EL INCÓMODO LUGAR DONDE TERMINA LA FE

OPINIÓN 

El expediente que falta: María, Josephine y el incómodo lugar donde termina la fe y comienza la duda



Por Iván Nolazco 

Hay documentos que se pierden porque nadie los considera importantes. Otros desaparecen porque el tiempo es un pésimo bibliotecario. Se queman archivos, mueren testigos, cambian gobiernos, se derrumban monasterios y algún empleado decide que ciertos papeles viejos ya no sirven para nada. Y después están los otros, los que faltan demasiado bien.

Pensé en eso mientras buscaba a una mujer llamada Josephine Rosenthal. Según una historia repetida durante años, Josephine habría sido religiosa en Alemania durante el siglo XVIII. Algunas versiones sitúan el episodio alrededor de 1742 y lo vinculan con el monasterio de Hohenwart. Hasta allí nada extraordinario. Europa estaba llena de conventos, monjas y silencios. Lo extraordinario ocurrió cuando Josephine quedó embarazada. O cuando alguien dijo que había quedado embarazada.

Josephine habría asegurado que nunca mantuvo relaciones sexuales. Después llegaron las explicaciones, los médicos, las versiones sobre una condición sexual extraordinaria y, finalmente, una palabra que durante siglos sirvió para nombrar aquello que la medicina todavía no sabía explicar bien. Hermafrodita.

La historia sería formidable si no tuviera un inconveniente. Josephine se desvanece cuando uno intenta encontrarla. Busqué documentación histórica suficientemente sólida que permitiera seguir sus pasos y no la encontré. Tampoco apareció el expediente que convertiría el relato en historia verificable. Entonces quedan dos posibilidades. La primera es sencilla, Josephine nunca existió. La segunda es mucho más incómoda; existió, pero el papel no.

No tengo pruebas para afirmar que alguien lo destruyó, escondió o hizo desaparecer. Decirlo sería reemplazar una leyenda religiosa por una conspiración periodística, y las dos necesitan aproximadamente la misma cantidad de fe cuando faltan las evidencias. Pero que no pueda acusar no significa que deba dejar de preguntar, sobre todo porque Josephine podrá ser un fantasma, pero hubo otras que no lo fueron.

Fernanda Fernández nació en España en 1755. Ingresó a un convento capuchino, vivió como religiosa y años después comenzó a experimentar cambios corporales que terminaron provocando algo extraordinario para aquella época. Médicos y parteras fueron convocados para examinar su cuerpo. Las autoridades acabaron considerándola varón y la apartaron de la vida religiosa. Su historia sobrevivió en documentos y ha sido estudiada siglos después por historiadores.

Fernanda existió. Y con ella aparece la primera grieta, no en la fe, sino en nuestra arrogancia. Tendemos a imaginar que los seres humanos de hace dos mil años poseían cuerpos más simples que los nuestros. No es verdad. Tenían exactamente la misma complejidad biológica; lo que no tenían eran las palabras. No conocían los cromosomas, el ADN, el quimerismo ni las variaciones del desarrollo sexual. No podían hablar de tejido ovárico y testicular coexistiendo en una misma persona. Cuando la ciencia carece de palabras, generalmente aparecen los dioses.

Allí comienza María.

Una muchacha de Nazaret queda embarazada. La tradición cristiana encuentra una explicación que atravesará veinte siglos. María no conoció varón y Jesús fue concebido por intervención divina. La fe resolvió el problema. La biología ni siquiera fue consultada.

No estoy afirmando que María fuera intersexual. Sería intelectualmente irresponsable. No tenemos su cuerpo, no tenemos ADN verificable, no tenemos historia clínica y ni siquiera disponemos de elementos suficientes para intentar un diagnóstico retrospectivo serio. Pero podemos cometer un pecado bastante más pequeño; podemos preguntar qué habría ocurrido si María hubiese nacido con una variación del desarrollo sexual.

Probablemente nada. Habría sido María, una muchacha, una mujer ante los ojos de quienes la rodeaban, porque nadie en Nazaret habría podido observar sus cromosomas ni saber exactamente qué estructuras internas guardaba su cuerpo. Y aquí la ciencia moderna comienza a incomodar al relato antiguo.

La medicina ha documentado personas con desarrollo ovotesticular, es decir, con presencia de tejido ovárico y testicular. Algunas tuvieron capacidad reproductiva. Una revisión científica identificó catorce personas con estas características que atravesaron veintiséis embarazos, de los cuales nacieron veinte niños sanos. También existen casos donde se ha observado espermatogénesis en personas con tejido ovotesticular.

Ya no estamos hablando de mitología. Estamos hablando de medicina.

Entonces aparece inevitablemente la pregunta que convierte este ensayo en terreno peligroso. ¿Puede una persona fecundarse a sí misma?

Hasta hoy, nunca se ha demostrado un caso de autofecundación humana. Eso debe quedar escrito sin trucos porque, de lo contrario, estaríamos haciendo exactamente aquello que tantas veces reprochamos a las religiones; comenzar por la conclusión y después acomodar los hechos. La naturaleza, sin embargo, posee un sentido del humor bastante más irreverente que nosotros. La autofecundación existe en determinadas especies animales e incluso se ha discutido científicamente a partir de casos de animales intersexuales. Pero nosotros somos humanos y aquí todavía falta el caso, falta la prueba, falta, otra vez, el expediente.

Por eso regreso a Josephine.

Quizá nunca existió. Pero imaginemos por un momento que mañana alguien abre una caja olvidada en algún archivo europeo y encuentra su nombre. Josephine Rosenthal, 1742. Un convento, un embarazo, informes médicos, testimonios, firmas y sellos. De pronto, la leyenda tendría cuerpo.

¿Eso demostraría que María fue intersexual? No. ¿Demostraría que Jesús fue concebido mediante autofecundación? Tampoco. ¿Derrumbaría el cristianismo? Probablemente no. Las religiones han sobrevivido a descubrimientos bastante más violentos que un expediente médico. Pero algo cambiaría, porque durante siglos la concepción virginal se sostuvo sobre una premisa extraordinariamente poderosa; sin intervención masculina, aquello solamente podía ser un milagro.

Josephine no demostraría que el milagro no ocurrió. Demostraría algo quizá más incómodo, que antes de llamarlo milagro debimos preguntarnos si existía alguna explicación que todavía desconocíamos.

Ese es el verdadero problema. Durante siglos confundimos lo inexplicable con lo sobrenatural. El rayo fue voluntad de los dioses hasta que entendimos la electricidad. La enfermedad fue castigo hasta que descubrimos microorganismos. Determinados trastornos neurológicos fueron posesiones demoníacas hasta que apareció la neurología. Y cuerpos que no encajaban perfectamente en nuestras categorías sexuales fueron llamados monstruos, pecadores o prodigios antes de que la medicina comenzara a comprenderlos.

La historia de la humanidad también puede escribirse como una larga lista de milagros que dejaron de serlo cuando alguien consiguió explicarlos. Eso no demuestra que todos los milagros sean falsos. Demuestra algo mucho más modesto y, por eso mismo, más peligroso; que nuestra ignorancia jamás debería utilizarse como prueba de Dios.

Entonces vuelvo a Nazaret. Imagino una casa pequeña, una adolescente, una familia que no comprende, un embarazo, preguntas, miedo y quizá vergüenza. Después llegan las palabras; ángel, Espíritu Santo, milagro. Y dos mil años más tarde seguimos discutiendo aquellas palabras mientras sabemos casi nada del cuerpo de la mujer sobre el que construimos una de las historias más influyentes de Occidente.

No sé qué ocurrió con María. Nadie lo sabe. Los creyentes tienen fe, que es otra cosa. Los científicos tienen evidencia, y aquí casi no la hay. Los historiadores tienen documentos, pero son insuficientes. Y quienes escribimos tenemos una obligación diferente; desconfiar de las respuestas demasiado perfectas.

Por eso Josephine me interesa más desaparecida que encontrada. Porque si jamás existió, alguien necesitó inventarla y habría que preguntarse por qué. Pero si existió y su expediente se perdió, entonces la pregunta cambia, ¿dónde está?

No afirmaré que la Iglesia lo escondió. No puedo demostrarlo. Tampoco afirmaré que alguien decidió proteger un dogma enterrando una historia inconveniente. Sería fácil escribirlo y difícil sostenerlo. Prefiero quedarme delante del espacio vacío, porque algunas veces el silencio no demuestra absolutamente nada, pero obliga a mirar.

Quizá María fue exactamente la mujer que describe la tradición. Quizá Josephine nunca pisó un convento. Quizá la autofecundación humana sea biológicamente imposible. Todo eso puede ser cierto. Pero después de conocer los casos reales de personas intersexuales capaces de gestar, ya no puedo contemplar aquella antigua historia con la misma inocencia.

Porque el verdadero adversario de la fe nunca fue la ciencia. Fue la pregunta.

Y las preguntas tienen una costumbre desagradable. Pueden dormir durante siglos, ser prohibidas, ridiculizadas u olvidadas. Incluso pueden sobrevivir sin respuesta hasta que una mañana alguien abre un archivo, aparta el polvo de una carpeta que nadie tocaba desde hacía trescientos años y descubre que, algunas veces, la distancia entre un milagro y un hecho inexplicable era apenas un expediente que todavía no habíamos encontrado.

…

Fuentes consultadas

Bayraktar, Zeki. “Potential autofertility in true hermaphrodites”, The Journal of Maternal-Fetal & Neonatal Medicine (2018). Revisión sobre fertilidad, embarazos y posibilidad teórica de autofecundación en personas con desarrollo ovotesticular. Señala que no existe un caso humano demostrado de autofecundación.

Kim, M. H.; Gumpel, J. A.; Graff, P. “Pregnancy in a true hermaphrodite”, Obstetrics & Gynecology (1979). Caso clínico documentado de embarazo en una persona 46,XX con desarrollo ovotesticular.

Schultz, B. A. H. et al. “Pregnancy in true hermaphrodites and all male offspring to date”, Obstetrics & Gynecology (2009). Documenta otro embarazo espontáneo y revisa casos anteriores de gestación en personas con desarrollo ovotesticular.

Cleminson, Richard y Vázquez García, Francisco. Sex, Identity and Hermaphrodites in Iberia, 1500–1800 (2014). Investigación histórica que estudia, entre otros, el caso de Fernanda Fernández, religiosa capuchina española del siglo XVIII cuya anatomía sexual fue objeto de examen médico y eclesiástico.

Tribuna de Periodistas


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