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viernes, 30 de octubre de 2015

IBARRECHEA: EL SEÑOR JOSÉ ANTONIO VIAJABA EN TREN

Él me decía porque como siempre, hablaba él y solamente él, y parecía que las opiniones de los demás no tenían peso y encima no me dejaba meter un bocadito sabiendo aún que yo también era hijo de ferroviario como él. No le importaba, hablaba de los trenes como si él fuese su inventor y sabía de los accidentes y justificaba los atrasos y le gustaba mirar las maniobras en las playas y las formaciones entrando a los talleres. Siempre me decía eso. 

Pero la otra vez, en que nos juntamos en un bar de la avenida Colón, en Córdoba, el señor José Antonio estaba melancólico, y aunque yo le dije que hablemos sobre los trenes, el me mostraba un artículo que hacía referencia al último viaje del Tren "Rayo de Sol" en un diario de nuestra ciudad.

Me lo alcanzó gentilmente, y mientras tomaba su café yo lo leía con atención. 
La nota me pareció interesante.

Me contaba que el había viajado esa última vez y que llegó a Buenos Aires a eso de las once de la mañana y que no tuvo tiempo para estrecharlos en un fuerte abrazo a los Guardas y Maquinistas ni a la señora que viajó a su lado y que durmió toda la noche cansada, y apoyada en su hombro.

Entonces ahí lo vi recobrando el entusiasmo y le dije que me contara sobre eso y pedí otra vuelta de café y el señor José Antonio se acomodó su sombrero claro y se aflojó la corbata mientras miraba algunas fotos del diario. Intenté devolvérselo y él me dijo que me lo regalaba porque los trenes viajan por sus arterias y que cuando alguno se descarrila tiene que ir a la clínica de la calle Deán Funes, donde está guardada su historia, me dijo.

Y mientras la señorita moza nos alcanzaba el café, el señor José Antonio parecía descansar su vista en el tremendo escote de la remera blanca de María  Eugenia, según constaba en la cucarda, que así se llamaba, y que estaba sujeta a su prenda por pequeños alfileres.

Y él se arremangó el saco y la camisa juntos, en un solo movimiento y empezó contándome que él, en aquel entonces, era el delegado por Córdoba ante una comisión de no se qué cosa y que Córdoba mandaba dos delegados, que uno era de la ciudad de Rio Cuarto que esperaba al de San Luis que había estado esperando al de Mendoza para viajar juntos, y que el otro era él, por parte de la capital. 

Entonces me dijo que su opinión era tal vez la más respetada, no por que el señor José Antonio sea lindo y les hablaba lindo. Sino porque sus conclusiones eran irrefutables.

Así, me contaba mientras la sombrilla de la vereda ya no nos escondía del fuerte sol de Octubre, y seguía diciéndome que recordaba que la reunión del cuerpo de delegados estaba prevista que empezase a las nueve de la mañana de no se acuerda bien qué día, en un lugar del centro de Buenos Aires y que cuando llegó a la estación Retiro eran las once y que llamó por teléfono para avisar que había viajado en el último tren Rayo de Sol y que ya iba para allá, porque estaba muy emocionado y que quería primero saludar a la tripulación de aquel penoso acontecimiento, despertando por esos dichos rencores y amores en el resto del cuerpo de delegados y de la comisión directiva que lo veían como única oposición fuerte a los proyectos que ellos tenían y que nada de eso estaba relacionado con los trenes y que disponiendo de tantos vuelos y pasajes en avión a él se le ocurría semejante disparate. 

Y me contaba que después que él llamó avisando de su llegada los integrantes de la comisión directiva les dijeron al resto de los delegados que no podía ser que un irrespetuoso venga a cambiar lo que ya se había aprobado y que no se dejen engañar por sus palabras y anécdotas retrógradas y sensibles, por más pragmático y dinámico que se lo considere.

Y que cuando el llegó a la reunión pidió el acta de lo hasta ése momento debatido y basado en los artículos veintiuno, treinta y tres, treinta y cuatro, y treinta y seis respectivamente, reclamó que se vuelvan a debatir ciertos temas que el consideraba carecían de toda legalidad y rayaban la figura penal de escándalo y dijo que él no había viajado en el Rayo de Sol desde Córdoba a Buenos Aires en dieciséis horas, para aprobar lo que estaba a punto de aprobarse porque no tenía ganas de pasar el resto de los días de su vida en prisión. 

Que fue así de contundente en sus dichos, que accedieron a escucharlo y que en una sentida exposición cargada de melancólicas anécdotas, se aprobaba finalmente su moción de dejar sin efecto lo anteriormente tratado, argumentando también la ausencia de los delegados de  las provincias de Salta, Jujuy y La Rioja y de su propia llegada tarde y que: Amigos míos, compañeros, Dios no quiera, pero ellos pudieron haber sufrido un terrible accidente.

Me aclaró que los otros tres aparecieron por la tarde en un claro estado de ebriedad. y que solo venían a firmar para justificar los viáticos, pues no alcanzaron propuestas y que los debates posteriores en dos días de interminables reuniones de dimes y diretes, terminaron acelerando las elecciones internas por efectivizarse algunos pedidos de renuncia y que finalmente tras arduas discusiones, a la mañana de un día lunes el señor José Antonio fue electo Secretario general por unanimidad, mientras el estaba durmiendo por haber concurrido al cabaret de la avenida Pueyrredón casi avenida Santa Fe, la noche del domingo. Cuando por la tarde de ése mismo día domingo había concurrido con sus amigos al hipódromo y había apostado cincuenta pesos a la potranca que tenía el número once y que con la plata ganada por los tres cuerpos de ventaja que la once había sacado en la competencia, les había alcanzado para una cena muy especial con señoritas que se prolongó hasta la madrugada del día de su elección.

Pero me dijo que de eso no quería hablar. Me dijo que quería hablar de que se sentó en el último asiento del último coche de la formación del Rayo de Sol y que a su lado se sentó una señora con un bebé, que cenaron juntos mientras el tren salía de Córdoba y que conversaron mucho. Me dijo que ella, su compañera de viaje tendría entre quince y veinte años menos que él y que le dijo que escapaba de su marido a la casa de una tía de la calle Crámer en el porteño barrio de Colegiales. Y que finalmente para que ella pudiese dormir, él tomo al bebé en brazos y ella se apoyó en su hombro hasta que estuvieron en Boulogne, donde despertó para desayunar.

Pero hay algo que me quería contar y que no era nada de eso, me dijo -mientras la señorita María Eugenia de pechos turgentes, nos traía ahora dos filet de pescado con puré y vino torrontés bien helado-.

El señor José Antonio se saca el saco, se deja el sombrero algo ladeado hacia atrás, hinca el pescado con el tenedor y lo corta con el cuchillo, sobre ese bocado agrega un poco de puré de papas y lo mastica despaciosamente, cadenciosamente, es como si lo saboreara resignadamente.

Había dos clases de pasajeros en los trenes de largas distancias, me decía mientras le agregaba limón al pescado. Los que viajan porque no les queda otra y los que miran el paisaje como una bendición. No se con certeza, cuál de los dos vive más.

En uno de mis viajes en tren, recuerdo haber visto un paisaje maravilloso. Era una dama, como de mi edad, ella estaba parada en la estación de trenes de no me acuerdo qué ciudad, y miraba hacia los vagones -me decía nostálgico-. Yo la vi, y me parecía que estaba rodeada de un aura que solo tienen las mujeres dignas. Y quise bajarme del tren sin que me importe más nada para decirle que podía afirmar que existe el amor a primera vista, y declararme en rebeldía ante cualquier prejuicio y declarar mi independencia de cualquier atadura que no sea su mirada angelical y -hace una pausa- ella me miró. Nos habíamos descubierto a través del vidrio de la ventanilla del vagón clase pullman y no dejamos de mirarnos por toda la eternidad que dura lo que demora un tren en una estación, y supe que quería bajarme y me pareció que ella quería subir al tren y el tren se puso en marcha y alcancé a bajar la ventanilla y sacar la mano para saludarla y ella hizo unos pasos hacia el tren y luego caminó más rápido para tomar mi mano  y se le acabó el andén y nos quedamos con la mano levantada hasta que nos perdimos en la distancia, y estaba oscuro.

Le dije que era una anécdota interesante, como para escribir una linda historia de amor.

Ahora comamos escribidor, otro día te cuento porqué se escribe poesía -me dice a los postres-, y quiero que sepas que el médico me dijo que el asado de falda con chorizo criollo y los cigarrillos Marlboro, que el jamón y los salames deberán irse junto con mis trenes, hasta perderse en las playas de maniobras de mis memorias. 
Pero también quiero que sepas que nunca más dejaré que se me escape una dama que me guste.

Eso me dijo, mientras tomaba su medicación. 
Después se fue, como pateando tarritos.















Ibarrechea
diceelwalter@gmail.com
de "Cada loco con su tema"

1 comentario:

  1. HERMOSA HISTORIA, LA CUAL ME IDENTIFICA, CON ALGUIEN QUE PASO POR MI VIDA, Y PARO EN UNA ESTACION.
    GRACIAS HERMOSO RECUERDO.....

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