AFRICA MEETS EUROPA

OPINIÓN

Doy una clase magistral sobre lo que pasa en Ceuta, porque las zonceras que se están diciendo me obligan

Por Osvaldo Bazán

No, no vas a entender el quilombo de Ceuta —esa ciudad española en el norte de África, considerada “límite europeo” aunque esté en lo que antes se llamaba “continente negro” y ahora sólo se conoce como “continente nword“— viendo la noticia de ayer en el noticiero (en el caso de que a los noticieros argentinos les importen más de tres minutos del asunto y supere las historias personales lacrimógenas).

Por suerte estoy yo, que pensaba hablar de otra cosa más cercana pero la cantidad de zonceras que se están diciendo me obligan a dar una clase magistral para que el pueblo sepa de qué se trata.

Agradezcan la suerte que tienen de tenerme.

Fueron 350.000 civiles marroquíes que, sin disparar un solo tiro, entraron a un territorio pretendido por España y se lo quedaron.

No, no es una noticia de último momento.

Ocurrió el 6 de noviembre de 1975, mientras Franco agonizaba y su dictadura —que había conseguido el repudio mundial excepto de sus amigos Juan y Eva Perón— se derretía.

Era el Sáhara Español, una provincia española en la costa atlántica de África frente a las islas Canarias, pero ya la ONU había presionado para que se descolonizara y España no tenía más opciones que hacer un referéndum de autodeterminación, aunque la población del lugar —los saharauis— eran oficialmente españoles.

La tenían ganada, creían.

Esa “provincia española” tenía cuatro aspirantes a dueños: los españoles, los marroquíes, los mauritanos —que pretendían la zona sur— y los guerrilleros independentistas del Frente Polisario.

Pero vino el rey Hassan II y, aprovechando el momento de debilidad con el dictador español pronto a pasar a otro plano, le mandó a los 350.000 pongamos que “civiles” que entraron alegremente en lo que se conoció como la Marcha Verde (por el color árabe) con banderas, retratos del rey y el Corán en la mano (sic) y chaupinela.

El Rey temía, más que a los españoles y a los mauritanos, a los del Frente Polisario, que en plena Guerra Fría eran aliados de Argelia, aliada de los rusos. No quería comunistas cerca porque todo el mundo sabe lo quilomberos que son y mejor tenerlos lejos. A menos que seas Videla y los tengas de tu lado, pero esa es otra historia.

¿Resultado de la Marcha Verde?

Los Acuerdos de Madrid por los que España cedió la administración del territorio, el norte a los marroquíes, el sur a los mauritanos.

¿El Frente Polisario?

Nino.

Ni nos vimos.

No estuvo en las negociaciones y ¿qué hacen unos muchachos armados con sed de independencia si no los llaman ni a los acuerdos? Sí, guerra. Desde ese momento hasta el ’91, cuando firmaron un alto el fuego que se rompió en noviembre de 2020 y desde ahí, otra vez, guerra.

Y acá viene lo interesante, porque como en las malas series de Netflix el primer capítulo sólo presenta a los protagonistas y recién en el segundo empieza el intríngulis.

Pero antes, un paso de comedia digna de la mejor tradición del cine español como Bienvenido, Mr. Marshall, La escopeta nacional o Amanece, que no es poco (¡googleen, mocosos!)

A 200 metros de Marruecos y a ocho kilómetros de Ceuta, en el Estrecho de Gibraltar, hay una isla, chiquita, una piedra que sale del mar. España dice que es de ellos desde el siglo XVII y Marruecos la reivindica como propia. ¿La verdad? ¡Mirá si vas a andar haciendo problemas por una piedra en donde no se puede vivir ni poner una estación de nada, ni mandar a unas ovejas a pastar! Pero el rey de Marruecos, Mohamed VI (que es el rey que sigue estando ahora), había asumido hacía poco y quiso mostrar su fuerza y que todo territorio le interesaba.

¿Qué hizo?

Mandó a 12 agentes de la gendarmería que pusieron la bandera marroquí y se quedaron como pudieron en tiendas de campaña sobre la piedra.

¡Para qué!

Quilombo internacional, mediación del secretario de Estado norteamericano Colin Powell y la Operación Romeo-Sierra. Los comandos españoles del Grupo de Operaciones Especiales llegaron en helicópteros al amanecer, tomaron el control de la piedra emergida sin disparar un solo tiro y detuvieron a los 12 marroquíes, que fueron entregados a las autoridades de su país el mismo día.

La isla, claro, ahora sigue deshabitada, ya te dije, es una piedra grandota.

¿Su nombre?

Isla de Perejil.

El humor ibérico es así.

Contados los antecedentes, vamos al meollo.

En abril de 2021, un enfermo de covid y cáncer entró subrepticiamente a España, con papeles falsos y permiso del Gobierno de Pedro Sánchez. El Gobierno sabía bien quién era. Brahim Ghali, líder del Frente Polisario, el gran enemigo de los marroquíes, para quienes esto fue una afrenta insoportable.

No les alcanzaba con que le dijeran que fue una ayuda a un tipo que se estaba muriendo. Acogerlo en un hospital español fue interpretado como un gesto de apoyo al enemigo. Un ministro marroquí llegó a decir públicamente que España “sabía que el precio por subestimar a Marruecos es muy alto”.

Y España pagó.

El 17 y 18 de mayo de 2021, 10.000 jóvenes marroquíes, exactamente como esta semana, entraron en Ceuta y armaron flor de quilombete, así que el Pedrosánche no tuvo otra opción más que tomar el avión e ir a Rabat, la capital de Marruecos, a ver cómo se solucionaba todo.

Y acá viene el plot twist que nadie esperaba.

Lo que alimenta todas las teorías conspirativas, dándoles una base de credibilidad bastante interesante.

En los días en que el Pedrosánche estuvo en Marruecos, su teléfono fue infectado nada más y nada menos que con Pegasus, uno de los software espía (spyware) más potentes del mundo, que tiene acceso a todo: llamadas, mensajes, WhatsApp, fotos, micrófono, cámara, ubicación y archivos. ¿Frutilla de la torta? El sistema es desarrollado por la empresa israelí NSO Group y sólo se vende a gobiernos que nunca dicen que lo hayan comprado. Del teléfono de Sánchez se sacaron más de 2,5 gigabytes de datos. También se infectó el de la ministra de Seguridad, Margarita Robles, y se sabe que —al menos— intentaron con los de otros ministros y es posible que también lo hayan conseguido. Un exagente de inteligencia marroquí confirmó que fueron ellos y también hay filtraciones e investigaciones periodísticas que pudieron confirmar que Marruecos es cliente de Pegasus. Cuando en la investigación judicial el juez pidió datos a Israel, se encontró con… nada. La empresa israelí no contesta sobre esos temas por el tratado de confidencialidad que tiene con sus clientes. Otro ladrillo en la pared de odio del Pedrosánche con los israelíes.

¿Y por qué esto es interesante?

Porque nadie cree que en esos 2,5 gigabytes espiados no haya habido datos muy comprometedores que pueden ser usados como chantaje y que explicarían un montón de agachadas del Pedrosánche ante el reino de Marruecos que muestran una debilidad que permite estas guapeadas de los marroquíes.

Todas las teorías conspirativas hablan de esto.

Y tienen algunos datos de dónde agarrarse.

Unos meses después de que el teléfono del presidente hubiera sido espiado, hubo un vuelco total en la política española sobre el Sáhara Español que Sánchez nunca explicó.

Durante años España defendía (al menos formalmente) el derecho a la autodeterminación del pueblo saharaui, apoyaba la celebración de un referéndum bajo supervisión de la ONU y se mantenía en una posición relativamente neutral entre Marruecos y el Frente Polisario.

Pero se levantó el Pedrosánche un día y le mandó una carta al rey de Marruecos diciéndole que España consideraba la propuesta marroquí de autonomía (presentada en 2007) como “la base más seria, creíble y realista” para resolver el conflicto del Sáhara Occidental. Así, España abandonó —sin explicación, sin pasar por el Parlamento— una postura neutral que habían mantenido todos los gobiernos democráticos españoles desde 1975. (Meme de la china: “¿po’ qué? ¡No hay po’ qué!”)

De ahí en más, España hizo exactamente lo que Marruecos quería.

¿Chantaje?

El Gobierno español lo desmiente, pero el Gobierno español de Pedrosánche es capaz de desmentir que la tierra es redonda y no pasa nada.

No le importaron a Pedrosánche las críticas de izquierda, que no ve con buenos ojos el alineamiento con una dictadura monárquica socia de Estados Unidos e Israel y el alejamiento del Frente Polisario y Argelia. De hecho, las relaciones se enfriaron con Argelia por años y justo se vinieron a retomar el 20 de julio, lo que en Marruecos se consideró como otra infidelidad. “¿Qué soy, la cornuda que la vas a ver a esha?”, diría el rey de Marruecos si fuera Wanda Nara o alguna otra participante de ese reality.

Pero como en esta comedia de enredos siempre hay algo más, no puede olvidarse que hace pocas semanas el Tribunal Supremo español (algo así como nuestra Corte Suprema) estableció que no se pueden aplicar las “devoluciones en caliente” (o sea, no podés devolver al tipo en el momento en que lo agarrás in fraganti) a las personas que intentan entrar en Ceuta o Melilla a nado. Dicen que la “ley de extranjería” permite ese rechazo “cuando el inmigrante ilegal desborda elementos físicos de contención —como una valla—” y, como en el mar eso no existe, toco el aire, a vos no te toco, toco el aire, a vos no te toco, pim, pam, pum, que pase el musulmán.

La noticia corrió rápidamente en tiempos de redes sociales.

Pero hay más.

El 29 de julio, día en que se comenzó a incrementar la entrada de inmigrantes ilegales a Ceuta, es en Marruecos La Fiesta del Trono, que recuerda el día en que Mohamed VI recibió la corona del reino.

¿Y qué hace un rey cuando está contento?

Indulta.

Así, ese día indultó a 1.788 condenados por delitos que van desde hurto hasta terrorismo sin dejar de pasar, claro, los delitos sexuales.

Esto fue rápidamente azuzado por gente mala, mala que salió a gritar “¡nos llenaron de delincuentes y terroristas!”, lo cual es por ahora incomprobable y bastante improbable, pero al haber entrado en masa entre 50 y 70 mil personas sin documentos, cualquier teoría es plausible.

También, claro, está la responsabilidad de las redes sociales. Y un hashtag: el término árabe magrebí “harraga”, que significa “los que queman”. Se usa desde hace años para referirse a los inmigrantes irregulares que “queman” sus documentos o su pasado para cruzar el Mediterráneo o llegar a Europa de forma ilegal. Con ese hashtag en TikTok o Instagram, se encuentran miles de mensajes romantizando el viajecito de cuatro horas nadando o jóvenes que invitan a otros a sumarse, porque lo que queda claro es que 60.000 personas todas juntas no entran a una ciudad sin organizarse. Claro que a nado llegaron los primeros; después fue tal el caos que ya la valla —que, según el Tribunal Supremo, si saltás te tienen que devolver inmediatamente— fue superada. Las imágenes de los policías españoles impotentes recordaban a las de los policías alemanes en la caída del muro.

Además es cierto que el hashtag también fue movido por las mafias, siempre dispuestas a hacer su negocio y las únicas a quienes el Pedrosánche y todo el Gobierno del PSOE responsabilizaron por los acontecimientos. Ni una palabra del rey marroquí, Pegasus sabe lo que hace.

Entre otras teorías, que yo no descartaría para nada —como ven, soy una autoridad en el tema, pero no lo ando diciendo por ahí porque no me gusta el autobombo—, está la de que esto no viene del rey (o no sólo del rey).

Y acá hay un jugador que convendría no descartar y que lleva todo a otro plano, el que enmarca todo y del que nadie habla porque coso.

En Marruecos existe el Partido de la Justicia y el Desarrollo (PJD), un partido musulmán legal que gobernó el país durante varios años (2011-2021) y ahora está en la oposición. Ellos consideran que Ceuta y Melilla (la otra ciudad española en África) son territorio marroquí ocupado. Pero además también existe el movimiento Al Adl wal Ihsane (Justicia y Espiritualidad), más radical, no legalizado como partido político, pero con mucho arraigo entre el pueblo. No es algo menor, es relevante en la política y sociedad marroquí.

Estos islamistas la tienen clara, saben lo que quieren, pero para entenderlo hay que ir un poco más atrás.

Entre el 711 y 1492 los musulmanes tuvieron bajo su dominio casi toda la península ibérica (hoy España y Portugal) bajo el nombre de Al-Andalus. Ceuta fue conquistada por los musulmanes a principios del siglo VII y desde ahí salió la invasión a España.

Primero invadieron Ceuta y de ahí, toda la península ibérica.

El factor religioso de esta invasión —término usado por todos los actores de esta obra— no es menor, aunque Occidente lo soslaye.

Yusuf al-Qaradawi —un más que influyente predicador de los Hermanos Musulmanes— dijo en 2005 algo que conviene no olvidar: que el islam volvería a Europa como “conquistador victorioso”.

Y quien fuera presidente de Argelia en los ’70, Houari Boumédiène, fue premonitorio cuando dijo “conquistaremos Europa con el vientre de nuestras mujeres”.

Por supuesto, la izquierda europea, tan contenta con su multiculturalismo, no va a reconocer esto, aunque por primera vez —al menos a los españoles— se los vio preocupados. Aunque que un islamista haya jugado al bowling en una marcha de orgullo gay en Alemania no les encendió ninguna luz de advertencia. Sólo están preocupados por lo que llaman alegremente “la ultraderecha” y quizás el spoiler sea “muchachos, es lo que se les viene”, los péndulos son así.

O aprovechamiento de un vacío legal, o redes sociales manejadas por jóvenes inquietos, o grupos mafiosos o un rey vengativo o islamistas cumpliendo su objetivo fundamental, lo cierto es que Ceuta y —en menor medida, pero también— Melilla hoy son el horror. Digo “hoy” viernes bastante tarde, cuando mientras el Gobierno español y sus adláteres mediáticos aseguran que de los 50.000 que entraron, ya se volvieron 48.300, pero las redes siguen mostrando a ceutíes (nueva palabra incorporada) preocupados por otra noche de terror.

Cincuenta mil jóvenes (o más) en su gran mayoría varones en “edad militar” entraron en una ciudad de 85.000 personas.

Tan grande es el agujero de inseguridad creado por Pedrosánche y su política de vengan todos —se van a regularizar, antes de esto, 1.300.000 inmigrantes— que Italia, Finlandia, Suecia, Dinamarca, Austria, Chequia (República Checa) estudian suspender a España del Espacio Schengen, que les permite a los europeos pasar de un país a otro sin controles aduaneros. Y Francia, Alemania y Países Bajos anunciaron que reforzarán sus fronteras.

O sea, al Pedrosánche —que estaba convencido de ser una estrella internacional— lo bajaron de un hondazo.

¿Los servicios de inteligencia españoles sabían y no hicieron nada? Para colmo el país sufre una nueva ola de calor, con temperaturas que llegan a los 45 grados en algunas ciudades, con más de 380 incendios que han quemado al menos unas 221.000 hectáreas, con gran responsabilidad por el mal tratamiento de la naturaleza por parte de un Gobierno que se ha olvidado de gestionar.

Ahora hay 50.000 muchachos hambrientos en una ciudad clausurada. Los negocios no abren porque los que abren son destrozados. La gente no sale de sus casas, por miedo a que se las intrusen. Pasarán meses antes de que esto se calme.

Mientras tanto, como siempre, Pedrosánche sonríe.

Al menos en estos días no se habla de corrupción.

Revista Seúl




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