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viernes, 1 de agosto de 2014

DANIEL TOMÁS QUINTANA: DELIRIUM TREMENS

Mi tío era un tipo extraño. Trabajaba como peón en un almacén de ramos generales desde muy chico, exactamente desde aquellos días en que su padre, mi abuelo Ramón, había tenido la mala ocurrencia de morirse. Él, siendo casi un niño, asumió la responsabilidad de mantener a su madre y sus hermanos, primero haciendo el reparto en una paquidérmica bicicleta con canasto y después, cuando ya había echado cuerpo, cargando bolsas y cajones en los camiones.

No bien entrada la noche de aquel octubre, lo veo llegar a la casa. El viento enardecido, furioso, alborota la melena del sauce y un batallón de relámpagos dibuja fugaces víboras incandescentes entre las nubes panzonas y oscuras. Atraviesa el patio de tierra techado por la parra. Conoce de memoria el camino hasta su pieza pero transita inseguro, casi como si pisara brasas.

Finalmente, llega y abre la puerta del cuarto de un empujón. Se sienta en la cama, saca del bolsillo de la camisa un librito de papel de fumar y un paquete de tabaco y con dedos temblorosos arma un cigarrillo. La llama del fósforo le ilumina el rostro anguloso y torvo, se acuesta, mira el techo y escucha los sonidos familiares de la noche. Su madre, mi abuela, avivando el fuego del brasero; su hermana mayor, viuda temprana, traqueteando sin descanso la máquina de coser y el tío Pepe, solterón empedernido, escuchando tangos en la Philips a transistores, una maravilla de la tecnología, y acomodando una multitud de bártulos en su mítico baúl.

La camisa que siempre lleva arremangada dejaba ver unos brazos velludos y musculosos, el torso se adivinaba poderoso y una cicatriz, regalo de una mula, le cruzaba la frente como un surco, echándole sombra sobre el ojo derecho. Cuando trabajaba vestía camisa y pantalón de grafa, caqui o azul, , pañuelo anudado al cuello y alpargatas, pero cuando en las noches de los sábados salía de parranda, se calzaba un impecable traje azul marino y un sombrero requintado sobre los ojos.

Yo lo observo por una grieta de la pared de la cocina. Cada vez que da una chupada, la brasa enciende su perfil con destellos rojizos. Estira su brazo musculoso hacia la mesa de luz y tantea la botella de vino barato. Toma un trago largo y el líquido oscuro y áspero se expande por su cuerpo como un milagro que alivia el dolor de sus músculos. Mierda, cómo pesaban esas bolsas, dice.
Estoy seguro que sólo ha comido algún pedazo de pan con mortadela o una lata de viandada. El tío debe tener hambre, pienso, pero después me acuerdo que él siempre dice que teniendo vino, tabaco y papel, nada más le hace falta.
Daniel, Daniel, grita mi madre, vamos a casa antes de que se largue la lluvia, tu papá debe estar preocupado. Salgo corriendo, mi madre me abraza y presurosos caminamos amenazados por un tropel de truenos.

Apenas si había alcanzado a terminar la escuela primaria pero escribía con una caligrafía preciosista, refinada y además me sorprendía con su ortografía impecable, cuando en las tardes de los sábados, nos trenzábamos en duelos de dictado. Hipólito, dictaba, y yo con la lengua mordida entre los labios y apretando el lápiz, dibujaba trabajosamente la palabra en el papel.
Otras veces, a ciegas, clavaba un cuchillo entre sus dedos amarillados por la nicotina, ensayando un juego que me subyugaba. Yo, con la mirada clavada en su mano ancha y callosa, esperaba con inútil y morbosa expectación el momento en que errara el golpe y en lugar de astillas de la mesa, la hoja puntiaguda hiciera saltar un chorro de sangre.

Anoche me dormí con el pucho prendido, casi me incendio, me desperté y la mesa de luz parecía un tizón del infierno, me cuenta en voz baja, una siesta de verano, mientras bebe un vaso de vino a la sombra de la parra.
Laura, Raúl anda raro, casi no habla y tiene una expresión en los ojos que da miedo, comenta mi tía Nélida sin levantar los ojos del pantalón que zurce. Se habrá peleado con la viuda, le responde mi madre con un gesto de picardía y las dos se ríen.

Fraseaba tangos con voz profunda y oscura o me relataba historias de guapos que se disputaban el amor de una mina en duelos de cuchillo, a la luz de un agónico farol. El Tigre Millán, el Chino Racedo y la Rubia Mireya eran los personajes que convocaban mi asombro de ojos grandes.

Raúl debe estar enfermo, hoy no fue a trabajar, dice mi abuela, varios días después. Yo lo espío. Está encerrado en la pieza, tirado en la cama, borracho. Mueve los labios febrilmente. Pego la oreja a la grieta y lo escucho putear ferozmente. Con ojos desorbitados mira hacia el techo. Vayansé murciélagos de mierda, grita con voz extraña. Yo también miro el techo pero sólo veo una oscuridad densa y perfecta.
Daniel, Daniel, vamos que se hace tarde, me reclama mi madre. Papi, en la casa de la abuela hay murciélagos, digo y todos me miran. Callate y tomá la sopa, dejá de inventar macanas, dice mi padre.
Sí vieja, deme un mate y un pedazo de tortilla, anoche dormí mal pero no puedo volver a faltar… si no los gallegos me echan.

Yo era un niño pero creo que fui el único habitante de aquella casa que conocía el secreto que se escondía en la penumbra de esa pieza alumbrada por una lámpara de querosén.

Ya no trabaja. Al final lo echaron, le hicieron un dosaje y estaba borracho en horario de trabajo, lo escucho comentar a mi tío Hugo. Me quedo pensando en esa palabra nueva, dosaje, y pienso que tengo que averiguar su significado.
Ahora murmura frases que nadie escucha. Evita encontrarse con la abuela y sus hermanas. Sólo a mi me acaricia la cabeza, me da unos caramelos y me sonríe con tristeza. Yo lo entiendo, los murciélagos no lo dejan dormir y cada día está más cansado.
Una tarde de marzo, con una espada de palo y un parche de trapo negro en el ojo izquierdo, recorro el patio como un bucanero sin barco.
Una sombra larga me tapa el sol. Levanto la cara y lo veo. Sus pies descalzos se hunden en el barro pegajoso y fresco. Las anchas hojas de las calas acarician sus piernas desnudas. Las ramas del sauce le golpean el pecho. El sexo le cae lacio como un animal tempranamente derrotado. Mamá, mamá, el tío Raúl está desnudo.
Camina por el patio aturdido por las voces que resuenan en su cabeza. Mueve los brazos como aspas de molino. Discute con su sombra y polemiza con el viento. Con el puño cerrado levantado, desafía a los últimos pájaros del verano.
La abuela llora desde el humo del brasero. Mi mamá y mi tía hace días que no cosen. Él les implora que acallen las voces, que espanten los murciélagos, que le den un trago de vino. Tiene miedo.
Quedate tranquilo, Raúl, le ruegan. Claro para ustedes es fácil, pro las voces están aquí dentro y esos murciélagos de mierda me están dejando sin sangre, carajo, les grita él, mientras les muestra las inexistentes heridas de sus brazos ahora flacos y velludos.
Según el médico, es delirium tremens y hay que internarlo, anuncia mi padre en una reunión familiar que delibera a la luz de la vieja lámpara de querosén.
Él, desde atrás de la higuera, entre las sombras, observa la escena. Yo lo escucho murmurar. Estoy seguro que imagina cómo sería matarnos, pienso cuando observo sus ojos extraviados. Matarnos a todos, lenta, prolijamente, sin odio ni pasión alguna. Sólo matarnos. Viendo el dolor en los ojos interrogantes. Viendo a la vida rendirse ante la certeza irrefutable de la muerte. En fin, matarnos y sentirse dios por un instante. Imagino que está pensando que ésa será la única manera de terminar con las voces y los murciélagos.
Al día siguiente, envuelto en un chaleco que le aprisiona los brazos, con los ojos desorbitados de miedo, lo suben a una ambulancia y lo trasladan a Oliva, para encerrarlo en el viejo manicomio. La casa ha quedado en calma.

Sólo yo sé que cada noche, los murciélagos hambrientos continuaron descolgándose de su guarida y revoloteando en la habitación vacía.

   

                                                                                  










Daniel Tomás Quintana
("Ejercicios de la memoria" - 2006)

1 comentario:

  1. FANTÁSTICO ESCRITOR CON MAYÚSCULAS¡¡¡¡, TUS ESCRITOS DE DIDERENCIAN EN ESTE BLOG- GENIO , TE AMOOOO

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