EL TIEMPO DEL MONO ACUMULADOR DE BANANAS

OPINIÓN

Con su condena a la guerra, su reivindicación de la Doctrina Social de la Iglesia y el llamado a desarmar la IA, León XIV se situó en la vereda enfrentada al megalómano que impera en y desde Estados Unidos



Por Claudio Fantini

“Si un mono acumulase más bananas de las que puede comer mientras los otros monos mueren de hambre, los científicos se preguntarían qué demonios pasa con él. Pero cuando los humanos hacen lo mismo, salen en la portada de la revista Forbes”.

Donald Trump es uno de los magnates más retratados por la publicación que desde 1917 exhibe su lista de los más ricos del mundo. También Elon Musk y otros allegados al presidente ultraconservador conocen la redacción de la Quinta Avenida neoyorquina, donde posaron para la portada señalada por el sociólogo brasileño Emir Sader, con el ejemplo del mono acumulador, en varias conferencias y en un memorable ensayo de los tantos que escribió cuestionando las nuevas corrientes puramente economicistas del liberalismo.

La mayoría de los satélites de la galaxia Trump son más ricos que el sol anaranjado en torno al cual orbitan. Y más poderosos, como los mega-millonarios que impulsan la Inteligencia Artificial y el análisis masivo de datos a través de tecnología digital. Todos, incluido el “rey sol” de esa galaxia, se sintieron señalados por la primera encíclica de León XIV, en cuyas páginas, además de relanzar la Doctrina Social de la Iglesia, el Papa alerta sobre los peligros que entraña la IA y por los cuales es necesario “desarmarla”. Más aún si está en manos de mega-millonarios que desarrollan tecnología digital, controlan la democracia porque manejan los algoritmos y ya son el poder detrás del trono de líderes ultraconservadores abocados a reemplazar el Estado de Derecho por tecno-plutocracias.

Uno de esos plutócratas es Peter Thiel, a quien Javier Milei le abrió las puertas del país poniendo la política social en manos de Palantir Technologies, su empresa de análisis masivo de datos con capacidad predictiva. O sea, el instrumento que en un futuro cercano será el nuevo Gran Hermano, un totalitarismo manejado por mega-millonarios.

Con su condena a la guerra, su reivindicación de la Doctrina Social de la Iglesia y el llamado a desarmar la IA, León XIV se situó en la vereda enfrentada al megalómano que impera en y desde Estados Unidos.

Magnifica Humanitas es la versión actual de lo que implicó Rerum Novarum, la encíclica de fines del siglo XIX con que León XIII describió las sombras y acechanzas del mundo de la producción masiva de bienes. La diferencia es que los riesgos de explotación de las masas obreras de la primera mitad del siglo XX hoy son peligros cuyas sombras alcanzan al grueso de la humanidad.

Habría sido interesante que Ludwig von Mises pusiera bajo la lupa de la praxeología la codicia que atraviesa todas las fronteras de lo razonable y lo útil. También que explicara por qué muchos discípulos suyos provenientes de la clase media, como Javier Milei, sienten tanta admiración desclasada por aquellos cuya acumulación de riqueza debilita al sector social del cual provienen.

Otra pregunta inquietante es por qué las sociedades, como hoy la de Argentina, se indignan con la corrupción, la mediocridad, el extremismo y la arbitrariedad de sus líderes solo cuando la economía no genera crecimiento, ni expectativas, sino restricciones y angustia social.

La respuesta está en la dimensión cultural de la política: cuando la cultura democrática es vigorosa, el éxito de un gobierno en lo económico no le otorga impunidad a sus corrupciones y miserias humanas. Pero en sociedades donde predomina la cultura autoritaria, el gobernante puede ser impresentable, vulgar, arbitrario y grotesco si la economía funciona bien.

La popularidad de Trump está en caída libre no porque esté desmontando el Estado de Derecho para reemplazarlo por una autocracia plutocrática, como la que impulsa la “Dark Enlightenment” (ilustración oscura), usina en la que los dueños de los algoritmos avanzan sobre la democracia liberal; sino porque la guerra que negligentemente detonó en Oriente Medio y en la que deambula buscando una salida de emergencia, causó una crisis energética global que propulsó los precios en Estados Unidos.

También causó daños en la economía norteamericana la política arancelaria con la que intentó alinear el mundo tras su liderazgo. El impacto de sus negligencias y malos cálculos en el bolsillo de los estadounidenses es lo que lo debilita.

Lo mismo se ve en otras democracias crepusculares. Para muchos, los escándalos Adorni, Libra y robo de fondos para tratamientos de discapacitados entre otros, sólo empiezan a importar ahora porque la economía no está dando a la sociedad los resultados prometidos. Las industrias y los comercios cierran, los sistemas de salud y educación se deterioran y los salarios se desbarrancan mientras los impuestos siguen asfixiando a las pymes, a profesionales y a monotributistas.

A Javier Milei le habría sido útil que alguien en su entorno personal y entre sus seguidores le dijera lo que es evidente y quizá pudo haber corregido: actúa como un personaje grotesco, violento y vulgar.

La inflación sigue, la economía y el consumo languidecen, la angustia social crece y todos los días aparece una nueva prueba de que también continúa la corrupción. El gobierno de Milei muestra indigencia moral y cultural. Igual que sus antecesores, financia “periodismo militante” y legiones de sicarios que intentan censurar la crítica insultando y denostando a los críticos. Aborrecible instrumento usado por el populismo que antecedió a Milei en Argentina y que Trump usa desde que Vladimir Putin lo ayudó a llegar a la presidencia con sus escuadrones de hackers y trolls.

La pregunta es si toda esa oscuridad importaría si en el escenario económico hubiera lo que no hay: señales de éxito.

Cuando la cultura liberal-demócrata es vigorosa, las sociedades rechazan retóricas presidenciales que promueven la codicia y también el odio social y político.

Cuando la cultura liberal-demócrata rige con el vigor con que hizo grandes, libres y prósperas a las democracias noroccidentales, las sociedades rechazan la obscenidad, la corrupción y la arbitrariedad.

También rechazan a quienes se comportan como el mono acumulador de bananas, aunque aparezcan en la portada de la revista Forbes.

LOS ANDES




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