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viernes, 15 de diciembre de 2017

IBARRECHEA: AQUELLOS MOMENTOS TRISTES


Uno de ellos abre una valija de cartón, saca un recorte del desaparecido diario Crónicas Peremerimbinas y lee. Después me lo alcanza, para que lo guarde.

"He aquí, señores descreídos de la suerte de mi pueblo, un documento emitido de puño y letra del cura Arnulfo Sepúlveda, ese Sacerdote que vio a nuestras mujeres volar y que acompañó a nuestros hermanos en sus últimos derroteros. Aun sin entendernos, sin saber que solo creíamos en nosotros, en nuestras voluntades. Aquel, que fue secuestrado antes de la llegada de los hombres grises que a punta de pistolas, arrojaron los árboles al cauce seco del Imbuté, espantaron nuestro ganado hacia los cielos y, levantaron esa maldita represa enorme que ahogó en un lago, toda nuestra heroica y rica historia".

                                                                                                   Teófilo Cabanillas
                                                                                          Pueblo Rebelde de Naranjillos



                                                                                   Peremerimbé, 4 de noviembre de 1939



Iglesia de la Santa Aparecida.
Reverendo Párroco Julián Castillas de León 
Querido Hermano en Cristo:



                                           Por la presente acudo a tu digno intermedio para que asistas a los parientes del difunto Elpidio Barragán Puebla -fieles de tu parroquia-, que como es de público conocimiento, fue ejecutado por éste gobierno en cumplimiento de las leyes que rigen ésta nación.


                                        En ésta escueta epístola, voy a tratar de narrarte cómo sucedieron los acontecimientos. 


                                       En mis continuas visitas al grupo carcelario fui informado que éste citado iba a ser ejecutado, expresándome las autoridades políticas sus deseos para que lo asistiese en sus últimos días, por lo que fui el receptor de su única petición:


                              Que Los hermanos del difunto Elpidio Barragán, muerto por las costumbres y leyes impuestas bajo este gobierno de Peremerimbé, no le guarden rencor, y lo lleven pronto al olvido.

                                       Es así que, en consecuencia con su requerimiento que acudo a ti, para que le hagas llegar estas palabras y culmines mi tarea que ha quedado incompleta, porque ocurrieron vicisitudes que escaparon a mi voluntad, porque no pude en tiempo y en forma, contestarle. Atribuyo en parte a los regímenes burocráticos carcelarios existentes, y a la huelga general de los empleados del correo Nacional.


                                   Lamentablemente, también hube tomado conocimiento de la poca afición a la lectura y a escribir que esa familia dispensa.


                                     Diles de mi parte, que nunca Elpidio pareció entender los excesos de sus actos, encontrándome ante un ser carente de afectos y viviendo una vida de sobresaltos y pasiones alejadas de la paz que pudo brindarle Nuestro Señor. 


                                       Diles que fue muerto bajo las balas de doce fusiles, que pusieron fin a sus días turbios que se había empeñado en vivir, llevando consigo todas las pasiones alejadas de la paz que pudo brindarle el refugio de la Fe en Nuestro Señor. Entiendo lo difícil de la misión que te encomiendo, y más aún cuando queremos hablar de un muerto que no puede explicar su vida, sabiendo que esa vida, no era la suya. Siempre he aplicado una máxima, la de no prometer, lo que no se puede dar. 


                                   Te he explicado que nada pude prometerle, pues no esperaron mi oportuna presencia para asistirlo en su final. Aunque luego, los asistentes se refirieron a qué murió con una extraña virtud. La de tener sus pensamientos alejados, como no entendiendo la situación, o como creyendo que había llegado el momento necesario para poner fin a su vida.

                                 Simplemente, había limitado mi humilde labor de sacerdote, a escuchar sus necesidades, para que, en la medida de lo posible, llegar a atendérselas. Y creo que en aquellos escasos momentos de comprensión, entendió la existencia de la conciencia, y de las virtudes del arrepentimiento.


                                      Confío, querido Hermano Sacerdote, que el derrotero del camino que hemos elegido, te llevará a interpretar mis deseos de que esos parientes, conozcan cómo fue su atormentada vida, y finalmente, cómo murió. Aunque ellos hayan vivido indignados por la atroz conducta de Elpidio.


                                  Yo le pediré en ruegos a Dios, que se abracen en la Fe, y que no tengan temor a continuar con sus labores cotidianas dentro de la Paz y de las bendiciones de Cristo.


                                    Que sepan que aún recorriendo caminos diferentes, él pudo haber sido como ellos, trabajadores y honrados. Diles también que hay por aquí un licenciado llamado Don Eufrasio Sarmiento, quién le ayudó en la confección de la carta hacia mi persona, que me aclaró algunos conceptos, diciéndome que gracias a todos sus conocimientos adquiridos, pudo describirlo como una persona que nunca tenía idea cabal de sus actos, el cuadro descriptivo encajaba en el no entendimiento, en que no tomaba conciencia, que no sabía de afectos, de muy escaso razonamiento, que tenía escasés de discernimiento y que por ello era una persona carente de arrepentimientos.


                                     Eso me ha llevado a interpretar una de sus frases.

  “Si ése tal Cristo, murió clavado en una cruz, bien puedo yo morir atado a un palo.” 


                                    Eran éstos, uno de sus escasos momentos de lucidez.

                                  Dios te bendiga y que no tengas que atravesar por los pesares a que estoy sometido, en esta tierra de seres reacios e infieles.



                                                                                            Arnulfo Sepúlveda.
                                                                                               Peremerimbé.


Como usted sabe -me dicen-, el periodista, doctor y escritor Don Teófilo Cabanillas y los hermanos Barragán, todos ellos ladrones y pistoleros, fueron muertos en la llamada "Masacre de Naranjillos" perpetrada por los suboficiales Tavares, alias "Cúter" y Jensen, alias "Gringo" por sus ascendentes del norte europeo. 
Cachita Barragán, amante de Cabanillas, escapa con sus hijos, pero es encontrada un año después, muerta en el burdel "La Rosa Blanca". 
Dicen que a su velatorio, solo concurrió una niña pequeña, que tosía constantemente y que tendría entre ocho o nueve años llamada Rosario Kindelán, huérfana, sin domicilio fijo.
- Es mi tía, ella era mi tía.
Señalaban que la niña mentía, pero los hijos de distintos padres de la Cachita, afirmaban que la niña decía la verdad, para darle albergue, casi con seguridad.

Era como en aquellos momentos tristes en que te sientes solo y decides esperar. Así, amigo, mirábamos aquel cortejo fúnebre. Esperando algo, no sabemos qué.
Usted los hubiese visto, iban los cuatro hermanos varones de Don Arnulfo Sepúlveda, cargando el féretro de quien fuera el cura de Peremerimbé, el pueblo que murió bajo el agua teñida de rojo sangre.
Los hermanos Sepúlveda nos dijeron que el cura Arnulfo murió con un gesto de asombro en su rostro, como si hubiese descubierto cuán largo y extraño era el camino que recorrería su alma, o como si hubiese recuperado un racimo de sus nociones, de sus recuerdos, en el segundo final de su vida. Creemos que fue un dictamen sobre sus atormentados pecados.
Estamos convencidos que indudablemente algo debió haber visto o soñado desde su lecho de muerte, porque su dedo índice se irguió amenazante, señalando hacia la única ventana por donde penetraba la luz del sol, sostenían sus hermanos al unísono.
También ellos dijeron que debieron quebrar el dedo para poder cerrar el cajón, antes que las moscas atraídas por el olor invadieran la habitación, antes que ellos se vistiesen de luto, antes que crucen por las calles del pueblo bajo el cruel sol de Diciembre y antes que nosotros, los parroquianos del bar, caminemos acompañando el rezo de los cuatro octogenarios hermanos Sepúlveda, levantando la tierra liviana de las calles por la falta de lluvias. El mismo día que el juez Bonaventura se iba de este pueblo con cientos de fojas de testimonios de ese tal "Cúter" Tavares.
Después que cubrieron con tierra el féretro un poco estropeado por algunas caídas y que ellos se despojaran de los sombreros para rezar en el cementerio, volvieron a sentarse y a conversar sobre el tema. 
Arnulfo debió haber visto, antes de morir, a la mujer que volaba a través de la pequeña ventana. Debió haber visto a la jirafa gigante luciendo la bufanda negra, blanca y azul de los peremerimbinos, y eso le paralizó el corazón.

Me dijeron que la gente decía que mucho tiempo antes que "o povo Sâo Vicente, tivese suas rúas" definidas y de que por aquí fundaran la primera escuela, y que aún antes mismo que nacieran sus otros hermanos, Arnulfo fue enviado a la Congregación de la gran ciudad de Altos Moncadas. Sus padres lo hicieron porque decían que bebía la misma agua que los animales de la hacienda, y que un grupo de mercaderes de baratijas lo entregó allá con una carta dirigida al obispo Eleazar Bustamante, y que entre otras cosas esta familia le pedía que "Quitara por bondad, el señor representante de nuestro Dios por estos pagos, el mismísimo diablo que tiene esta crianza dentro."

A veces -me decían-, cuando el empleado de correos llegaba al pueblo, dicen que decían, que lo primero que hacía era dirigirse a la casa de los Sepúlveda con noticias escritas que el mismo les leía, y agregaba noticias de la gran ciudad, para aliviar la aflicción de Doña Inés Encarnación Flores, su madre y madre a la vez de esos cuatro varones más, que dicen que ella decía que eran todos igualitos a Sepúlveda padre, señalando  el cabello oscuro y duro de cada uno y dando muestras de una indefinida resignación por no haber parido una hembra para que la ayude en los menesteres diarios y enseñarle el oficio de mujer, para resolver con altura los problemas de la casa, dicen que decía, mientras apaleaba a los otros que iban creciendo sin la presencia del padre.
Y que mucho antes que Peremerimbé fuese ahogada por los hombres grises que levantaron un dique para contener las aguas para hacer un lago que tenga los canales de riego y una usina para la electricidad de los gringos, y que trasladaran el pueblo allá en el alto, llamándole de Imbuté y nuevo Imbuté, Sepúlveda padre se resistió al avance de esa cosa llamada progreso y de esas otras cosas llamadas democracia capitalista y progresista y se alistó en las filas del Comandante Penerguido y dicen que fue uno de los Sargentos que trasladaron el cuerpo, desde el gallinero donde cayó muerto su jefe, una  húmeda madrugada de aquel otoño. 
Dicen que fue uno de los que le limpiaron el cuerpo lleno de bosta de gallinas y  uno de los hombres que ayudaron a sus cuatro mujeres que lo vistieron de gala para que le rindan homenaje con todos los honores hasta su tumba. 
Y que en los posteriores combates con las fuerzas oficialistas,  recibió un tiro por la espalda que le hizo quedar inmóvil, boca abajo y soplando tierra en cada palabra que pronunciaba, decía que su hijo, el cura Arnulfo, iba a ser santo, un verdadero santo, hasta que murió desangrado en la batalla de Zanga Funda.

Todo eso y muchas cosas más me dijeron los que habían escuchado aquellas historias y me mostraban esos viejos documentos salvados de las requisas. Y que dicen ellos mismos que dijeron que nadie deje de contarlas porque el que no tiene historias para contar es un carajo que no ha nacido. Y se tomaban unas botellas de aguardientes, y cachaça como si nada. 

Y también me dijeron que Arnulfo dejó de ser cura el día que se volvió loco porque cuando subió al campanario de su iglesia encontró a una mujer desnuda que lo invitaba a volar, como aquella del circo del pequeño Didú, que aún merodeaba por el pueblo Peremerimbé, y que tuvieron que cortar las sogas de las campanas para que deje de tañirlas y agarrarlo de sus pelos oscuros y duros y llevarlo para el hospicio de los locos antes que el obispo se entere que había vuelto a beber la misma agua de los animales, como lo encontraron algunos soldados, según un relato de Teófilo Cabanillas y de Benito Ponciano Márquez, los historiadores muertos por el sargento Cipriano "Cúter" Tavares. 

Y me dijeron que sus hermanos lo retiraron del hospicio una madrugada, a punta de pistolas de uso militar y que se lo llevaron semidesnudo arrastrándolo por el barro de la lluvia de tres días sin parar y que se lo trajeron para aquí, para Sâo Vicente, a casi setenta años después que se lo llevaran los mercanchifles y casi veinte años después que el sargento Cúter Tavares iniciara la gran matanza de los insurgentes, chingado y mantenidos que estaban en Naranjillos.

Eran estos unos mismísimos pueblos de mierda querido amigo, llenos de momentos tristes en sus historias,  donde el gobierno mandaba y todavía lo hace, cada tanto, uno de estos circos bulliciosos, para que todos veamos que todavía hay una mujer que vuela. 

Como la de esta foto.
Vea usted.


Ibarrechea 
diceelwalter@gmail.com
extraído del libro "Cúter"

MARC LAMEY: FOTOGRAFÍAS


Marc Lamey – Nature Urban Beauty




Marc Lamey 3
©Marc Lamey

Marc Lamey es un fotógrafo francés con base en París, cuyo trabajo se centra en los retratos, la moda y la fotografía conceptual que expresa la implementación de la belleza en el paisaje urbano. Lamey cuenta que la música es su principal fuente de inspiración, y su amplio abanico de admiraciones van de Man Ray a Helmut Newton, pasando por Tim WalkerDenis Rouvre o Bourdin, nombres que ya nos dan una primera idea de su visión artística plasmada después en un enorme y muy completo portafolio que encontramos en su web y en el que nos podemos pasar horas disfrutando con sus diferentes series.


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©Marc Lamey



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©Marc Lamey



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©Marc Lamey

Marc Lamey comenzó haciendo fotografía paisajística, para más tarde, en el 2008 pasarse a otros campos. Sin duda la búsqueda de la belleza y la mujer han sido los factores principales que le han llevado a esta evolución. A pesar de que la post producción y diferentes retoques con programas de edición de imágenes son una herramienta a veces necesaria en la mayor parte de los trabajos fotográficos, Lamey confiesa que el 90% de su trabajo es el resultado directo de la sesión, sus fotografías salen del cuerpo de la cámara con algunos ajustes del color y contraste en Lightroom, aunque muchas veces nos de la impresión de que está hecha con Photoshop.


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©Marc Lamey



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©Marc Lamey



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©Marc Lamey

El trabajo de Marc Lamey ha sido publicado en numerosas revistas francesas como Photo, Réponse Photo, Compétence Photo, pero también en revistas como Popular Photography en Estados Unidos. También ha expuesto en varias galerías como L’Area en Niza, Palladion en Toulouse, “les Echapées belles” y “Le Salon de la Photo” en Paris y otras exhibiciones en Francia.


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©Marc Lamey



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©Marc Lamey



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©Marc Lamey



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©Marc Lamey

Además de su ya citada web a la que aconsejamos dar un buen repaso ya que encontraremos no solo una gran cantidad de excelentes fotografías esquematizadas en diferentes series, sino diferentes vídeos en los que se incluyen reportajes en el backstage, podemos seguir el trabajo de Marc Lamey en InstagramPinterest y Facebook.

Fotógrafo profesional francés. Con una fuerte inspiración proveniente de la música, Marc Lamey se enfoca principalmente en la fotografía de retrato, la moda y la belleza en el paisaje urbano. Le gustan los retratos con la belleza del rostro de una mujer y colores brillantes. Una gran parte de sus fotos llevan el nombre de una pieza de música. La música está inextricablemente vinculada a su creatividad.  
FUENTES. www.marclamey.com - 
José Enkil Mauriz - 
Festival-photo.dax.fr
https://www.enkil.org/…/…/07/marc-lamey-nature-urban-beauty/

JUAN JOSÉ ARREOLA: PARÁBOLA DEL TRUEQUE



Al grito de «¡Cambio esposas viejas por nuevas!» el mercader recorrió las calles del pueblo arrastrando su convoy de pintados carromatos.

Las transacciones fueron muy rápidas, a base de unos precios inexorablemente fijos. Los interesados recibieron pruebas de calidad y certificados de garantía, pero nadie pudo escoger. Las mujeres, según el comerciante, eran de veinticuatro quilates. Todas rubias y todas circasianas. Y más que rubias, doradas como candeleros.

Al ver la adquisición de su vecino, los hombres corrían desaforados en pos del traficante. Muchos quedaron arruinados. Sólo un recién casado pudo hacer cambio a la par. Su esposa estaba flamante y no desmerecía ante ninguna de las extranjeras. Pero no era tan rubia como ellas.

Yo me quedé temblando detrás de la ventana, al paso de un carro suntuoso. Recostada entre almohadones y cortinas, una mujer que parecía un leopardo me miró deslumbrante, como desde un bloque de topacio. Presa de aquel contagioso frenesí, estuve a punto de estrellarme contra los vidrios. Avergonzado, me aparté de la ventana y volví el rostro para mirar a Sofía.

Ella estaba tranquila, bordando sobre un nuevo mantel las iniciales de costumbre. Ajena al tumulto, ensartó la aguja con sus dedos seguros. Sólo yo que la conozco podía advertir su tenue, imperceptible palidez. Al final de la calle, el mercader lanzó por último la turbadora proclama: «¡Cambio esposas viejas por nuevas!». Pero yo me quedé con los pies clavados en el suelo, cerrando los oídos a la oportunidad definitiva. Afuera, el pueblo respiraba una atmósfera de escándalo.

Sofía y yo cenamos sin decir una palabra, incapaces de cualquier comentario.

-¿Por qué no me cambiaste por otra? -me dijo al fin, llevándose los platos.

No pude contestarle, y los dos caímos más hondo en el vacío. Nos acostamos temprano, pero no podíamos dormir. Separados y silenciosos, esa noche hicimos un papel de convidados de piedra.

Desde entonces vivimos en una pequeña isla desierta, rodeados por la felicidad tempestuosa. El pueblo parecía un gallinero infestado de pavos reales. Indolentes y voluptuosas, las mujeres pasaban todo el día echadas en la cama. Surgían al atardecer, resplandecientes a los rayos del sol, como sedosas banderas amarillas.

Ni un momento se separaban de ellas los maridos complacientes y sumisos. Obstinados en la miel, descuidaban su trabajo sin pensar en el día de mañana.

Yo pasé por tonto a los ojos del vecindario, y perdí los pocos amigos que tenía. Todos pensaron que quise darles una lección, poniendo el ejemplo absurdo de la fidelidad. Me señalaban con el dedo, riéndose, lanzándome pullas desde sus opulentas trincheras. Me pusieron sobrenombres obscenos, y yo acabé por sentirme como una especie de eunuco en aquel edén placentero.

Por su parte, Sofía se volvió cada vez más silenciosa y retraída. Se negaba a salir a la calle conmigo, para evitarme contrastes y comparaciones. Y lo que es peor, cumplía de mala gana con sus más estrictos deberes de casada. A decir verdad, los dos nos sentíamos apenados de unos amores tan modestamente conyugales.

Su aire de culpabilidad era lo que más me ofendía. Se sintió responsable de que yo no tuviera una mujer como las de otros. Se puso a pensar desde el primer momento que su humilde semblante de todos los días era incapaz de apartar la imagen de la tentación que yo llevaba en la cabeza. Ante la hermosura invasora, se batió en retirada hasta los últimos rincones del mudo resentimiento. Yo agoté en vano nuestras pequeñas economías, comprándole adornos, perfumes, alhajas y vestidos.

-¡No me tengas lástima!

Y volvía la espalda a todos los regalos. Si me esforzaba en mimarla, venía su respuesta entre lágrimas:

-¡Nunca te perdonaré que no me hayas cambiado!

Y me echaba la culpa de todo. Yo perdía la paciencia. Y recordando a la que parecía un leopardo, deseaba de todo corazón que volviera a pasar el mercader.

Pero un día las rubias comenzaron a oxidarse. La pequeña isla en que vivíamos recobró su calidad de oasis, rodeada por el desierto. Un desierto hostil, lleno de salvajes alaridos de descontento. Deslumbrados a primera vista, los hombres no pusieron realmente atención en las mujeres. Ni les echaron una buena mirada, ni se les ocurrió ensayar su metal. Lejos de ser nuevas, eran de segunda, de tercera, de sabe Dios cuántas manos… El mercader les hizo sencillamente algunas reparaciones indispensables, y les dio un baño de oro tan bajo y tan delgado, que no resistió la prueba de las primeras lluvias.

El primer hombre que notó algo extraño se hizo el desentendido, y el segundo también. Pero el tercero, que era farmacéutico, advirtió un día entre el aroma de su mujer, la característica emanación del sulfato de cobre. Procediendo con alarma a un examen minucioso, halló manchas oscuras en la superficie de la señora y puso el grito en el cielo.

Muy pronto aquellos lunares salieron a la cara de todas, como si entre las mujeres brotara una epidemia de herrumbre. Los maridos se ocultaron unos a otros las fallas de sus esposas, atormentándose en secreto con terribles sospechas acerca de su procedencia. Poco a poco salió a relucir la verdad, y cada quien supo que había recibido una mujer falsificada.

El recién casado que se dejó llevar por la corriente del entusiasmo que despertaron los cambios, cayó en un profundo abatimiento. Obsesionado por el recuerdo de un cuerpo de blancura inequívoca, pronto dio muestras de extravío. Un día se puso a remover con ácidos corrosivos los restos de oro que había en el cuerpo de su esposa, y la dejó hecha una lástima, una verdadera momia.

Sofía y yo nos encontramos a merced de la envidia y del odio. Ante esa actitud general, creí conveniente tomar algunas precauciones. Pero a Sofía le costaba trabajo disimular su júbilo, y dio en salir a la calle con sus mejores atavíos, haciendo gala entre tanta desolación. Lejos de atribuir algún mérito a mi conducta, Sofía pensaba naturalmente que yo me había quedado con ella por cobarde, pero que no me faltaron las ganas de cambiarla.

Hoy salió del pueblo la expedición de los maridos engañados, que van en busca del mercader. Ha sido verdaderamente un triste espectáculo. Los hombres levantaban al cielo los puños, jurando venganza. Las mujeres iban de luto, lacias y desgreñadas, como plañideras leprosas. El único que se quedó es el famoso recién casado, por cuya razón se teme. Dando pruebas de un apego maniático, dice que ahora será fiel hasta que la muerte lo separe de la mujer ennegrecida, ésa que él mismo acabó de estropear a base de ácido sulfúrico.

Yo no sé la vida que me aguarda al lado de una Sofía quién sabe si necia o si prudente. Por lo pronto, le van a faltar admiradores. Ahora estamos en una isla verdadera, rodeada de soledad por todas partes. Antes de irse, los maridos declararon que buscarán hasta el infierno los rastros del estafador. Y realmente, todos ponían al decirlo una cara de condenados.

Sofía no es tan morena como parece. A la luz de la lámpara, su rostro dormido se va llenando de reflejos. Como si del sueño le salieran leves, dorados pensamientos de orgullo.

Juan José Arreola

Juan Jose Arreola Zúñiga nació el 21 de septiembre de 1918 en Zapotlán el Grande —hoy Ciudad Guzmán—, Jalisco, Guadalajara (México).
Estudió en Jalisco y en 1930 empezó a trabajar como encuadernador. En 1937 se marchó a vivir a México D.F. para estudiar en la Escuela Teatral de Bellas Artes.
Publicó, en 1941, su primera obra, Sueño de Navidad. En 1945 colaboró con Juan Rulfo y Antonio Alatorre en la publicación de la revista Pan, de Guadalajara y pudo viajar a París bajo la protección del actor Louis Jouvet. Allí conoció a J. L. Barrault y Pierre Renoir. Un año después regresó a México.
A su vuelta empezó a trabajar en Fondo de Cultura Económica como corrector y autor de solapas y obtuvo una beca en El Colegio de México gracias a la intervención de Alfonso Reyes. En 1949 apareció su primer libro de cuentos Varia invención. En 1950 recibió una beca de la Fundación Rockefeller.
Su obra maestra Confabulario fue publicada en 1952 y recibió el Premio Jalisco de Literatura, a este le seguirían el Premio del Festival Dramático del Instituto Nacional de Bellas Artes y el Premio Xavier Villaurrutia.
A partir de 1964 dirigió la colección "El Unicornio", y se inició como profesor en la Universidad Nacional Autónoma de México.
En 1972 se publicó la edición de Bestiario, que completaba la serie iniciada en 1958, con Punta de plata.
Su prestigio fue ascendiendo y en 1979 fue galardonado con el Premio Nacional en Letras, en la Ciudad de México y en 1992 el Premio Juan Rulfo, al que seguirían el Alfonso Reyes y Premio Ramón López Velarde.
En 1992 participó como comentarista de Televisa para los Juegos Olímpicos de Barcelona. 
Falleció el 3 de Diciembre de 2001.
Fuentes: estoespurocuento.wordpress.com - escritores.org - Foto Archivo del blog.

MÚSICA: LEÓN THOMAS





"The Creator Has A Master Plan"
Subido por: Ace Records Ltd
Gentileza: YouTube

There was a time, when peace was on the earth,
And joy and happiness did reign and each man knew his worth.
In my heart how I yearn for that spirit's return
And I cry, as time flies,
Om, Om.

There is a place where love forever shines,
And rainbows are the shadows of a presence so divine,
And the glow of that love lights the heavens above,
And it's free, can't you see, come with me.

The creator has a master plan,
peace and happiness for every man
The creator has a working plan,
peace and happiness for every man

The creator makes but one demand,
happiness through all the land.



"Song for my Father"
Subido por: Ace Records Ltd
Gentileza: YouTube


Músicos:
Leon Thomas - vocals, percussion
Little Rock - tenor saxophone
James Spaulding - flute, saxophone
Lonnie Liston Smith - piano
Cecil McBee - bass
Richard Davis - bass
Roy Haynes - drums
Richard Landrum - bongos







Amos Leon Thomas, Jr

(4 de octubre de 1937 - 8 de mayo de 1999) 

fue un cantante de jazz estadounidense de vanguardia. Thomas estudió música en la Tennessee State University. En la década de 1960 fue vocalista de Count Basie, entre otros. En 1969, lanzó su primer álbum en solitario para la etiqueta Flying Dutchman de Bob Thiele. Sin embargo, hizo un álbum anterior que permanece inédito. Thomas es mejor conocido por su trabajo con Pharoah Sanders, en particular la canción de 1969 "El Creador tiene un plan maestro" de Sanders  "Karma álbum". El dispositivo más distintivo de Thomas era que a menudo rompía en yodeling en medio de una voz. Este estilo ha influenciado a los cantantes James Moody, Tim Buckley y Bobby McFerrin, entre otros. Dijo en una entrevista que desarrolló este estilo después de que cayó y se rompió los dientes antes de un importante espectáculo. Thomas viajó y se registró como miembro de la banda Santana en 1973. Cambió su nombre a Leone en 1974 debido a un interés que tenía en la numerología en ese momento. Él no cambió legalmente su nombre y él volvió a León poco después. Thomas murió de una insuficiencia cardíaca el 8 de mayo de 1999. Fue olvidado en gran medida hasta un resurgimiento del interés en el soul jazz. Varios de sus temas han sido probados en discos hip-hop y downtempo. Fuente:en.wikipedia.org - Foto: www.kalamu.com

viernes, 8 de diciembre de 2017

IBARRECHEA: LA BELLA NIÑA ROSARIO

Me contaron que, a la hija del Tabaquero James Kindelán, conocida por todos en Pueblo Saucedo como la bella niña Rosario, la atendió el doctor Isaac Hoffman, que luego de revisarla con atención, habló con su madre, la española María Nieves Hurtado y que le dijo que le haga tomar el jarabe de mentol que ya le había dicho que se lo haga beber cada ocho horas aunque a la niña no le guste, y sino que pruebe darle miel -que usted sabe, puede ser muy efectiva en el tratamiento de la tos y de la garganta irritada que tiene esta pequeña-. También dicen que le dijo que la niña podía tomarla directamente o, para mejores resultados, que la mezcle con aceite de coco y jugo de limón. Dicen que el doctor Hoffman observó a su alrededor y le comentó a la señora de Kindelán que aproveche la cantidad de cognac europeo que había allí, y se lo mezcle con la miel y un poco de canela en una copita y que la mande a dormir abrigada después de beberla.

Cuentan que el señor James Kindelán, vendió todas sus hectáreas en Peremerimbé antes de que sean inundadas por el lago Imbuté, dicen que dejó la enorme casa vacía, que hizo cargar todos sus muebles en el tren del mediodía y que le ordenó a su mujer que era mejor ver a su padrino don Teófilo Cabanillas, porque el entendía de estas cosas y no ese tal Hoffman que era un médico del Partido Conservador que estaba allí para cuidar a los hombres grises que trabajaban en la represa del Imbuté.

Según parece, en la ciudad de Zanga Funda, lugar donde acontecieron heroicas batallas en las que siempre salía airoso el fallecido Comandante del pueblo Peremerimbino, don Juan Penerguido, y donde perdiera la vida una de sus esposas, la generala doña Laudette Neves, fueron decididos a ver a la llamada curadora Rebeca Martínez Apaz, que le hizo probar a la niña, un remedio de té de pimienta y miel. Ella decía que funcionaría en "Rosarito" porque la pimienta le iba estimular la circulación y el flujo de las flemas, y que la miel es un alivio natural de la tos -no, señor James, los hijos de combatientes no me deben nada-. La señora María Nieves Hurtado tuvo un viaje tranquilo, al lado de su esposo y cargando a su pequeña hija Rosarito entre sus brazos.

La tos le volvió a la niña en la ciudad de Altos Moncadas, y me dicen todos, que desde ahí fue un suplicio el largo viaje hasta Naranjillos, donde ya estaba afincado Don Teófilo Cabanillas, ilustre médico que encontraron en el mercado del puerto, desde donde partían las barcazas de los hermanos Virasolo con alimentos hasta el puerto central de Imbuté.
-También ha muerto la señora del comandante, doña Carlota Henríquez, padrino.
-James, James, James. Ella nos traicionó y nos vendió al gobierno central -Le contestó don Teófilo Cabanillas, pasando una mano sobre sus hombros mientras caminaban hacia el bar por un refresco de limonada-.

Dicen que en el puesto sanitario de Naranjillos, la enfermera Teresa Paniagua López, le aplicó una inyección y luego le dio a tomar dos cucharaditas de un jarabe de mentol que era el mismo que tomaban los soldados peremerimbinos y los soldados nacionales que estaban acuartelados en la Compañía del Norte. El mismo escuadrón del Mayor Castro y del Sargento "Cúter" Tavares, que crearon el famoso "Cuerpo de Combate en Selva". 

La señora María Nieves Hurtado, quería llegar cuanto antes a Mapuyo, para instalarse en su nueva casa. Por eso es que el señor James Kindelán, había ordenado a sus empleados que descargaran sus muebles en la estación de trenes de Altos Moncadas, y que se los lleven en los camiones Bedford hasta la dirección marcada en las afueras de Mapuyo, sobre el camino hacia el cerro del Indio Muerto.

Teófilo Cabanillas les prometió llevarles más jarabe contra la tos una vez que los hermanos Fontana, el macho Fonseca o la Cachita Barragán se los roben a los soldados nacionales. Dicen que Cabanillas les dio un fuerte abrazo y que le alcanzó a la bella niña Rosario, el manual de historia Peremerimbina -total tu ya sabes leer- dicen que le dijo. Pero que recuerdan que la enfermera Teresa Paniagua López, hablándole en Guaraní a la señora María Nieves, le decía que el tomillo es un buen tratamiento contra la tos, y las infecciones respiratorias que tiene la niña. Haga así -le decía-, a las hojitas pequeñas de la hierba póngala en una tacita y macháquelas en agua hirviendo, después, la va a colar, ¿sabe? una vez colada, métale una cucharada de miel grande y un poco de jugo de limón, así la bella niña Rosario no le encuentra mal sabor.

Escúchame ahijado James -decía Teófilo Cabanillas, mientras ellos subían a su automóvil-, el tomillo es un potente remedio que calma la tos y relaja los músculos de la tráquea, y eso le va a reducir la inflamación a la niña, buena suerte y buen viaje.
Dicen que doña María Nieves Hurtado quiso entregarle dinero a la enfermera, pero que ésta no le recibió nada y que se fue adentro sin saludar.

Un año después de la llegada de la familia Kindelán a Mapuyo, llegó un mensajero con la noticia de que el gobierno había atacado y matado a más de treinta peremerimbinos en Naranjillos. Algunos se armaron para defender su tierra, entre ellos el tabacalero James, que agrupó a su gente y repartió directivas de guardias rotativas y fusiles Springfield modelo 1903, para la defensa de la finca.

Dicen que la noche del veintidós de enero, se oyó un disparo, el ruido de un vidrio de la ventana rota y el impensado barullo que produjo al caer, el cuerpo ensangrentado del hijo de Irlandeses, don James Kindelán en el piso de madera de la sala. Parece que el tirador especial llevaba un fusil de largo alcance y los atributos del Cuerpo de Combate en Selva pegados en su uniforme verde olivo.


Los soldados entraron después, tomaron prisionera a doña María Nieves Hurtado a los fondos del patio de la casa y en el forcejeo, ella le clavó un puñal al suboficial Ramos Ramírez, encargado de las Tropas de Asalto. Un soldado la mató de un tiro en la cara.


Me contaron que varios soldados revisaron la casa.
Que se llevaron las armas escondidas en el sótano.
Que se llevaron las municiones escondidas en el altillo.
Que se llevaron los mapas y el manual de historia de Peremerimbé.
Que el cabo Boggy Speckler hizo llevar los cadáveres del señor Kindelán y el de su esposa, la señora Hurtado, para la fosa común de Naranjillos, en el camión Bedford.
Que se llevaron al malherido suboficial al hospital de campaña.
Que soltaron los pájaros de las jaulas y se llevaron los animales del corral.
Que no encontraron más nada.
Ni a nadie.
Y que le prendieron fuego a la casa y que luego salieron presurosos del lugar.

A la mañana siguiente, dicen, que desde la caseta del perro, al fondo del patio, la bella niña Rosario Margareth Hurtado Kindelán, de siete años de edad, asomó su rubia cabellera despeinada y mugrienta.
Dicen que llegó caminando descalza al pueblo Mapuyo, al lado de su perro llamado "Obús."
Dicen que se limpiaba la nariz con las manos.
Dicen que los soldados del cuartel no le prestaron atención.
Dicen que les pidió que le prepararan un te para la tos.
Dicen que decía que ella conocía las recetas.
Dicen que, solita, se quitaba mansamente las espinas de sus pies, mientras esperaba la infusión, sin llorar.













Extraído de la novela "Cúter" de J.A. Ibarrechea
© 2013 Cúter, de Ibarrechea
José Antonio Ibarrechea
Nació en Deán Funes, Córdoba, Argentina en 1955. Escritor

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ: LOS FUNERALES DE LA MAMÁ GRANDE

Ésta es, incrédulos del mundo entero, la verídica historia de la Mamá Grande, soberana absoluta del reino de Macondo, que vivió en función de dominio durante 92 años y murió en olor de santidad un martes del setiembre pasado, y a cuyos funerales vino el Sumo Pontífice.

Ahora que la nación sacudida en sus entrañas ha recobrado el equilibrio; ahora que los gaiteros de San Jacinto, los contrabandistas de la Guajira, los arroceros del Sinú, las prostitutas de Guacamayal, los hechiceros de la Sierpe y los bananeros de Aracataca han colgado sus toldos para restablecerse de la extenuante vigilia, y que han recuperado la serenidad y vuelto a tomar posesión de sus estados el presidente de la república y sus ministros y todos aquellos que representaron al poder público y a las potencias sobrenaturales en la más espléndida ocasión funeraria que registren los anales históricos; ahora que el Sumo Pontífice ha subido a los Cielos en cuerpo y alma, y que es imposible transitar en Macondo a causa de las botellas vacías, las colillas de cigarrillos, los huesos roídos, las latas y trapos y excrementos que dejó la muchedumbre que vino al entierro, ahora es la hora de recostar un taburete a la puerta de la calle y empezar a contar desde el principio los pormenores de esta conmoción nacional, antes de que tengan tiempo de llegar los historiadores.

Hace catorce semanas, después de interminables noches de cataplasmas, sinapismos y ventosas, demolida por la delirante agonía, la Mamá Grande ordenó que la sentaran en su viejo mecedor de bejuco para expresar su última voluntad. Era el único requisito que le hacía falta para morir. Aquella mañana, por intermedio del padre Antonio Isabel, había arreglado los negocios de su alma, y sólo le faltaba arreglar los de sus arcas con los nueve sobrinos, sus herederos universales, que velaban en torno al lecho. El párroco, hablando solo y a punto de cumplir cien años, permanecía en el cuarto. Se habían necesitado diez hombres para subirlo hasta la alcoba de la Mamá Grande, y se había decidido que allí permaneciera para no tener que bajarlo y volverlo a subir en el minuto final.

Nicanor, el sobrino mayor, titánico y montaraz, vestido de caqui, botas con espuelas y un revólver calibre 38, cañón largo, ajustado bajo la camisa, fue en busca del notario. La enorme mansión de dos plantas, olorosa a melaza y a orégano, con sus oscuros aposentos atiborrados de arcones y cachivaches de cuatro generaciones convertidas en polvo, se había paralizado desde la semana anterior a la expectativa de aquel momento. En el profundo corredor central, con garfios en las paredes donde en otro tiempo se colgaron cerdos desollados y se desangraban venados en los soñolientos domingos de agosto, los peones dormían amontonados sobre sacos de sal y útiles de labranza, esperando la orden de ensillar las bestias para divulgar la mala noticia en el ámbito de la hacienda desmedida. El resto de la familia estaba en la sala. Las mujeres lívidas, desangradas por la herencia y la vigilia, guardaban un luto cerrado que era una suma de incontables lutos superpuestos. La rigidez matriarcal de la Mamá Grande había cercado su fortuna y su apellido con una alambrada sacramental, dentro de la cual los tíos se casaban con las hijas de las sobrinas, y los primos con las tías, y los hermanos con las cuñadas, hasta formar una intrincada maraña de consanguinidad que convirtió la procreación en un círculo vicioso. Sólo Magdalena, la menor de las sobrinas, logró escapar al cerco; aterrorizada por las alucinaciones se hizo exorcizar por el padre Antonio Isabel, se rapó la cabeza y renunció a las glorias y vanidades del mundo en el noviciado de la Prefectura Apostólica. Al margen de la familia oficial y en ejercicio del derecho de pernada, los varones habían fecundado hatos, veredas y caseríos con toda una descendencia bastarda, que circulaba entre la servidumbre sin apellidos a título de ahijados, dependientes, favoritos y protegidos de la Mamá Grande.

La inminencia de la muerte removió la extenuante expectativa. La voz de la moribunda, acostumbrada al homenaje y a la obediencia, no fue más sonora que un bajo de órgano en la pieza cerrada, pero resonó en los más apartados rincones de la hacienda. Nadie era indiferente a esa muerte. Durante el presente siglo, la Mamá Grande había sido el centro de gravedad de Macondo, como sus hermanos, sus padres y los padres de sus padres lo fueron en el pasado, en una hegemonía que colmaba dos siglos. La aldea se fundó alrededor de su apellido. Nadie conocía el origen, ni los límites ni el valor real del patrimonio, pero todo el mundo se había acostumbrado a creer que la Mamá Grande era dueña de las aguas corrientes y estancadas, llovidas y por llover, y de los caminos vecinales, los postes del telégrafo, los años bisiestos y el calor, y que tenía además un derecho heredado sobre vida y haciendas. Cuando se sentaba a tomar el fresco de la tarde en el balcón de su casa, con todo el peso de sus vísceras y su autoridad aplastado en su viejo mecedor de bejuco, parecía en verdad infinitamente rica y poderosa, la matrona más rica y poderosa del mundo.

A nadie se le había ocurrido pensar que la Mamá Grande fuera mortal, salvo a los miembros de su tribu, y a ella misma, aguijoneada por las premoniciones seniles del padre Antonio Isabel. Pero ella confiaba en que viviría más de 100 años, como su abuela materna, que en la guerra de 1875 se enfrentó a una patrulla del coronel Aureliano Buendía, atrincherada en la cocina de la hacienda. Sólo en abril de este año comprendió la Mamá Grande que Dios no le concedería el privilegio de liquidar personalmente, en franca refriega, a una horda de masones federalistas.

En la primera semana de dolores el médico de la familia la entretuvo con cataplasmas de mostaza y calcetines de lana. Era un médico hereditario, laureado en Montpellier, contrario por convicción filosófica a los progresos de su ciencia, a quien la Mamá Grande había concedido la prebenda de que se impidiera en Macondo el establecimiento de otros médicos. En un tiempo recorría el pueblo a caballo, visitando a los lúgubres enfermos del atardecer, y la naturaleza le concedió el privilegio de ser padre de numerosos hijos ajenos. Pero la artritis le anquilosó en un chinchorro, y terminó por atender a sus pacientes sin visitarlos, por medio de suposiciones, correveidiles y recados. Requerido por la Mamá Grande atravesó la plaza en pijama, apoyado en dos bastones, y se instaló en la alcoba de la enferma. Sólo cuando comprendió que la Mamá Grande agonizaba, hizo llevar un arca con pomos de porcelana marcados en latín y durante tres semanas embadurnó a la moribunda por dentro y por fuera con toda suerte de emplastos académicos, julepes magníficos y supositorios magistrales. Después le aplicó sapos ahumados en el sitio del dolor y sanguijuelas en los riñones, hasta la madrugada de ese día en que tuvo que enfrentarse a la disyuntiva de hacerla sangrar por el barbero o exorcizar por el padre Antonio Isabel.
Nicanor mandó a buscar al párroco. Sus diez hombres mejores lo llevaron desde la casa cural hasta el dormitorio de la Mamá Grande, sentado en su crujiente mecedor de mimbre bajo el mohoso palio de las grandes ocasiones. La campanilla del Viático en el tibio amanecer de setiembre fue la primera notificación a los habitantes de Macondo. Cuando salió el sol, la placita frente a la casa de la Mamá Grande parecía una feria rural.
Era como el recuerdo de otra época. Hasta cuando cumplió los 70, la Mamá Grande celebró su cumpleaños con las ferias más prolongadas y tumultuosas de que se tenga memoria. Se ponían damajuanas de aguardiente a disposición del pueblo, se sacrificaban reses en la plaza pública, y una banda de músicos instalada sobre una mesa tocaba sin tregua durante tres días. Bajo los almendros polvorientos donde la primera semana del siglo acamparon las legiones del coronel Aureliano Buendía, se ponían ventas de masato, bollos, morcillas, chicharrones, empanadas, butifarras, caribañolas, pandeyuca, almojábanas, buñuelos, arepuelas, hojaldres, longanizas, mondongos, cocadas, guarapo, entre todo género de menudencias, chucherías, baratijas y cacharros, y peleas de gallos y juegos de lotería. En medio de la confusión de la muchedumbre alborotada, se vendían estampas y escapularios con la imagen de la Mamá Grande.
Las festividades comenzaban la antevíspera y terminaban el día del cumpleaños, con un estruendo de fuegos artificiales y un baile familiar en la casa de la Mamá Grande. Los selectos invitados y los miembros legítimos de la familia, generosamente servidos por la bastardía, bailaban al compás de la vieja pianola equipada con rollos de moda. La Mamá Grande presidía la fiesta desde el fondo del salón, en una poltrona con almohadas de lino, impartiendo discretas instrucciones con su diestra adornada de anillos en todos los dedos. A veces en complicidad con los enamorados pero casi siempre aconsejada por su propia inspiración, aquella noche concertaba los matrimonios del año entrante. Para clausurar el jubileo, la Mamá Grande salía al balcón adornado con diademas y faroles de papel, y arrojaba monedas a la muchedumbre.
Aquella tradición se había interrumpido, en parte por los duelos sucesivos de la familia, y en parte por la incertidumbre política de los últimos tiempos. Las nuevas generaciones no asistieron sino de oídas a aquellas manifestaciones de esplendor. No alcanzaron a ver a la Mamá Grande en la misa mayor, abanicada por algún miembro de la autoridad civil, disfrutando del privilegio de no arrodillarse ni en el instante de la elevación para no estropear su saya de volantes holandeses y sus almidonados pollerines de olán. Los ancianos recordaban como una alucinación de la juventud los doscientos metros de esteras que se tendieron desde la casa solariega hasta el altar mayor, la tarde en que María del Rosario Castañeda y Montero asistió a los funerales de su padre, y regresó por la calle esterada investida de su nueva e irradiante dignidad, a los 22 años, convertida en la Mamá Grande. Aquella visión medieval pertenecía entonces no sólo al pasado de la familia, sino al pasado de la nación. Cada vez más imprecisa y remota, visible apenas en su balcón sofocado entonces por los geranios en las tardes de calor, la Mamá Grande se esfumaba en su propia leyenda. Su autoridad se ejercía a través de Nicanor. Existía la promesa tácita, formulada por la tradición, de que el día en que la Mamá Grande lacrara su testamento, los herederos decretarían tres noches de jolgorios públicos. Pero se sabía asimismo que ella había decidido no expresar su voluntad última hasta pocas horas antes de morir, y nadie pensaba seriamente en la posibilidad de que la Mamá Grande fuera mortal. Sólo esa madrugada, despertados por los cencerros del Viático, los habitantes de Macondo se convencieron de que la Mamá Grande no sólo era mortal, sino que se estaba muriendo.
Su hora era llegada. En su cama de lienzo, embadurnada de áloes hasta las orejas, bajo la marquesina de polvorienta espumilla, apenas se adivinaba la vida en la tenue respiración de sus tetas matriarcales. La Mamá Grande, que hasta los cincuenta años rechazó a los más apasionados pretendientes, y que fue dotada por la naturaleza para amamantar ella sola a toda su especie, agonizaba virgen y sin hijos. En el momento de la extremaunción, el padre Antonio Isabel tuvo que pedir ayuda para aplicarle los óleos en la palma de las manos, pues desde el principio de su agonía la Mamá Grande tenía los puños cerrados. De nada valió el concurso de las sobrinas. En el forcejeo, por primera vez en una semana, la moribunda apretó contra su pecho la mano constelada de piedras preciosas, y fijó en las sobrinas su mirada sin color, diciendo: “Salteadoras.” Luego vio al padre Antonio Isabel en indumentaria litúrgica y al monaguillo con los instrumentos sacramentales, y murmuró con una convicción apacible: “Me estoy muriendo.” Entonces se quitó el anillo con el Diamante Mayor y se lo dio a Magdalena, la novicia, a quien correspondía por ser la heredera menor. Aquél era el final de una tradición: Magdalena había renunciado a su herencia en favor de la Iglesia.
Al amanecer, la Mamá Grande pidió que la dejaran a solas con Nicanor para impartir sus últimas instrucciones. Durante media hora, con perfecto dominio de sus facultades, se informó de la marcha de los negocios. Hizo formulaciones especiales sobre el destino de su cadáver, y se ocupó por último de las velaciones. “Tienes que estar con los ojos abiertos”, dijo. “Guarda bajo llave todas las cosas de valor, pues mucha gente no viene a los velorios sino a robar.” Un momento después, a solas con el párroco, hizo una confesión dispendiosa, sincera y detallada, y comulgó más tarde en presencia de los sobrinos. Entonces fue cuando pidió que la sentaran en el mecedor de bejuco para expresar su última voluntad.
Nicanor había preparado, en veinticuatro folios escritos con letra muy clara, una escrupulosa relación de sus bienes. Respirando apaciblemente, con el médico y el padre Antonio Isabel por testigos, la Mamá Grande dictó al notario la lista de sus propiedades, fuente suprema y única de su grandeza y autoridad. Reducido a sus proporciones reales, el patrimonio físico se reducía a tres encomiendas adjudicadas por Cédula Real durante la Colonia, y que con el transcurso del tiempo, en virtud de intrincados matrimonios de conveniencia, se habían acumulado bajo el dominio de la Mamá Grande. En ese territorio ocioso, sin límites definidos, que abarcaba cinco municipios y en el cual no se sembró nunca un solo grano por cuenta de los propietarios, vivían a título de arrendatarias 352 familias. Todos los años, en vísperas de su onomástico, la Mamá Grande ejercía el único acto de dominio que había impedido el regreso de las tierras al estado: el cobro de los arrendamientos. Sentada en el corredor interior de su casa, ella recibía personalmente el pago del derecho de habitar en sus tierras, como durante más de un siglo lo recibieron sus antepasados de los antepasados de los arrendatarios. Pasados los tres días de la recolección, el patio estaba atiborrado de cerdos, pavos y gallinas, y de los diezmos y primicias sobre los frutos de la tierra que se depositaban allí en calidad de regalo. En realidad, ésa era la única cosecha que jamás recogió la familia de un territorio muerto desde sus orígenes, calculado a primera vista en 100.000 hectáreas. Pero las circunstancias históricas habían dispuesto que dentro de esos límites crecieran y prosperaran las seis poblaciones del distrito de Macondo, incluso la cabecera del municipio, de manera que todo el que habitara una casa no tenía más derecho de propiedad del que le correspondía sobre los materiales, pues la tierra pertenecía a la Mamá Grande y a ella se pagaba el alquiler, como tenía que pagarlo el gobierno por el uso que los ciudadanos hacían en las calles.
En los alrededores de los caseríos, merodeaba un número nunca contado y menos atendido de animales herrados en los cuartos traseros con la forma de un candado. Ese hierro hereditario, que más por el desorden que por la cantidad se había hecho familiar en remotos departamentos donde llegaban en verano, muertas de sed, las reses desperdigadas, era uno de los más sólidos soportes de la leyenda. Por razones que nadie se había detenido a explicar, las extensas caballerizas de la casa se habían vaciado progresivamente desde la última guerra civil, y en los últimos tiempos se habían instalado en ellas trapiches de caña, corrales de ordeño, y una piladora de arroz.
Aparte de lo enumerado, se hacía constar en el testamento la existencia de tres vasijas de morrocotas enterradas en algún lugar de la casa durante la guerra de Independencia, que no habían sido halladas en periódicas y laboriosas excavaciones. Con el derecho de continuar la explotación de la tierra arrendada y de percibir los diezmos y primicias y toda clase de dádivas extraordinarias, los herederos recibían un plano levantado de generación en generación, y por cada generación perfeccionado, que facilitaba el hallazgo del tesoro enterrado.
La Mamá Grande necesitó tres horas para enumerar sus asuntos terrenales. En la sofocación de la alcoba, la voz de la moribunda parecía dignificar en su sitio cada cosa enumerada. Cuando estampó su firma, balbuciente, y debajo estamparon la suya los testigos, un temblor secreto sacudió el corazón de las muchedumbres que empezaban a concentrarse frente a la casa, a la sombra de los almendros polvorientos.
Sólo faltaba entonces la enumeración minuciosa de los bienes morales. Haciendo un esfuerzo supremo -el mismo que hicieron sus antepasados antes de morir para asegurar el predominio de su especie- la Mamá Grande se irguió sobre sus nalgas monumentales, y con voz dominante y sincera, abandonada a su memoria, dictó al notario la lista de su patrimonio invisible:
La riqueza del subsuelo, las aguas territoriales, los colores de la bandera, la soberanía nacional, los partidos tradicionales, los derechos del hombre, las libertades ciudadanas, el primer magistrado, la segunda instancia, el tercer debate, las cartas de recomendación, las constancias históricas, las elecciones libres, las reinas de la belleza, los discursos trascendentales, las grandiosas manifestaciones, las distinguidas señoritas, los correctos caballeros, los pundonorosos militares, su señoría ilustrísima, la corte suprema de justicia, los artículos de prohibida importación, las damas liberales, el problema de la carne, la pureza del lenguaje, los ejemplos para el mundo, el orden jurídico, la prensa libre pero responsable, la Atenas sudamericana, la opinión pública, las lecciones democráticas, la moral cristiana, la escasez de divisas, el derecho de asilo, el peligro comunista, la nave del estado, la carestía de la vida, las tradiciones republicanas, las clases desfavorecidas, los mensajes de adhesión.
No alcanzó a terminar. La laboriosa enumeración tronchó su último viaje. Ahogándose en el maremagnum de fórmulas abstractas que durante dos siglos constituyeron la justificación moral del poderío de la familia, la Mamá Grande emitió un sonoro eructo, y expiró.
Los habitantes de la capital remota y sombría vieron esa tarde el retrato de una mujer de veinte años en la primera página de las ediciones extraordinarias, y pensaron que era una nueva reina de la belleza. La Mamá Grande vivía otra vez la momentánea juventud de su fotografía, ampliada a cuatro columnas y con retoques urgentes, su abundante cabellera recogida a lo alto del cráneo con un peine de marfil, y una diadema sobre la gola de encajes. Aquella imagen, captada por un fotógrafo ambulante que pasó por Macondo a principios de siglo y archivada por los periódicos durante muchos años en la división de personajes desconocidos, estaba destinada a perdurar en la memoria de las generaciones futuras. En los autobuses decrépitos, en los ascensores de los ministerios, en los lúgubres salones de té forrados de pálidas colgaduras, se susurró con veneración y respeto de la autoridad muerta en su distrito de calor y malaria, cuyo nombre se ignoraba en el resto del país hacía pocas horas, antes de ser consagrado por la palabra impresa. Una llovizna menuda cubría de recelo y de verdín a los transeúntes. Las campanas de todas las iglesias tocaban a muerto. El presidente de la república, sorprendido por la noticia cuando se dirigía al acto de graduación de los nuevos cadetes, sugirió al ministro de la guerra, en una nota escrita de su puño y letra en el revés del telegrama, que concluyera su discurso con un minuto de silencio en homenaje a la Mamá Grande.
El orden social había sido rozado por la muerte. El propio presidente de la república, a quien los sentimientos urbanos llegaban como a través de un filtro de purificación, alcanzó a percibir desde su automóvil en una visión instantánea pero hasta un cierto punto brutal, la silenciosa consternación de la ciudad. Sólo permanecían abiertos algunos cafetines de mala muerte, y la Catedral Metropolitana, dispuesta para nueve días de honras fúnebres. En el Capitolio Nacional, donde los mendigos envueltos en papeles dormían al amparo de columnas dóricas y taciturnas estatuas de presidentes muertos, las luces del Congreso estaban encendidas. Cuando el primer mandatario entró a su despacho, conmovido por la visión de la capital enlutada, sus ministros lo esperaban vestidos de tafetán funerario, de pie, más solemnes y pálidos que de costumbre.
Los acontecimientos de aquella noche y las siguientes serían más tarde definidos como una lección histórica. No sólo por el espíritu cristiano que inspiró a los más elevados personeros del poder público, sino por la abnegación con que se conciliaron intereses disímiles y criterios contrapuestos, en el propósito común de enterrar un cadáver ilustre. Durante muchos años la Mamá Grande había garantizado la paz social y la concordia política de su imperio, en virtud de los tres baúles de cédulas electorales falsas que formaban parte de su patrimonio secreto. Los varones de la servidumbre, sus protegidos y arrendatarios, mayores y menores de edad, ejercitaban no sólo su propio derecho de sufragio, sino también el de los electores muertos en un siglo. Ella era la prioridad del poder tradicional sobre la autoridad transitoria, el predominio de la clase sobre la plebe, la trascendencia de la sabiduría divina sobre la improvisación mortal. En tiempos pacíficos, su voluntad hegemónica acordaba y desacordaba canonjías, prebendas y sinecuras, y velaba por el bienestar de los asociados así tuviera para lograrlo que recurrir a la trapisonda o al fraude electoral. En tiempos tormentosos, la Mamá Grande contribuyó en secreto para armar a sus partidarios, y socorrió en público a sus víctimas. Aquel celo patriótico la acreditaba para los más altos honores.
El presidente de la república no había tenido necesidad de recurrir a sus consejeros para medir el peso de su responsabilidad. Entre la sala de audiencias de Palacio y el patiecito adoquinado que sirvió de cochera a los virreyes, mediaba un jardín interior de cipreses oscuros donde un fraile portugués se ahorcó por amor en las postrimerías de la Colonia. A pesar de su ruidoso aparato de oficiales condecorados, el presidente no podía reprimir un ligero temblor de incertidumbre cuando pasaba por ese lugar después del crepúsculo. Pero aquella noche, el estremecimiento tuvo la fuerza de una premonición. Entonces adquirió plena conciencia de su destino histórico, y decretó nueve días de duelo nacional, y honores póstumos a la Mamá Grande en la categoría de heroína muerta por la patria en el campo de batalla. Como lo expresó en la dramática alocución que aquella madrugada dirigió a sus compatriotas a través de la cadena nacional de radio y televisión, el primer magistrado de la nación confiaba en que los funerales de la Mamá Grande constituyeran un nuevo ejemplo para el mundo.
Tan altos propósitos debían tropezar sin embargo con graves inconvenientes. La estructura jurídica del país, construida por remotos ascendientes de la Mamá Grande, no estaba preparada para acontecimientos como los que empezaban a producirse. Sabios doctores de la ley, probados alquimistas del derecho ahondaron en hermenéuticas y silogismos, en busca de la fórmula que permitiera al presidente de la república asistir a los funerales. Se vivieron días de sobresalto en las altas esferas de la política, el clero y las finanzas. En el vasto hemiciclo del Congreso, enrarecido por un siglo de legislación abstracta, entre óleos de próceres nacionales y bustos de pensadores griegos, la evocación de la Mamá Grande alcanzó proporciones insospechables, mientras su cadáver se llenaba de burbujas en el duro setiembre de Macondo. Por primera vez se habló de ella y se la concibió sin su mecedor de bejuco, sus sopores a las dos de la tarde y sus cataplasmas de mostaza, y se la vio pura y sin edad, destilada por la leyenda.
Horas interminables se llenaron de palabras, palabras, palabras que repercutían en el ámbito de la república, aprestigiadas por los altavoces de la letra impresa. Hasta que alguien dotado de sentido de la realidad en aquella asamblea de jurisconsultos asépticos, interrumpió el blablablá histórico para recordar que el cadáver de la Mamá Grande esperaba la decisión a 40 grados a la sombra. Nadie se inmutó frente a aquella irrupción del sentido común en la atmósfera pura de la ley escrita. Se impartieron órdenes para que fuera embalsamado el cadáver, mientras se encontraban fórmulas, se conciliaban pareceres o se hacían enmiendas constitucionales que permitieran al presidente de la república asistir al entierro.
Tanto se había parlado, que los parloteos transpusieron las fronteras, transpasaron el océano y atravesaron como un presentimiento las habitaciones pontificias de Castelgandolfo. Repuesto de la modorra del ferragosto reciente, el Sumo Pontífice estaba en la ventana, viendo en el lago sumergirse los buzos que buscaban la cabeza de la doncella decapitada. En las últimas semanas los periódicos de la tarde no se habían ocupado de otra cosa, y el Sumo Pontífice no podía ser indiferente a un enigma planteado a tan corta distancia de su residencia de verano. Pero aquella tarde, en una sustitución imprevista, los periódicos cambiaron las fotografías de las posibles víctimas, por la de una sola mujer de veinte años, señalada con una blonda de luto. “La Mamá Grande”, exclamó el Sumo Pontífice, reconociendo al instante el borroso daguerrotipo que muchos años antes le había sido ofrendado con ocasión de su ascenso a la Silla de San Pedro. “La Mamá Grande”, exclamaron a coro en sus habitaciones privadas los miembros del Colegio Cardenalicio, y por tercera vez en veinte siglos hubo una hora de desconciertos, sofoquines y correndillas en el imperio sin límites de la cristiandad, hasta que el Sumo Pontífice estuvo instalado en su larga góndola negra, rumbo a los fantásticos y remotos funerales de la Mamá Grande.
Detrás quedaron los luminosos sembrados de melocotones, la Vía Apia Antica con tibias actrices de cine dorándose en las terrazas sin todavía tener noticias de la conmoción, y después el sombrío promontorio del Castelsantangelo en el horizonte del Tíber. Al crepúsculo los profundos dobles de la Basílica de San Pedro se entreveraron con los bronces cuarteados de Macondo. Desde su toldo sofocante, a través de los caños intrincados y las ciénagas sigilosas que marcaban el límite del Imperio Romano y los hatos de la Mamá Grande, el Sumo Pontífice oyó toda la noche la bullaranga de los monos alborotados por el paso de las muchedumbres. En su itinerario nocturno la canoa pontificia se había ido llenando de costales de yuca, racimos de plátanos verdes y huacales de gallina, y de hombres y mujeres que abandonaban sus ocupaciones habituales para tentar fortuna con cosas de vender en los funerales de la Mamá Grande. Su Santidad padeció esa noche, por primera vez en la historia de la Iglesia, la fiebre de la vigilia y el tormento de los zancudos. Pero el prodigioso amanecer sobre los dominios de la Gran Vieja, la visión primigenia del reino de la balsamina y de la iguana, borraron de su memoria los padecimientos del viaje y lo compensaron del sacrificio.
Nicanor había sido despertado por tres golpes en la puerta que anunciaban el arribo inminente de Su Santidad. La muerte había tomado posesión de la casa. Inspirados por sucesivas y apremiantes alocuciones presidenciales, por las febriles controversias de los parlamentarios que habían perdido la voz y continuaban entendiéndose por medio de signos convencionales, hombres y congregaciones de todo el mundo se desentendieron de sus asuntos y colmaron con su presencia los oscuros corredores, los atiborrados pasadizos, las asfixiantes buhardas, y quienes llegaron con retardo se treparon y acomodaron del mejor modo en barbacanas, palenques, atalayas, maderámenes y matacanes. En el salón central, momificándose en espera de las grandes decisiones, yacía el cadáver de la Mamá Grande, bajo un estremecido promontorio de telegramas. Extenuados por las lágrimas, los nueve sobrinos velaban el cuerpo en un éxtasis de vigilancia recíproca.
Aún debió el universo prolongar el acecho durante muchos días. En el salón del consejo municipal, acondicionado con cuatro taburetes de cuero, una tinaja de agua filtrada y una hamaca de lampazo, el Sumo Pontífice padeció un insomnio sudoroso, entreteniéndose con la lectura de memoriales y disposiciones administrativas en las dilatadas noches sofocantes. Durante el día, repartía caramelos italianos a los niños que se acercaban a verlo por la ventana, y almorzaba bajo la pérgola de astromelias con el padre Antonio Isabel, y ocasionalmente con Nicanor. Así vivió semanas interminables y meses alargados por la expectativa y el calor, hasta que Pastor Pastrana se plantó con su redoblante en el centro de la plaza y leyó el bando de la decisión. Se declaraba turbado el orden público, tarrataplán, y el presidente de la república, tarrataplán, disponía de las facultades extraordinarias, tarrataplán, que le permitían asistir a los funerales de la Mamá Grande, tarrataplán, rataplán, plan, plan.
El gran día era venido. En las calles congestionadas de ruletas, fritangas y mesas de lotería, y hombres con culebras enrolladas en el cuello que pregonaban el bálsamo definitivo para curar la erisipela y asegurar la vida eterna; en la placita abigarrada donde las muchedumbres habían colgado sus toldos y desenrollado sus petates, apuestos ballesteros despejaron el paso a la autoridad. Allí estaban, en espera del momento supremo, las lavanderas del San Jorge, los pescadores de perla del Cabo de Vela, los atarrayeros de Ciénega, los camaroneros de Tasajera, los brujos de la Mojana, los salineros de Manaure, los acordeoneros de Valledupar, los chalanes de Ayapel, los papayeros de San Pelayo, los mamadores de gallo de La Cueva, los improvisadores de las Sabanas de Bolívar, los camajanes de Rebolo, los bogas del Magdalena, los tinterillos de Mompox, además de los que se enumeran al principio de esta crónica, y muchos otros. Hasta los veteranos del coronel Aureliano Buendía -el duque de Marlborough a la cabeza, con su atuendo de pieles y uñas y dientes de tigre- se sobrepusieron a su rencor centenario por la Mamá Grande y los de su especie, y vinieron a los funerales, para solicitar del presidente de la república el pago de las pensiones de guerra que esperaban desde hacía sesenta años.
Poco antes de las once, la muchedumbre delirante que se asfixiaba al sol, contenida por una élite imperturbable de guerreros uniformados de dormanes guarnecidos y espumosos morriones, lanzó un poderoso rugido de júbilo. Dignos, solemnes en sus sacolevas y chisteras, el presidente de la república y sus ministros, las comisiones del parlamento, la corte suprema de justicia, el consejo de estado, los partidos tradicionales y el clero, y los representantes de la banca, el comercio y la industria, hicieron su aparición por la esquina de la telegrafía. Calvo y rechoncho, el anciano y enfermo presidente de la república desfiló frente a los ojos atónitos de las muchedumbres que lo habían investido sin conocerlo y que sólo ahora podían dar un testimonio verídico de su existencia. Entre los arzobispos extenuados por la gravedad de su ministerio y los militares de robusto tórax acorazado de insignias, el primer magistrado de la nación transpiraba el hálito inconfundible del poder.
En segundo término, en un sereno transcurso de crespones luctuosos, desfilaban las reinas nacionales de todas las cosas habidas y por haber. Por primera vez desprovistas del esplendor terrenal, allí pasaron, precedidas de la reina universal, la reina del mango de hilacha, la reina de la ahuyama verde, la reina del guineo manzano, la reina de la yuca harinosa, la reina de la guayaba perulera, la reina del coco de agua, la reina del frijol de cabecita negra, la reina de 426 kilómetros de sartales de huevos de iguana, y todas las que se omiten por no hacer interminables estas crónicas.
En su féretro con vueltas de púrpura, separada de la realidad por ocho torniquetes de cobre, la Mamá Grande estaba entonces demasiado embebida en su eternidad de formaldehído para darse cuenta de la magnitud de su grandeza. Todo el esplendor con que ella había soñado en el balcón de su casa durante las vigilias del calor, se cumplió con aquellas cuarenta y ocho gloriosas en que todos los símbolos de la época rindieron homenaje a su memoria. El propio Sumo Pontífice, a quien ella imaginó en sus delirios suspendido en una carroza resplandeciente sobre los jardines del Vaticano, se sobrepuso al calor con un abanico de palma trenzada y honró con su dignidad suprema los funerales más grandes del mundo.
Obnubilado por el espectáculo del poder, el populacho no determinó el ávido aleteo que ocurrió en el caballete de la casa cuando se impuso el acuerdo en la disputa de los ilustres, y se sacó el catafalco a la calle en hombros de los más ilustres. Nadie vio la vigilante sombra de gallinazos que siguió al cortejo por las ardientes callecitas de Macondo, ni reparó que al paso de los ilustres éstas se iban cubriendo de un pestilente rastro de desperdicios. Nadie advirtió que los sobrinos, ahijados, sirvientes y protegidos de la Mamá Grande cerraron las puertas tan pronto como sacaron el cadáver, y desmontaron las puertas, desenclavaron las tablas y desenterraron los cimientos para repartirse la casa. Lo único que para nadie pasó inadvertido en el fragor de aquel entierro, fue el estruendoso suspiro de descanso que exhalaron las muchedumbres cuando se cumplieron los catorce días de plegarias, exaltaciones y ditirambos, y la tumba fue sellada con una plataforma de plomo. Algunos de los allí presentes dispusieron de la suficiente clarividencia para comprender que estaban asistiendo al nacimiento de una nueva época. Ahora podía el Sumo Pontífice subir al Cielo en cuerpo y alma, cumplida su misión en la tierra, y podía el presidente de la república sentarse a gobernar según su buen criterio, y podían las reinas de todo lo habido y por haber casarse y ser felices y engendrar y parir muchos hijos, y podían las muchedumbres colgar sus toldos según su leal modo de saber y entender en los desmesurados dominios de la Mamá Grande, porque la única que podía oponerse a ello y tenía suficiente poder para hacerlo había empezado a pudrirse bajo una plataforma de plomo. Sólo faltaba entonces que alguien recostara un taburete en la puerta para contar esta historia, lección y escarmiento de las generaciones futuras, y que ninguno de los incrédulos del mundo se quedara sin conocer la noticia de la Mamá Grande, que mañana miércoles vendrán los barrenderos y barrerán la basura de sus funerales, por todos los siglos de los siglos.





Gabriel García Márquez
(Aracataca, Colombia, 6 de marzo de 1927) 
escritor, novelista, cuentista, guionista y periodista colombiano. 
En 1982 recibió el Premio Nobel de Literatura.