidio transmitido en vivo”.

Otra presencia islamista en la protesta fue la de la red de Estudiantes Musulmanes de Francia, rama juvenil de la cofradía integrista de los Hermanos Musulmanes, cuyo capítulo palestino es Hamás. Bussigny también menciona, en su artículo de The Free Press, a Urgence Palestine. Esta organización, al igual que Palestine Action, estuvo también curiosamente involucrada en los disturbios en Italia y Alemania. El colectivo, liderado por el predicador Elias d’Imzalène y el violento activista Omar Alsoumi, exhortó en vísperas del 17 de octubre a luchar “contra la violencia policial, contra la violencia colonial, contra la complicidad de Francia en el genocidio en Palestina”.

Las injerencias

Al llamado islamista a promover el desorden, se añade la probada campaña de desestabilización de al menos tres países: Argelia, Irán y, sobre todo, Rusia. La ONG Alliance4Europe, dedicada a reforzar la democracia europea contra el extremismo y el populismo, analizó 547.471 publicaciones en nueve idiomas y reconstruyó operaciones de influencia atribuidas a Rusia. Veintitrés sitios de redirección de la infraestructura investigada compartían una misma dirección IP.

En los días previos a los disturbios, “la operación (rusa) ‘Doppelganger’ publicó 639 mensajes coordinados en francés, alemán, inglés y polaco, que recibieron aproximadamente 7,4 millones de visitas”. Luego del sábado, “La red rusa Pravda publicó 1.018 artículos en 28 sitios web en nueve idiomas, copiando el contenido de un sitio a otro en cuestión de minutos”.

Los sectores que buscan radicalizar la protesta tienen objetivos distintos, pero convergen en su hostilidad hacia las instituciones liberales. Mientras tanto, se abre una campaña electoral para la presidencia inédita. El bloque liberal de centroderecha ha quedado impotente y desacreditado. Mélenchon puede celebrar su estrategia de polarización. Los sondeos realizados después de los disturbios mantienen su clasificación para la segunda vuelta. Ahí lo espera Marine Le Pen, quien, sin mover un dedo, recoge los frutos del desorden. Según la última encuesta, ganaría el balotaje con el 70% de los votos.

Revista Seúl



Comentarios