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viernes, 6 de marzo de 2015

ÓSCAR CORTÉS TAPIA: DE PELÍCULA


I
La lluvia, como una poderosa mano de la noche, nos había empujado hacia la vieja casona.
—Qué buena suerte, ¿no? —dijo con sarcasmo Ludmila.
Pero algo había de cierto. Sin paraguas ni un taxi desocupado que nos regresara a nuestro departamento, luego de la última función en el cine de la plaza comercial tan apartada de la ciudad, la casona resultaba una afortunada coincidencia.
Mientras esperábamos que la lluvia cesara, guarecidos en el porche, comentamos la película. (¡Qué raro encontrar una casa de madera, con porche! ¡En 1988!) Ludmila recordó la escena en la que los protagonistas, una pareja joven –como nosotros–, corrían a guarecerse de la lluvia en el porche de una vieja casona –como ésta–, sólo que en medio del bosque. La anciana de edad incalculable que ahí vivía –una bruja– les robaba el vigor, la juventud. Lo conseguía dándoles de beber un té en el que, segundos antes, había vertido discretamente un líquido caliente, espeso, oscuro. Tres gatos negros la acompañaban.

Ludmila recordó también la extraña mirada de la anciana: tras los gruesos lentes bifocales, sus ojos eran pececillos voraces, «de un verde insoportable».
Cuando Ludmila apenas terminaba la frase, sentí «algo» en la nuca y volteé. Detrás de una vela encendida y unos gruesos lentes, una mirada verde nos revisaba.


II
La anciana de la casona nos invitó a pasar. «Adentro estarán cómodos —dijo—. Puedo ofrecerles un tecito». Ludmila no quitaba los ojos de la mujer de edad incalculable; y yo, luego de reponerme de la sorpresa de hallarnos frente a ella… ¡y tres gatos negros!, acepté la invitación por Ludmila y por mí. La anciana («Me llamo Conchita») sonreía.
Ludmila veía con desconfianza el interior en penumbras, y tuve que tomarla de los hombros para obligarla a seguir a Conchita, quien nos condujo hasta una sala como de museo, como de escenografía siniestra.
Nos sentamos. Esperaríamos a que dejara de llover. Además no había teléfono, y no podríamos conseguir un taxi.
En cierto momento de una charla que sólo trataba de acortarnos la espera, Conchita se levantó del sillón. (El ruido de la lluvia era más fuerte que antes.)

—No tardo, muchachos —dijo—. Voy por el tecito que les ofrecí.
Durante su ausencia, Ludmila dijo tajante:
—¡Vámonos ya! ¡No importa que llueva!
Pensando en calmarla, respondí:
—Espera, no me digas que tienes miedo…, que la anciana ésta es la misma de la película.
—¿Y quién es, eh?
—Pues… Conchita, ¿no? —respondí tomando sus manos. (Ludmila temblaba).
Igual que una sombra Conchita regresó. Traía una charola con un azucarero de porcelana, unas cucharillas que parecían finas, unos platitos y dos tazas (también de porcelana) que contenían un líquido caliente, espeso, oscuro. Su sonrisa pareció extenderse a los gatos. (Ellos también nos observaban.)
Conchita sirvió el té. Ludmila dijo con brusquedad:
—Yo no quiero, señora. Gracias.
Conchita la miró sin perder la sonrisa.
—Vamos, criatura —dijo—. Bébelo. Te caerá bien.
Sin saber por qué, intervine:
—Sí, bébelo.
Ludmila me lanzó una mirada asesina. Tomó azúcar con la cucharilla y la sirvió en nuestras tazas; luego la mezcló.

—Anda, tú primero —ordenó.
Dudé ante ese líquido caliente, espeso, oscuro, ante su aroma irreconocible. Entonces la penumbra de la casona, acentuada por las viejísimas cortinas que impedían la entrada de cualquier luz, además de otras que ocultaban muebles, cuadros o espejos, comenzó a inquietarme. («Igual que en la película»). Sin embargo, bebí de la taza que Ludmila me ofrecía.


III
No sentí adormecimiento alguno. No ocurrió nada. ¡Nada!
—Ahora tú —dije a Ludmila.
Ella miraba el líquido oscuro. No se decidía. Finalmente, bebió de la taza.
Tampoco ocurrió nada.
—Ah, está rico —dijo olfateando con descaro el té—. Gracias, Conchita.
Y agregó:
—¿De qué es?
—Mmmh… de una mezcla de yerbitas, hija… —respondió Conchita.
Se hizo el silencio. Ludmila y yo cruzamos miradas. Con su inseparable sonrisa, Conchita continuó:
Hierbas… de toronjil, té negro, hojas de naranjo y otras yerbitas… aromáticas, claro.
Al escuchar esto y, sobre todo, la manera ingenua y natural de cómo lo dijo, me tranquilicé. («Conchita… ¿una bruja?») La buena señora nos miraba. («¿Qué nos robará la juventud?») Su sonrisa estaba lejos de toda maldad. Ya nada me preocupaba; parecía que a Ludmila tampoco.
Conchita se puso de pie, caminó hacia la ventana y abrió las cortinas. Hizo una seña, mientras nos observaba. Con paso lento y movimientos que se volvían torpes, nos acercamos. Era como si un plomo adormecedor subiera desde nuestros pies hacia nuestros brazos y lucidez.
No llovía más. Nada nos preocupaba. La luna brillaba con un halo de sangre, como para no olvidarla nunca.
Ludmila y yo no queríamos irnos de ahí: estábamos tan a gusto. O no podíamos salir de ahí. No lo sé.
Conchita se quitó los lentes, y el brillo de la luna se reflejó en su mirada «de un verde insoportable»… y en los largos colmillos, que antes no amenazaron nuestros cuellos.















© Óscar Cortés Tapia.
foto: www.vivirdelibros.blogspot.com
http://anaquelliterario.blogspot.com/2014/12/antologia-microfono-abierto-2014.html

2 comentarios:

  1. interesante siii!! lindo (como alguien opino)? Noo!! el cuento es más que "lindo".

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  2. Interesante muy interesante!! (¿Lindo? Naaa! Es más que "lindo")

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