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viernes, 8 de mayo de 2015

IBARRECHEA: (CÚTER) COMO EN AQUELLOS MOMENTOS TRISTES

Era como en aquellos momentos tristes en que te sientes solo y decides esperar. Así, amigo, mirábamos aquel cortejo fúnebre. Esperando algo, no sabemos qué.

Usted los hubiese visto, iban los cuatro hermanos varones de Don Arnulfo Sepúlveda, cargando el féretro de quien fuera el cura de Peremerimbé, el pueblo que murió bajo el agua teñida de rojo sangre.

Ellos nos dijeron que el cura Arnulfo murió con un gesto de asombro en su rostro, como si hubiese descubierto cuán largo y extraño era el camino que recorrería su alma, o como si hubiese recuperado un racimo de sus nociones, de sus recuerdos, en el segundo final de su vida. Creemos que fue un dictamen sobre sus atormentados pecados.

Estamos convencidos que indudablemente algo debió haber visto o soñado desde su lecho de muerte, porque su dedo índice se irguió amenazante, señalando hacia la única ventana por donde penetraba la luz del sol, sostenían sus hermanos al unísono.

También ellos dijeron que debieron quebrar el dedo para poder cerrar el cajón, antes que las moscas atraídas por el olor invadieran la habitación, antes que ellos se vistiesen de luto, antes que crucen por las calles del pueblo bajo el cruel sol de Diciembre y antes que nosotros, los parroquianos del bar, caminemos acompañando el rezo de los cuatro octogenarios hermanos Sepúlveda, levantando la tierra liviana de las calles por la falta de lluvias. El mismo día que el juez Bonaventura se iba de este pueblo con cientos de fojas de testimonios de ese tal "Cúter" Tavares.

Después que cubrieron con tierra el féretro un poco estropeado por algunas caídas y que ellos se despojaran de los sombreros para rezar en el cementerio, volvieron a sentarse y a conversar sobre el tema. 

Arnulfo debió haber visto, antes de morir, la mujer que volaba a través de la pequeña ventana. Debió haber visto a la jirafa gigante luciendo la bufanda negra, blanca y azul de los peremerimbinos, y eso le paralizó el corazón.

Me dijeron que la gente decía que mucho tiempo antes que "o povo Sâo Vicente, tivese suas rúas" definidas y de que por aquí fundaran la primera escuela, y que aún antes mismo que nacieran sus otros hermanos, Arnulfo fue enviado a la Congregación de la gran ciudad de Altos Moncadas. Sus padres lo hicieron porque decían que bebía la misma agua que los animales de la hacienda, y que un grupo de mercaderes de baratijas lo entregó allá con una carta dirigida al obispo Eleazar Bustamante, y que entre otras cosas esta familia le pedía que "Quitara por bondad, el señor representante de nuestro Dios por estos pagos, el mismísimo diablo que tiene esta crianza dentro."

A veces -me decían-, cuando el empleado de correos llegaba al pueblo, dicen que decían, que lo primero que hacía era dirigirse a la casa de los Sepúlveda con noticias escritas que el mismo les leía, y agregaba noticias de la gran ciudad, para aliviar la aflicción de Doña Inés Encarnación Flores, su madre y madre a la vez de esos cuatro varones más, que dicen que ella decía que eran todos igualitos a Sepúlveda padre, señalando  el cabello oscuro y duro de cada uno y dando muestras de una indefinida resignación por no haber parido una hembra para que la ayude en los menesteres diarios y enseñarle el oficio de mujer, para resolver con altura los problemas de la casa, dicen que decía, mientras apaleaba a los otros que iban creciendo sin la presencia del padre.

Y que mucho antes que Peremerimbé fuese ahogada por los hombres grises que levantaron un dique para contener las aguas para hacer un lago que tenga los canales de riego y una usina para la electricidad de los gringos, y que trasladaran el pueblo allá en el alto, llamándole de Imbuté y nuevo Imbuté, Sepúlveda padre se resistió al avance de esa cosa llamada progreso y de esas otras cosas llamadas democracia capitalista y progresista y se alistó en las filas del Comandante Penerguido y dicen que fue uno de los Sargentos que trasladaron el cuerpo, desde el gallinero donde cayó muerto su jefe, una  húmeda madrugada de aquel otoño. 

Dicen que fue uno de los que le limpiaron el cuerpo lleno de bosta de gallinas y  uno de los hombres que ayudaron a sus cuatro mujeres que lo vistieron de gala para que le rindan homenaje con todos los honores hasta su tumba. 

Y que en los posteriores combates con las fuerzas oficialistas,  recibió un tiro por la espalda que le hizo quedar inmóvil, boca abajo y soplando tierra en cada palabra que pronunciaba, decía que su hijo, el cura Arnulfo, iba a ser santo, un verdadero santo, hasta que murió desangrado en la batalla de Zanga Funda.

Todo eso y muchas cosas más me dijeron los que habían escuchado aquellas historias. Y que dicen ellos mismos que dijeron que nadie deje de contarlas porque el que no tiene historias para contar es un carajo que no ha nacido.

Y se tomaban unas botellas de aguardientes, y cachaça como si nada.

Y dicen que Arnulfo dejó de ser cura el día que se volvió loco porque cuando subió al campanario de su iglesia encontró a una mujer desnuda que lo invitaba a volar, como aquella del circo del pequeño Didú, que aún merodeaba por el pueblo Peremerimbé, y que tuvieron que cortar las sogas de las campanas para que deje de tañirlas y agarrarlo de sus pelos oscuros y duros y llevarlo para el hospicio de los locos antes que el obispo se entere que había vuelto a beber la misma agua de los animales, como lo encontraron algunos soldados, según un relato de Teófilo Cabanillas y de Benito Ponciano Márquez, los historiadores muertos por el sargento Cipriano Tavares.

Y me dijeron que sus hermanos lo retiraron del hospicio una madrugada, a punta de pistolas de uso militar y que se lo llevaron semidesnudo arrastrándolo por el barro de la lluvia de tres días sin parar y que se lo trajeron para aquí, para Sâo Vicente, casi setenta años después que se lo llevaran los mercanchifles y casi veinte años después que el sargento Cúter Tavares iniciara la gran matanza de los insurgentes, patoteros y mantenidos que estaban en Naranjillos.

Eran estos unos mismísimos pueblos de mierda, llenos de momentos tristes en sus historias,  donde el gobierno nos manda cada tanto uno de estos circos, para que todos veamos que hay una mujer que vuela. 

Como la de esta foto.
Vea usted.
















diceelwalter@gmail.com
Extraído del libro "CÜTER"

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