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viernes, 15 de agosto de 2014

IBARRECHEA: CÚTER, CUENTO SEIS

                                                                                      VI                            
Esteban Cañizares me dice que tiene algo para agregar;
- Era él, yo lo vi, estaba vestido como siempre lo hizo por aquí, a mí no me cabe ninguna duda, aunque quizás parecía algo más flaco, pero era él, señor periodista. Yo estoy seguro. Es más, hasta quise cruzar la vereda para saludarlo, pero llegó el auto de los asesinos, llegó despacio, frenó y lo acribillaron desde arriba, luego se bajaron y siguieron tirándole tiros por la espalda. La única cosa que me llamó la atención fue que no mirara hacia los costados como antes lo hacía, quizás estaba muy confiado y seguro. Recuerdo que era una muy linda mañana y que se fue todo al carajo con esa mierda de olor a sangre y pólvora que duró por una semana con sus noches. Con la policía cercando el lugar, con algunos sacando fotos de las paredes, de la puerta, de la ventana, de la vereda –señala el lugar con sus manos-. Solo eran imágenes, no hubo un grito, no hubo mas ruido que el de las balas y el del tiro final, cuando todos estábamos adentro escondidos. Luego el auto se fue, doblaron dos cuadras más adelante. Entonces yo los seguí, y atrás mío salieron los uniformados de la policía que custodiaban siempre al juez Bonaventura, que siempre pasaba por aquí a la misma hora.
     Él mismo nos pedía a los gritos que busquemos a la ambulancia y que tapemos ese cuerpo –acompaña su relato con el movimiento de las manos y sus gestos son elocuentes-.
Yo les indicaba sacando la mano, la dirección por dónde se escapaban. Les indiqué el camino y siguieron tras los asesinos, ¿sabe? me sentí un héroe en ése momento y seguí y seguí atrás de ellos hasta cuando salieron a la ruta y allí, por esquivar el burro del mayoral Santino, se fueron a la banquina y dieron varias vueltas. Hasta que el automóvil se detuvo en el maizal. La policía los apuntó y ellos soltaron las armas, menos el tal Tobías que quiso seguir tirando y se disparó el solo en la pierna de mareado y borracho que estaba. Ese tal Luis lloraba mientras se limpiaba la ropa y los otros dos saltaban contentos y diciendo que habían matado a Cúter.
- ¿Cuánta gente estaba ahí?
- Éramos varios, y entre todos ayudamos y cortamos la ruta, si señor, entre todos porque solo había dos policías  que los estaban desarmando, los acostaron boca abajo y les ataron las manos con sus cintos y los descalzaron.  Dejaron que ése tal Tobías se desangre hasta que después, en la multitud de la ruta, llegó otro patrullero, la Guardia Militar y una ambulancia –golpea la mesa con las manos-. Nos echaron a todos y se los llevaron presos, ¿sabe? es el décimo reportaje que me hacen... y siempre dije lo mismo... aunque pasen los años.
Yo estuve ahí. Me mantuve atento subí a mi auto y los seguí. ¿Soy valiente no? -sin parar de hablar ni de esperar por preguntas continuó diciendo que-.  Mire lo conocí jugando a las cartas en el club, el venía cada tanto, decía que era un vendedor de terrenos, un tipo generoso.
- Hábleme de la señora Beatriz, la dueña de la casa.
- No, la señora Beatriz no lo conocía, ella nunca salía de su casa al menos para hacer algunas compras o ir hasta la Iglesia o esas cosas que ella hacía, aunque últimamente viajaba mucho, desde que fallecieron sus padres, empezó a salir y tendría sus cosas por ahí, quien sabe, pero aquí en el pueblo nada de nada. Y nunca los ví juntos, eso si es cierto, ella era una santa. Volvió a la semana, atestiguó que no lo conocía y mandó a arreglar la casa, no se la escuchó decir más nada, solo hablaba con el cura y el juez, después puso la casa en venta se fue y exactamente no se dónde vive ahora pero el cura siempre pide que oremos por ella  -se me acerca y me dice despacito-. Visite al cura Victorino Barboza antes que se muera de viejo, en una de ésas él sabe dónde pueda estar ahora.
     Ahora anote bien que mi nombre es Esteban Cañizares, moncadense señor, de setenta y ocho años, publique mi foto también, a ver espere que me ponga al sol, espere, espere, este es mi mejor perfil, ahora señor.
     El señor Esteban Cañizares había publicado una historieta con dibujos de Camilo Sánchez Artiaga, llamada "Cúter" Lo hizo en varios capítulos, a medida que "el dicen que dicen que" se instalaba en las mesas de los bares y alguien cercano al juez, dejaba escapar un comentario que enriqueciera su imaginación.

    Leí y releí este capítulo de un pequeño boletín que no llegó a ser incautado por las autoridades. Cañizares asegura que es de su total creación. Que es el autor intelectual y que se encuentra registrado todo a su nombre. Porque él mismo -dice- recorrió  lo que él creía habían sido las últimas horas de Cúter. Para el dibujante Artiaga, Cúter era un hombre delgado, de finos bigotes, rasgo que resalta y normalmente oculta otros rasgos de su rostro.

Página uno.
"Lo primero que hizo al despertar, fue afeitarse, lo hizo lentamente después de desayunar, colgó la llave de la habitación en el tablero del hotel donde se alojó durante dos meses esperando, y salió a la vereda.
Las luces públicas y de algunas casas aún estaban encendidas y el sol apenas se asomaba cuando cruzó la calle en dirección a la plaza de la fiesta. 
Algunos gallináceos se alborotaron a su paso mientras comían las sobras de la parranda de la noche anterior.             
En uno de los bancos dormía su borrachera uno de los músicos despistados sin advertir que sus ronquidos desafinaban la quietud de la hora. 
Un perro se le acercó, lo siguió algunos pasos husmeando su maleta y se echó nuevamente en el pasto pisoteado para disfrutar del fresco de la mañana. 
Nadie más estaba levantado o despierto para ver su paso decidido hacia la estación de ferrocarril, apenas dos cuadras distantes. 
Buscó el banco más limpio del andén y cerca del pasillo de la boletería. Se sentó sobre su pañuelo, se acomodó el sombrero y apoyó la maleta entre sus pies. Totalmente solo."

Página dos.
"A las siete de la mañana puntualmente, el boletero levantó la persiana, se colocó los cubremangas negros y sobre su cabeza, una visera del mismo color, encendió las lámparas sobre un mueble pintado de color marrón, donde estaban prolijamente acomodados los boletos de viaje y comenzó a llenar formularios impresos de la compañía de ferrocarril Star Line, con letra clara y cursiva. Como se acostumbraba.
Pero sin advertir la presencia del hombre sentado en el andén, solo y con una maleta en sus pies.
Era día Domingo, el primero de diciembre.”

Página tres.
“Cuando el pueblo se fue despertando,  las campanas de la Iglesia llamaban a la primera Misa Y algunas puertas y postigos se abrían para que la gente se desperezase.
Nadie más en el pueblo tenía motivos para ir o pasar por la estación de trenes. Olvidada, desde que hicieron su aparición los ómnibus y cerrara la Cañera del Sitio.
Solamente pasaba un tren de pasajeros a eso de las dos de la tarde y solo en escasas oportunidades paraba.
Él parecía saberlo, entonces se levantó, tomó la valija y fue hasta la boletería.
El boletero sin levantar la vista de las planillas le extendió un boleto y algunas monedas de vuelto.”

Página cuatro.
"Cuando se sentó nuevamente sobre su pañuelo  en el mismo banco, recordó que nunca había visto al boletero en el pueblo, lo recordaría por sus manos temblorosas y huesudas, por el movimiento brusco para buscar el boleto, llevarlo a la prensa para que de un solo golpe seco, le marcase el horario y la fecha del viaje.
Acertaba en sus pensamientos que entre ellos no se habían hablado, que simplemente puso el dinero en la ventanilla y que recibió el pasaje de cartón duro y de color anaranjado pálido  pero nada de eso le importaba.
Se sentó a esperar.
Eso haría esperar."

Página cinco.
"Y sintió sueño. Un sueño profundo y sereno, como una caricia tierna... mientras el pueblo de San Vicente recobraba su bullicio.
Y Soñaba.
Soñaba que era un niño pequeño y que corría descalzo por los sitios baldíos entre las pencas y las tunas, entre las jarillas y los aromos y sus perros malolientes cerca del rancho donde vivía con su padre, hasta que una enorme nube oscura le tapa el sol. El día oscurece. Los perros lo dejan solo y empieza a gritar, los llama, los llama por su nombre y en la oscuridad y bajo una intensa lluvia, los encuentra muertos.
Despierta.
Despierta transpirado y gotas de sudor le caen por el rostro arrugado y febril, se levanta el sombrero y se seca el sudor con el pañuelo.
Se pone de pie y camina hasta el bebedero sin  soltar la valija. Consulta la hora, con su reloj pulsera y con  el reloj de la estación.
Una brisa leve le sacude el pantalón y un silbato lejano le anuncia la proximidad del tren. Observa al cambista mover las señales y algunas vías se acomodan para el paso del tren."

Página seis.
"El mueve los dedos emitiendo un chasquido nervioso que acompañaba el ruido de las ruedas sobre las vías. Y asciende al primer vagón apenas este hubo frenado.
Se sentó mirando a la playa de maniobras, en el primer asiento, esperó en silencio, casi sin moverse hasta que el tren nuevamente se puso en marcha, entonces allí cambió de lugar.
Eligió  ahora el asiento que le cubría la espalda y que desde allí podía observar todo el vagón completo y sintió confianza en el resto del pasaje.
Algunas familias y personas extrañas, adormecidas y vacilantes se preparaban para almorzar. 
Él hizo lo mismo. 
Desde el comienzo del vagón, donde nadie percataba su presencia, colocó la valija en su regazo, la abrió y sacó un envoltorio de papel que abrió lentamente.
Extrajo un embutido de carne de cerdo, un pedazo de queso y con un cuchillo filoso, los fue rebanando en fetas que comía despacio, saboreando cada bocado, mirando a los demás pasajeros y  mientras el tren avanzaba hacia donde la muerte lo esperaba y mientras se perdía en los interminables horizontes que dibujan este valle. "
-Usted dice que él llegó aquí en tren.
-El tren llegaba aquí a las seis de la mañana.

     Elcíades Tapia me dijo que lo vio morir. 
Me dijo que pensó en un momento que no se trataba de Cipriano Tavares, alias cúter, el muerto, pero antes lo gritos de los matadores y lo desfigurado del rostro, mas aún la carta que evidenciaba que se trataba de él, pareció conformarse, y que con el tiempo, sus dudas se fueron diluyendo en las aguas del olvido –con esa contundencia me hablaba, mientras tomábamos un café-.
-Cuando asesinaron a Don Cipriano Tavares, alias "Cúter" yo recuerdo que el día se presentaba esplendoroso, Había un sol tenue escondido entre unas nubes remolonas -contaba don Elcíades Tapia, el poeta olvidado del pueblo, mientras se rascaba la espesa barba-.  El día estaba cálido, pero había una brisa suave que venía desde las sierras y que abanicaba a  las hojas de los árboles. A esa hora había mucha gente en la calle, como a él le gustaba ver en éste pueblo. Dicen que nadie lo había visto llegar. Ni siquiera fue reconocido mientras caminó las catorce cuadras desde la parada del ómnibus hasta llegar al umbral de la casa de Doña Beatriz. 
-Usted dice que no llegó aquí en tren.
-No, atestiguaron algunos que lo vieron descender del ómnibus. Tampoco había cambiado tanto su aspecto en estos años de ausencia, en los que le adjudicaron los crímenes simultáneos y semejantes que conmocionaron a toda la región. El parecía, cómo decirle, un vigilante perspicaz de las pertenencias ajenas. Era muy bondadoso con las suyas y era dueño de una gran imaginación, un cuentista -parece buscar algo entre papeles desparramados sobre la mesa-. Tenía un muy buen talante, era bastante arreglado en sus costumbres, sin inquietudes ni preocupaciones, demostraba que parecía encontrarse en una situación económica arreglada. Bien acomodada. Acá nunca lo vimos en cosas raras, ni metido en enredos ni en trampas, menos aun, en cambalaches de mal género. Mire señor, él aquí se comportaba sin ceremonias ni formulismos, ¿Entiende? Siempre se mostraba afable y sencillo, dispuesto para cualquier broma, porque créame, él era también un tipo divertido, con un estilo muy peculiar, muy privativo, se hacía apreciar y se distinguía por lo esmerado y elegante. Pernoctaba en el hotel Buen Descanso, tenía una habitación al fondo y comía en los otros bares y restaurantes, su preferido era el de Arquimino, acá, a la vuelta -me señala hacia la calle donde mataron a Cúter-. Él andaba sin engañar a nadie, respondía de todo sin emplear evasivas, amigo. Creo que contaba con una honradez y una integridad admirable, casi le diría que tenía por cualidad, la pureza de su alma. Mire, dada su arrogancia, su estirpe y su belleza subliminal, Creo que hizo muy bien en fijarse en Doña Beatriz, que para nosotros, era la menos pensada. 
- El informe dice que no, ¿pero usted cree que ella estaba en la casa?
- No, ella no estaba en la casa, aquel día.
- ¿Usted cree entonces que el asesinado fue realmente Cúter?
- Yo creo que Cúter era de aquellas personas que sabían ponerse a resguardo en las tempestades. Sabía lo que hacía. Acertaba en lo que buscaba. Pero bueno. Lo recuerdo cuando, una vez, me alcanzó una de sus poesías -decía don Elcíades mirando su extensa biblioteca-  quizás esté guardada por allí.

    Seguí mi camino hasta llegar a lo que en algún momento se llamó "ARQUIMINO, Proveeduría General y despacho de bebidas" Hoy se presentaba como un coqueto mercado de amplias puertas vidriadas bajo el nombre comercial "Dos pesos."
- Él era de estatura mediana, bien constituido, parecía de esos tipos que nunca acusan cansancio alguno -me dijo don Arquimino Milicay, el dueño del almacén de ramos generales-. Su tez era de color trigueño, de cabello oscuro, con ondulaciones pronunciadas, tenía ojos marrones, penetrantes y duros que revelaban su temperamento ardiente, el tipo tenía una cara con rasgos bien marcados, con esas expresiones enérgicas, frías. Pero creo que asimismo le daban un carácter simpático y hasta agradable, si se quiere. Caminaba algo encorvado, con su cabeza inclinada hacia el piso, pero mostraba en sus ademanes, las voluntades que tienen los hombres de acción. Tenía el aplomo de los que saben mandar. -hizo una pausa don Arquimino-  En la autopsia, le contaron dieciséis orificios de perdigonadas de escopeta, cuatro de una cuarenta y cinco y once de una ametralladora nueve milímetros. Disparados a corta distancia y todos por la espalda. El tiro de gracia fue benevolente. Se lo dieron con la cuarenta y cinco. La bala le perforó la mano derecha con la que intentó cubrirse el rostro después de ver a su asesino. El tiro final ingresó por la frente, se estrelló en los mosaicos de la vereda y arrastró en su furia, astillas de huesos, masa encefálica y esa mancha espesa se mezcló con la sangre que había en el lugar. Yo estuve allí, viendo todo –mira hacia el cielo, busca palabras en su memoria-.  Apenas sentí el tiroteo salí hasta la puerta y pude ver el desenlace y le digo que excepto el tiro final, todos los orificios de entrada de las balas fueron por la espalda, glúteos y piernas. Había uno en el hueco poplíteo que le reventó la rótula y eso fue lo que lo hizo caer de rodillas. Cayó contra la puerta agujereada, totalmente destrozada y ensangrentada de la casa de la Doñita Beatriz. Giró su cuerpo lastimoso vea, y alcanzó a ver quienes lo mataban tan cobardemente. Todo porque afirmaban que él había matado a los cuatro ex guerrilleros Peremerimbinos, clavándoles un cúter en la garganta, mientras ellos dormían cada uno en su cama y en sus casas y con los fantasmas del pasado puestos por pijama. Venganza, dijeron que fue una venganza.
- Aquí en el informe que tengo, señor Arquimino, habla de la casa destrozada.
- Por supuesto, algunas balas traspasaron la puerta de madera, se incrustaron en algunos muebles y otras en las mamposterías. Las paredes parecían picaduras de viruela. Mire, allá aquella casa ésa era la de Doña Beatriz, que la puso en venta una vez arreglada y a ella no la vimos nunca más –se detiene pensativo- Quizás el cura sepa su dirección. Pero ellos no hablan, no cuentan nada, debe ser por los secretos ésos de confesión que dicen tener y que respetan.
- ¿Es verdad que él no llevaba armas?
- No, no llevaba armas. Ni de fuego ni blancas a la hora de morir. Pero le cuento, entre sus cosas se le encontró una carta para Doña Beatriz, intacta, sin manchas de sangre ni de haber sido rozada en la balacera.
- Si, eso dice el expediente, aunque después algunos la niegan.
- Mire, para nosotros, eso resultaba milagroso, pero un papel blanco intacto como si fuese una carta, los auxiliares la extrajeron del bolsillo derecho del saco y se la entregaron al juez don Calixto Bonaventura, el mismo que entró a la casa y confirmó que ella no estaba, y que a los gritos pedía que atrapen a los matadores.
- ¿Usted cree que ella y él, de acuerdo a la carta, eran amantes?
- Yo opino, señor periodista, y después de veinte años de sucedido este episodio, después de vender mi negocio a estos extranjeros, y de algunas muertes y varios nacimientos más, habidos en esta ciudad, que por sobre todas las cosas, aquel tipo al que ahora llaman Cúter, que él vino por otra cosa. Estoy convencido que él estaba totalmente subordinado a su  misión. La de vengar, la de matar. No la de enamorarse.                                                                                 
                                                                                                                             
Consta en el Juzgado: fojas 18,  Tomo 1.
La carta
Estimada Beatriz:
                              Aquí estoy, con el consuelo de saber que he descansado en tu cama, entre tus brazos. Con el consuelo de saber que supe ser el dueño de tus momentos emocionantes y fiel  compañero de tus obstinaciones. Con el consuelo de saber que he caminado el camino más largo para amarte como te amé y aún mucho más el día de hoy, para darte aquellos besos de las buenas noches como te los di y para despertarte como tú ya sabes.
                            Aquí estoy, para que resguardemos en nuestra memoria, la historia de nuestra vida, juntos. 
                            Hasta que Dios diga, en su reparto de suertes.
                                                                                            Siempre tuyo, Cipriano.

A la mañana siguiente, en  la ciudad de San Vicente, a cuatrocientos kilómetros al noroeste.
     No le bastaba encontrar dos ilustres participantes de aquella noche de festejos en la plaza, como fueron Roberto Enciso, el cantante de los Tico Tico Good Show, y al señor Marcos Trebber, que aún mantenía la costumbre de trabajar en publicidad callejera desde la camioneta propaladora; Sino que Evaristo Fuentes, el marido de la señora Ofelia, cuyo relato expondré más adelante, se puso en comunicación inmediata con quienes estuvieron más comprometidos con el caso del asesinato, según su parecer, como lo fueron los auxiliares del juez Bonaventura que estaban dispuestos a contar pormenores del caso, -decía- y hasta pagó la cuenta de la primera ronda de un café oscuro y espeso en el bar frente al ahora llamado Hotel Italia que regentea su esposa.
- Aquellos viejos jubilados de la Justicia estarán por aquí mañana, señor periodista -me dijo-.

     Fue Roberto Enciso, el primero en hablar, empezó recordando las noches de gloria del Tico Tico Good Show; "Era un conjunto musical que tocaba cumbias y todo ritmo bailable, pero con letras lastimosas, llenas de desencantos, desencuentros, desamores y adioses que sucumbían cuando alguien de los bailarines le prestaba demasiada atención al tema, entonces se llenaba de recuerdos y le afloraban los reproches que se habían guardado y sin más contemplaciones se abalanzaban unos contra otros y se armaban trifulcas que hasta seguían en las calles y muchas veces se consagraban en interminables pleitos que separaban familias de por vida. Por cornudos."
 - Una de esas disputas se armó una noche que estrenábamos una canción titulada "Lo tenía en la punta de la lengua" destinada a ser un tema popular, por eso es que aquellas letras quedaron durmiendo en algún cajón en busca de un buen músico que le hiciera los arreglos correspondientes –decía con gran entusiasmo el señor Roberto Enciso, hoy director técnico del Club de fútbol "Atlético Alianza Vicentina"-.
    Recordaba también que siempre que venía el gran Tito Castañares y su orquesta, los Románticos de la Rumba, les agradecía, especialmente a él, que haya mantenido el tiempo necesario al público entretenido y bailando, mientras el timbalero don Bolo Valladares se reponía de alguna borrachera, o simplemente porque pedía que no lo molestasen mientras estampaba letra o componía la música de alguna nueva canción, porque dicen que eso hacía justo antes del espectáculo y que por ello se negaba a subir al escenario. 
- Eran unos locos, locos de verdad –aseguraba Roberto- y seguía diciendo que entre el Bolo Valladares y Tito Castañares había una especie de eterna confrontación, una disputa basada en la envidia por las cualidades que cada uno de ellos exponía. Pero irremediablemente complementaria entre ellos. No podían vivir el uno sin el otro, uno era la letra, el otro era la música. Uno era la voz exacta para aquellos sones y el otro era la medida exacta para esa voz. Pero a Tito le gustaba el orden y la disciplina, y al Bolo la diversión fuera de cualquier control. Eso si, a la hora de cobrar los contratos ambos estaban presentes.
    Trebber dijo que pagaría la segunda ronda de café oscuro y espeso, pero Roberto se anticipó y siguió hablando.
     Decía que él se anotó como testigo de un hecho que podía servir en la causa, tal como lo hizo el borrachín Gervasio Moyano Chozno, más le pareció que al juez Bonaventura no le interesó demasiado lo que él le contaría. Pero que de todas formas su declaración consistía en que: "Terminado el espectáculo de su banda, fue al ómnibus de Tito Castañares a devolver un pandeiro brasileño que le habían prestado, y que sonaba simpático y melodioso, pero que al subir, entre las ropas esparcidas por los asientos y algunos instrumentos había un señor vestido con traje marrón y un elegante sombrero de panamá, que tenía bigotes finos y que se levantó inmediatamente, le tomó el instrumento casi de un arrebato y que le dijo con una voz cortante, seca y definitiva. ¡Bájese! Para mi era ése el tal Cúter y no el Cipriano Tavares que de vez en cuando venía a vender terrenos."
 Trebber agrega que; Si ése hombre que vio Roberto vestido de traje era Cipriano Tavares, el mismo tipo que fue temprano a la estación de trenes y vestido exactamente igual para tomar el tren del mediodía para ir a Altos Moncadas, nos pueden decir ¿quién carajo era el que andaba bailando en la plaza y que se metió en el hotel de doña Margarita?
- En el expediente del caso no consta la declaración del señor Roberto.
- Exacto, el juez dijo que la desechaba –levanta la mano y llama al mesero del lugar, ordena un almuerzo para cuatro-. Mire, prenda el grabador que le voy a contar todo lo que se;
- Cuando se fueron las orquestas, al Bolo Valladares lo dejaron tirado, dormido sobre aquel asiento cerca de la glorieta y se fueron todos taciturnos, en una descomunal e inolvidable borrachera. Qué noche –se acomoda en la silla mientras Roberto enciende un cigarrillo-. El Bolo no se dio cuenta de nada -decía Trebber- ni siquiera cuando lo vinieron a buscar y se lo llevaron entre un montón de niños que habían tomado la Primera Comunión. Y cuando nos enteramos ya tarde,  que en nuestro pueblo de mierda habían aparecido cuatro cadáveres de militantes Peremerimbinos, ya gente grande para esas pendejadas y cuando nos dimos cuenta que buscaban a ese tal Tavares y que supimos que se trataba del vendedor de terrenos que estaba alojado en el hotel de doña Margarita, que ahora se llama Italia, que es aquel que está allá –señala hacia el frente, del otro lado de la plaza- y que forma parte de esta historia. Yo estaba desarmando el escenario y miraba aquel espectáculo lastimoso entre niños que parecían haber descendido de un arco Iris luminoso y tipos con la cara sin afeitar y ya malolientes de la mezcla de desodorantes y transpiración etílica, cuando entre las risas de aquel espectáculo la vi pasar. Era la señora Beatriz, según me enteré después –se apresura en hablar y le pido que cuente en forma pausada-. Fíjese señor periodista, que el mismo que declara haber visto Roberto por la forma de vestir, que llevaba un traje marrón color tabaco diría, y un sombrero que se sacó al pasar delante de la Iglesia. Lo vieron pasar a la mañana temprano, para la estación de trenes, todo el mismo día domingo. El juez Bonaventura no quiso tomarme declaración porque entré gritando que venía desde un pueblo lleno de fantasmas y de malos augurios y que como podía ser que un tipo que estaba entre nosotros cantando y bailando en la plaza, vaya a su cuarto del hotel, se acueste con la mejor señorita que teníamos, la desvirgue sin ceremonias ni formulismos, discúlpame Fuentes –le dice al señor Evaristo Fuentes, marido de Ofelia, tomándolo del brazo y sigue- y que se de el lujo de rematar a cuatro sinvergüenzas, que parecían turistas que habían venido a las fiestas patronales, que tenga tiempo para escribir una carta, que lo vieron por aquí, que lo vieron por allá -levanta la voz- que sacó pasaje para el tren, que la policía lo buscó y que no lo encontró, que en este pueblo las autoridades se hayan olvidado que justamente al día siguiente nuestros niños tomaban la Primera Comunión, que nadie tenía fotos de él y que como digo en mis anuncios publicitarios, como "broche de oro" del espectáculo bonito que le estábamos dando al mundo, estos juéputas nos cerraban el paso del ferrocarril -parece calmarse, deja de golpear la mesa-.  Nos tocó un juez de mierda, si señor, un juez de mierda que no nos creía nada de nada –exclamaba Trebber, abatido en los recuerdos-.
- Eran nuestras fiestas, la única que se realizaba aquí y todos nosotros, los sanvicentinos sabíamos festejarla –agrega Roberto-. 
   Dos cosas importantes surgieron esa noche, comenzó algo así como una especie de desconfianza hacia los Peremerimbinos, porque desde aquella simpatía del principio, pasamos a ver la sangre que trajeron a nuestra ciudad. Dicen que ellos venían a matarlo aquí y él los mató a los cuatro y otros cuatro lo mataron allá. Mire que elegirnos a nosotros, a nuestro pueblo, en nuestro día tan especial. Y la otra cosa es que por eso mi conjunto, Los Tico Tico Good show se disolvió. Empezamos a discutir mucho del asunto.
- Una verdadera pena –dice Trebber, que palmea la espalda de ex cantor-,  Roberto se hizo solista, él solo con su guitarra cantando boleros y serenatas.

Nos dispusimos a almorzar fideos con albóndigas, allí me contaron sobre Gervasio Moyano Chozno.

"Gervasio Moyano Chozno, supo por su madre que estaba condenado a vivir una vida llena de ingratitudes, si señor. 
Nos contaba que cuando apenas tenía seis años y montaba por primera vez un caballo, tuvo su primer gran golpe. Decía que con el paso del tiempo se fue convirtiendo en un buen jinete como lo fue su padre. Pero para sorpresa de muchos de los conocidos, él no había caído en las tentaciones de los juegos viciosos ni en las locuras del alcohol. Tal es así, señor periodista, que se presentó sin mayores inconvenientes en el Distrito Militar cuando fue citado por cédula para cumplir el Servicio Obligatorio en los Cuarteles. 
Pero que justo en ese mismo año se le dio a los cabrones de sus jefes hacer  la Revolución que derrocó al Gobierno Conservador del doctor Benavídez, con el que había pactado la paz el Comandante de Peremerimbé y que  entonces se hizo desertor, y que por eso volvió a su rancho uniformado. Dijo que no hubo tiempo para andar contándole esas cosas a su madre, pues ella estaba haciendo todas las tareas del hogar porque su bendito padre estaba encarcelado por unas cuestiones de límites entre campos. Así es que Gervasio Moyano fue apresado por la Milicia una mañana que ordeñaba a las vacas con el birrete militar puesto.     Dos años después volvió nuevamente, esta vez con el rostro cambiado, mostrando fuertes facciones que marcaban claramente la rudeza del tiempo, y hasta su misma respiración sabía  a fuertes aromas de alcoholes nocturnos, causando una gran aflicción a su madre, pronta a una cierta ceguera. Dijo que le habló entonces a su viejecita, tan lenta y transparente que era ella, para decirle que sus anhelos eran no salir nunca más de aquel páramo seco y espinoso por las faltas de lluvia en aquellos años malos. 
Gervasio Moyano, años más tarde enterró a sus padres, en silencio, ya que en la presidencia comunal le habían asignado una parcela al fondo del cementerio. 
Supimos que primero enterró a su madre, doña Jacinta del Jesús Juárez, que murió vestida de mujer triste y luego a su padre Gervasio Moyano Tataranieto, que había pasado gran parte de su vida en distintas prisiones por abigeatos y malentendidos a la hora de estirar alambrados sobre los campos.
Y también se supo que más adelante,  por una aparición calma y sencilla en sus sueños, que estaba destinado a no conocer mujer casamentera que pudiera engendrarle un hijo que se llame Gervasio, como él, como su padre, como su abuelo, como el abuelo de su abuelo y que así fue pasando su tiempo entre pequeños trabajos mal remunerados y largas noches de fin de semana con vino y apariciones asombrosas.
Nos dijo una vez vio a un hombre grande vestido como los sargentos en fiestas patrias, descender de las ramas del algarrobo de su rancho, y nos contaba que este tipo caminaba entre los perros dormidos, mirándolo fijamente y que entonces pensó que se moriría pronto.
Nos contaba –mientras se rascaba la pierna por encima de su viejo y rotoso pantalón- que fue hasta el cementerio al día siguiente y habló con sus muertos. 
Nos dijo que les previno que le faltaba poco, y que por eso se compraría un buen traje porque él decía que  hay que morirse con dignidad y pasearse entre las celebridades que en el Cielo debían abundar.
Y hasta nos decía que a veces en las oscuras noches febriles se levantaba ante el espantoso estruendo del paso de las caballerizas y carretas que llevaban a los virreyes por el camino Real y a los hermanos Sepúlveda, aquellos viejos locos Peremerimbinos que iban disparando sus armas de fuego en un tropel bullicioso. 
Aquí todos coincidíamos en que tenía los mismos sueños de su padre, del abuelo de su padre, y del abuelo del abuelo de su padre que ya hablaban del comandante.
Por esa razón, nadie le creyó cuando dijo haber visto la noche del domingo posterior a la parranda del pueblo, aquella que abrió solemnemente el cura Aparicio Pietri desde el campanario, a aquel hombre vestido de traje marrón que dice que caminaba y saltaba algunos alambrados cerca de su rancho,  ni que sus perros que siempre fueron feroces y hambrientos, le hayan ladrado al extraño.
Y nos decía también,  que él lo recordaría siempre por su elegante sombrero y porque llevaba una valija que desprendía un fuerte olor a rosas, que impregnaba todo su campo, como una brisa del norte, que se metía entre sus viejos papeles y que impregnó de perfume el retrato de su madre, por varios días. 
Si señor periodista, Gervasio Moyano afirmaba eso con una total certeza y convicción.
Pero la más asombrosa declaración, la que ya nadie le creyó, fue cuando dicen que le dijo al juez que una noche se le apareció aquel hombre de sombrero elegante, en harapos malolientes de sangre y pólvora, arrastrando su pierna derecha doblada al revés y tapándose la cara con las manos cuarteadas de sangre seca. 
- Yo soy Cúter amigo mío, avisa que no me he muerto todavía.
Así nos contaba que el fantasma le decía."

(Continuará)



Tiene derecho de autor
Copyright 2013
Capítulo correspondiente al libro "CÚTER"
Autor: José Antonio Ibarrechea 
http://diceelwalter.blogspot.com
"PASEN Y VEAN"
diceelwalter@gmail.com
Walter Ricardo Quinteros

2 comentarios:

  1. Crear un vínculo entre la realidad y este libro que vengo siguiendo es difícil. Todos los días encontramos un "Cúter" en las noticias, casi todos tenemos vecinos así, que cuentan porque dicen que les contaron. Lo que no se puede negar, es la fantasía de cada uno de los personajes.
    Por eso lo real pasa a ser fantástico. De no creer. Lástima que sale cada tanto. Mi puntuación lo lleva a: Interesante lectura. María José.

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  2. Lástima que se repiten los capítulos, primero fueron capítulos, ahora se repitan los mismos como " cuentos". El resto...para cuando? S.C.

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